Palabra: coraje.


Vómito, sangre, piel quemada

My speed goes in the red
Hot blood (hot blood), these veins (these veins)
My pleasure is their pain
I love to watch the castles burn
These golden ashes turn to dirt

Play With Fire, Sam Tinnesz


No tienen noticias ni de Toga ni de Twice. «Es normal», dice Shigaraki pero Dabi lo ve preocuparse y no dice nada. Para un tipo que usa tanto de su tiempo en recordarle al mundo que todo le importa un pito, preocuparse por sus propios subordinados parece hasta ilógico. Pero Dabi puede verlo.

No le dice que lo sabe. No especialmente cuando pasa cada momento que están solos intentando destrozarlo e intentando hacerlo suplicar.

Dabi lo deja.

Cuando tiene cuatro dedos de Shigaraki sobre el pecho y sus labios sobre los suyos —y muerden— y está intoxicado nada más de sentir como lo recorren sus dedos, se recuerda que es porque lo deja.

No sabe si sea verdad.

Pero se lo repite.

Todo empezó un día porque Dabi se le sentó en las piernas a Shigaraki y le quitó la mano de la cara.

Y lo besó.

Shigaraki entonces le agarró la muñeca para impedirle que se fuera y desde entonces juegan a ver cuántos traumas pueden ignorar mientras besan al otro y le recorren todo el cuerpo con los labios.

—¿Te gusta, no? —murmura Shigaraki en su oreja. No hay compasión en su voz—. Sentir que estás a un milímetro de la muerte.

Mueve sus dedos por el vientre de Dabi, en aquellos lugares donde si piel aun no es morada y no está engrapada a pedazos.

—¿Y qué?

Shigaraki se ríe.

—Podría matarte. En cualquier momento.

—No —asegura Dabi.

Llegar a esa revelación le costó más tiempo.

—¿Mmm?

Shigaraki le muerde el cuello. Dabi lo aparta con una mano y se apoya en un codo para incorporarse un poco.

—No vas a hacerlo si no destruimos el mundo primero. —Sonríe con suficiencia, un gesto que dice «gané», aunque muy en el fondo sepa que sólo están jugando un juego en el que todos pierden.

Shigaraki alza la cabeza. Dabi lo tiene justo encima.

Levanta los dedos de su vientre y usa esa mano para buscar su barbilla y aferrarla. De nuevo, cuatro dedos. Shigaraki siempre tiene cuidado con eso.

—Vine dispuesto a quemarme.

Dabi sonríe. Hace que la mano que tiene en el cuello de Shigaraki suelte una chispa. El sonido que suelta Shigaraki ante la sensación no es humano.

—Bien. —Dabi sonríe.


Shigaraki tiene una sonrisa curiosa.

Es la sonrisa del rostro de un niño inocente. No combina con el resto del paisaje. Desentona especialmente con los labios partidos y esa cicatriz con tonos rojos que tiene y sobre la que Dabi tiene un dedo en ese momento.

Quiere borrarle la sonrisa de la cara y quiere verla todos los días.

Necesita saber que existe en el mundo una persona que está tan mal como él.

—Sonríes como un psicópata —opina Shigaraki.

—Soy uno. Pregúntale a mis sueños.

Shigaraki le rasguña el pecho que tiene visible, justo por encima de la camiseta hecha jirones. Son sólo tres dedos. Se ha acostumbrado a contarlos.

—¿A cuáles? ¿De los que te despiertas gritando, sudando, rogando que te haga olvidar?

Es un golpe bajo con una inexactitud: Dabi no suplica. Toma, quema, arrasa con todo. Su manera de mendigar afecto es robárselo cómo puede.

—A los buenos.

En ellos, su padre arde. Siempre arde.


Todo el mundo ha visto a Endeavor ardiendo. Siempre cubierto por sus propias llamas. Los buenos días, Dabi lo sueña envuelto de llamas azules. Sueña que le pide perdón una y otra vez.

«Hombres como tú no merecen el perdón».

Sueña con que se pudra en el infierno.

Sueña con mandarlo él.

Sigue vivo sólo porque no puede morirse antes que su padre. Se engrapa la piel con enjundia, casi con odio.

«Más».

Hace desaparecer las raíces blancas que siempre le recuerdan a las lágrimas de su madre y los moretones sobre sus mejillas blancas.

