No soy la dueña de Slam Dunk ni de ninguno de sus personajes, aunque la verdad es que me encantaría
La intrusa que ocasionó un desastre
Capítulo Seis: Una amenaza
Ayako alzó las cejas, sorprendida, cuando se dio cuenta de que Sendoh parecía querer estrujarla, literalmente, con el interminable abrazo en que la envolvió en cuanto la vio aquella tarde. La muchacha sonrió levemente, mientras el joven parecía querer aferrarse a su espalda con una determinación impresionante. Y en cuanto ella intentó apartarse para poder mirarlo, el muchacho hundió su erizada cabeza en la clavícula de la joven.
"¿Pero qué es lo que te ocurre?" – preguntó Ayako, luego de varios minutos de silencio, soltando una leve carcajada
"Es sólo que…" – Sendoh comenzó, pero se detuvo al instante. En su interior, escuchaba dos voces: Una era sincera y transparente, que le decía que lo mejor para continuar esta relación con la muchacha era decir la verdad. Que debía confesar lo que había hecho, que lo más probable es que ella lograría perdonarlo, que no era tan terrible lo que había ocurrido anteriormente si es que afrontaba las consecuencias de ello de inmediato. La otra voz, sencillamente…le decía a la primera voz que se callara. – "Nada" – dijo Sendoh, soltando un audible suspiro – "Solamente te extrañaba"
"No es tan terrible que no nos hayamos visto" – dijo Ayako, sonriendo – "Entiendo que el equipo está primero, a mí me ocurre lo mismo"
"El equipo", pensó Sendoh, sintiéndose horrible. Claro que ella podía pensar que se trataba de eso. Ayako era una muchacha comprensiva, bondadosa y dotada de todas las cualidades que un joven como él pudiera desear. Y sin embargo, no encontraba el coraje dentro de sí para poder decirle la verdad. ¿Qué haría en ese caso? ¿Lo dejaría? ¿Lo odiaría por el resto de sus días? No podía ni imaginar algo así. No se había dado cuenta hasta ese momento lo mucho que le importaba que pudiera dejarlo. Antes, como solía hacerlo siempre, salía con muchachas simplemente como un período intermedio de espera…a la espera de Leah, para ser correcto. Sin embargo, ahora no podía clasificar a Ayako en esa categoría, jamás lo había hecho. Esto era especial, lo que sentía por ella no se comparaba con nada anterior. Y aún así, no había podido darse cuenta antes de ello antes de cometer el error espantoso de aquella tarde. Y ahora se arriesgaba a perderlo todo, una vez más, por culpa de su propia estupidez.
"¿Te parece que vayamos a tomar un café ahora?" – dijo Sendoh, con más entusiasmo que de costumbre. Trató de controlarlo, para que no pareciera una admisión de culpa anticipada.
"La verdad es que ya es tarde, y estoy muy cansada" – dijo Ayako, con una mirada de disculpa – "¿Podemos dejarlo para mañana?"
"Claro, como quieras" – dijo el muchacho, con una sonrisa comprometida – "Vamos, te acompañaré hasta tu casa"
Durante el camino, Ayako no pudo dejar de notar que Sendoh parecía ansioso, pues al parecer, insistía en llenar el espacio entre ellos con millones de palabras, evitando a toda costa que el silencio pudiera cernirse sobre ellos. Hablaba más seguido que de costumbre, parecía que justo ese día le hubieran ocurrido un montón de cosas emocionantes, y que deseara compartirlas con ella sin desperdiciar ni un solo segundo. Quiso pensar que se trataba de algo normal, que en realidad nada ocurría al respecto…pero su instinto le decía otra cosa. Algo dentro de ella le decía que algo andaba mal, que no era común este tipo de comportamiento, que…Sendoh le estaba ocultando algo. Sacudió la cabeza, tratando de desterrar ese tipo de pensamientos de su mente. Sin embargo, estos peleaban por salir a la superficie, luchaban por ser escuchados por ella, y lo peor era que estaban intentando advertirle algo: Que abriera los ojos. No lograba entender por qué, pero sentía que sus instintos más básicos le estaban indicando que algo iba terriblemente mal. Y si era así…¿por qué insistía en no dejarse asustar por ellos? Ella se enorgullecía de su propia capacidad para anticiparse a los millares de situaciones en las que podría llegar a encontrarse. Sin embargo, estaba aterrorizada ante la perspectiva de que sus sentidos estaban nublados cuando se trataba de Sendoh.
