No soy la dueña de Slam Dunk ni de ninguno de sus personajes, aunque la verdad es que me encantaría.

La intrusa que ocasionó un desastre

Capítulo Once: Encuentros y reencuentros

Rukawa escuchó a la multitud corear su apellido cuando anotó aquella última canasta ganadora. Luego de saltar del aro del cual colgaba, aterrizó sobre sus pies, mientras el resto de sus compañeros se acercaban para abrazarlo y golpear amistosamente su espalda.

Sin embargo, como cada vez que terminaba un partido de su equipo, buscó atentamente entre la multitud enardecida, esperando encontrarse con un par de ojos familiares. Nuevamente, vio un millón de rostros desconocidos, y ni un solo rastro de aquellos ojos azules. Frustrado, se dirigió hacia los vestidores, ignorando derechamente a todos los reporteros y cámaras que lo enceguecían, quienes desesperadamente buscaban que emitiera alguna declaración luego de que su equipo, los Golden State Warriors de California, clasificaran a las finales.

Ignoró también a las animadoras que lo apuntaban con las cámaras de sus teléfonos, captando sus movimientos cuidadosamente. También ignoró a su entrenador, quien sin ninguna esperanza, trató de que volviera a la cancha para posar con sus compañeros de equipo para una foto final. Entró raudamente al vestidor y cerró de un portazo.

Abiertamente molesto, golpeó la puerta metálica de su casillero, maldiciendo mentalmente a su propia estupidez. ¿Hasta cuándo pretendía seguir así? Habían pasado doce años.

Doce.

Malditos.

Años.

Doce años desde la última vez que la había visto.

Luego de que ella terminara la preparatoria, un año antes que él, Rukawa la esperó impaciente a la salida de la escuela, donde todos los graduados corrían hacia sus padres orgullosos. Ayako, sin embargo, hacía semanas que parecía estar evitándolo. Durante el año y medio que llevaban juntos, nunca había estado tan distante como ahora. Por supuesto, aunque la amaba más de lo que podía expresar, nunca había sido capaz de preguntarle acerca de lo que le ocurría. Algo le indicaba que había un problema, algo terrible que ella no era capaz de articular. Y él, por su lado, era lo suficientemente testarudo como para no querer averiguar lo que pasaba por su mente. Se imaginaba que Ayako, tan expresiva y honesta consigo misma, sería la que tomaría las riendas de la situación y le diría abiertamente lo que estaba pensando, pero habían pasado semanas desde que notó que se comportaba de manera extraña, sin decirle nada. Las veces que se encontraban eran rutinarias, cada vez ella estaba más silenciosa, lo evitaba y no contestaba sus mensajes con la misma frecuencia que antes.

De repente, Rukawa vio que ella se despedía de sus padres con un abrazo, para luego avanzar hacia él. Se estaba mordiendo el labio inferior, como cada vez que estaba nerviosa, notó el joven. Sus manos estaban entrelazadas, y hacía crujir sus nudillos sin piedad. Todo eso era una mala señal.

Entre lágrimas, le dijo que había recibido una carta de Harvard: Le habían ofrecido una beca para la prestigiosa facultad de medicina. Y debía partir en una semana. Le dijo que podían escribirse, que ella viajaría con la mayor frecuencia posible, que no le había dicho antes por miedo a cómo reaccionaría, que este no era el final…

Pero Rukawa no escuchaba nada. Se mente se desconectó después de escuchar que ella sabía que se iría, hacía casi un mes, y no le había dicho nada. Su lado más egoísta e infantil ganó la batalla que estaba librándose en su interior, y le espetó en la cara que podría haberle advertido antes, que así él podría haber decidido algo respecto a la situación, que se podría haber preparado mejor…pero nada de eso importaba ya. Ayako, llorando desconsoladamente, vio cómo él se alejaba en el sentido opuesto, sin mirar atrás.

Durante los días siguientes, Rukawa fue incapaz de salir de su habitación. Había despedazado su teléfono contra la pared apenas entró, luego de la graduación de Ayako. Ignoró abiertamente las veces que sus padres entraron, para decirle que la jovencita estaba abajo esperándolo. Como respuesta, cerró la puerta de su habitación y echó el pestillo.

