La intrusa que ocasionó un desastre
Capítulo Dos: Una mariposa en el cuello
Ayako llegó a su casa, tarde, y a pesar de que había pasado un buen momento con él, no entendía muy bien por qué se sentía tan confundida. ¿Por qué cada vez que estaba llegando al punto de la cercanía con alguien, más allá de un par de citas, comenzaban las dudas a acecharla? Sabía que no tenía razones para sentirse así. Sin embargo, sí sabía que su mente comenzaba, inconscientemente, a enviarle advertencias acerca de lo que podría ocurrir: La habían herido en el pasado, así que bien podría ocurrirle de nuevo. No había, por el momento, motivos que le indicaran que no debía confiar en él. Pero…tampoco había razones para confiar totalmente en él tampoco.
Frunció el ceño, molesta, mientras comenzaba a desprenderse de su chaqueta, ya en su habitación. Él era, al parecer, un buen muchacho, no como con los que solía salir antes. No lograba ver que tuviera malas intenciones con ella, no parecía ser uno más de aquellos que aparentaban, con el sólo objeto de hacer daño a sus espaldas. Sonrió cuando sus ojos se posaron en la pequeña flor que le había regalado.
No, claro que no tenía malas intenciones. Porque si así fuera, ¿por qué se molestaría en seguir llamándola, a pesar de las numerosas veces que lo había rechazado en un principio? Sabía que a él no le gustaba perder, pero no sabía si es que aquella actitud la aplicaba a sus relaciones con las muchachas.
Aquello le recordó la escena de aquel día, justo cuando él había llegado a su escuela para que se fueran juntos: ¿Por qué demonios Rukawa y él insistían en mantener esa desagradable rivalidad aún cuando no había un balón de basketball entre ellos? Entendía que los egos y los orgullos de ambos estaban involucrados, pero ¿era realmente necesario? ¿Esa actitud de petulancia que se veía en el aire cada vez que se encontraban juntos en el mismo espacio era realmente necesaria, sólo para demostrar que no soportaban la idea de que uno pudiera ser mejor que el otro? Sacudió la cabeza, rindiéndose ante la idea de que jamás lograría entender el funcionamiento de la mente de los hombres. Porque ambos eran similares, querían las mismas cosas: Ambos querían llegar a ser los mejores jugadores de todo el país. Sin embargo, además de eso, no lograba ver ningún vínculo de conexión entre ellos.
Porque la verdad…es que no había nada que le perteneciera a Sendoh que Rukawa quisiera para él. No había nada que Sendoh tuviera en su vida personal que Rukawa quisiera tener…
…¿verdad?
Rukawa dejó caer el balón, completamente exhausto, luego de entrenar en la cancha de playa por casi dos horas después de que terminara la práctica habitual del equipo aquel sábado. El sudor se deslizaba desde su frente hacia el piso, puesto que tenía la cabeza inclinada hacia el suelo, mientras se apoyaba en sus rodillas con ambas manos. Respiraba agitadamente, en un intento de recobrar el aliento.
Tal vez era suficiente por un solo día. Eran casi las cuatro de la tarde, y la perspectiva de volver a su casa no era muy alentadora. Sabía que estaría esperándolo una montaña de deberes pendientes de aquella semana en la que no se había preocupado de tomar un solo apunte de clase o leer ni un solo libro. Suspiró, mientras se resignaba a pasar el resto de la tarde tratando de ser responsable como estudiante. No le gustaba, y ciertamente no era demasiado aplicado, pero sabía que necesitaba calificaciones que fueran, al menos, decentes para lograr perseguir sus objetivos fuera de las fronteras de Japón.
Tomó de su bolso una toalla que solía usar luego de las prácticas, cuando algo dentro de él captó su atención. Alzó una ceja, mientras una idea comenzaba a rondar por su cabeza. ¿Hace cuánto que no lo hacía? ¿Hace cuánto tiempo que no se tomaba el tiempo de hacer algo distinto con su tiempo libre, fuera del basketball? Decidió que en realidad, era hace mucho. Por lo tanto, tomó el bolso con determinación, mientras se ponía encima una chaqueta. Caminó lentamente por las calles, mientras la suave brisa del atardecer comenzaba a acariciar su rostro extremadamente blanco. De repente, se encontró con algo que le llamó lo atención lo suficiente para querer guardarlo: Sacó la cámara de fotos y se la colgó en el cuello. Luego, enfocó la pequeña hoja amarillenta que había caído sobre la acera desde un árbol. Estaba casi seguro de que era la última de aquel otoño que ya casi había desaparecido. Valía la pena recordarla.
Siempre había sido su pasatiempo, desde que era un niño, tomar fotografías de todo lo que veía. Desde pequeño sentía que las cosas desparecían con el tiempo, así que para él era necesario guardarlas mediante una fotografía. Tenía una colección de casi trescientas, pero extrañamente, sólo se trataba de objetos, jamás había tomado una fotografía de alguien. Simplemente, porque las personas, para él, nunca habían sido interesantes.