Además, debía agregar a toda la ecuación que, al parecer, lo que le estaba sucediendo, las constantes dudas que la acechaban, ya eran visibles para los demás. Incluso Rukawa, aquella tarde, había notado que había algo que la estaba molestando. Y aquel muchacho, si bien parecía siempre estar distraído, y que nunca se interesaba por los problemas de los demás, se había dado cuenta hasta el punto de tener que preguntarle el motivo de su silencio. Sonrió levemente al recordar aquella escena, en donde Rukawa parecía estar completamente furioso por el hecho de que no se había atrevido a contarle lo que le sucedía. Pero, por otro lado, ¿en qué contexto imposible Rukawa podría querer, realmente, sentarse a escuchar sus problemas amorosos? Y aunque ya lo había hecho una vez, o algo muy parecido a ello, no sentía que pudiera hacerlo. ¿Cómo contárselo a él? ¿Cómo contárselo a cualquiera? Sabía que la única forma que tenía para dejar de sentirse así era confrontar directamente lo que le ocurría con quien era el supuesto "culpable". Y, por primera vez en mucho tiempo, se dejó llevar por un impulso:
"Sendoh…" – comenzó, suavemente – "¿Hay algo que quieras decirme?"
Sendoh sintió que su espalda era azotada por los escalofríos, mientras trataba de controlar la expresión de su rostro: Era imposible. No había forma de que supiera realmente lo que había ocurrido aquella tarde. Sin embargo, al parecer, Ayako había sido, como siempre, más perceptiva de lo que esperaba. ¿Era tan notorio? ¿Tenía tal expresión de culpabilidad en su cara, que ya no era posible seguir ocultándola? Su mente comenzó a golpearlo, mientras consideraba seriamente la posibilidad de decirle toda la verdad. Sin embargo, la otra parte de sí le decía lo contrario. Porque, por mucho de que Ayako fuese distinta a todas las personas que había conocido en su vida, seguía siendo un ser humano. Y, por lo tanto, no dejaría pasar aquel error. El precio de ser sincero sería, irremediablemente, el perderla.
"¿Por qué me preguntas eso?" – dijo Sendoh, riendo despreocupadamente
"No lo sé" – admitió Ayako. Era cierto, por lo demás – "Solamente tengo la sensación de que hay algo que quieres decirme, pero no estás seguro de poder hacerlo"
El muchacho sintió un pinchazo terrible en el estómago. Sin embargo, si bien sentía el impulso de querer desahogarse con ella y decirle todo de una buena vez, se resistió y dejó que la máscara de falsedad cayera sobre su rostro: Soltó una carcajada muy audible, sacudiendo la cabeza con lentitud.
"Cariño, creo que estás igual de cansada que yo" – dijo, acariciando su mejilla – "Porque estás imaginando cosas"
Y en ese momento, Ayako se dio cuenta de todo, pero no podía admitirlo delante de él. Porque la verdad, simplemente, era que…no le creía absolutamente nada.
Rukawa caminaba lentamente por la calle iluminada por el sol de aquella mañana de sábado, mientras dejaba que su mirada vagara por los rostros indiferentes que lo rodeaban. Ciertamente, había estado más abstraído que de costumbre durante el resto de aquella semana que estaba a punto de terminar. No podía entender por qué este asunto lo molestaba tanto. Él jamás se había interesado por los problemas ajenos, ni siquiera por los de las personas más cercanas a él. Un segundo, pensó. Ah, por supuesto: Nadie era cercano a él. Quizás sus padres. Y tampoco le interesaban sus problemas. De hecho, ni siquiera sabía si es que los tenían. Porque sus problemas…no eran los suyos.
