Gustavo Adolfo Bécquer
XI
—Yo soy ardiente, yo soy morena,
yo soy el símbolo de la pasión,
de ansia de goces mi alma está llena.
¿A mí me buscas?
—No es a ti, no.
Pansy Parkinson... si la tuviera que describir con una sola palabra seria... Ardiente. Si, era una mujer hecha para el disfrute y la pasión, siempre dispuesta, siempre receptiva. Muchos hombres darían su barita por pasar una sola noche con ella.
Se acordaba perfectamente de lo que le dijo su padre cuando, en su quinto año en Hogwarts, le dijo que había empezado una relación con la chica:
—Hijo, has hecho una buena elección, una joven Sangre pura, de buena familia, y, además, con ella, nunca tendrás que buscar otra mujer que caliente tus sabanas. Cuando tengas algún evento social, serás la envidia de todo hombre, no tendrás que preocuparte que su apariencia no sea la correcta. —Le había dicho su padre una noche en la Mansión Malfoy durante las vacaciones de invierno— Por otra parte... deberás tener cuidado, una chica como ella... si no le das la suficiente atención, volara a los brazos de otro sin pensárselo ni un solo segundo.
Sabía perfectamente que con "atención" su padre se refería a regalos, regalos caros que durante un tiempo le hacía a su novia, para tenerla contenta y que no hiciese muchas preguntas (Sobre todo en su sexto año, que pasaba más tiempo en la sala de los Menesteres que en su Sala Común)
Pero claro, cuando El señor Oscuro cayó, y con él su familia, quedando casi en la ruina y con la reputación de su apellido por los suelos. Como su padre predijo años antes, Pansy "voló" a los brazos de otro, diez años mayor que ella y con su cámara de Gringotts atestada de Galeones.
La verdad, no le importaba mucho (ni le extrañaba la verdad), sabia como era, y sabía perfectamente que estaba con él por su estatus y su oro. Así que no le dio más importancia, simplemente siguió con su vida, intentando limpiar el apellido Malfoy ahora que a su padre le había caído la perpetua en Azcaban.
—Mi frente es pálida, mis trenzas de oro:
Puedo brindarte dichas sin fin,
yo de ternuras guardo un tesoro.
¿A mí me llamas?
—No, no es a ti.
Astoria Greengrass, la Sangre pura perfecta, la bruja perfecta, la mujer perfecta.
Cuando la conoció, habían pasado tres años desde la caída de El que no debe ser nombrado. Intentaba conseguir inversores para un proyecto que llevaba años planeando, una tienda de pociones curativas, ya que como todos sabían, no todos los magos y las brujas eran diestros en pociones, y tomar una dosis de Esencia de Dictamo mal preparada podía causar efectos desastrosos. Así que un día paseando por el Londres muggle, se le ocurrió la idea con un simple cartel, farmacia. Poco a poco la idea fue tomando forma en su cabeza, una tienda de pociones en la que los magos y brujas menos dotados en pociones pudiesen adquirir las pociones curativas recién echas y de excelente calidad.
En eso se encontraba cuando la vio, de pie al lado de sus padres, con un vestido perfecto para la ocasión, con su pelo rubio recogido en un perfecto moño y una sonrisa cortes perfectamente plantada en su rostro
El día en que le dio a su madre la noticia de que había empezado una relación con la pequeña de las Greengrass, su madre estaba radiante y aun recordaba las palabras dichas por su madre:
—Eso es maravilloso Draco— de la emoción se había levantado del sillón forrado de terciopelo de la sala de estar de Malfoy Manor— Una chica con su educación, su linaje, sus amistades... No podríamos haber optado a más. ¡Es perfecto!
Y si, era perfecto, al principio. A los pocos meses de empezar su noviazgo, le empezó a molestar que cuando le preguntaba a Astoria que quería hacer, o a donde quería ir, ella siempre respondía con un cortés: Lo que tu prefieras mi amor. ¿Qué le decía que le apetecía ir a ver la final de Quidditch en el Caldero Chorreante? Le parecía bien. ¿Qué le proponía ir a cenar a un restaurante muggle? Le parecía bien. ¿Qué le decía que quería ir a cazar escregutos de cola explosiva? (Si, lo había hecho) ¡Pues a Astoria le parecía bien!
