Disclaimer: Hetalia Axis Powers es propiedad de Hidekaz Himaruya.
Advertencias: Uso de nombres humanos, Omegaverse.
Notas de autora: Estuve leyendo DEMASIADO omegaverse así que tuve que escribir LietPol ambientado en este UA.


Feliks había tenido solo doce años cuando vio aquella escena que había cambiado por completo su percepción misma de la vida. Estaba junto a su madre, en el mercado, buscando víveres, cuando un dúo comenzó a ganar protagonismo en el medio del lugar. Por los olores que desprendían (aunque su naricita no estaba del todo desarrollada), pudo identificar que se trataban de un alfa y un omega adultos, que, por el tema de la conversación que estaban teniendo, estaban emparejados. El omega tenía lágrimas por toda la cara, pese a la indiferencia de la mirada del alfa. Feliks se apretó en contra de su madre inconscientemente al ver la frialdad de esos ojos.

—Eres un inútil, ni siquiera puedes ser de utilidad durante mis celos, jamás debí haberte marcado —las palabras del depredador sonaban tan crueles, y Lukasiewicz pensó que el dolor del omega se veía incrementado por saber que todos en el mercado estaban siendo testigos de la escena—. Debí imaginármelo. Todos los omegas son así: meras muñecas sexuales para meterles el pene —y como si no hubiera sido lo suficientemente bastardo con el omega, se acercó a su cabeza y le agarró el pelo, obligándolo en medio del llanto a arrodillarse a sus pies. Lo siguiente fue simplemente traumático para Feliks, quien pudo oír cómo ese hombre usaba su voz de alfa en contra del humillado muchacho, con una sonrisa despiadada—. Ruégame, omega inservible. Ruégame y di que nunca vas a encontrar un alfa como yo, frente a todas estas personas.

El rubio era apenas un niño y no podía comprender realmente algunos conceptos de cómo funcionaba la vida, pero sí que pudo sentir los horribles estragos de una voz de mando alfa en el organismo. Incluso los betas que se encontraban en el mercado colocaron una expresión dolorosa en sus rostros, y los omegas presentes sufrieron la traición de sus extremidades hasta verse con las cabezas agachadas. Pero la peor parte se la llevaba el chico que suplicaba al alfa que no le obligara a hacerlo, haciendo estremecer al niño blondo.

—Por favor —hipaba, ya arrodillado para morbosa satisfacción del hombre—. Puedo ser útil para ti, por favor, no me obligues a hacer esto... —las piernas del muchacho se vieron doblegadas al suelo, apoyando la cara contra las piernas vestidas del alfa, quien sonreía con satisfacción macabra al ver que el cuerpo del chico intentaba resistir pero su estructura biológica lo obligaba a seguir el mandamiento del otro.

—¿Útil? —repitió el hombre—. Ningún omega es útil, más allá de su labor como contenedor de bebés —las palabras calaron profundo en la mente de Feliks, quien parpadeó, observando aquella escena que se encargó de arruinar cualquier rastro de inocencia en la mente del niño, llenándola de preguntas. ¿Todos los alfas eran así de desalmados? ¿Todos creían que los omegas solo servían para crear bebés? Pero lo que más perforó su cabeza fue la manera en la que cada persona, incluyendo su propia madre, se encargó de desviar la mirada, sin salir en defensa del desdichado omega. Como si aquel escenario fuera el correcto, y nadie debiera esperar otra cosa que no fuera un alfa dando órdenes y su omega, su propiedad, acatándolas en sumisión. El blondo estaba horrorizado.

Volvió la cabeza hacia la señora Lukasiewicz, y esta le despeinó los cabellos dorados, llevándole hacia otro sector del mercado, como lo hicieron otros sujetos que se hallaban siendo testigos de la oscura escena. Esa fue la primera vez que Feliks notó la crudeza del mundo y la realidad que vivían muchos omegas, sobre todo, aquellos que poseían una marca de apareamiento en sus cuellos. Más que una marca de apareamiento, el blondo pensaba que era una marca de propiedad, condenando a cualquier omega a servir y pertenecer por la eternidad a un alfa. Cuando llegó a su casa tras aquel fatídico día, corrió a su habitación y le pidió a todos los dioses posibles no presentarse en el futuro como un omega, prefería presentarse como un simple beta y no verse sometido a la estúpida biología que obligaba a los omegas a ser víctimas de sumisión y... ser contenedores de bebés, como había dicho aquel alfa en el mercado.