Caminó por casi una hora, tomando fotografías de todo aquello que le llamaba la atención: Hojas de otoño, pájaros de colores extraños, una pluma que se había caído de un árbol, una bicicleta antigua, un farol al interior de un pasaje y un par de zapatillas colgadas del alumbrado eléctrico.
De repente, se encontró sentado en la playa, contemplando las olas del mar, mientras el sol del atardecer lo golpeaba con suavidad en el rostro. Cerró los ojos e inclinó la cabeza hacia atrás, disfrutando del calor primaveral que aún rodeaba aquella tarde. Escuchó el golpeteo de las olas contra la orilla, mientras suavemente sentía que un cansancio increíble comenzaba a apoderarse de él. Sin embargo, abrió los ojos ante algo que le había llamado la atención anteriormente: Aquella playa le agradaba porque casi siempre estaba vacía. Ocasionalmente había alguien que iba al muelle para pescar, pero ello ocurría en raras oportunidades. Cuando llegó esa tarde, no había nadie, pero ahora sí.
Rukawa estaba sentado al borde de la playa, junto a unas rocas, por lo que sólo tenía una visión limitada de quien se encontraba al borde del muelle. Sin embargo, fue todo lo que le bastó: Con los pies meciéndose en el aire, sentada en la madera que tenía su base escondida en el mar, vio la figura de una muchacha. Podía ver sólo su espalda, cuya piel era de un tono levemente pálido, cubierta únicamente por una suave tela blanca, que parecía ser un vestido liviano. Sus manos descansaban al tope de la madera sobre la que se encontraba sentada, mientras inclinaba hacia atrás su cabeza, decorada por un cabello castaño recogido.
El muchacho estaba casi dispuesto a desviar la mirada, considerando que aquella presencia no significaba absolutamente nada, cuando algo en su figura captó su atención: Fue como si un golpe lo impactara de lleno en el pecho, ya que la sola imagen que en aquellos momentos comenzó a desarrollarse, logró que por un instante, se olvidara de su antigua idea de que nadie podría, jamás, llamar su atención. Casi como si fuera a propósito, una ola impactó con fuerza contra el muelle, levantando una cortina de agua, para luego dispersarse en numerosas gotas. El viento levantó con suavidad la tela del largo y liviano vestido de la muchacha, que danzaba a su alrededor, iluminado por los rayos del sol que lo atravesaron, al igual que a las pequeñas gotas de agua, que brillaron como pequeñas piedras. Sin embargo, todo ello habría parecido común si es que no hubiera sido por lo que estaba dibujado en la nuca de la muchacha: Como si fuese lo que faltaba para completar aquella hermosa imagen, Rukawa logró ver un tatuaje que decoraba la parte posterior del cuello de la joven, con la forma de una pequeña mariposa que mezclaba el rojo con el turquesa.
El muchacho se apresuró a tomar su cámara, y mientras enfocaba, rogaba porque la muchacha se quedara exactamente como estaba en esos momentos. Se sorprendió de la urgencia con la que sus propias manos se movían, desesperadas por no querer perderse ni un instante de aquello que estaba ocurriendo.
Y en ese momento, por primera vez en su vida, se encontró a sí mismo contemplando a quizás la única muchacha a la que había considerado hermosa.
Ayako caminaba por las calles de la ciudad, sin prestar demasiada atención a los sonidos que la envolvían, ya que la verdad era que su concentración se encontraba un tanto desviada hacia otro objetivo. Alzó la mirada silenciosa y disimuladamente hacia su rostro. Nunca le había gustado que él se diera cuenta de que le agradaba mirarlo más de la cuenta. Creía que él era lo suficientemente confiado y presumido como para agregar el hecho de que, posiblemente, él le gustara más de lo que daba a entender.
"Si crees que no me he dado cuenta de que estás mirándome otra vez, pierdes tu tiempo" – dijo él, con una sonrisa. Ayako desvió la mirada, mientras sus mejillas se encendían, lo que sólo provocó que la sonrisa de él se extendiera aún más – "Eres adorable cuando estás avergonzada"
"Oh, por supuesto que el siempre seguro de sí mismo y arrogante Akira Sendoh jamás se avergüenza de nada" – dijo ella, mirándolo por el rabillo del ojo
"La verdad es que muy pocas veces he estado realmente avergonzado por algo" – admitió, encogiéndose de hombros – "Pero no entiendo por qué te sientes así sólo por mirarme"
"¿Quieres que te diga la verdad?" – preguntó Ayako, con una sonrisa – "¿O dejo que tu eterna curiosidad te mate de a poco?"
"¿Quieres que te diga por qué no entiendo?" – preguntó Sendoh, de vuelta – "Porque yo casi nunca me sonrojo. Creo que simplemente no puedo"
"Oh, gracias, eso lo aclara todo"
"Me refería a otra cosa" – dijo él, mirándola directamente – "No puedo sonrojarme…pero si pudiera, me gustaría que fuera gracias a ti. Y creo que no me daría vergüenza…¿Por qué avergonzarme de que no puedo dejar de mirarte?"