Finalmente, llegó el día domingo, que Rukawa sabía que Ayako partiría a Norteamérica. Se levantó hecho un desastre, enojado y tembloroso, y estaba a punto de entrar al baño de su habitación, cuando un golpe en la ventana lo distrajo. Se volteó, y solo vio las ramas del árbol del jardín golpeando el vidrio. Se imaginó que solo había sido el viento. Se volteó nuevamente, pero un insistente golpeteo en la ventana lo distrajo otra vez.

Esta vez, notó que había algo en el árbol. Alguien, más bien: Apenas sujetándose a las ramas, tratando de estabilizarse, vio a la pequeña Mia, quien trataba de colgarse lo mejor posible del árbol. Alarmado, corrió hasta la ventana y la abrió de par en par. La jovencita estiró el brazo para que él lo cogiera, a lo que Rukawa reaccionó rápidamente. La tomó de la cintura y con un solo tirón, la hizo entrar en la habitación. Mia se equilibró y sacudió las ramas y la tierra que estaban en su ropa, para luego mirarlo con expresión ofuscada.

"¡Que tenga que subirme a un árbol como un maldito chimpancé para lograr verte!" – exclamó, molesta. Luego lo golpeó lo más fuerte que pudo con su pequeño puño en el hombro – "¡¿Hasta cuándo pretendes quedarte aquí, enfurruñado en tu habitación, sintiendo lástima por ti mismo, huh?!"

Rukawa hizo rodar sus ojos, preguntándose por qué no había dejado que se cayera del árbol.

"Si no vas al aeropuerto ahora mismo a despedirte de Ayako, te vas a arrepentir el resto de tu patética existencia, Kaede Rukawa" – dijo Mia, muy seria – "Ella siempre me ha dicho que eres un luchador, y ahora estás aquí, derrotado. Peor que eso, te comportas como un fracaso, porque ni siquiera tienes el valor de pelear por lo único que te importa"

El muchacho entrecerró la mirada, dándose cuenta de que algo desconocido para él empezaba a golpearlo en el pecho. Sentía punzadas en su interior, especialmente a la altura de la garganta. Se preguntó qué era, sin encontrar alguna respuesta.

Habían pasado doce años desde esa conversación con Mia. A pesar de que se dio cuenta en ese momento que se estaba comportando como un imbécil, ya era demasiado tarde. Aquel día corrió como nunca en su vida por los pasillos de ese aeropuerto, tratando de llegar a la entrada de los vuelos internacionales, olvidándose por completo de todo lo demás. Tenía que alcanzar a verla, aunque fuera solo un segundo, antes de que se fuera. Quería decirle que lo sentía, que había reaccionado como un completo idiota, que por supuesto que se escribirían, que encontrarían la forma de que esto funcionara, que no quería perderla.

Que la necesitaba.

Rukawa averiguó en ese momento qué era aquello que estaba sintiendo dentro del pecho. Cuando vio en el panel luminoso que el vuelo de Ayako ya había dejado el suelo de Japón, cerró los puños y bajó la mirada, castigándose en su interior.

Mia se detuvo, sin aliento, luego de correr tras el joven por todo el aeropuerto. Vio la figura de Rukawa inclinada hacia adelante, como si cargara el peso del mundo entero sobre sus hombros. Su cabello negro le cubría el rostro, pero notó claramente cuando una lágrima solitaria y brillante rodó por su mejilla derecha.


A sus veintinueve años, Rukawa continuaba comportándose como el adolescente testarudo y malhumorado que era antes de conocer a Ayako. Llegó a su departamento cercano a la costa, que a pesar de ser de los más luminosos de la ciudad, estaba sumido en la oscuridad. Gruesas cortinas de un tono marrón, permanentemente cerradas, le impedían ver la belleza del paisaje.