Se imaginó a sí mismo con un alfa a su lado, de rostro borroso y altura que le hacía sentirse pequeño. Nuevas lágrimas nacieron de sus verdes orbes y las dejó caer en la almohada. No quería ser un omega. Quería ser un beta, o en el mejor de los casos, un alfa que nunca sometería a alguien bajo su control. Pero su apariencia femenina y su contextura siempre habían sido indicadores claros de qué género secundario obtendría.

No fue sorpresa para sus padres, ni para el propio Feliks, cuando se presentó como omega a los dieciséis. Al haber pasado los años de aquella experiencia horrorosa, el blondo pudo aceptar su condición sin hacer pataletas al respecto. Se abrazó, realizándose una promesa a sí mismo: jamás sería marcado por ningún alfa ni dejaría que su estómago fuera una puta fábrica de bebés. Se informó tanto como pudo de las prevenciones que podría tomar para no verse preso de la naturaleza y su propio cuerpo.

Así fue como el polaco se construyó como un omega fuerte y seguro, con ningún indicio de obediencia ni timidez que caracterizaba a los de su género secundario. Hacía valer su voz frente a cualquier alfa que estuviese delante de sus narices, contradecía la opinión de cualquier valiéndole un bledo a qué clase biológica perteneciese, el único rasgo que indicaba que era un omega era su aspecto casi andrógino.

Al mismo tiempo, no sintió deseos de odiarlo. En su promesa venía incluido el querer enorgullecerse de sí mismo, no luchar en contra de ser un omega. Cuidó cada zona de su figura, como parte de su desobediencia hacia el sistema en el que vivía. Sí, le gustaba la sensación de sentirse deseado por alfas, darles un poco de su atención, para luego deshecharlos a ellos y sus patéticas esperanzas de dominarlo. Incluso en las escasas ocasiones donde dejaba escapar su aroma, este volvía bajo su hechizo a todo alfa que se encontrara cerca.

No odiaba a los alfas, sin embargo. Tenía un par de amigos alfas, así como tenía amistades betas y omegas. Entendía que nadie merecía odio por simplemente presentar su género secundario en la adolescencia. No obstante, mantenía su promesa en pie, de no fijar su atención en ninguno. Quería romper el molde en el que se suponía que debía ajustarse dada su condición biológica, sin empañarse por el rencor.

Incluso si sus amistades más cercanas hacían públicos sus deseos de que "sentara cabeza de una buena vez y comenzara a buscar a alguien que le diera un hogar". ¡Patrañas! Estaba metido en dicha situación, junto a su mejor amigo, también omega, Raivis Galante.

—Tú bien sabes que no todos los alfas piensan con el miembro viril, Feliks —decía el muchacho más bajito, con las manos alrededor de su taza de té humeante. Era tan recatado, aquello le daba gracia a Lukasiewicz. Galante evitaba ser demasiado brusco o vulgar con las palabras. A veces la gente no entendía cómo era amigo del explosivo polaco—. Yo confío en Eduard, por ejemplo. Sé que él jamás me lastimaría o usaría su biología contra mí.

Lukasiewicz hizo un ademán con la mano y luego se la llevó para apartarse unos bonitos mechones rubios de la cara.

—Sé que tu prometido nunca te haría nada porque, incluso si es un alfa, es un ñoño —el omega más alto disfrutó de molestar a su amigo y se rió por unos minutos de su ceño fruncido antes de continuar—, y una buena persona, lo conozco bien. Pero la vida de matrimonio no es para mí. ¿Pareja estable? ¿Hijos? ¿Ser amo de casa? —chasqueó la lengua.