Ayako sonrió ante la complicada y a la vez tierna declaración de Sendoh. Sabía que habían estado viéndose por poco tiempo, pero al parecer, ninguno de los dos era capaz de evitar darse cuenta de aquello había aparecido entre los dos. Era cierto que eran diferentes, era verdad que no siempre coincidían y que solían discutir por pequeñeces a las que ambos intentaban restarles importancia, pero no podían negar que era igualmente cierto que ya no era común lo que cada uno provocaba en el otro. Ninguno quería, ni tampoco iba a ponerle un nombre…pero tampoco podían ignorarlo.
La muchacha sonrió levemente, mientras dejaba que Sendoh se inclinara suavemente para besar su frente. Caminaron juntos calle abajo, hasta encontrarse frente a la casa de la joven, quien esperó pacientemente a que el muchacho se decidiera a partir. Sonrió al recordar la primera vez que la había acompañado hasta la puerta, luego de aquella incómoda cita, que sólo puede poseer aquella característica cuando es la primera. También vino a su memoria aquel momento final de su tercera cita, en el cual ambos se encontraban frente a esa misma puerta, en donde Sendoh, a pesar de las pocas esperanzas que Ayako no se cansaba de destrozar con sus evasivas, se había decidido a que no le importaran aquellas razones, y que sólo se dejaría llevar por lo que le decían sus instintos. De esa manera, había decidido a besarla en aquel mismo instante, a pesar de que la seguridad no estaba de su parte. Sin embargo, la respuesta de ella había logrado que una sonrisa se expandiera por su rostro durante el resto de la semana.
"De acuerdo, debo irme ahora" – dijo Sendoh, con cierta molestia plasmada en su voz – "Uozumi insiste en que debemos repasar las jugadas en un pizarrón en su casa todos los domingos"
"No sirve de mucho si es que no pueden jugar bien" – dijo Ayako, alzando una ceja con suficiencia – "Aunque apuesto que si continúan con los dibujos, podrían llegar a las finales en la competencia de pictionary, ¿no crees?"
"Dices eso como si tu equipo fuese mejor que el mío, preciosa" – dijo Sendoh, sonriendo con ironía – "Pero te recuerdo que sólo han tenido suerte"
"Dile eso a Rukawa y te destrozará" – rió la joven – "Porque si hemos tenido suerte, creo que tu entrenador no se habría esforzado tanto por reclutarlo para tu equipo"
"Eso habría sido terrible" – dijo Sendoh, asintiendo con la cabeza para darle la razón a la muchacha en aquel punto – "No me imagino estando en el mismo equipo que ese arrogante de Rukawa"
"Rukawa no es arrogante" – dijo Ayako, frunciendo el ceño repentinamente – "Al menos, no tanto como tú"
"¡Pero qué tenemos aquí…!" – exclamó Sendoh, riendo – "¿Desde cuándo lo defiendes tanto? Oh, ya entiendo…dime la verdad, Ayako, ¿Alguna vez fuiste una de sus admiradoras que ahora te molesta cada comentario que hacen sobre él?"
"¡Claro que no!" – exclamó ella, frunciendo el ceño aún más – "Lo digo porque lo conozco desde hace mucho más tiempo que tú, y en circunstancias que no involucran una cancha o un balón"
"¿Saliste con él?" – Ayako rió ante la mueca de asco que se dibujó en el rostro de Sendoh
"Por supuesto que no, Sendoh, ¿Quién demonios, en su sano juicio por supuesto, querría salir con Rukawa?"
"Ten cuidado, cariño" – murmuró Sendoh, en un tono similar al de una película de terror – "Podrías convertirte en una de aquellas chicas sin siquiera saberlo"
"Suenas como si se tratase de una maldición" – dijo Ayako, sonriendo – "Y creo que si soporté la maldición de salir contigo y sobrevivir, creo que Rukawa no debería ser tan malo. Todo esto en el supuesto de que yo sufriera una conmoción cerebral tan terrible, que haría que de alguna forma encontrara a Rukawa levemente atractivo"
Sacudiendo la cabeza con resignación ante los comentarios negativamente graciosos de la muchacha, Sendoh se acercó a ella y posó sus labios sobre los de la muchacha con suavidad. Ayako sonrió levemente, mientras sus manos jugueteaban con el puntudo cabello de Sendoh, olvidándose por unos momentos de las dudas que la acechaban en torno a su supuesta relación con el muchacho. Recordó que no tenía por qué asumir de entrada que aquel joven le provocaría algún sufrimiento. Recordó que no era necesario que analizara cada palabra que salía de su boca, en busca de algún posible significado oculto. Recordó que no era tan malo arriesgarse un poco, y considerar la posibilidad de que realmente esto que estaba sintiendo por él era, de hecho, real.
Lo que no sabía era que, de hecho, no era real.
Continuará…
