DESCARGO DE RESPONSABILIDAD: Skip Beat! no es mío. Estas letras que vas a leer, sí.
SESIÓN EXTRAORDINARIA
En torno a la mesa, el resto de la habitación está en penumbras, alumbrada tan solo por una bombilla trémula que pende del techo. Las cortinas están echadas y las cinco figuras están sentadas, cada una entretenida en sus quehaceres. Una lee muy concentrada un pliego generoso, y escribe rápidas anotaciones en los márgenes, mientras que la que está a su derecha, revisa todo lo que hace por encima de su hombro. Tiene el ceño fruncido, pero calla. Una tercera, a su izquierda, se muerde nerviosa las uñas, mirando a su alrededor, como esperando a ver si la estancia es asaltada de improviso. Una cuarta lee un libro de colores vivos, de hadas y princesas de cuento, ya con las esquinas desgastadas y el lomo marcado con cicatrices. Y finalmente, la última, con unas gafas de sol enormes —con las que de seguro no ve un carajo—, no es que esté precisamente mascando chicle y mirando al techo con la mirada en blanco, pero esa misma es la actitud exacta.
La del pliego, alza la vista de sus papeles para mirar el reloj de su muñeca, los recoge y los alinea entonces con un golpe seco y se aclara la garganta suavemente para llamar la atención de las demás.
—Hoy, miércoles veinte de mayo de 2020 —pronuncia con voz clara, la espalda recta tal como le enseñaron—, reunidas en sesión extraordinaria, se procede a la constitución de la Asamblea —dice, y luego vuelve el torso un poco a su derecha—. Secretaria-sama, ¿hay quórum?
—¿Tengo que hacerlo? —pregunta la del ceño fruncido.
—Sí, por favor —le dice.
—Hay quórum —responde al fin, poniendo los ojos en blanco.
—Da comienzo la sesión —declara, dando un golpe seco con un mazo chiquitito y muy rosa—. ¿Procede la lectura de actas de la sesión anterior?
—No procede —responde la misma interlocutora de ceño perpetuo, Petrolita Rencores, se llama.
—¿Orden del día? —pide la presidenta, Yamato. Bueno, realmente su nombre completo es Yamato Nadeshiko, todo junto, porque ella es simplemente perfecta, y en ella se encarnan todas las gracias y las virtudes tradicionales de la mujer japonesa ideal.
—Punto único —lee Petrolita, en aquel fajo de papeles que tenía Yamato—: La respuesta al "Quisiera tener el derecho de hacerme llamar tu novio" de Tsuruga-san.
—¡No puede ser! —exclama entonces la que se mordía las uñas, interrumpiéndolas—. ¡Se morirá de la vergüenza!
—¿Eh? —murmura la del libro ajado, que suele estár más pa'llá que pa'cá, en su mundo propio, y es por eso que la llaman Princesa Lalalá.
—¿Es en serio? —pregunta la de antes, la de las uñas mordidas, que resulta ser (o llamarse) la Cagá Por Tóo.
—A mí no me metan —dice la de las gafotas. Esta es, por supuesto, la Cegata. De apellido, Intencionalmente Desganá.
—Es nuestra obligación —les recuerda Yamato, con ese tono un poquito petulante y muy de maestra de escuela—. Hay que hacerlo. Tsuruga-san ha hecho una petición. Hay que darle una respuesta.
—Sí, sí. Ahora lo llaman así… —masculla Petrolita, dejándose caer contra el respaldo de su butaca—. Es un chantaje emocional encubierto…
—¡Va a ser horrible! —exclama la Cagá, el pánico trepándole por la garganta—. No la dejen hacerlo, por favor. ¡Que no abra la boca!
—Anda, anda, exagerada —le dice Yamato, tomando una de sus manos y dándole palmaditas suaves.
—Pero eso no es lo peor, no —añade Petrolita, cruzando los brazos sobre el pecho.
—¿Es que hay algo más terrible que eso? —pregunta la Cagá, con los ojos abiertos de pánico.
—Ella va a dejar el alma al aire —le responde—. Va a exponernos. Se le va a notar tooodo.
—¡Cielos! —grita entonces la Cagá, removiéndose en su butaca, sin saber si levantarse y huir o seguir sentada—. ¡Que alguien la detenga!
—Vamos, vamos, no puede ser tan malo —interviene Yamato, con la misma voz que se usa para tranquilizar a un animalito asustado.
—Te olvidas que es Tsuruga-san. Ese Tsuruga-san… —remata Petrolita.