Sin embargo, ahora parecía que estaba inserto en un problema, el cual no era suyo, pero ciertamente…odiaba admitirlo, pero…parecía que le importaba. Por alguna razón que no parecía querer develarse ante él, no había podido dejar de pensar en lo que había visto aquella tarde, tres días atrás. Si bien no había hablado con Ayako desde aquel mismo día en que se había enfurecido sin ninguna razón aparente, no había notado ningún cambio significativo. Sin embargo, se avergonzaba y reprendía a sí mismo por el hecho de darse cuenta de que la había estado vigilando. Sin su propio permiso, había estado pendiente de cualquier cambio de actitud durante los entrenamientos, había estado observándola cada vez que podía, sin poder entender por qué lo hacía. Pero, aunque intentaba concentrarse en lo que realmente le importaba, no se daba ni cuenta cuando nuevamente había posado su mirada sobre el rostro de la muchacha, buscando algún rastro de tristeza, de decepción o abatimiento. Sin embargo, todo parecía estar igual.
Y, demonios, eso sí que lo enfurecía: Si todo estaba igual, significaba que el desgraciado de Sendoh no había tenido las agallas de decirle la verdad. Y por lo tanto, era el mismo hijo de perra del que todos parecían hablar. No podía creer que pudiera, realmente, mirar a la cara a Ayako y mentirle sin ningún tipo de remordimiento.
Decidió que ya era suficiente, y que debía dar a su tiempo un buen uso. Ya había estado practicando por más de tres horas en la cancha que se encontraba al borde de la playa, por lo que decidió que, antes de partir a su casa, quería pasar un rato observando las olas. Caminó despreocupadamente por la arena, decidido a desterrar todos los pensamientos sobre el asunto, aunque fuera por un rato. No le correspondía estar buscando soluciones a algo que él no había provocado. Dios, ni siquiera resolvía los problemas que él mismo provocaba y pretendía darle una solución a algo en lo que no debía, ni quería, estar involucrado. Se sentó lentamente sobre una roca, mientras contemplaba el furioso, y a la vez armónico, ritmo de las olas que se estrellaban contra la orilla. La brisa marina lo golpeaba suavemente en el rostro, mientras cerraba los ojos para disfrutar de aquella natural caricia. Sin embargo, cuando nuevamente abrió los ojos para seguir contemplando el océano, sintió un pinchazo involuntario en la parte posterior del cuello: Ahí, frente a él, caminando por la orilla, se encontraba la muchacha del tatuaje. No llevaba el mismo atuendo que la última y única vez que la había visto, pero su forma de caminar era tan especial que sólo necesitó una mirada para poder reconocerla. Lentamente, como si se moviera al ritmo del paso de las olas, su cuerpo parecía flotar mientras observaba sus propias huellas sobre la arena. Esta vez llevaba una camiseta de color rojo, holgada y ligera, sobre unos pantalones cortos de jeans. Su cabello recogido dejaba ver el tatuaje de la mariposa en la parte posterior de su cuello, y en sus níveas y delgadas manos llevaba un par de sandalias, que evidentemente se había quitado para poder sentir el agua marina rozar sus pequeños pies.
Rukawa no sabía qué era lo que podía hacer en esos momentos. Nunca había considerado la posibilidad de, si la encontraba nuevamente, ir a hablarle. Jamás había hecho algo por el estilo, y de hecho, nunca había creído realmente que volviese a encontrarla luego de aquella vez en que le había tomado la fotografía. Sin embargo, contra su propio permiso, se dio cuenta de que, aquel día, no había decidido ir a la playa simplemente porque quería estar solo y tranquilo. Si hablaba con la verdad, sabía que para tener paz y tranquilidad, producto de sus rasgos antisociales, podía ir a cualquier lugar, porque sabía que con su sola apariencia, nadie se le acercaría. Y sin embargo, había escogido ese día ir a la playa, a ese exacto lugar, porque esperaba poder volver a verla. ¿Cómo era posible? ¿Cómo esa muchacha había logrado, sin siquiera haber visto su rostro, que un muchacho como él sintiese ansias de encontrársela una vez más?
Sin embargo, eso no era lo que más le preocupaba en aquellos momentos. Porque, ciertamente, la verdad era otra. Y era definitivamente más inquietante que el hecho de que hubiera vuelto a aquel simplemente para encontrarse con la figura de la muchacha nuevamente: La verdad era que, en realidad, había deseado con ansias volver a verla porque quería que aquella muchacha tuviera un rostro en específico. Quería que ella tuviera la misma voz que aquella joven que había estado rondando incesantemente sus pensamientos aquellas últimas semanas. Quería que tuviera sus mismos gestos. Quería que tuviera su mismo nombre. Y finalmente…la verdad era que quería que la muchacha del tatuaje soltase por fin aquel cabello que llevaba recogido…y que un millar de rizos castaños tomaran su lugar.