—¿No quieres estar enamorado? —inquirió Raivis, dando justo en el punto que sabía que tocaría los nervios del polaco. Al no recibir contestación, supo que debía seguir indagando más—. Es un sentimiento precioso. Incluso si no es junto a un alfa, si es con otro omega o un beta. El amor, tener a alguien que consideres tu hogar, sin casarte o tener hijos.

El de ojos verdes se quedó pensativo mientras Galante le daba su espacio, ocupándose de llamar a un camarero para que les cobrara las bebidas. No estaba en contra de enamorarse (bueno, sí, huía un poquito de dicha sensación de mariposas que le pusieran todo idiota), pero, ¿era tan necesario que hallara a alguien? Él estaba bien así, con sus amigos y sus padres. Comprendía las buenas intenciones del letón, no obstante. Si llegara esa persona especial a su vida, él lo sabría y no lucharía contra ese sentimiento, siempre y cuando aceptara que no estaba dispuesto a doblegarse ante nadie y menos ostentar ninguna jodida marca.

—No te olvides de que debemos ir juntos el viernes —avisó Raivis. Estaba hablando de su fiesta de compromiso con Eduard. Claro que el polaco no lo había olvidado, ¿cómo podría? Volvió a chasquear la lengua—. Conoceré a amigos y ex-compañeros de Eduard que nunca había visto, cielos. Voy a estar tan nervioso...

—Todo va a salir bien —le tranquilizó Lukasiewicz, revolviéndole los cabellos y procediendo a abandonar la cafetería en la que habían estado por largo rato. ¡Era hora de hacer compras!

No era sorpresa para nadie que Feliks fuera el encargado de brindar apoyo emocional a Raivis. Incluso se podría decir que el letonés admiraba al polaco por su modo de ser y aquello le había impulsado a querer volverse su mejor amigo. El de ojos verdes funcionaba como un modelo a seguir para otros omegas por su comportamiento audaz, aceptaba ofrecerles consejos o salir en defensa de ellos cuando algún imbécil quería abusar de su género secundario.

Esperaba de corazón no toparse con nadie con dicha personalidad en la fiesta de compromiso de su mejor amigo, aunque, conociendo el carácter manso de von Bock, dudaba mucho que tuviera amistades de esa clase. Y ya conocía a toda la gente que iba de parte de Raivis, la mayoría, siendo también amigos suyos. Él controlaría su bocota y actuaría más tranquilamente, por tratarse de una fecha especial.

El lugar no estaba tan lleno de gente como creyó que estaría. Muchos de los invitados habían sido lo suficientemente corteses para utilizar bloqueadores de aroma, a fin de que el sitio no apestara durante la duración de la reunión, en señal de respeto a la futura pareja casada. Feliks también había usado su bloqueador de olor, pese a que era más bien un hábito suyo cuando se disponía a ir a algún lado en donde sabía que habrían alfas a su alrededor. Llegó junto a Raivis y lo siguió hasta donde estaba Eduard, aguardando por su pareja; fingió una mueca de disgusto cuando se dispusieron a besarse para saludarse.

—¿No puedes esperar a la noche de bodas, ñoño? —picó el polaco al estonio, quien se sonrojó tímidamente. Por esas cosas le caía bien a Lukasiewicz: era un alfa que en nada se apegaba al estereotipo de su género secundario. Colocando las manos en sus caderas, el blondo de pelo largo preguntó—: Bueno, ¿a quién nuevo has traído hoy?

Sin soltar a Galante y manteniendo el agarre en su cintura, von Bock suspiró, se ajustó las gafas y señaló a un punto de la habitación donde había un concentrado grupo, no muy numeroso, de sujetos masculinos.

—Mis antiguos compañeros de escuela secundaria. ¡Chicos, acérquense, conozcan al padrino de parte de Raivis! —llamó el de anteojos hacia dichos hombres. En cuanto acotaron su petición, Lukasiewicz pudo verles mejor. Ya conocía algunos rostros familiares que habitaban el cuarto: Tino Väinämöinen, quien había sido de hecho el encargado de hacer que Raivis y Eduard se conocieran, pues era gran amigo de ambos; Mathias Køhler, un danés alto y de sonrisa brillante, amigo de Tino y Eduard, que se llevaba bien con el polaco; Berwald Oxenstierna, la pareja de Tino, un sueco de permanente seriedad.

