El calcetín rojo


La casa de Edgar (si se le podía llamar casa) estaba compuesta únicamente por dos pisos, en la planta de arriba solo estaba su habitación, junto al baño y en la planta baja, estaba una cocina pequeña y un escaso espacio adicional que apenas podría llamársele sala o recibidor, muy poca cosa, la verdad, pero era lo más que podía permitirse pagar mientras estaba lejos de su verdadero hogar con el fin de tener un fácil acceso a su plantel universitario.

Tras un primer semestre un tanto atareado, las vacaciones de pascua llegaron, sin embargo con la falta de dinero y el hecho de que fueran solo dos semanas de vacaciones valía más para Edgar quedarse en esa pequeña casita que volver a las carreras a casa de sus padres, aparte tenía trabajos pendientes que debía cubrir antes de que regresara a clases. Sin duda, esta etapa de su vida no era tan provechosa como él se esperaría pero aun con todas las labores y la aburrida soledad, podía encontrar uno o dos motivos que le hacían más amena su estadía, sobre todo aquella que involucraba a cierta vecinita, también estudiante de su plantel pero de diferente carrera desde hacía un tiempo, él había querido ir a hablarle pero nunca había encontrado ni las fuerzas ni el pretexto que le dieran el empujón que necesitaba.

Edgar se asomó por su ventana y miró el cielo con un malestar en el estómago, el cielo era gris y arremolinado, fuertes ventiscas comenzaron a arremeter contra las copas de los árboles y el tendedero de su patio trasero. Edgar, temiendo que en cualquier momento fuese a llover, salió con una canastilla y se apresuró cuanto antes a recoger toda la ropa que empezaba a desengancharse de la débil cuerda de caña.

Las primeras gotas de agua comenzaron a caer suavemente contra la tierra y las hojas de los arboles tamborileando y acompañadas de una creciente y cada vez más fuerte briza helada, Edgar se apresuró y una vez que terminó de echar todo en su canasta, se cercioró de no haber dejado nada al mirar a su alrededor con recelo, en un principio creyó haberlo recogido todo, pero luego vio una pequeña prenda tirada en el suelo. Sin perder un segundo más se precipitó ante aquello y entro en la casa sacudiéndose las escasas gotas heladas que se le habían humedecido él cabello.

Dentro de la calidez de su casa, fue directo a ducharse con el fin de calentarse, para luego doblar la ropa y estudiar un poco antes de irse a la cama. Cuando ya se encontraba con el pijama puesto, decidió tomar una pausa en sus estudios para doblar la ropa que había librado del tendedero. Una vez sentado sobre el desgastado sofá donde reposaban unos viejos libros, se apresuró en recoger su escaso desorden acomodando su material de estudio en su lugar y prosiguió a doblar y acomodar la ropa que hacía poco tiempo había rescatado de la tormenta. El mantener las cosas en orden era algo que con muchas reprimendas su madre le había enseñado desde niño y en estos momentos de total soledad, era cuando aquellas enseñanzas de su crianza afloraban. Pese a vivir solo cada cosa estaba cuidadosamente ordenada, no había siquiera un libro de textos en su mesita a menos que planeara usarlo en ese preciso instante, no había un plato sucio en el lavadero a menos que Edgar estuviese entretenido buscando el jabón en la alacena, y no había una sola prenda sin doblar ni ordenada fuera de sus cajones a menos que él estuviera todavía sentado doblando la ropa.