Dándose cuenta de lo peligroso de la situación, Rukawa hizo lo que era propio de él: Dominado por el pánico a lo desconocido, se levantó de la roca en la que se encontraba apoyado y le dio la espalda a la joven, para salir corriendo como un gato despavorido de aquel lugar. No se detuvo a pensar que la sola idea de que realmente estuviese esperándola a ella podía causar un tremendo desastre. Sólo quería escapar de aquella figura, de aquel tatuaje, de aquella forma de llenar el espacio que le era cada vez más familiar.
Porque la verdad era que…al parecer, muy profundo dentro de sí…Rukawa esperaba que la muchacha del tatuaje, fuese Ayako.
Sendoh caminaba lentamente aquella mañana de sábado, completamente exhausto, hacia la salida de la escuela. El entrenamiento de aquel día había sido brutal, simplemente agotador. Su director se encontraba especialmente empecinado en que derrotaran a Shohoku la próxima semana, pues era la última oportunidad que tendrían para por fin ir al Campeonato Nacional. Pensó, divertido, en la futura escena en donde se encontraría con Ayako, una vez más, pero en el equipo contrario. Se imaginaba que la muchacha prefería masticar arena antes de contarle al resto de su preciado equipo que en realidad estaba saliendo con él. Sin embargo, no podía culparla, sobre todo porque él mejor que nadie podía entender lo que importante que era tratar de mantener en buenos términos algo que era tan especial como su equipo. Era curioso que utilizara aquellas palabras, sobre todo porque con los últimos eventos de su vida, eso era exactamente lo que estaba haciendo: Cuidar aquello que era especial.
Sin embargo, sólo bastó una imagen para que todo aquello que había estado pensando y considerando en aquellos momentos se desvaneciera: Caminando como si fuese lo más normal del mundo encontrarse con él en aquellas circunstancias, se encontraba Leah. Lo miraba de la misma forma en que solía hacerlo cuando estaban juntos, de una manera posesiva e intrigante, que siempre lo hizo sentir especial. Sin embargo, Sendoh se odiaba a sí mismo en aquellos momentos, sobre todo porque en cuanto ella posó sus ojos sobre él, logró que sintiera los mismos escalofríos de la primera que vez en que había decidido que ella era a quien quería tener.
"¿Qué es lo que haces aquí?" – preguntó Sendoh, molesto
"Te esperaba a ti, pequeño idiota, ¿qué más podría estar haciendo aquí?" – contestó ella, sonriendo ampliamente – "No es como que ya no exista nada entre nosotros"
"Leah…"- comenzó el joven, pasando una mano por su rostro con cansancio – "Lo de la última vez fue una estupidez, todo fue un error. Me dejé llevar por un impulso, nada más, no significa absolutamente nada".
"¿Y por qué te dejaste llevar por ese impulso?"- preguntó ella, acercándose a él, mientras jugaba con su cabello. Acercó su rostro hasta que estuvo a unos peligrosos centímetros del suyo, utilizando todo el poder de su mirada, consciente del efecto que producía en el muchacho – "Lo hiciste porque aún no me has olvidado, lo sé. Lo hiciste porque, aunque no quieras admitirlo, aún quieres tenerme junto a ti"
Sendoh se perdió en la profundidad de los ojos claros de la joven, mientras sentía la suavidad de su aroma llenar sus pulmones. Dejó que su mirada recorriera las facciones de la muchacha, mientras dejaba que una de sus manos acariciara lentamente una de las mejillas de la joven. Sentía que la odiaba, pero se odiaba más a sí mismo en esos momentos. ¿Cómo era posible que ella pudiera ejercer esa clase de influencia sobre él? ¿Cómo era posible que, después de todo ese tiempo, ella siguiera provocando las mismas reacciones en él que el primer día que la conoció? Y lo peor de todo, es que sabía que todo estaba mal, sabía que aquello era todo menos lo correcto. Y, por sobre todo, odiaba el hecho de que no pudiera alejarse totalmente de Leah, sabiendo que tenía a la mujer más espectacular del planeta junto a él. Se obligó a pensar en Ayako, en su sonrisa, en su eterna comprensión y fidelidad, en la forma en que se preocupaba por él y por su felicidad. Leah era todo lo contrario, ella era de esas personas que sólo tomaban lo que querían cuando lo querían. Sin embargo, había algo en ella, una especie de fuerza gravitacional que hacía que él no pudiera ser más que un pobre idiota rondando a su alrededor, siguiendo la trayectoria de sus movimientos, haciendo lo que ella dispusiera. No era más que si títere, su entretención.