«Más, Touya».

Besa a Shigaraki para olvidar que una vez fue niño.

«¡¿Eso es todo lo que tienes?! Más».

Le araña toda la espalda y saca chispas con las yemas de los dedos para fingir que olvida el coraje que lo hizo acercarse a la liga de villanos tras oír las palabras de Stain.

No todos los hombres merecen ser héroes.

«¡NO PUEDO MÁS!»

Recuerda vómito, lágrimas, sangre, olor a piel quemada. Desesperación. Un cuerpo envuelto en llamas azules.

(No, no un cuerpo. Su cuerpo).

—A veces pienso que odias más que yo —le dice Shigaraki al oído, apartándole el cabello negro.

—Sí.

El odio lo consume por dentro.

«No todos los hombres merecen ser héroes».

Pero todos los héroes merecen encontrar al villano que les ponga un alto.

Dabi besa a Shigaraki. Ya llegará su momento y, mientras llega, hay brazos que lo envuelven en ellos.

No hay ternura. Sólo la promesa de la destrucción.


«Más, Touya».

Su cuerpo no está hecho para su singularidad. Su cuerpo soporta el frío, pero se quema con el calor. El cuerpo de su madre. La singularidad de su padre.

Recuerda llorar hasta quedarse dormido, odiando al destino por haberlo hecho así.

«¡No desperdicies tu fuego, Touya!»

Ya no lo odia.

Si volviera a nacer, sabe que todo volvería a ocurrir. Sabe que huiría mientras oye los gritos de su madre desesperada por haber quemado a Shouto, ignorando los pedazos de su familia deshecha. Sabe que volvería a quemarse. Vómito, lágrimas, desesperación. Sabe que acabaría en los brazos de Shigaraki otra vez.

No es romance.

Es puta necesidad de afecto.

Lo persigue porque lo conoce. Si no recordara la ternura en las manos de su madre acariciándole la mejilla, no le haría el mismo gesto a Shigaraki, buscando una reacción que no encuentra.

Lo que tienen es demasiado enfermo para ponerle nombre.


—Sostén esto.

Es un paquete de grapas.

—¿Otra vez?

—Cuando tu piel se pudre todo el tiempo, tienes que arreglarlo, ¿no?

Shigaraki se encoje de hombros. Le importa un pito, probablemente. Sólo quiere que Dabi siga vivo para llegar a cabo sus planes y para tentarlo con cuatro dedos sobre su pecho cada que están cogiendo.

Dabi se quita las grapas del brazo izquierdo. Una a una. Las sustituye inmediatamente.

Shigaraki no comenta nada.

¿Cuánto le queda de vida después de eso? Cada vez se quema más, su piel cada vez aguanta menos.

—No puedes morirte.

Eso es lo más tierno que le ha dicho Shigaraki nunca. Más aún que tanto estaba dispuesto a destruir.

Dabi sonríe. Como psicópata, según Shigaraki.

—Todavía no puedo —le dice—. Antes tengo que destruir…

—… todo —completa Shigaraki.

Tiene la sonrisa de un niño inocente hablando del juguete nuevo que quiere comprar y está hablando de poner la mano completa en la tierra y verla explotar.

—Sí.

Shigaraki lo atrae hacía sí. Hay tres dedos en su cadera. Con la otra mano, uno sobre su barbilla.

—Recuerda que vine dispuesto a quemarme.

Dabi lo besa.

«¿Dónde duele?». Es la voz de su madre.

«Todo, todo, todo, todo», como letanía.

El fuego no apaga el dolor. Lo adormece. No apaga el coraje. Lo hace más fuerte. Dabi está ardiendo con todo a su alrededor. Shigaraki se está quemando con él.


Notas de este capítulo:

1) Es difícil no repetirse con estos dos, porque viven en un estira y afloja super terrible y súper enfermo, pero al menos se preocupan de que el otro siga vivo. Qué sé yo. Lo que tienen está demasiado mal como para que si quiera se atrevan a ponerle nombre.

2) Quedan sólo dos palabras más de los prompts que hizo mi esposa y todavía no sé qué haré con ellas. Este fic es un poco entre character study entre los dos personajes y las posbilidades de una relación así que ya veremos que sale.


Andrea Poulain