Y si, reconocía que al principio no le molestaba, le gustaba no tener que hacer esas cosas "de mujeres". Pero con el tiempo se cansó. Nunca levantaba la voz, nunca le llevaba la contraria, nunca, en sus dos años de relación, la había visto de fuera de su papel de mujer perfecta. ¡Por el amor de Merlín! Incluso su pelo estaba perfectamente ordenado después de hacer el amor.
Así, que, en marzo, a sus 22 años, se había plantado delante de su hasta entonces novia, y había terminado su relación. Y ella, con su perfecta sonrisa cortes, no reclamó, ni preguntó por los motivos de una ruptura tan repentina, simplemente sonrió.
—Yo soy un sueño, un imposible,
vano fantasma de niebla y luz;
soy incorpórea, soy intangible:
no puedo amarte.
— ¡Oh ven, ven tú!
Ginevra Weasley era un torbellino. Risueña, valiente, divertida, sarcástica... todo en ella era vivaz. Como se movía, como reía escandalosamente cuando estaba con sus amigos, como fruncia el ceño cuando estaba concentrada...
Se volvió a encontrar con ella a sus 25 años, por una visita a San Mungo donde ella era sanadora, y por casualidad, fue ella quien le atendió la cornada de Graphor que había recibido cuando intentaba conseguir uno de sus cuernos para una nueva poción en la que estaba trabajando.
Le había reñido por descuidado, por no haberse protegido y haber puesto su vida en peligro. Él le contesto mordaz, pero sin ser despectivo. Y cuando terminó su visita, sin saber muy bien como habían quedado para verse después del turno de ella en el hospital.
Quedaron en un café muggle, se rieron recordando sus años de estudiantes, se pusieron al día con sus vidas. Él le contó que su negocio cada día crecía más, y que ya tenía una sucursal en Irlanda y otra en Alemania. Ella le conto de sus años en la universidad de Sanadores y de su año jugando con las Arpías. Al final de la tarde, habían quedado para verse al día siguiente en el mismo sitio y a la misma hora.
Los meses pasaron, y seguían quedando asiduamente, pero, por supuesto, siempre en secreto. A su madre le daría un infarto si se enteraba de que era amigo de una Traidora a la Sangre y tampoco le apetecía mucho saber cómo le quedaría la cara cuando sus hermanos se enteraran.
Aún a sabiendas de cómo reaccionarían sus seres queridos, cada vez eran más cercanos, quedaban casi todas las tardes, casi siempre en el Londres Muggle. Ella escuchaba sus ideas sobre nuevas pociones y él la escuchaba cuando había tenido un mal día en el trabajo. A veces quedaban para ver algún partido en la televisión (si, por fin los magos habían decidido que ese invento muggle no era tan malo, y podía ser bastante útil) y aunque a veces terminaban enfadados pues no apoyaban al mismo equipo, él lo solucionaba con una rana de chocolate al día siguiente.
Cuando después de un año de haberse reencontrado le dijo a su madre que estaba saliendo con la menor de los Weasley, esta no se lo tomó tan mal como el había pensado, aunque tampoco se lo tomó bien:
—Pero hijo, ¿Cómo nos haces esto? — dijo su madre entre con los ojos aun rojos por las lágrimas que habían estado cayendo de sus ojos por más de 10 minutos después de que su hijo le diese la noticia— Tienes un negocio próspero, te han vuelto a invitar a las fiestas, ¡podrías cortejar a cualquier chica sangre pura y hacer renacer el apellido Malfoy!
—Madre, Ginebra es de una familia de sangre pura tan antigua como los Malfoy, además tiene una carrera brillante como sanadora en San Mungo.
—Draco, aunque su familia sea tan antigua como la nuestra, su reputación…
—Madre, ¿Y que reputación nos queda a nosotros? — agachándose a la altura de esta le tomó la mano— Además, Ginebra me hace feliz.
—Hijo, ante tu felicidad yo no puedo decir nada.