Luego del partido, entró sin ánimo a su enorme departamento, y arrojó su bolso deportivo en una esquina. Se acercó a la mitad del salón y se dejó caer en el enorme sofá, que en algunas ocasiones hacía las veces de cama, especialmente cuando no quería despertarse, solo como siempre, en la inmensa habitación principal. Observó alrededor, sin mucha atención, para luego detenerse en la encimera que estaba sobre la chimenea.

Se levantó lentamente y cogió la foto que estaba sobre el mueble. Los años pasaban, y aún así, no era capaz de deshacerse de aquella fotografía. Ahí estaba ella, sentada en ese bonito muelle, con su cabello flotando por la brisa marina, con su tatuaje decorando la parte posterior de su cuello. Cerró los ojos, dejando que los recuerdos lo golpearan sin misericordia.

Los años siguientes pasaron más lento de lo que esperaba. Después de cómo se había comportado, no fue capaz de establecer contacto con Ayako. Y ella, por su parte, tampoco lo había buscado. Él había dejado claro que se había acabado todo entre ellos, y su orgullo tampoco le permitió continuar insistiendo en una relación que parecía no tener futuro.

Al terminar la preparatoria, Rukawa entró a la universidad, contra todo pronóstico. En realidad, no fue tan sorpresivo, puesto que Ayako, siendo la excelente estudiante que era, lo había obligado a concentrarse más en sus estudios durante el tiempo que estuvieron juntos. Así, Rukawa entró a estudiar ingeniería, que en realidad fue la excusa para postular al mismo tiempo a la selección nacional de básquetbol de Japón. Por supuesto, en muy poco tiempo se transformó en titular, lo que hizo que a los 23 años, le ofrecieran un puesto en los famosísimos Golden State Warriors de California.

Apenas terminó la universidad, partió a Norteamérica, esperanzado. Estaba cumpliendo un sueño de la infancia, pero todo eso parecía una nimiedad comparado con la posibilidad de estar en el mismo país que Ayako. Una vez ahí, encontró la forma de viajar a Boston, donde sabía que podría hallar a la joven. Caminó incesantemente por los pasillos de la facultad de medicina de Harvard, para luego detenerse ante un mural con recortes de periódicos, seguramente con noticias relevantes de los estudiantes de la escuela. Ahí, claramente, vio una foto de Ayako, quien sonriente, posaba con un galardón en sus manos. Estaba aún más hermosa que la última vez. A su lado, estaba Mia, que se veía mucho mayor que la última ocasión que la había visto. Y a su izquierda, un joven, probablemente de su misma edad.

Sonrió levemente, pero luego, todo su interior se congeló. Leyó la inscripción que estaba bajo la fotografía, que decía "Ayako Watanabe recibiendo el premio a la mejor estudiante de su generación. A su lado, Mia Watanabe. A su izquierda, el prometido, Tony Goldwin".

Ayako estaba comprometida. Y no era con él.

Rukawa, que amaba tomar fotografías de Ayako, nunca había odiado tanto una en la que estuviera ella.

Sintiendo la mayor de las decepciones en su interior, se dio la vuelta y caminó directamente hacia el aeropuerto. Nunca más volvió para averiguar qué era de la vida de Ayako, pero siempre, SIEMPRE, después de cada partido, la buscaba entre la multitud. Y como cada vez después de esos eventos, regresaba a su solitario departamento y observaba la fotografía que había tomado de ella, cuando aun no sabía que se trataba de ella. La primera fotografía de la primera mujer que había considerado hermosa en toda su vida.


Rukawa caminó lentamente por los pasillos del gimnasio sede de los Golden State Warriors, sin fijarse en los aficionados que, como cada día sábado, se agolpaban en la entrada para ver a sus jugadores favoritos dirigirse a los entrenamientos del fin de semana.

Era un día como cualquier otro, pensó.

Pero claro que no lo era.

De repente, una voz aguda lo detuvo.

"Debo admitir que después de todos estos años, me siento decepcionada, Kaede Rukawa. Pensé que tratarías de, al menos, llamar una vez al año a tu cuñada favorita".

