Un anillo de miel en un vaso de leche.


Le avía visto pasar desde fuera de la cafetería un par de veces, siguiendo muy de cerca a aquel hombre, quien supuse, era su dueño. Se le veía alegre y no se separaba de él aun tras el paso de otras personas, se le notaba muy apegado. Desde ese instante me había fijado en su peculiaridad, tenía manchones blancos salteados en su pelaje, pero destacaba más el que rodeaba su ojo, dorado, como un destello en el cielo.

El hombre permaneció de pie al otro lado de la calle, esperando, junto a su diminuto acompañante que se le veía mucho más alegre que su supuesto amo. Cuando iba saliendo, de reojo vi que aún estaban ellos dos, intente enfocarme solo en el ojo color miel del cachorro, evitando mirar directamente la sombra en aquel rostro lleno de iluminación manchaba su luz, el contraste era tal y tan opuesto como un día de sol brillante, a una noche donde no hubiese luna que contemplar.

Cando cruce la calle, vi como el hombre se subía a una carro que le recogió, el cachorro intento subir de un brinco, pero inmediatamente fue devuelto a la calle, y antes de pudiera hacer un segundo intento, la puerta se cerró con brusquedad, aun cuando entre saltos y chillidos imploraba que le dejase entrar.

El auto arranco, y la pequeña bola de pelos intento seguirlo, se esforzó por correr, por alcanzarlo, pero aun a cuatro patas no lo hubiera logrado. El auto no se detuvo, ni tampoco el que le seguían detrás. Corrió tanto y como sus tres patas se lo permitían, e incluso dio varios brincos mientras aullaba. Yo creí que se tropezaría, y que el conductor que estaba detrás, en su apuro le pasaría por encima, por suerte la criatura se cansó antes, y el carro de atrás freno lo suficiente como para permitirle salir de su camino.

Cuando fui por él, tenía miedo, no confiaba en mí, y como culparlo ¿No? Se había ocultado debajo de un vehículo, estaba hecho bolita detrás de un neumático, temblaba y gemía como si hubiera sufrido alguna herida. Cuando estuve a punto de tomarlo, me mostro los dientes, solo esa ves me gruño, aparte mi mano, pero no le deje, espere, arrodillado, asomándome por debajo del chasis, la estrella dorada que rebozaba en su peludo rostro me miro, y en algún momento, tras pasar los minutos, dejo de temerme, salió por sí misma y dejo que le acariciara.

Le cargue todo el camino, pude dejarlo en el suelo y dejar que me siguiera, estaba seguro de que lo hubiera hecho, pero quería demostrarle que no le cerraría la puerta tan pronto llegara a casa. Desde ese día me trajo compañía y permaneció con migo hasta su final. Siempre recordare mi querida Miel, sin importar el abismo que todos los demás miraban, para mí, solo bastaba el anillo de miel rodeado de un mar de leche.