En aquel momento, estrechó manos con Lukas Bondevik, un noruego que estaba... bastante cerca de Mathias y que había compartido momentos escolares con Eduard; Emil Steilsson, el medio-hermano de Lukas; y, por último... un hombre lituano, de mirada amable, que poseía cabello castaño y cuyo olor hizo que las rodillas de Feliks se pusieran débiles.

Raivis fue el primero en darse cuenta del cambio en la actitud de Lukasiewicz, cómo no, si era su mejor amigo. Apoyó la mano en el hombro del polaco, que no apartaba los ojos de ese tipo, al igual que el mencionado no le quitaba la vista de encima al blondo, haciendo que el grupo entero alternara los ojos en ambos.

—Eres tú —fue lo primero que dijo. Feliks no podía escuchar la voz de nadie más en el lugar. Por el aroma que envolvía el cuerpo de ese hombre, se podía decir que era un alfa, lo que hizo que apretara los dientes. No—. Me llamo Toris Laurinaitis. No te asustes... —dijo, viendo que Lukasiewicz ponía distancia entre ellos, el lituano se rascó la nuca con una sonrisa pequeña—. Es curioso que nos conozcamos aquí, pero, si eres tú, está bien. Puedes sentirlo, ¿verdad?

Feliks se mordió el costado de los labios. Podía sentir lo que el lituano se refería: era el vínculo que todos los alfas y omegas sentían con la pareja destinada, y cuya conexión explotaba en colores al momento de hallarla. No muchos eran afortunados para lograrlo. El propio polaco reconocía la importancia de esa unión y no acotaba comentarios mordaces en contra de ello, aunque chocaba con su creencia de que los omegas no necesitaban a los alfas y viceversa. Simplemente, no pensó que él hallaría a ese alguien.

—No estoy interesado en esas cosas —respondió tan fríamente como pudo. A pesar de que sabía que el contrario estaba usando un bloqueador de aroma, el vínculo hacía que no fuera efectivo con su pareja destinada, es decir, el polaco, y la tristeza que empañó el olor del lituano le hizo sentirse culpable. ¡Pero no! ¡Él no quería un jodido alfa! ¡Él estaba bien así!—. Tus amigos son simpáticos, ñoño. Pero alejen a este sujeto de mí.

Se dio la vuelta y se dirigió hacia donde estaban los demás amigos del letón: Vladimir Popescu, un beta rumano; Elizabeta Héderváry, una alfa húngara, y Boris Nikola, un beta búlgaro. Por supuesto que ellos notaron el nerviosismo tan fuera de lugar en la voz del polaco, pero no hicieron comentarios al respecto, dejándolo lidiar con las nuevas emociones que luchaban en su interior, hasta que él se sintiera listo para hablar de ellas.

Se las arregló para evitar al muchacho de pelo castaño durante toda la reunión, no queriendo topárselo, armar una escena y joderle el día tan especial a su gran amigo. Raivis no merecía que las hormonas alborotadas de Feliks le arruinaran esto, nunca se lo perdonaría a sí mismo. Le pareció que el lituano captaba sus deseos y procuraba también no molestarle, aunque, más de una vez sus miradas chocaban y había anhelo en la vista esmeralda de Laurinaitis, sonrojando al rubio.

Al término de la celebración, sin embargo, cuando Toris se acercó a él, no pudo excusarse e inventar que estaba hablando con nadie porque sus amigos se alejaron para darles privacidad. Seguramente Raivis ya había contado a Vladimir, Elizaveta y Boris lo que había sucedido en su primer encuentro. Y de todos modos, no era algo muy Feliks esconderse y huir de las situaciones. Siendo fiel a su personalidad, él mantuvo la frente en alto y encaró al lituano.