Rukawa se volteó como un disparo, sintiendo que su corazón se aceleraba. Ahí, apoyada contra la pared del pasillo, se encontraba Mia. Estaba muchísimo más alta que la última vez que la había visto, con un vestido holgado que llegaba hasta el piso. Su cabello rubio estaba amarrado en una coleta alta, y como siempre, usaba unos enormes anteojos de sol que le cubrían la mitad de la cara. Claramente, seguía siendo la misma chiquilla excéntrica y osada que había conocido hace tanto años, solo que un poco mayor. ¿Qué edad tendría ahora? Quizás veintisiete. Quizás uno menos.

"¿Sigues sin poder encontrar las palabras adecuadas cuando te sorprenden, huh?" – dijo ella, sonriendo y acercándose a él. Como si fuese lo más natural del mundo, lo rodeó con sus brazos y escondió la cabeza en su pecho. Debido a que habían pasado más de doce años desde la última vez que había abrazado a una chica, Rukawa solo levantó una de sus manos y acarició su cabello levemente. Sin embargo, algo llamó su atención cuando lo abrazó. Dando un paso atrás, bajó la mirada y se dio cuenta de que algo lo presionaba con mayor fuerza de lo normal a la altura de su cintura.

Rukawa alzó una ceja cuando vio que el motivo por el que Mia usaba un vestido tan holgado era porque, probablemente, nada más le resultaba cómodo. Observó atentamente cómo la muchacha bajaba las manos hacia su vientre y lo acariciaba con suavidad.

"Debí advertirte que vendría acompañada" – dijo, riendo. Luego, alzó la mirada para encontrar la suya y le ofreció una enorme sonrisa – "Kaede Rukawa, te presento a Zoe Goldwin. Bueno, al proyecto en crecimiento de Zoe, al menos".

Algo se encendió en la mente del joven. ¿Goldwin? ¿Dónde había escuchado ese apellido antes?

"¿En serio no vas a decirme nada, maldito tarado?" – exclamó, frustrada, Mia – "Después de todos estos años, no tienes nada que-"

"¿Quién es su padre?" – preguntó Rukawa, apuntando hacia su vientre e ignorando la forma en que la muchacha lo estaba regañando.

"¿Ah?" – preguntó Mia, perpleja – "Pues mi marido es su padre, por supuesto"

"¿Có-"- Rukawa sentía que estaba temblando – "¿Cómo se llama?"

"Tony Goldwin" – dijo ella, mirándolo con las cejas levantadas.

Rukawa sintió que un escalofrío recorría su espalda sin piedad. Recordó el pie de la fotografía del periódico que había visto, en donde Ayako posaba al lado de su hermana…y su prometido, Tony Goldwin. El prometido de Mia, no de Ayako.

Fue como si un mazazo lo golpeara directo en la frente. Tanto así, que se tambaleó un poco hacia atrás, lo que hizo que Mia se aferrara a sus brazos y lo sostuviera.

"¿Qué te sucede?" – preguntó Mia, alarmada – "En cuanto nombré a Tony, se te fue el color de la piel. Y yo aquí pensando que no podías verte más pálido y deprimente".

"Era tu prometido" – dijo Rukawa – "No el de ella".

"¡Pues claro que era mi prometido, cuándo pensaste que-"- de repente, Mia se puso pálida y reprimió un grito de sorpresa – "¡La foto del periódico!" – exclamó, más alto de lo que pretendía – "¡¿Viste la foto del periódico en que premiaban a Ayako y pensaste que era su prometido?!"

Rukawa solo asintió, dejando su cuerpo caer en una de las banquillas que se encontraba en el pasillo. ¿Cómo podía haber sido tan idiota? ¿Por qué no había averiguado antes un poco más? Se quedó con la información que salía en una estúpida fotografía, y su propia testarudez no le permitió siquiera tratar de averiguar si era verdad.

"¡¿Pero cómo pudiste ser tan imbécil, Kaede Rukawa?!" – exclamó Mia, sentándose a su lado lo mejor que pudo en su condición expandida – "¿Cómo pudiste creer que Ayako se había comprometido con alguien más? ¿Y qué llevas haciendo todos estos años, huh? Te diré qué: Apuesto que sigues siendo un introvertido de porquería que se encierra en su habitación y no deja que nadie se acerque. ¡Y también apostaría que llevas una década sintiendo lástima por ti mismo, cuando todo lo que tenías que hacer era coger el teléfono y LLAMARLA!"