Afuera, el clima era desastroso, el agua caía a chorros como si el cielo se partiera, parecía explotar a cada momento con el zarandeo de los relámpagos. Dentro de la casa, Edgar entro en calor, pero el pulso de los relámpagos que rugían afuera provocaba interferencia en la pequeña televisión en la que, en ocasiones, buscaba distracción por momentos, sin ella no podía hacer más que enfocarse en sus labores para hacer más llevadero el rato antes de volver a los libros. En poco tiempo, cada camiseta se encontraba doblada, cada conjunto de ropa interior se encontraba apilado, listo para su uso y cada calcetín se encontraba enrollado con su respectiva pareja, sin embargo, al revisar en el interior de la canasta se cercioró de que aún le quedaba un elemento, un pequeño calcetín rojo que todavía no tenía a su pareja. Extrañado buscó alrededor de su sofá esperando encontrar el conjunto perdido, pero no encontró nada más que un poco de pelusa que se le había escapado a la escoba, apilada en los rincones más difíciles. Buscó en otros sitios, subió las escaleras e inspeccionó su habitación de arriba abajo; luego, se dirigió al baño donde buscó en el bote de ropa sucia pero no encontró nada más que el cambio de ropa anterior que hacía poco había dejado atrás, regresó a su cuarto y se dirigió a donde tenía los zapatos y buscó en su interior en caso de haberlo dejado dentro, pero no había nada.

Repasó en los mismos lugares y luego regresó a la sala, en donde se quedó pensando si lo habría dejado en el patio, pues recordaba haberlo recogido del suelo, pero la idea de desperdiciar una muda de ropa solo para entrar en el ojo de la tormenta para recuperar un simple calcetín rojo, cada vez parecía menos sensata y agradable. Solo imaginar las aguas frías que aun caían como piedritas contra el suelo lo hacían temblar, por lo que prefirió volver a buscar en los sitios que ya había repasado como si su casa fuera más grande que hace 10 minutos o hubiera un sitio desconocido sin haberlo inspeccionado antes.

Se recostó en su sofá, exhausto y un poco fastidiado por no haber encontrado el gemelo del calcetín rojo.

—Seguramente se quedó fuera— se dijo mientras buscaba el control de su televisor y prendía el aparato para ver si había algo interesante, pero solo veía una imagen distorsionada y con estática que no hizo más que irritarlo, apagó el televisor de golpe. Se sacó el calcetín rojo de su bolsillo solo para asegurarse de no haber perdido ese también y lo contempló a falta de algo más interesante, ya era muy noche y estaba bastante cansado como para ponerse a estudiar otra vez, sin algo entretenido que ver en el televisor, el calcetín rojo parecía ser lo más importante del mundo. Cuando se lo acercó al rostro para inspeccionarlo de cerca se percató de algo un tanto peculiar. La pequeña prenda despedía un aroma dulce y perfumado que contrastaba mucho con el detergente barato que él solía usar, fue entonces cuando cayó en cuenta.

—Yo no uso calcetines rojos—

Se asomó por la puerta de cristal que daba a su patio y miró la estrepitosa tormenta aún latente. Salió de la casa tan rápido como los relámpagos que aun atronaban en los cielos y empezó a recoger una serie de prendas desperdigadas por todo el patio, absorbiendo las aguas heladas mezcladas con la tierra del jardín que generaba una plasta de barro que volvían irreconocibles la mayoría de las prendas.

Luego de aquel baño helado, lavó toda la ropa, limpio el desastre que trajo consigo y al día siguiente, se presentó con ella a la casa de su linda vecinita, cuando ella abrió la puerta, Edgar sintió un vuelco en su estómago e intentó escudarse con el cesto de ropa recién lavada que traía.

La chica le sonrió y él sin poder escuchar nada más que su corazón, le entregó el cesto para darse la vuelta de inmediato y apartarse, pero antes de que diera un paso para alejarse, la chica lo detuvo y con una sonrisa lo invitó a pasar. Edgar, sin creerlo, en un instante tuvo que esperar a que la chica se lo pidiera de nuevo a lo que él accedió aún con un vuelco en su estómago, pero con una calidez en su corazón.


Nota del Autor:

Lamento haberme ausentado mucho tiempo, pero he tenido algunas complicaciones, pero bueno, intentare subir más a menudo.

Feliz 14 de Febrero