—¿Qué? —pregunta Princesa Lalalá, que, obviamente, solo estaba con media neurona en la reunión. Aunque, habida cuenta del punto a tratar, debería ser precisamente ella la que más atención pusiera…
—Tsuruga-san… —repite la Cagá—. Sabe leernos mejor que nadie… —murmura, aunque no se le entiende mucho, porque ya está mordiéndose las uñas otra vez.
—A estas alturas, probablemente ya sepa lo que Kyoko va a decir —agrega Petrolita—. Y no es que precisamente esté vaya a conformarse con un asentimiento de cabeza esta vez…
—¿Eh? —pregunta la Cagá, dejando sus uñas por un momento—. ¿Por qué?
—Quiere oírlo. Quiere escuchar de verdad esas palabras —añade la Cegata, antes de volverse a quedar mirando el techo. Pero un silencio extraño le hace apartar la mirada y ve entonces a sus compañeras mirándola fijamente—. ¿¡Qué!? —exclama—. Toda esta ceguera voluntaria, nunca significó que fuera tonta… ¿Saben lo cansado que ha sido estar negándolo todo una y otra vez? Uff —resopló, y ahora sí se recostó sobre su asiento y volvió a dejar la mirada perdida en algún punto del techo.
—Oh —dice tan solo la Cagá, intentando hacerse chiquita sobre su asiento.
—Pero eso no es todo —dice Petrolita.
—¿¡Pero es que TODAVÍA hay más!? —pregunta la Cagá, con la boca abierta, los ojos espantados y las manos en las mejillas como aquel famoso cuadro de Munch.
—Anda, díselo —le susurra Petrolita a Yamato, dándole un codazo. Esta, endereza la espalda, y una vez más se aclara la garganta antes de hablar. Mientras tanto, a la Cagá ya no le quedaban uñas.
—Esta vez, tendrá que darle algo más que un dedo en prenda —dice al fin—. Un beso, quizás. Ya sabes, para demostrar que está realmente comprometida con esta relación.
—Por favor, que alguien nos mate ahora mismo, ¿sí? —ruega la Cagá, dejando caer la cabeza sobre la mesa y dándose cabezazos de impotencia contra ella. Yamato, por su parte, se apresura a poner la mano entre la cabeza y la superficie de la mesa.
—Un voto de confianza, mujer —le dice, mientras la ayuda a incorporarse—. Probablemente él se sienta tan inseguro como ella.
—¿¡Es que no lo ves!? —exclama la Cagá, zafándose de sus manos y retorciéndose hasta conseguir agarrarla de las solapas—. Se le trabará la lengua, le temblarán las manos y se le freirá el cerebro. Va a reírse de ella. O enfadarse. ¡No sé qué es peor!
—Estoy segura de que eso no sucederá —le responde Yamato, mientras va soltando, con cierto esfuerzo, uno a uno los dedos que se aferran a sus solapas—. Ella tiene recursos para cumplir satisfactoriamente con la respuesta solicitada.
—¡No se trata de eso! —grita Petrolita, dando un golpe con la mano abierta sobre la mesa. Todas las demás parpadearon, sorprendidas.
—¿Entonces de qué? —pregunta Yamato, deliberadamente ignorando la vehemencia anterior.
—Si ella hace algo, será solo gracias a ti, la Doña Perfecta…
—Petronila, por favor, ya verás cómo–
—No, párame eso ahí —le exige ella, interrumpiéndola, alzando la mano abierta frente a Yamato, en ademán imperioso—. Nunca me llames eso. Soy piedra. Soy petróleo —le dice, con los dientes apretados—. Mi nombre es Petrolita. Y venga, ya es hora de que alguien te diga la verdad —añade, con los brazos en jarra, los puños apoyados en las caderas—. Tú, Yamato Nadeshiko-sama, estás llenas de errores —le soltó.
—Nunca he dicho que fuera perfecta —responde Yamato con suavidad, ladeando la cabeza.
—Pero vas por la vida como si lo fueras —le replica Petrolita, con retintín.
—Cegata, por favor —dice Yamato, adelantando el torso sobre la mesa—, ¿puedes decirle a esta mujer que se equivoca del todo?
—Preferiría no hacerlo… —le contestó la Cegata, mirándose las uñas.
—Tremenda ayuda la tuya, muchas gracias —le dice, con cierto resabio desagradable.
—Hey, esa es mi línea —interviene Petrolita—. Lo del sarcasmo es cosa mía, ¿recuerdas?