Mia soltó un suspiro enojado, viendo que Rukawa continuaba con la cabeza enterrada entre sus manos. Recordó la última vez que lo había visto así: En la sala de espera del hospital, cuando no sabía si Ayako se encontraba bien luego del enorme puñetazo que la había enviado al mar por parte de Sendoh. A pesar de que quería continuar gritándole, soltó otro suspiro y cogió su mano.

"Eres un verdadero idiota testarudo" – dijo, acariciando suavemente sus dedos – "Y Ayako también, por eso es que están hechos el uno para el otro" – Luego, se quitó los anteojos y los dejó a un lado – "Se lo digo todos los días cuando pasa por mi casa a ver si Zoe se encuentra bien".

A pesar de que Mia emitió el último comentario sin ninguna esperanza de que él estuviera escuchándola, ese fue el único que logró captar su atención. Se volteó hacia ella, y sin pensarlo dos veces, la tomó de los hombros y la obligó a observarlo. La chica, perpleja, notó que una luz inesperada comenzaba a crecer al interior de sus ojos.

"¿La ves todos los días?" – preguntó – "¿Dónde estás viviendo?"

"Aquí, en California" – explicó Mia, confundida – "De hecho, con Tony hemos pensado en comprar un apartamento más cercano a la costa y así Zoe podría-"

"Ayako…" – la interrumpió Rukawa – "Ayako…¿Está viviendo aquí?"

"¡Pero si serás estú-…!" – Mia se mordió la lengua antes de continuar. Tomó aire y se obligó a calmarse antes de pronunciar las palabras que harían que Rukawa volviera a vivir – "Ayako se mudó aquí apenas terminó la universidad, hace más de cinco años. Tenía la esperanza de que la buscaras, pero no lo hiciste. Ha ido a todos tus malditos partidos, pero la muy tarada se esconde donde no puedes verla, imaginando que de algún modo te darás cuenta de que sigue esperando a que regreses".

Rukawa sintió una oleada de calor inmensa recorriendo todo su cuerpo. Ayako estaba ahí, en alguna parte cercana, pero ahí. Y no solo eso, había ido a verlo y él no lo había notado.

"Tengo el presentimiento de que vas a salir corriendo en unos instantes" – dijo Mia, sonriendo – "Y solo para que no corras como un perfecto demente sin rumbo, Ayako está trabajando como cirujana en el Hospital Central de California".

Sin pensarlo dos veces, Rukawa se incorporó y se dirigió hacia la salida, cuando de repente, algo lo detuvo. Se volteó para mirar a Mia, quien penosamente se ponía de pie sosteniendo su pronunciado vientre y recogía su bolso. Luego, hizo algo que no había hecho jamás por iniciativa propia: Se acercó apresuradamente y la abrazó.

Mia se quedó perpleja, pero una risa jovial se escapó por entre medio de sus labios. Sonrió aún más cuando sintió un beso cálido en su mejilla, para luego ver a Rukawa salir corriendo del gimnasio. Para sus adentros, le deseó buena suerte.


Ayako se encontraba en su despacho, repasando la ficha médica de la próxima cirugía que tenía programada para aquel día. Estaba nerviosa, considerando que era un caso difícil. Sin embargo, algo en su interior le decía que aquel día todo saldría bien. Luego de la operación, que duraría por los menos unas ocho horas, pretendía ir directo a casa y descansar. Mia le había avisado que ese día saldría de la ciudad para visitar a los padres de Tony, lo que le dejaba poco por hacer.

Más bien, no tenía nada que hacer.

Si bien su pasión era la medicina, no tenía muchas más aficiones que esa. Salvo por el básquetbol, por supuesto. Pero no cualquier partido. Ni tampoco cualquier equipo.