—No es mi intención ponerte incómodo —dijo el castaño, moviendo las manos para acentuar su negación—. U obligarte a algo. Solo quiero conocerte más. Eres mi pareja destinada y quisiera saber más de ti, aunque solo seamos amigos, ¿está bien? —las palabras eran dichas de manera dulce y él las decoraba con una sonrisa bondadosa, alterando el estómago de Feliks, quien se cruzó de brazos.

¿Qué otras opciones tenía? ¿Hacer evidente que ese alfa le hacía sentirse mareado, poner en evidencia sus sentimientos que se asemejaban más a los de un adolescente con un crush en alguien? Podía estar junto a este hombre e ignorar sus tontas ganas de saltarle a los brazos. No iba a ser otro omega actuando cual quinceañera enamorada, deseoso de obtener la aprobación de un alfa, sometiéndose a este. Pensó en los múltiples beneficios que ser amigo del lituano le brindaría. Ningún alfa se acercaba a un omega que ya conociera a su pareja destinada, era una cuestión de respeto; además, si la gente notase que ni su pareja destinada podía avasallarlo, entonces, ningún otro podría, y nadie volvería a atreverse a poner en duda la clase de persona que era Feliks Lukasiewicz.

Sonrió, ofreciendo la mano en dirección al castaño.

—O sea, claro que sí. Vamos a ser, tipo, grandes amigos.

Acordaron intercambiar números de teléfono. El polaco creyó que era una excelente idea. Tal vez llamaría a sus padres, ambos beta, para contarles del hallazgo que había hecho. Permitió que el alfa le acompañara a casa, colocando una distancia prudente para no intoxicarse tanto con el aroma del hombre más alto, era una mezcla atractiva de menta, camisas recién planchadas, tierra mojada.


Todo estaba bien, excepto que no fue una buena idea. Fue pésima.

El lituano se encargaba de meterse debajo de su piel con cada maldita acción. Comenzó a llamarle regularmente para preguntar cómo iba su día, y las llamadas aumentaron tras enterarse de que Lukasiewicz transitaba sus estudios universitarios al mismo tiempo que trabajaba en lugares que le contrataban a medio-tiempo. No sabía si se debía a su conexión como pareja destinada, o que el castaño era un alfa, pero podía reconocer que intentaba enviarle feromonas de protección cada vez que salían juntos a cenar o a ver alguna película. Siendo el tipo de omega descarado que era, no tuvo reparos en hablar de ello de forma abierta, sorprendiendo al castaño.

—¿Por qué expulsas feromonas como esas cuando estás cerca de mí? ¿Quieres cubrirme con tu aroma, acaso? No soy tuyo, creí que lo habíamos dejado en claro, Toris —el blondo estaba cruzado de brazos, agarrando con fuerza su malteada rosa que había comprado en una tienda al pasar por el centro comercial junto al lituano. Este le observó, asombrado.

—No quise faltarte el respeto, lo siento si te he ofendido, Feliks —el más alto se acomodó el suéter verde con nerviosismo y procuró relajar el tono de su aroma, que se había teñido con incertidumbre y ligero pánico—. No quiero hacer nada que te sienta mal. Raivis me ha contado que no quieres un alfa a tu lado y estoy bien con eso, ¿sabes? Usaré bloqueadores alrededor de ti.

—Ugh. Tonto alfa. Simplemente no quiero que la gente asocie que estamos emparejados —Lukasiewicz no sabía por qué le estaba otorgando explicaciones al hombre, lo único que tenía seguro es que no le gustaba verle triste, casi asustado, por su culpa. ¡No era una mala persona! Tampoco es que las feromonas fueran tan intensas, él podía percibirlas con mayor fuerza debido al vínculo. No obstante, le agradó que Laurinaitis fuera la clase de persona que lo aceptara como era, aunque, de todos modos, no esperaba su aceptación. Siendo su pareja destinada o no, el lituano comprendía que no quería una relación amorosa con nadie y no intentaba convencerlo de lo contrario.

