Ya es tarde
Esa mañana estaba seguro que llegaría tarde al trabajo. Me había quedado dormido, tal vez no debí levantarme ese día. El despertador había sonado, desde luego, y muy probablemente por más de una hora, pero estaba tan acostumbrado a aquella melodía que simplemente la ignore, estaba todavía muy cansado debido a unos informes que tuve que ordenar la noche anterior. Cabizbajo y aun medio dormido, una parte de mí se dispuso a mirar mi reloj, aunque aún me sentía medio muerto.
10:13
Eso me revivió, abrí los ojos de golpe. El recuerdo de la última vez que había llegado tarde al trabajo, me había estremecido como la peor de mis pesadillas, pude oír de vuelta la irritante y furiosa vos de mi supervisor, amenazándome con correrme.
Mi hora de entrada eran las 11:00, pero si esperaba llegar a tiempo, debía tomar el camión que pasaba a las 10:30 a cuatro cuadras de mi departamento. Hice lo de cada mañana, bañarme, cambiarme, desayunar, lavarme dientes, pero esta vez a toda prisa, como si mi vida dependiera de ello, que irónico: No podía tomarme mi tiempo para ducharme como era debido, en su lugar me zambullí rápidamente en agua casi congelada, al menos añadió a despertarme del todo, que aún estaba atontado; me atragante con la comida un par de veces, en lugar de cepillarme los dientes directamente tome dos sorbos de enjuague e hice gárgaras mientras buscaba mis zapatos, a la hora de vestirme, prácticamente luche con mis pantalones y los botones de mi camiseta como si pelara con una camisa de fuerza, pero a la inversa. Aparte mi manuscrito, casi los avente contra mi cama, solo porque estaban encima de aquellos documentos importantes que debía presentar al directivo esa tarde, lo ignore en ese instante, pero pude ver como a través del rabillo del ojo los papeles volaban. Tome mis llaves y celular, sin darme cuenta que el cable se quedó colgando atrás.
Bajé las escaleras del apartamento, lo hice con tanta prisa que no me di cuenta que Sara me había saludado, ella iba subiendo, no lo avía asimilado hasta que ya estaba saliendo del edificio. Me maldije, por millonésima vez, estaba algo cargada, pude haberle ayudado con el mandado, esa ves, no solo no la salude, si no que iba con tanto apuro que creo que incluso le empuje, cuando estaba por ir a la puerta, estoy seguro de que escuche algunas cosas caerse, seguramente fue mi culpa, pero en lugar de regresar para disculparme salí corriendo a la calle. Ni siquiera tuve el tiempo para lamentarme lo grosero e imprudente que había sido, ya lo aria en el camión de camino a la oficina, estaba predispuesto a usar esos 25 minutos dentro del camión para dedicar mis pensamientos en ella, en lo que diría para disculparme, en lugar de en el siguiente paso de mis escritos.
No sabía que hora era, había dejado mi reloj en el escritorio, no quería entretenerme sacando mi celular para mirar la hora, estaba tan seguro de mi retraso, que no podía desacelerar mi paso, ni siquiera por un instante. Evadí a varios peatones, como si estuviera en una carrera de obstáculos, cuando el limosnero de la esquina oeste extendió su mano para pedirme dinero, en lugar de inventarme alguna excusa, directamente le dije que no fastidiara, y no fui más amable con la señora de la carriola o la anciana con su canasta de compras, a quienes si bien no llegue a decirles nada como tal, si les gruñí como si fuera un perro rabioso e incluso creo que di una leve patada a la canasta ¿O fue ala carriola?. Ellas seguramente si me dijeron algo, pero no les escuche, seguí adelante, intentando llegar a la parada del camión cuanto antes.
En mi mente solo tenía planteado un solo objetivo, tomar el camión de las 10:30, si me favorecía la fortuna y no había mucho tráfico, podía llegar incluso con 10 minutos de sobra, si no era así, aun así estaba seguro que llegaría a las justas. Pero si tomaba el camión de las 10:45, aun si el camionero no se limitara por el tráfico, llegaría al menos y solo con suerte, 5 minutos tarde. 5 minutos, fueron los que me faltaron la última vez, suficiente para desempacar la ira irrefrenable de mi supervisor contra mí, lo suficiente como para que me amenazara con correrme en el siguiente retraso, aun cuando yo he visto como él en otras ocasiones llegaba hasta casi una hora tarde. Solo podía esperar que de no estar en mi silla a las 11:00 sea uno de esos días donde ese poco agraciado, intolerante e hipócrita, hombre también se quedara dormido. En la vida nunca faltaran ese tipo de personas ¿Verdad?
