El pozo de brea


En Piatra hubo una época en la que los animales desaparecían cuando salían de noche. Si alguien no era cuidadoso, si el perro, el gato, o incluso la cabra o el caballo quedaban fuera y sin resguardo, era más que probable que sus dueños no volvieran a verlos.

Entre los terrenos más apartados se encontraba una familia, los Fetid, que se encargaban de la cría y matanza de cerdos para surtir las dos carnicerías del pueblo. El hijo barón, el mayor, Vasile, tuvo que crecer escuchando el chillido de los cerdos mientras eran ejecutados, contemplo tantas veces como los despellejaban y los descuartizaban para repartir su carne, día tras día, sin importar si al principio le causaba pesadillas. Tubo que desarrollar un gusto a aquello, encontrar el placer, fue la única salida, para continuar con su vida diaria.

Cerca de sus terrenos, había un pozo que llevaba años seco, el hueco en la tierra era tan grande como para engullir a un caballo entero, Vasile Fetid encontró ese sitio cuando era un chiquillo solitario, sin amigos, sin nada más que, el cariño de su hermanita, y su nueva y retorcida obsesión. Desarrollo una curiosidad por verificar si todos los animales sonaban igual al morir. Fue así que introdujo dentro a su primera víctima, un perro sin dueño, que le siguió desde la carnicería donde hacia sus entregas, un cachorro. Lo llevo hasta el pozo, escucho como el animal chillaba al caer y golpearse contra el fondo rocoso, se deleitó, luego, espero. Cada tarde luego de ayudar a sus padres con los cerdos volvía para ver si el animal aun chillaba, esperaba sentado, mirando a la oscuridad, hasta que el atardecer llegara. Le causaba placer, y paz, así fue hasta que el chillido se detuvo.

En cada oportunidad que tenía, siempre que se encontrara algún animal solo en la noche, él lo acogía y los llevaba a aquel pozo, se deleitaba con sus chillidos, y cuando este callaba, buscaba otro, y otro. Viéndose insatisfecho con animales pequeños, fue buscando animales, cada vez más grandes, no podía ir por los cerdos de su familia, si su padre le descubría le azotaría tan fuerte que le arrancaría la piel de la espalda, o lo entregaría al Empapador Vlad. Los siguientes años, continuo con su pequeño secreto, escalando poco a poco, busco a los alrededores. Comenzó a preguntarse como sonaría una cabra, una vaca, o un caballo. Era amable con todos y muy cuidadoso, cualquier perro, puedo llegar a morderlo, cualquier otro animal de granja pudo haberlo pateado, pero savia como tratarlos, hasta que llegara el momento, hasta que estaban al borde de su pozo. Sea con su propia fuerza o con ayuda de alguna herramienta que había fabricado, los empujaba. Oírlos caer era la mejor parte para él, el mugido, el aullido, el alarido mientras el animal era devorado por las sombras hasta caer al fondo.

Los rumores hacían llamamiento a una bestia que se alimentaba de los animales, el más común declaraba un lobo bestial, otros decían que era una bruja que hacia sacrificios cada noche. Aterrorizada, la gente comenzaba a ser más precavida, aquello no le convenía, y no podía caer en peor momento, cuando su hermana, Nicoleta, había fallecido de fiebre tifoidea, y le había dejado a él, solo con su sobrino.

Philip era un niño, que desde la muerte de su madre, no tenía ningún amigo más que un pequeño gatito negro que su madre le había dado. Tras el luto, Phulip se encariño de el, lo llevaba consigo a todas partes, las caricias y jugueteos del minino era lo único que apaciguaba su alma deprimida, fue por eso que, consiente del mito de la bestia que devora mascotas, cuido más que nada en el mundo a su pequeño brillo negro. Sin embargo, no siempre pudo ser tan cuidadoso, y una noche de calor en que las ventanas se dejaban abiertas, el felino, salió. Cuando se percató, corrió a buscarlo, antes de que el monstruo lo encontrara primero. Fuera, vio a una figura entre sombras, que huía de él. Aterrado, quiso regresar a casa, hasta que se percató, que entre sus manos retorcidas, su minino chillaba.

Lo siguió, sin saber qué hacer. Vasile estaba ansioso por introducir su nueva presa. El niño lo veía, escondido entre unos arbustos, vio a su tío, sujetando a su gatito, negro como el azabache, lo acariciaba, le sonreía, por un momento, dejo de ver al monstruo, dejó de temer, hasta que levanto al animal por encima de la oscuridad, y un rugido pareció emerger del pozo. Philip corrió hacia su tío, le pidió que dejara a su mínimo, el hombre, eufórico, sin reconocer a su sobrino, empecinado en entregar al gatito, lo dejo caer. Philip corrió y lo atrapo en el aire. Resguardándolo entre sus manos, intento huir, pero la locura y la ira, invadieron a Vasile, furioso por que le habían arrebatado su deleite, fue por el niño, le pidió el gato, era su propiedad, decía, era suyo, del pozo. Vasile, le retorció las manos, hasta que soltó al gato. El mínimo sin dejarse atrapar, corrió y trepo, hasta su rostro, y le rasgo un ojo al hombre, quien finalmente soltó al niño, sin embargo, al hacerlo, este fue engullido por el pozo, dejando atrás de si un grito mientras era devorado.

El pozo volvió a gemir de nuevo, tal y como él quería. Pero ya no era un animal, no era un perro con los huesos rotos, no era una cabra que se había roto el cuello, era un niño, ningún otro que su sobrino, el hijo de su hermana, recién fallecida, que se ahogaba entre un mar de podredumbre. Sus gemidos, sus suplicas, no le hacían sentir como con los otros animales, estos de alguna forma calaban hasta el interior de su conciencia, le perseguían, aun en el trabajo, cuando debía matar a los cerdos, ya no oía el placentero alarido de esos animales, si no el desgarrador y horrible grito del pequeño Philip. Le arrebataban el sueño por las noches, hasta que no lo resistió más. Fue a buscarlo, por primera vez, desde que comenzó a alimentar el pozo, él quería recuperar algo. Tomo una cuerda y se introdujo en el interior de la fosa, pero al bajar, solo vio los centenares de cuerpos agusanados y esqueléticos de innumerables perros, gatos, uno que otro cabrío, y más de algún caballo. Le llego un olor que antes no habían nota, un olor fuerte, fétido que le arrebataba el aliento y lo sofocaban, el olor de la muerte y la putrefacción.

Busco, nado entre el pantano de sombras y muerte, pero no encontró al niño, había sido engullido totalmente por el pozo. La cuerda que había usado para bajar, calló, se hundió entre el mar negro y agusanado. Cuando se dio cuenta, miro arriba, vio una figura, alta y delgada, se preguntó si era el niño, pero no, era otra cosa, más pequeño, mas diminuto, por color de pelaje y la luz de la luna tras de él, le parecía más grande, pero era diminuto, un pequeño minino de pelaje negro, con sus ojos verdes como esmeraldas le condenaba con su mirada.

Grito, aulló, suplico, lloro, se lamentó. Pero nadie vino a rescatarle, nadie sabía que estaba ahí, nadie fue por él. Pero hasta su final, no estuvo solo, pues dentro mientras su cuerpo se unía a la podredumbre, cientos, o tal miles de cráneos de todos los tamaños y formas, le observaban fijamente mientras día tras día, noche tras noche, era consumido, por la brea negra producto de la muerte de cientos, miles de criaturas sin mancha alguna.