—Por favor, me disculpo por las molestias causadas, no pretendía usurparte funciones —se apresura a decir Yamato, alzando las manos frente a ella y casi estaba por lanzarse a una dogeza cuando la voz de Petrolita la paró en seco.
—¿Ves? —le pregunta rodando los ojos—. ¿Por qué siempre tienes que ser tan jodidamente correcta? —Petrolita pone los ojos en blanco, malhumorada—. ¿No podrías ser más espontánea alguna vez?
—¡Oh, no! ¡La espontaneidad es peligrosa! —grita la Cagá, sobresaltando a las demás—. ¡Que alguien la detenga!
—Sería lindo que ella consiguiera por fin su príncipe y su final feliz, digno de cuento —comenta Princesa Lalalá, los ojos le brillan, llenos de estrellas, y tiene las manos entrelazadas, justo sobre el corazón—. Y también sería bueno para nosotras, porque podríamos pasar más tiempo juntas.
—¡A mí no me molesten! —rezonga la Cegata—. ¡Yo bastante tengo con lo mío!
—¿Lo tuyo? —repite Petrolita—. No me hagas reír.
—Petri querida, no afiles tanto los cuchillos, por favor —le ruega Princesa Lalalá.
—Vamos, chicas, todas tenemos nuestros momentos estelares —les dice Yamato.
—Aunque algunos sean más memorables que otros… —replica Petrolita.
—Huy, sí, esta de aquí es como el Krakatoa —dice la Cegata, y luego alza las manos en un movimiento circular—. ¡BOOOOM!
—¿No es que te gusta estar calladita? —le suelta Petrolita—. Pues cállate.
—Chicas, no sean así, me están asustando… —les ruega la Cagá—. Paren, paren…
—Me van a hacer llorar —susurra Princesa Lalalá. La verdad, ya tiene los ojos llenos de lágrimas.
—Chicas, por favor, esto se nos está yendo de las manos —interviene Yamato, aunque parece que ya nadie la escucha—. ¡CHICAS! —grita entonces. Pero es el suyo un señor grito, de esos capaces de dejar en pausa una multitud revolucionada—. ¡SILENCIO!
—Vaya, vaya… —dice un poco después Petrolita, cuando ya se ha repuesto de la impresión. Mira a Yamato con curiosidad y algo que se parecía demasiado al respeto—. Esto es nuevo…
—¿Tú crees? —le replica, dedicándole una sonrisa angelical, a todas luces absolutamente falsa. Petrolita entornó los ojos, aunque la comisura de los labios se le estiró en una sonrisa diminuta.
—Reanudamos la sesión —dice Yamato, poniendo las manos sobre la mesa—. Volviendo al orden del día, ¿en qué quedamos? —pregunta, mirando a las demás—. Personalmente pienso que sería un buen ejercicio de honestidad y fortaleza.
—A mí me da igual —responde la Cegata, encogiéndose de hombros—. Pero si lo hace, ya no tendré excusa para llevar estas gafas de ciega.
—A mí me aterroriza que algo salga mal —susurra la Cagá—. ¿Y si le rompe el corazón?
—Como le haga daño, a ella o a alguna de nosotras, yo… —amenaza Petrolita, las manos apretadas en puños con los nudillos blancos.
—Muchas gracias, Petri, eres un sol por cuidarnos tan bien —dice Princesa Lalalá, ignorando la mirada feroz con la que estaba siendo obsequiada—. Pero no se preocupen tanto —les dice a todas, con una alegría excesiva que contrastaba horrores con el guirigay de antes—. Ya verán cómo Kyoko se las arregla para decírselo todo sin revelar apenas nada. Yo confío en ella —afirma, y luego da un suspiro hondo—. Y además, a él le gustamos todas nosotras —añade, con las mejillas encendidas de rubor.
—Pues espera sentada… —masculla Petrolita.
—Ya me cuentan entonces cómo terminó la cosa… —añade la Cegata, sin molestarse en disimular un bostezo.
—Yo voy a esconderme debajo de una piedra —dice la Cagá.
—¿Ruegos y Preguntas? ¿No? —cuestiona Yamato. Todas niegan con la cabeza, y ella exhala un suspiro algo cansado—. Entonces, se da por finalizada la sesión —añade, y el mazazo sobre la mesa suena efectivamente como un punto y final—. Siempre es un placer verlas, chicas. Hasta la próxima vez.
Mientras tanto, afuera, Kyoko inspira para por fin darle una respuesta.
.
- * - * - FIN - * - * -
