El hueco en la pared


Cuando estaba por entrar a su tercer año, los padres de Howard decidieron que dado a corta distancia entre su casa y la escuela, era preferible que el solo fuese cada mañana al colegio. En la calle Herrera y Cairo, a tan sólo un cruce de distancia, pasando la plaza de toros de encontrar la escuela primaria Benito Juárez. Adjunto al pasillo de la privada donde Howard vivía, se encontraba un lote baldío que llevaba años abandonada. Tener que salir de su cada de madrugada, cuando el sol aun ni se asomaba, y pasar tan cerca de aquel lote baldío que se encontraba justo al lado la privada donde vivía, era algo que le provocaba escalofríos.

En el lugar había solo parte de una casa abandonada, más allá de lo tétrica que esta podría ser, lo que más resaltaba era el resto del terreno, pues era un patio enorme e inundado de arbustos y maleza, que Howard imaginaba que era incluso más grande que su escuela que la espesura verdosa era tan alta como las copas de un bosque o una selva, un sitio que desde que tenía memoria siempre le había inquietado, un sitio donde fácilmente algo enorme podría ocultarse y asechar para arrastrarlo y hacerlo desaparecer para siempre, por aquel hueco ubicado a mitad de la muralla, de cara a su propia casa, había un hueco semejante a una madriguera o una caverna, generado por la erosión y el paso del tiempo .

En algún punto de su joven vida, otros niños llegaron a retarlo, adentrarse por aquella selva húmeda y ocurra, pero apenas entrada por el hueco, antes, incluso, de llegar a ver algo, pudo oler algo repulsivo, una sensación amarga y pestilente le quemó por un instante las fosas nasales, luego, vio algo moviéndose dentro; caminando encorvado entre la selvática maleza, enorme como un oso, arrastrando los pies igual que un muerto viviente.

Cuando el sol se ausentaba durante las noches o las madrugadas, era cuando más temía pasar por el sitio, imaginando que en cuanto se diera la vuelta aquello aparecería para llevárselo a su siniestra guarida. Los primeros días que fue a la escuela, se disponía a salir cuanto antes del pasillo, con tal de no quedarse ni un segundo de mas como para que esa cosa, se diera cuenta de su presencia. Esperó que aquello fuera suficiente, hasta que un mal día, se le hizo tarde para ir a la escuela; torpemente, se hizo con sus cosas, y al salir forcejeó entre ponerse su chaleco con el escudo de su colegio, al mismo tiempo que trataba de que su mochila o lonchera, no cayeran, haciendo malabares hasta que evidentemente algo cayó, fue su lonchera, para infortunio, cayó muy cerca de aquel hueco en el muro donde tiempo atrás algo casi le atrapaba. No pudo evitar soltar un quejido, que sonó como si algo le estrujara el cuello. Quiso recuperar la lonchera, pero al momento vio una sombra aproximándose. Entre un chillido, intentó tirar de su lonchera, pero torpemente la dejó caer otra vez, esta se abrió desvelando todo su contenido, un juguito, sus paquete de galletas y su sándwich se vieron expuestos y apartados entre sí. Al ver la silueta de unos dedos largos y delgados asomándose por el hueco del muro, salió corriendo dejando tras su lonchera, y todo su almuerzo.

Con un fuerte gruñido que provenía de su estómago que le acompañó durante toda la clase, temió volver a casa, pasar otra vez por ese hueco, y que aquello sin estar satisfecho fuese con él. Al entrar por el pasillo, esperó afuera por algunos minutos, hasta que una vecina que apenas conocía de rostro, estaba por salir con su carrito, probablemente para ir al tianguis del viernes, y en aquel instante se sintió seguro, quiso pasar rápido, aprovechando la casual presencia de la señora para sentirse seguro y pronto resguardarse en su casa, pero justo cuando estaba a punto de sobrepasar a la mujer, esta le detuvo para pasarle un recado que sería para su madre. Mientras le hablaba, Howard estuvo ausente, observando el huego en el muro por sobre la señora, no estaba su lonchera, tampoco ningún vestigio de su almuerzo. Cuando la señora, por fin le dejó, luego de pedirle tres veces que saludara a su madre por ella, Howard se encaminó a su casa, pero cuando estaba a punto de entrar, se fijó una última vez en el hueco, se dio cuenta de que fuera de este se encontraba su lonchera. Dudó si tomarla o no, temiendo que en cuanto se acercara algo le tomaría del brazo y se lo arrancaría, al final se decidió por recoger la lonchera, sin antes ir corriendo por una escoba a su casa para apartar la lonchera de la zona de peligro.