Luego de aquella conversación, el castaño le brindó espacio e intentó no emitir más feromonas. También aprovechó para acostumbrarse a la personalidad insólita del blondo, que, para ser justos, no era un omega fácil de llevar. No había tenido expectativas reales acerca de su pareja destinada, pero, en los momentos donde permitía que aflorara su lado romántico, se preguntaba qué clase de carácter tendría. De todas maneras aceptaría a quien sea que el destino escogiera como el otro lado de su conexión. Sin embargo, conocer a Feliks había sido una montaña rusa de emociones y colores.

El omega era orgulloso y no temía plantarle el rostro a nadie, jamás se dejaba doblegar por alguien fuera cual fuera su género secundario, y presumía de su lado femenino con encanto, sin verse humillado por sus caderas acentuadas, su pelo largo y rubio. Era como si caminara por donde sea y su andar mismo dijera "atrévete a tratarme como un simple omega y te costará caro". ¿Podían culpar realmente al alfa de enamorarse poco a poco del omega?

Aunque no deseaba obligar a este a que correspondiera sus sentimientos. Había sido sincero con sus intenciones: si no se veía devuelto con el mismo tipo de amor, aceptaría poseer su amistad, protegerlo en la medida de lo posible y asegurarse, prudentemente, de que ningún alfa quisiera sobrepasarse con el polaco.

—Soy un omega que puede valerse por sí mismo —decía el más bajito, enroscando un mechón rubio en sus dedos, sonriendo con suficiencia, en una tarde cuando acordaron ir a una cafetería para charlar. El más alto lo miraba de modo intenso, el polaco le parecía tan hermoso utilizando esa voz valerosa—. No me importa tener que trabajar más horas que el resto de mis compañeros beta o alfa. No me importa si se me dificultará obtener mi título porque soy un omega, o porque no estoy emparejado con un alfa. Mis esfuerzos serán los que me pongan en la cima y cumpliré mis sueños.

Tan bello e impetuoso, malcriado, atrevido. ¿En qué mundo el lituano no iba a caer por ese polaco? Pensaba que, incluso si no estuvieran enlazados eternamente por el vínculo, aún se encariñaría con él. Pese a todo, Lukasiewicz tampoco estaba salvándose de que su corazón fuera atrapado por Laurinaitis. Nunca se había detenido a pensar cómo sería su pareja destinada, porque tenerla y conocerla podría llegar a arruinar sus planes de volverse un profesional, escalar lento pero seguro en las filas de su trabajo soñado. Mas, si alguna vez le hubiera dedicado sus pensamientos a ello, creía que habría imaginado a alguien parecido a Toris.

Feliks no era un imbécil, ni mucho menos estaba ciego. Solo un idiota admiraría la anatomía del lituano y diría que no era atractivo, porque vaya que su figura causaba sensaciones en el estómago del polaco. Aquellos lindos ojos que observaban a Feliks con dulzura, el pelo que causaba cosquillas en la nariz del blondo cuando se inclinaba para abrazarlo (después de pedirle permiso para hacerlo). Le gustaba que le diera su espacio y no intentara forzarle a nada, respetaba cada una de sus decisiones y apoyaba su sueño de volverse periodista profesional. Preguntaba por su opinión ante cualquier tema que surgiera en la conversación, inclusive si eran asuntos de los que por lo general hablaban alfas entre ellos.

—¿Qué piensas de esto, Feliks? —le mostraba el periódico que leía, y luego repetía la pregunta con la siguiente sección en la que posaba los ojos. Se preocupaba por conocer sus pensamientos, su ideología. Aunque fuera un omega—. Estoy seguro que tú hubieses cubierto esta nota mucho mejor. ¿Cómo te fue en la universidad hoy?

El que Toris derribara poco a poco los muros de su corazón era un hecho que el rubio intentaba ocultar, sin éxito. Raivis, al que le faltaban días para que portara por fin el apellido de Eduard, siempre notaba los cambios en la personalidad de Feliks, primero que nadie. En una ocasión, cuando el polaco le había acompañado a hacer la última revisión presencial del salón para la boda, el letonés se encargó de picarle lo suficiente para disparar sus instintos.