El muchacho se rindió y dejó que su frente descansara sobre la coronilla de la cabeza de la joven. Respiró el aroma de su cabello una vez más, cerrando los ojos mientras lo hacía, deseando que aquella fuese la última vez que lo hiciera. Tomó una de sus manos, mientras con la otra acarició la mejilla de la muchacha con menos suavidad que antes, como si quisiera aferrarse a ella, y no pudiera dejarla.
"Por favor" – dijo él, en un susurro suave – "Por favor, déjame en paz, Leah…por favor déjame ir"
Leah sintió algo inesperado: Si bien siempre había sabido que lo que sentía por Sendoh era mitad amor, mezclado con diversión, y mitad capricho, nunca había visto en él lo que vio en esos momentos. Antes, siempre había accedido a sus peticiones, porque sabía que él siempre volvía. Sin embargo, se dio cuenta de que ahora estaba rogando, suplicando, que lo abandonara. Y en esos momentos, como jamás le había ocurrido, no podía sentir menos que compasión por él.
"No puedo hacer eso, cariño" – dijo Leah, siendo sincera por primera vez con él – "Sabes que sólo te quiero a ti"
Sendoh la miró con dolor, sabiendo que ella no se daría por vencida hasta que lo viese destruido. Nunca se había dado cuenta de que en realidad ella era más malvada de lo que parecía. Se alejó de ella, y sin decir una sola palabra más, se dio media vuelta para caminar en la dirección opuesta. Sin embargo, sentía la seguridad de que, por lo menos, él ya sabía qué era la que quería: A Ayako. Nunca se había dado cuenta de quién era Leah realmente, pues en ese momento, se dio cuenta de que su felicidad no estaba de la mano de la felicidad de la muchacha. Si ella realmente lo amara, se daría cuenta de que su egoísmo estaba matando por dentro a Sendoh. Sin embargo, en ese momento, cuando tal vez había tomado la decisión más importante del último tiempo, no supo que había otra persona que había tomado una decisión también.
En cuanto dobló la esquina, se encontró frente a frente con un rostro que no esperaba encontrar. Sus ojos azul oscuro hicieron que se estremeciera, debido a una furia a punto de explotar que jamás había visto en una persona. Sus puños se encontraban cerrados, y por el temblor de ellos se dio cuenta de que se estaba conteniendo en ese mismo instante del impulso de golpearlo. Sin embargo, el muchacho se sintió súbitamente enojado por su arrogancia, por aquella eterna manera que tenía de demostrar al mundo que él, en supuesto, era mejor que todos.
"¿Y tú qué haces ahí parado, novato?"- preguntó Sendoh, esbozando una sonrisa irónica – "¿No deberías estar entrenando para intentar vencernos en el próximo partido?"
Esperó una respuesta desagradable. Tal vez un gruñido petulante de su parte. Un gesto irónico. Esperó todo.
Menos lo que ocurrió.
Sendoh ensanchó sus ojos cuando recibió el puñetazo más fuerte de toda su vida en plena mandíbula. El impulso del golpe hizo que cayera al instante al piso, pero en cuanto trató de levantarse, una patada en el estómago hizo que rodara más lejos de donde se encontraba. Tosió, buscando aire, pero se dio cuenta de que aquel muchacho no estaba dispuesto a dejarlo ir. Sintió sus dedos cerrarse en torno a su garganta, y mientras luchaba por aire, se estremeció una vez más ante la expresión furiosa del joven frente a él. Nunca lo había visto de esta manera, siempre había pensado que era un delincuente juvenil encubierto, pero nunca que pudiese ser así de violento.
"¡Tú…!" – comenzó el joven – "¡Tú…maldito…hijo…de…perra…!" – murmuró, sabiendo que podía escucharlo a pesar de lo bajo de su tono de voz.