Solo el de Rukawa. Iba siempre al mismo lugar, un puesto escondido entre las galerías, donde nadie podría identificarla. Cada día que iba, veía a su antiguo novio, al único que había amado más que a cualquier hombre en toda su vida, triunfando como siempre había sabido que lo haría. Sin embargo, cada vez que iba, notaba que el joven parecía no disfrutar de lo que estaba haciendo.

Para despejar sus dudas, había caído en una especie de locura, que consistía en buscar por internet cualquier noticia relacionada con él. Por supuesto que Kaede Rukawa aparecía en la mayoría de las noticias deportivas, pero nada sobre su vida personal. Para todos, era un perfecto misterio. Incluso, ella había recurrido a las revistas de la prensa rosa para averiguar qué estaba ocurriendo en su vida. Sin embargo, el resultado siempre era el mismo: Nada.

Cada vez que terminaba un partido y lo veía partir hacia los vestidores, se preguntaba si es que esta vez tendría el valor de ir a esperarlo a la salida y reencontrarse con él. Y cada vez que lograba reunir el valor, algo la detenía. ¿Qué podría decirle? "¿Hola, sí, soy yo? ¿No, nunca te he olvidado? ¿Sí, sigo atrapada en un amor no correspondido?". Como si eso fuese a llevar a algún buen resultado. Lo más probable es que pensaría que se había deschavetado.

Suspiró y se preparó para la siguiente cirugía, resignándose a pasar otra noche con la triste compañía de su televisión. Sin embargo, un sonido agudo captó su atención. Se volteó y notó que la estaban llamando desde el anexo de la recepción del hospital. Apretó el botón rojo que brillaba incesantemente, soltando un suspiro molesto. Seguramente era Margaret, la enfermera que siempre trabajaba con ella, que había olvidado su uniforme otra vez y necesitaba pedirle uno prestado.

"Dime, Margaret" – dijo Ayako, comenzando a recoger su cabello para amarrarlo – "Si necesitas otro uniforme, dejé uno en mi casillero".

"¡No es eso!" – La joven parecía muy entusiasmada – "¡Hay alguien en camino a tu despacho!"

"¿Quién?" – preguntó Ayako, haciendo rodar sus ojos. No tenía tiempo para conversar con nadie antes de la cirugía.

"¡Ayako, nunca me dijiste que conocías a uno de los titulares de los Golden!" – exclamó Margaret – "¡Casi me da un infarto cuando vi al mismísimo Kaede Rukawa preguntándome cuál era tu oficina!"

La del casi infarto fue ella.

Sintió cómo la puerta de su oficina se abría y, con manos temblorosas, apretó el botón rojo para cortar la llamada de Margaret. Tomó aire, asustada e incapaz de voltearse. Luego, escuchó que su puerta se cerraba, pero no necesitaba darse la vuelta para saber que había alguien más en su despacho.

"No estás comprometida" – escuchó, a sus espaldas.

Ayako se volteó de golpe, puesto que esa voz la habría reconocido en cualquier lugar. Ahí, frente a ella, se encontraba él. Tan alto como siempre, más atractivo que nunca. A pesar de que estaba acostumbrado a verlo constantemente en pantallas de televisión y en los partidos, había olvidado lo guapo que era de cerca. Notó que sus rasgos eran más maduros, y eso no era una sorpresa, considerando que ya debía estar cerca de los treinta años. Sin embargo, cuando lo miró, vio la misma luz brillante que llenaba sus ojos cuando se encontraban con los suyos.

Por su parte, Rukawa notó que Ayako tenía el cabello más corto que la última vez que la había visto. Seguía rizado e indomable, como su personalidad. También los rasgos de su rostro se veían más pronunciados, pero continuaban siendo los más hermosos que él hubiese visto alguna vez en su vida.

"¿Qué?" – Ayako notó que su voz no era más que un ruido inaudible – "¿Qué dijiste?"

Rukawa avanzó un par de pasos hacia ella, deteniéndose cuando ella retrocedió y se aferró al borde de su escritorio, claramente tratando de no caerse de la sorpresa.

"Que no estás comprometida" – repitió él. De repente, Ayako notó que el joven esbozaba la misma sonrisa adorable que, mientras estuvieron juntos, reservaba solo para ella.