—No puedes negar que la atracción entre él y tú es palpable como harina. ¿Hasta cuándo seguirás negándolo? —el letón movió la cabeza de un lado a otro—. Toris te comprendería si le dices que no quieres una marca de apareamiento. Pero debes de ser honesto con él. ¿Qué pasaría si llegara el día en que malinterpretara tu silencio y decidiera colocar su atención en otro omega? ¿Estarías dispuesto a verlo con alguien más?

Feliks nunca había sido bueno para compartir sus cosas, siendo el muchacho caprichoso y explosivo que era. No obstante, las palabras de Galante calaron hondo en él, eliminando los toques infantiles de su deseo. No, no estaba dispuesto a ver a Laurinaitis con otro omega. Quería su atención para él, le gustaba su aprobación, le agradaba monopolizarlo, mucho más que bromear descaradamente con alfas como lo había hecho en el pasado (porque, desde la llegada del lituano a su vida, ya no había vuelto a coquetear de dicha forma con nadie más).

Y más que tener miedo de la reacción de Toris si le contaba de su traumática experiencia, él poseía temor a sí mismo. Aquello era lo único que aún no le había confiado al castaño, ¿qué pasaría después? Sería muy tonto continuar negando que estaba enamorándose más y más del alfa. Pese a su pavor, invitó al lituano a tomar un helado tras sus clases universitarias para conversar acerca de ello.

Los resultados no hicieron más que confirmar su enamoramiento.

—Cuando tenía doce años, fui testigo de cómo un alfa obligó a someterse a un omega. Estaba junto a mi madre en el mercado, era un niño, ¿entiendes? Aquel hombre dijo cosas horribles sobre los omega, dijo que le parecíamos contenedores de bebés, que ningún omega era útil más que para embarazarse... recurrió a la marca para que el omega se humillara frente a todos los que estábamos presentes —Feliks tragó saliva y con dificultad mantuvo su mirada en la contraria de Toris, quien lo oía en silencio para darle la oportunidad al polaco de expresarse libremente—. No quería presentar como un omega si significaba vivir de manera tan horrible. Y cuando sí presenté como tal, juré que nunca dejaría que ningún alfa me marcara o me pisoteara, me prometí que jamás permitiría que mi género secundario influyera en mis metas.

El lituano siempre se encargaba de sorprenderlo (y encantarlo) con sus reacciones a las acciones del polaco. No acotó comentarios a su discurso, no dio su opinión ni consejos sobre qué debería haber hecho Feliks. Solo pasó un brazo por sus hombros y lo acercó, sin darse cuenta de que las rodillas de Lukasiewicz temblaban por ese aroma. Menta, camisas recién planchadas, tierra mojada...

—Eres tan admirable, Feliks. Incluso si no hubieras presentado como omega, incluso si hubieras sido un beta o un alfa, pienso que todavía sentiría admiración por la clase de persona que eres. Desde que te conozco, constantemente deseo que no me alejes de tu lado para poder cómo cumples tus sueños y metas, porque sé que lo harás. Eres fuerte, valiente y, sé que no necesitas que te valide, ni como alfa ni como hombre, pero todos tus amigos, tu familia, estamos orgullosos de ti. Nos inspiras, ¿sabes? Verte nos da fuerzas.

Claro que el blondo lo sabía, sus amigos, sobre todos sus amigos omegas, se lo decían. Pero una cosa era oírlo de parte de estos y otra muy distinta era que se lo dijera la persona de la que estaba enamorado. En vez de aparentar que la timidez no ganaba terreno, se dejó mimar por los brazos cálidos del más alto.

Terminaron por asistir juntos a la boda de Eduard y Raivis. Sus amigos no se veían sorprendidos, aún así, no hicieron demasiadas bromas al respecto, y contrario a lo que creía en un principio, el rubio no se sintió como un trofeo al lado del alfa. Se sentía correcto y, siendo fiel a su personalidad, fue el primero en dar un paso en tomarle la mano en público. Todavía había mucho camino por recorrer, pero...

Feliks no creía en las coincidencias, porque era el tipo de omega que luchaba por conseguir lo que quería. No obstante, fue una casualidad maravillosa que el ramo de flores, arrojado por el recién casado letón, cayera en sus brazos.