La muñeca del vestido Rojo
Cuando era niña solía temerle a los monstruos que se encendían debajo de mi cama, mis padres, solo me siguieron el juego hasta que consideraron que era demasiado grande como para temerle a la pelusa que se juntaba debajo de mi colchón, era mi abuela quien nunca dejo de apoyarme, y por el contrario de mis padres quienes solo buscando que madurara de repente, mi abuela, me acompaño varias noches, y cuando íbamos a su casa en las montañas, dejaba que durmiera con varias de sus muñecas, alegando que ellas me protegerían de todos los monstruos que hubieran en el mundo, tanto así, que hasta incluso podían rodearme por completo de ellas, abrasadas a mí, esas eran las noches en las que mejor dormía.
Cuando cumplí los ocho años, mi abuela me conto que cuando tenía mi edad, obtuvo su primera muñeca. No en una tienda de antigüedades o en el ático de su casa, como la familia podrían pensar, tampoco abandonada en la escuela o en la calle. No. La encontró encima de una tumba, tiempo después del entierro de su madre. Estaba sentada, con sus ojos cerrados, sola, abandonada en un sitio lleno de lamentos. Estaba sobre una loza de piedra, muy alta, tanto que tuvo que ponerse de puntitas para alcanzarla. Nadie noto que cuando volvía a casa, la llevaba consigo. Desde entonces me dice que le cuido, aun cuando llego a la edad en la que ya no se jugaban con juguetes, y me platico como fue recolectando otras más, para que no se sintiera sola, cuando reposaba en la estantería de su habitación, llegando a acumular con los años, al menos un centenar de ellas. Nunca llego a decirme cual era de todas las que tenía, la primera, no se podía saber por su antigüedad, pues toda lo era, unas más que otras, pero bien cuidadas aun cuando en muchas ocasiones de pequeño yo jugaba con ella. Probablemente no me lo dijo para que no la señalara con miedo debido a su historia. A mí me encantaba su colección, y seguido podía verme jugando con ellas, incluso después de oír esa historia. Pasó un tiempo para que ella me diera una pista sobre cuál era su primera muñeca, solo me dijo que era una de vestido rojo, que entre toda la colección, al menos un cuarto de ellas, eran de dicho color o de un roza tan apagado y oscuro que alguna vez pudo haber sido carmesí.
Habían pasado muchos años desde aquel entonces, yo crecí, y deje atrás aquella cabaña en las montañas, donde pase buena parte de mi infancia, y donde se encontraba la colección de mi abuela.
Por una serie ultimada de desafortunados eventos tuve que verme de vuelta, esta vez, sola (o eso esperaba) a mitad de una tormenta nevada, que solo tenía pinta de empeorar, buscando un lugar donde pasar un tiempo lejos de mis problemas y del último monstruo que me atormentó. La cabaña de mi abuela llevaba años abandonada desde que murió. Apenas pude encontrarla, sepultaba bajo metros de nieve, que de milagro, no tapio la puerta por completo, y pude entrar.
La penumbra fue lo único que me recibió, tuve que alumbrarme con el celular en mano para no tropezar con algún mueble, aunque me dio la sensación de que podía recordar exactamente donde estaba cada cosa. El suelo de madera crujía tras cada paso que daba, toda la casa estaba en muy mal estado. La sala era sin duda la que peor fue castiga, la humedad había corroído el papel tapis, las cortinas que colgaban débilmente de los ventanales eran apenas una sombra de lo que eran, casi remplazadas por redes de ceda que adornaban casi toda la casa. Entre el soplido de la tormenta que intentaba filtrarse, llegue a escuchar el canto de algún ave y de sus polluelos, aunque no pude ver de dónde provenía, solo podía suponer que era dentro por los sonidos, donde quiera que estuvieran, me reconfortaba el hecho de que al menos los polluelos estaban en compañía de sus padres, al menos ellos no estaban solos, y parecían seguros de los depredadores que asechan el bosque.
Podía escuchar como la nieve azotaba contra los muros, y el viento que soplaba, golpeaba y arremetía la pequeña cabaña como si fuera su intención arrancarla de la tierra para devolverme de donde vine. Comencé a arrepentirme por haber venido, no estaría segura, y si no encendía un fuego o encontraba un sitio caliente, las frías manos de la muerte me abrasarían mucho antes de que el me encontrara. Busque en las habitaciones, el frio se filtraba en cada de ellas, como si me hubiera metido en un congelador, sabía que tenía que encender la chimenea, había muchos muebles, pero no tenía nada con que encender el fuego. Seguí buscando, hasta que, entre a la habitación de mi abuela, y hay encontré a aquellas que nunca se fueron.
