Palabra: incomodidad.
Las piezas inconexas de tu vida
I'm worse at what I do best
And for this gift I feel blessed
Our little group has always been
And always will until the end
Smells Like Teen Spirit, Nirvana
—Son las tres de la mañana —se queja Dabi.
A Tomura no le importa.
Sus labios están cerca de su oreja.
—Despierta —pide. No. Ordena. No. Quizá si lo pide. Porque debajo de él está Dabi, que nunca le niega nada, no en esas circunstancias.
Su propia piel le es ajena, tiene una historia que él no entiende ni conoce. Se aferra a los restos de los muertos.
(¿Cuáles muertos?)
Son una historia en pedazos, fragmentada. Las manos que lo rodean no lo dejan olvidar una historia que no recuerda.
Cuando tiene a Dabi debajo de él, mirándolo, esperando su próximo movimiento, siente por segundos que todo tiene sentido.
Él sobre el mundo y el mundo bajo él.
Cuando no está Dabi y no están haciendo nada, Tomura se limita a intentar no matar ningún control de la única consola de videojuegos que tienen, porque a veces Toga insiste en que compren las cosas. Y no tienen ningún sentido, si matan a la gente y tienen Nomus y están intentando hacerse un nombre temible. Pero Toga a veces insiste. Y a veces le hacen caso.
Cuando Dabi está le cuesta no buscar su piel, jugar a apretar todos los botones, buscando conseguir cualquier reacción.
Quiere olvidarse de la incomodidad de su propia piel que siente cuando no lo están tocando las manos, las otras. Lo mantienen anclado al suelo, medio lúcido a veces.
Medio.
A veces quiere olvidar también que es sólo una pieza de un rompecabezas más grande en el que aterrizó un día sin saber por qué.
Pero Dabi está en él y es una pieza que está a sus pies.
A veces.
Otras es el otro el que consigue dejarlo de rodillas.
—A veces creo que en realidad lo odias todo —dice Dabi. Tiene una mano en su mejilla. Tomura sabe que en realidad está buscado su cabello.
Él lo tiene agarrado por la cadera. Tres dedos de cada lado.
—No todos somos tú —replica.
Le besa el estómago. Un poco más abajo.
Dabi se ríe.
—No te odio —y le dice.
Es lo más cerca que va a estar de decir «te quiero».
No saben querer porque nadie les enseñó. O porque ya no les interesa aprender, para qué chingados, si quieren reducirlo todo a cenizas. Para qué quieren querer a las mismas personas que huyen de sus singularidades y de sus poderes y de la gente como ellos. Que cabida tiene alguien que todo lo que toca lo hace decaer.
La de villano.
Si el mundo está hecho por y para los héroes, gente como él tiene que existir.
—Dabi —dice.
El otro no le hace caso así que busca su mano, su muñeca, el primer pedazo de piel que agarre —podrido o no— da igual. Siempre que lo toca consigue su atención.
—¿Por qué los odias? —pregunta—. A los héroes.
Dabi se encoge de hombros.
—Tengo mi historia.
Tomura se imagina que es la misma historia de sus sueños, esos mismos que lo despiertan en plena madrugada, sin lágrimas pero como si hubiera habido un rastro de ellas.
La respuesta no es suficiente.
—¿Y tú? —pregunta Dabi. Sabe que es una distracción pero, por una vez, muerde el anzuelo.
—Son como nosotros —le dice. Se le pone encima, en el sillón raído en donde están. Sentado a horcajadas sobre sus piernas—. ¿No crees? Seres violentos que quieren salirse con la suya. —Se inclina hacia Dabi. Busca su cuello, pero en vez de eso atrapa el lóbulo de su oreja entre los dientes—. Necesitan que existamos, por más que proclamen que quieren destruirnos.
Dabi se ríe. Atrapa la barbilla de Tomura con una mano.
—Sí, nos necesitan.
Y lo besa.
La incomodidad nunca lo deja; le marca el cuerpo. Bajo los ojos, en su cuello, parece que la piel seca se le va a caer a pedazos y a él no le importa.