Quisiera decir que no todos mis días eran así de acelerados, mi entrada a las 11:00 realmente era un horario cómodo, visto en retrospectiva, sin embargo, cada vez era más frecuente que la mañana no me ajustaba. Conforme habían pasado los años, cada vez era más común que me levantara tarde por que el día anterior me desvelaba, repasando, corrigiendo u ordenando archivos de otros; y muy pocas veces lo hacía repasando mi novela, para solo avanzar algunas cuantas páginas, solo podía permitirme eso cuando aún me quedaban energías para aquello, cosa, que con rapidez se volvió solo una aspiración. Trabajar de ocho a diez horas diarias, era algo mucho más agotador de lo que se podía pensar, me estaba drenando, y seguramente de haber seguido, incluso me habría matado; los giros que se dan son bastante irónicos ¿No crees?.
Mis días libres eran como un suspiro, muy breves y apenas perceptibles, eran días en lo que realmente casi no hacía nada, pese a tener prácticamente todo el día luego de dedicar un par de horas a la limpieza de mi apartamento, no podía trabajar en mi novela, aunque muchas veces era lo único que deseaba, sentía ganas de salir, ir a algún lado, pedirle a Sara una cita, quizás una salida al cine, pero nunca me atrevía, y al terminar el día solo podía sentir culpa por no aprovechar cualquiera de mis dos paciones. Lo más triste era que yo trabajaba 6 días seguidos, solo deseando que llegara mi descanso, desenado que llegara el día para poder avanzar en mi novela, con la ilusión terminarla de repente, o que uno de esos días, finalmente Sara entrara a mi vida, o que yo entrara a la suya, era hermosa, buena, amable, como mi madre nunca había sido, muchas veces la notaba algo melancólica detrás de su casi perfecta sonrisa, y yo quería estar hay para ella, para que sonriera de verdad. Un ángel encarnado y la inspiración para la protagonista de mi novela, una parte de mi deseaba que ella se la leyera, pero esa otra parte, la que no se atrevía ni a hablarle, era más fuerte, y hacia que la vergüenza me comiera por dentro de solo imaginarlo.
Vi un camión, no debía de estar muy lejos de mí, lo sentía tan cerca que por un instante mi mundo pareció iluminarse, pero no debía de estar lo bastante cerca, cuando lo vi, el camión estaba parado, pero cuando comencé a correr con todas mis fuerzas hacia él, este acelero y se fue. No pude alcanzarlo.
Estaba agitado, cansado, la sangre me hervía, y me costaba respirar, quise tomarme un respiro. Por un breve instante recordé el primer manuscrito de mi novela cuando revisaba que tuviera todos los documentos del trabajo, claramente se había desojado cuando lo arroje con furia, debía estar regado por toda mi habitación. Por ese breve instante deje de pensar en la amenaza de mi jefe, y pensé en Sara, en lo grosero que había sido, y una vaga idea de plantear un discurso para disculparme con ella vino a mí, incluso podría invitarla a cenar, al día siguiente seria mi anhelado descanso, la recompensaría, y le pediría que me perdonara, y tal vez, solo tal vez, ella podría ver algo en mí.
Busque e mi bolsillo y saque mi celular, tenía poca batería apenas un cuatro por ciento, como mas no podía faltar. Me fije en la hora.
10: 30
Cualquiera de mis inquietudes, miedos, preocupaciones, sueños o planes a futuro, todo aquello dejo de importar, se perdió en el tiempo como un grano de arena en el océano, no supe que aquella sería la última vez que llegaría tarde, no hasta que vi que el autobús arremetía contra mí. Solo antes de dar mi último aliento lo comprendí, ya no podría esperar al día siguiente para pedirle a Sara que saliera con migo, y no vería a nadie leer mi novela terminada. Ya nunca volvería a llegar tarde, pues ya había llegado mi fin.