Rukawa, en cuanto notó que el rostro de Sendoh iba aumentando de color, lo soltó súbitamente. El muchacho frente a él tosió pesarosamente, tratando de recuperar el aliento. Lo miró con odio, mientras se limpiaba la sangre que había comenzado a brotar de su labio. Se levantó rápidamente, y sin perder un instante, le asestó un puñetazo en el rostro. Sin embargo, Rukawa estaba tan enfurecido que no sintió nada. Apenas dejó que su cabeza se moviera en la dirección en la que había venido el golpe de Sendoh. Dejó que el muchacho lo tomara de la camiseta y estrellara su cuerpo contra la pared más cercana.
"¿Tan desesperado estás por ganar que tienes que venir a golpearme para que no pueda jugar?" – dijo Sendoh, enfurecido – "¿Eres tan basura que no puedes ganarme limpiamente en una cancha?"
Rukawa sintió que una nueva ira recorría sus venas, ante la estupidez que había salido de la boca de Sendoh. Maldito idiota. Maldito imbécil que pensaba que él le tenía miedo en una cancha. Sin embargo, si bien siempre había querido destrozar a Sendoh, se dio cuenta de que, por alguna razón desconocida para él, sentía que esa golpiza era provocada por razones mucho más nobles que el hecho de perder un partido frente al joven. En ese momento, le sucedió algo totalmente inesperado, algo que jamás creyó posible para él: Por primera vez en toda su vida, algo más que el basketball le importaba. Por primera vez, sintió que tenía el deber de hacer algo más por alguien que no era sí mismo.
Ante tamaño insulto, Rukawa se liberó hábilmente de los brazos de Sendoh y lo empujó lejos. Se acercó a él, lentamente, mientras sentía que sus puños ardían por las ansias de golpearlo de nuevo. Observó su rostro, sin poder entender cómo alguien no podía darse cuenta de realmente de la basura de hombre que era este muchacho en realidad.
"Tienes veinticuatro horas" – dijo Rukawa, mientras recogía su bolso del piso. Vio en su rostro que Sendoh no había entendido una sola palabra – "Tienes veinticuatro horas para decirle"
Sendoh vio cómo el muchacho se giraba y comenzaba a caminar en dirección opuesta. Dándose cuenta de que no sabía a qué demonios se refería, apresuró sus pasos hasta que estuvo frente a él.
"¿Veinticuatro horas para qué?" – preguntó Sendoh, soltando una risa despectiva – "¿Para decirle a Uozumi que renuncio y que te dejaré ganarnos?"
Rukawa lo tomó por el cuello de la camiseta y acercó el rostro del muchacho al suyo. Sendoh escuchó las palabras de Rukawa y sintió que sus peores pesadillas se hacían realidad:
"Tienes veinticuatro horas para decirle la verdad a Ayako" – dijo el muchacho, de manera simple, con lentitud – "Tienes veinticuatro horas para decirle que la engañas y para después desaparecer de su vida"
Luego, lo soltó y caminó con lentitud hacia su casa. Sendoh, por otro lado, sintió que sus rodillas perdían peso y que, lentamente, su cuerpo se deslizaba hacia el piso. ¿Cómo había pasado esto? ¿Cómo podría haber sido tan estúpido para dejarse ver? Idiota, idiota al pensar que nadie había sospechado. Y, sin embargo, se encontró frente a una amenaza desconocida: Rukawa, el hombre que siempre había odiado en la cancha, lo había descubierto. Y, a pesar de que nunca había imaginado que él podría inmiscuirse en los asuntos de Ayako y suyos, ahora se encontraba en una posición más que desventajosa. Al parecer, el muchacho se preocupaba por Ayako, a pesar de la aparente indiferencia que lo solía rodear.
Se cubrió el rostro con las manos, mientras pensaba que ya no tenía otra opción: Sabía a qué se refería con "veinticuatro horas". Significaba que él debía decirle la verdad, o lo haría él. ¿Qué podía hacer? Sabía que Ayako no lo perdonaría jamás, pero sabía también que no podía perderla. Era la única que lo entendía, era la única que lo quería, que se preocupaba por él…e iba a perderla producto de su estupidez.
Continuará...
NOTA: Lamento muchísimo por no haber escrito en tanto tiempo, se lo dedico a todos quienes han leído esta historia fielmente y me han escrito dándome su apoyo. Gracias a todos ustedes!