Todo estaba recubierta por una fina capa de grisácea, semejante a la nieve que rodeaba la cabaña. Cada una de las muñecas estaba colocada en orden, de pie, intactas como si apenas hubieran pasado los años. Todas mirando, con sus ojos de vidrio y de múltiples colores, en dirección a la cama (o lo que restaba de ella) salvo por una, más pequeña que la mayoría, vestida con un corpiño negro y una faldita roja, estaba recostada y con sus ojos serrados. Intento hacer que los abriera, pero permanecieron cerrados. "¿Cuál era su nombre? Todas lo tienen" pensé "Cada una, incluso ella" mi abuela las habría bautizado y no me dejaba jugar con ellas si decía quiénes eran. En otro tiempo me los savia todos de memoria, pero no venía a mí, ninguno. Tenía una caja de vos "dime tu nombre" tire de la cuerda, la muñeca que sostenía abrió sus ojos y de una bocina, una vos infantil dijo "bienvenida a cada"
Vi una luz provenir de afuera, un auto se abría paso removiendo la nieve bruscamente, seguido de un rugido motorizado que silenció a la tormenta. Me aterre, "tan pronto me avía encontrado" me sentí de nuevo como una pequeña, quería esconderme, escapar, pero antes de que pudiera salir de la habitación escuche como algo golpeo la puerta del frente. Fui a la ventana, estaba atascada, quise romperla, pero mis escasas fuerzas, terminaron haciendo que me devolviera y callera al suelo, tumbando si querer algunas de las muñecas que cayeron sobre mí.
Mis lágrimas corrieron por mi rostro tal cual y como la nieve derretida a través de las ventanas debido a los faros del auto. Abrase la muñeca de vestido rojo, y me tuve en la cama, los resortes del colchón rechinaron como si fueran a reventar, la cómoda se estremeció como si me gritaran que mejor hullera. Tenía que hacerlo o buscar un mejor escondite, pero no lo hice, no podía, cuando la puerta cedió, le escuche entrar a la cabaña. Había olvidado siquiera como levantarme. Solamente cerré mis ojos, y espere.
Le oí entra a la habitación, se reía, me insultaba, escuche como golpeo algo, savia que no podía detenerlo aunque me resistiera, estaba dispuesta a resignarme y dejar que hiciera con migo lo que quisiera. No quería mirar, pero lo ice, cuando abrir los ojos, le vi al pie de la cama, contemplándome, yo estaba tumbada, inmóvil, abrasada a la muñeca de vestido rojo. Vi cómo me golpeo, y luego, riendo, jugueteo con migo, acarició mis piernas, pero no sentía nada, ni el golpe, ni la caricia. Lo veía todo, pero como si estuviera observando desde la estantería de las muñecas, vi como el procedía a quitarme la ropa, prenda por prenda. La tormenta rugió como si hubiera enfurecido, el casi me había desnudado por completo cuando, sonó la alarma del coche, su estruendo, irritante y estridente, termino por cortar su atención sobre mis bragas. Enfurecido, fue a ver qué pasaba desde la ventana dejándome en la cama, las muñecas se estremecieron en sus lugares, una por una comenzó a caer de su estante, luego me di cuenta que toda la habitación se agitaba. Él de repente salió corriendo, pero no pudo salir de la habitación cuando, la ventana estallo tras una avalancha de nieve. Termino por sepultarlo, a él, y a mí, mientras arrollaba con ira la cabaña entera. Todas las muñecas saltaron de la estantería, arrastradas por la nieve, vi mi cuerpo siendo remolcado y empujado, junto a las demás muñecas, sepultada por completo. Fue ahí cuando las tinieblas gélidas me abrasaron y por un instante, creí desaparecer en ellas.
Lo siguiente que recuerdo era que la tormenta había parado. Ya había amanecido, cuando un grupo de rescatistas me habían encontrado, medio sepultada en la nieve entre los restos de lo que alguna vez fue la casa de mi abuela, me sacaron de la nieve y me llevaron a un hospital. Entre los rescatistas se decía que me encontraron rodeada de un centenar de muñecas abrasadas a mi cuerpo y como pese a estar inconsciente y sumergida en la nieve, aún mantenía mi calor. Sin darme cuenta, desde que me subieron a la camilla, lleve con migo a una polizona, estaba aún aferrada a ella, y no la solté, la muñeca del vestido rojo quien tras tirar de su cuerda su caja de vos, fallo, pero a mi mente vino su nombre, la pequeña Tiffany.
Notas del autor:
Un saludo a todos mis lectores, espero que estas historias les sean de su agrado.
Probablemente esta sea la ultima historia que subiré en lo que resta del año, pero esperes mas cuentos para el siguiente.
Feliz Navidad, y un muy prospero año nuevo a todos.