Su padre no raccionó tan bien. En una de las pocas veces que lo podía ir a visitar a Azcaban le dio la noticia.
—Padre, me voy a casar— le dijo sentado ante su progenitor en una de las pequeñas salas de visitas que había en la prisión. Aunque seguía siendo un sitio lúgubre y horrible, había mejorado notablemente desde la expulsión de los dementores.
—¿A si? ¿Y quien es la afortunada de llevar el apellido Malfoy?
—Ginebra Weasley.
3, 2, 1…
—¿Te has vuelto loco? — ahí estaba, justo la reacción que esperaba que tuviese su padre— Una traidora a la sangre ¡Una Weasley! ¡Draco, te lo prohíbo!
—Padre, tengo 28 años, he venido a avisarte, no a pedirte permiso.
–¡Como si tienes 50! ¡No permitiré que avergüences a nuestra familia casándote con una sucia traidora a la sangre!
Sin querer aguantar más los improperios de su padre se levantó y se dirigió a la puerta.
—Por cierto, no te preocupes en la reputación de nuestra familia, ya te encargaste tu de dejarla por los suelos cuando te uniste a Voldemort.
Pero, quedaba decírselo a la familia de Ginny. Habían conseguido evitar tener que decírselo, pero, después de que le pidiese matrimonio, en un Pub muggle, con un par de pintas delante, mientras se abrazaban celebrando un gol, ya no lo podían aplazar más.
El plan de la pelirroja era decírselo a toda la familia junta el día del 27 cumpleaños de esta. Según Ginevra, con tanta gente, alguien se pondría de su lado.
—¿Sabes que no voy a salir vivo de esa casa, ¿no?
—Vamos Draco, no seas pesimista. Han pasado muchos años. ¡Si incluso Ron te saluda cuando te ve!
—No creo que eso sea suficiente. Una cosa es saludarme, y otra que se vaya a tomar bien que me case con su hermana pequeña.
—Tú no te preocupes, mis cuñadas nos apoyan fijo, y mamá no va a permitir que hagan nada.
Claro, que cuando la sonrisa de Percy murió en sus labios después de abrir la puerta y vio a su hermana cogida del brazo de él, Draco supo que la teoría de su prometida no iba a hacerse realidad.
—Este es Draco— consiguió decir Ginny después del revuelo inicial que solo se tranquilizó cuando esta soltó un par de gritos.
—Eso lo sabemos Gin— dijo Charlie con las cejas tan fruncidas que casi eran una— lo que no sabemos es que hace en esta casa, y que hace a tu lado.
—Pues bueno…— tomando una gran bocanada de aire continuó— Draco y yo nos vamos a casar.
Y ahí estaba de nuevo, los gritos de sus cuñados y sus suegros taparon por completo las pocas felicitaciones que habían recibido. Imperius, loca, filtro de amor y antigua y peligrosa maldición fueron algunas de las palabras que se pudieron escuchar entre el griterío hasta que Ginevra se cansó.
—¡Ya basta! — el grito de Ginny resonó por encima de los otros haciendo que todo el mundo se callase de golpe— Draco y yo nos vamos a casar, os guste o no. Lo único que tenéis que decidir es si queréis seguir estando en nuestras vidas. Porque si lo rechazáis a él, me rechazáis a mí.
Las miradas de incredulidad y los ceños fruncidos seguían en las caras de todos cuando Arthur dio un paso hacia la pareja que seguía de pie en medio de la sala.
–Bienvenido a la familia, Draco— dijo al fin el señor Weasley dándole un abrazo.
—¡Papá! ¡Es Malfoy!
—¡Ronald! ¡Es el futuro marido de tu hermana, así que compórtate! — la frase de la señora Weasley no dejaba lugar a dudas, Draco Malfoy era ahora parte de la familia.
A veces Draco aún se preguntaba si merecía la pena, porque sus cuñados, aún después de 10 años de matrimonio con la pequeña de la familia se lo seguían poniendo difícil en cada reunión familiar en la que se encontraban. Pero tapando con las mantas a su pequeña pelirroja, que era una copia diminuta de su mujer, sabía que todo había merecido la pena.