Cuando volvió a su casa, y se encerró en su cuarto, vio dentro de su lonchera, evidentemente no estaba su almuerzo, de eso se dio cuenta desde que sintió la diferencia de peso, sin embargo, había algo dentro, una pequeña figura, un caballo, tejido con una hoja de algún arbusto de los tantos que hay en el lote. Pese a la inquietud y el miedo que le provocó aquella mañana, esa noche pudo dormir bien y desde ese día, Howard tomó como costumbre dividir su almuerzo, antes de ir a la escuela dejaba una parte cerca del borde donde se encontraba el hueco en la pared, al regresar a casa, se topaba con una nueva figurita de papel que le esperaba al borde.

Sin darse cuenta, comenzó a coleccionarlos, pronto algo que en un inició sólo hacía para apaciguar el hambre del monstruo que vivía en el lote baldío se convirtió en una costumbre y una curiosidad para él, a tal punto que incluso se sentía atraído por las figuras. Cada una era diferente y hasta le entretenía intentar averiguar que animal sería, llegando a tener desde leones, elefantes y jirafas, hasta perros y gatos que podían diferenciarse incluso por razas debido a sus formas y tamaños. Llegó a tener tantos que, incluso, llego a llevarse algunos en la escuela para jugar entre clases o incluso a escondidas de los profesos cuando la clase se tornaba más aburrida.

Algunos niños comenzaron a fijarse en las figuras, los que le preguntaban directamente no creían su historia, hasta que Pedro (un compañero y mejor jugador de futbol junto a algunos de sus amigos) le pidieron a Howard que los llevara a donde supuestamente vivía el supuesto monstruo que regalaba figuras hechas con hojas. Howard les señaló el hueco que era la ventana al hogar del monstruo, les mostró el lugar donde dejaba los sándwiches y donde las figuras con las que jugaba aparecían cada tarde, sin embargo, al llegar, no había ninguna.

Los niños se burlaron, con incredulidad y sarcasmo le dijeron que querían ver al supuesto monstruo, Howard no quería entrar pese a que ya no le temía al monstruo como antes, los niños intentaron tentar su orgullo llamándolo cobarde, y con múltiples insultos infantiles, sin embargo, Howard siguió negándose, hasta que Pedro le quitó la mochila y la arrojó al otro lado del muro.

Entre risas los niños le dijeron que de cualquier forma iba a tener que ir por su mochila, sin embargo, antes de que todo empeorara, de repente la mochila fue devuelta, arrojada desde el interior del lote entre los arbustos hasta en medio del pasillo. Los niños dejaron de reír e incluso se sobresaltaron.

Para antes de que se dieran cuenta, ante ellos se encontraba una figura enorme, que sin avisar se había arrastrado de entre el hueco, interponiéndose entre los niños duplicando la altura de hasta el más alto de ellos, compuesto con infinitas capas de retazos desgarrados que cubrían su lomo semejante a pieles que parecían ser putrefactas por el horrible olor que arrastraba consigo. El ser dio una sonrisa mostrándoles a los niños sus dientes torcidos y amarillentos. Con uno de sus brazos, oscuros como si estuviera bañados en carbón, huesudos, de dedos largos y retorcidos que terminaban en uñas largas y astilladas como garras, tomó a Pedro por la mano y lo jal. Gruño el ser con un tono de ultratumba, mientras apretaba con fuerza la muñeca de Pedro, gritó, pidió ayuda y lejos de recibirla, todos sus amigos salieron corriendo más rápido que un gato asustado. Antes de que alguien mas viniera, aquello lo soltó, y entre lágrimas, salió corriendo para no volver.

El ente se arrastró de vuelta por el hueco, cual animal a su madriguera. Superando el shock inicial, Howard quiso detenerlo, pero él no le hizo caso al niño, no volvió, y se introdujo por completo por el hueco en la pared.

—Gracias— le dijo Howard.

—Gracias por los sándwiches— dijo una voz reseca desde el otro lado, y una mano huesuda salió para dejar una última figura, una paloma hecha con hojas y con una pequeña florecilla atada a una de las patas.


Nota del Autor

No todas las historias serán precisamente de terror, pese a que es mi género favorito con respecto a relatos cortos, quienes me conocen desde el principio sabrán que suelo enfocarme a otros generas.

¿Qué les están pareciendo las historias?