"¿Por qué pensaste que…? ¿Qué haces aquí y por qué…? ¿Quién te dijo que estaba…?" – Ayako sentía que su cabeza daba vueltas sin parar, y que no era capaz de decir nada coherente. De repente, todo en su mente pareció encajar – "Mia fue a buscarte, ¿verdad?"

El joven asintió, mientras la sonrisa continuaba ahí, plasmada en su rostro.

"Por supuesto que te dijo lo de los partidos también, ¿no es cierto?" – Ayako lo observó de reojo, sintiendo que sus mejillas se encendían. Él, nuevamente, asintió – "Maldita entrometida" – murmuró Ayako, por lo bajo, sintiendo cómo toda la sangre de su cuerpo se agolpaba en su cara.

"Todo este tiempo pensé que ya te habías casado con el muchacho de la foto del periódico".

Ayako repitió la frase en su mente, y esbozó una leve sonrisa. Diecisiete palabras seguidas. Al parecer, continuaba siendo especial para él.

"Imagino que la deslenguada de Mia ya te habrá contado todo" – suspiró Ayako, resignada – "Pero, en todo caso, no. No estoy comprometida, ni de novia, ni de nada. Con nadie."

Rukawa hizo lo único que le parecía razonable en esos momentos. Ignorando la expresión sorprendida de Ayako, simplemente se abalanzó sobre su cuerpo y hundió sus labios en los de la joven. Sintió los mismos escalofríos que lo invadieron la primera vez que la había besado, y al igual que aquella primera ocasión, sintió que la muchacha se ponía rígida, sin saber qué hacer. Pero a diferencia de aquella vez, en menos de un segundo, Ayako tomó su rostro con una mano y se aferró a su cabello con la otra. Rukawa dejó atrás todos los sentimientos amargos que lo habían dominado los últimos diez años, y dejó que lo invadiera el perfume de la joven, que como una oleada de calor, curó todas las heridas abiertas que habían en su interior.

Muy pronto, ese beso no fue suficiente. Rukawa recorrió con manos temblorosas la espalda de Ayako, dejó que encontraran un camino hacia sus rizos castaños, mientras su boca se hundía en su cuello, sonriendo mentalmente cuando vio que Ayako dejaba escapar un sonido ahogado y se inclinaba hacia atrás. Luego, se apoderó nuevamente de sus labios, disfrutando de su dulce sabor, mientras se inclinaba hacia su figura.

Ayako soltó un sonido de sorpresa contra los labios de Rukawa cuando sintió que sus pies se elevaban del suelo. La había tomado de los muslos para que se sentase sobre el escritorio, sin despegar su rostro del suyo. Envalentonada por la urgencia de sus acciones, Ayako tiró de los hombros de su chaqueta para quitársela con un solo movimiento, y esta no había caído al suelo aún cuando ella notó que sus brazos actuaban por sí solos, levantándose hacia el techo, mientras Rukawa le quitaba la camiseta de su uniforme. Cerró los ojos cuando el joven continuó besándola a lo largo de la mandíbula, mientras sus manos recorrían su estómago, bajaban hacia sus piernas y luego volvían a sus caderas. Ella tiró de la camiseta de Rukawa, y se la quitó con rapidez, para después sentir la piel de su pecho contra el suyo. Se sintió increíblemente satisfecha consigo misma al escuchar los suspiros apagados de Rukawa mientras lo besaba en el cuello y recorría su espalda, ancha y tensa, con sus delgadas manos.

Rukawa sentía que esto era lo más parecido al cielo de lo que había estado jamás. Incluso cuando Ayako había sido la primera, y la única, que lo había hecho sentir de esta forma, este reencuentro era más poderoso que cualquiera otra vez que hubieran estado juntos. Después de tantos años en soledad, se sentía vivo por primera vez.