Sus uñas mal cortadas a veces le sacan sangre y a él no le importa.
A veces son las uñas de Dabi las que le dejan la espalda como un mapa sin sentido.
Nunca el cuello, ni el rostro, ese es territorio exclusivo de los dedos de Tomura. Aunque a veces sus dientes si le dejan marcas que ve Kurogiri y que ve Compress y ninguno de los dos dice nada.
Al final, Tomura desintegra uno de los controles de la consola que tienen el día que Dabi se le sienta encima y lo distrae. El dedo meñique la toca por accidente.
Se lo hace pagar.
Le recorre la piel con las uñas.
—¿Qué quieres? —pregunta.
—¿Acaso te importa? —murmura Dabi jalándolo de la playera raída que tiene para besarlo—. Creí que sólo me usabas.
—A veces me importa.
A veces no.
Le clava las uñas en alguna parte. El hombro, calcula. Dabi se tensa.
—No quiero pensar —dice Dabi, entonces.
Se lo concede.
A veces sobre su piel hay sangre que no recuerda y lágrimas secas de alguien que se ha cansado de llorar y que tampoco recuerda. A veces, por pura terquedad rastrea sus recuerdos hasta el principio, hasta que todo lo demás es negro. Y recuerda la cara de All For One y su presencia. Siempre.
Nunca hay nada más atrás.
Shigaraki siente que debería haberlo.
—Ey. ¿Piensas en el pasado? —pregunta un día, mientras Dabi está intentando besarlo y él está impidiendo que pase.
—No, para qué chingados —dice Dabi.
—Es mentira.
—No puedes saberlo.
—Sí. —Tomura lleva la mano hasta la muñeca de Dabi y aprieta con dos dedos allí donde se siente el pulso—. Sé que mientes. —Sonríe de lado—. ¿Nervioso?
—¡No voy a contarte mi pasado! —espeta Dabi. Se aleja.
—No te lo estoy pidiendo —asegura Shigaraki. Lo jala por el abrigo. Lo hace acercarse y lo besa—. No tendría nada que darte a cambio por él. —Dabi sube una ceja, parece distraerse—. Ey, ponme atención.
Entre lo que no dice se esconde su propia incapacidad de recordar nada.
¿De dónde viene? ¿Cómo llegó allí, a tener a Dabi encima?
—Despierta.
Nos abe si es una petición o una orden. Un híbrido entre las dos. Le pica a Dabi. Está en medio de una pesadilla, pero no lo despierta por piedad. Lo despierta porque quiere alguien que le saque todo lo que piensa de la cabeza; si no lo necesitara, lo vería sufrir en sueños. Le parece fascinante. Verlo vulnerable por una vez, cuando Dabi es sólo un demonio de fuego el resto del tiempo, dispuesto a matarse con tal de matar a otros.
—Ey.
—Despierta.
—¿Qué hora es? —No abre los ojos.
—Yo qué sé.
—No sé por qué duermo en la misma cama que tú —se queja, pero despierta. Medio se incorpora—. ¿Qué carajos quieres?
Tomura lo empuja de nuevo hacia al colchón, se le pone encima.
—A ti —le dice en la oreja.
Por supuesto, intentar pegar las piezas inconexas de su vida con Dabi nunca funciona.
(La sangre, las pesadillas, los golpes que su cuerpo recuerda y su mente no puede situar, los vacíos).
Tomura no deja de intentarlo.
Notas de este capítulo:
1) No creo que después de este ya sólo falte un capítulo de Dabi y ¡acabamos! La actualización de este es precisamente este día porque es el cumpleaños de mi bebé Shigaraki Tomura (que cada que me acuerdo que en el manga tiene 20 recuerdo por qué le digo bebé). Es mu favorito entre los villanos. Es feral, caótico (yo siempre amo un buen chaotic evil) y todavía un poco niño. Se nota en su necesidad de atención y en todo su egoísmo.
Andrea Poulain