Encontró los labios de Ayako nuevamente, y con una mano se aferró a la parte baja de su espalda, mientras con la otra, comenzó a trazar líneas finas en el estómago de la joven. Sonrió cuando notó que su piel se erizaba en cada parte que sus dedos la tocaban, para luego, sin ningún tipo de duda, dejar que su mano se deslizara aún más abajo, por dentro de los delgados pliegues del pantalón de su uniforme.

Ayako dejó escapar un suspiro urgente contra la boca de Rukawa al sentir dónde estaba su mano, mientras recordaba todas las veces en que él la había tocado de aquella forma. Sentía que todo su cuerpo temblaba, y que un calor la invadía de pies a cabeza. Se dejó llevar por aquella sensación y se atrevió a ir más allá, tomando el borde del pantalón de Rukawa con ambas manos y tirar de él hacia sus caderas…

Pero nada sale como uno espera.

"¡Doctora Watanabe, el equipo de cirugía la espera en la sala de operaciones número dos!" – se escuchó por el altoparlante del pasillo. Era la voz de la enfermera que la había llamado.

"¡Margaret, grandísima hija de la gran pu-"- exclamó Ayako, sin aliento y rechinando los dientes.

Rukawa, aún inclinado sobre el cuerpo de Ayako, trató de recuperar el aliento, pero algo se lo impedía. Sin embargo, no era lo que esperaba. No era producto de aquella indomable pasión y urgencia que sentía en esos momentos, sino algo más. Ayako se sorprendió cuando vio que el joven apoyaba su frente contra su hombro y veía que su espalda se sacudía levemente. Luego, cuando levantó la cabeza, esbozó una enorme sonrisa cuando notó que el joven reía suavemente.

Rukawa no recordaba la última vez que se había reído de aquella forma. Quizás…en realidad, muy probablemente, había sido en aquella época en que estuvieron juntos. Y le dio la bienvenida a aquella sensación con los brazos abiertos.

Ayako se vistió lo más rápido que pudo, recogiendo las fichas médicas que debía llevar a la sala de operaciones, para luego, colgarse nuevamente del cuello de Rukawa para besarlo una última vez. Él, por su parte, mientras Ayako se vestía, escribió lo más claro posible su dirección en un pequeño papel que había sobre su escritorio, y le dijo que la esperaría en cuanto saliera de su operación. Ella le sonrió ampliamente, pero antes de irse, recogió del piso la chaqueta de Rukawa y se la puso.

"Esta chaqueta es mi rehén ahora" – dijo, desde la puerta – "Si la quieres de vuelta, más te vale no dejarme plantada hoy por la noche".

Rukawa sonrió levemente cuando la puerta se cerró y se quedó solo en aquel despacho. Se puso lentamente su camiseta, mientras observaba a su alrededor.

Como si fuera posible que olvidara aquella cita, pensó.


Ayako vio que su mano temblaba cuando la levantó para tocar la puerta del departamento de Rukawa. Inspiró profundamente, mientras se alisaba, nerviosa, los rizos que caían sobre sus hombros. Debía verse horrible, pensó, considerando que la operación se había extendido por casi nueve horas, y que no le había dado tiempo suficiente para pasar por su casa y ponerse algo decente. Como resultado, solo tomó una ducha rápida en el hospital, y se puso los sencillos jeans y camiseta larga de color blanco que se había puesto esa mañana para ir a trabajar. Pensó que debería haberse demorado un poco más y haber pasado a su casa a arreglarse un poco, pero la verdad era que estaba demasiado ansiosa de verlo nuevamente. El ardor de sus besos todavía palpitaba en su cuello, en sus hombros, en sus manos. Y lo único que quería era que se repitiera.

En menos de un instante, la puerta se abrió y ahí se encontraba él. Se alegró por el hecho de que él estaba usando unos simples jeans oscuros y una camiseta negra, lo que hizo que se relajara por cómo ella estaba vestida.

Sin embargo, Rukawa sentía que estaba viendo a la mujer más hermosa del planeta. Ayako podría haber madurado a lo largo de los años, pero continuaba desprendiendo esa energía juvenil que lo había sacado de su eterno estado de inconsciencia. No se dio cuenta de que seguía ahí, parado, sin decir nada, hasta que Ayako interrumpió el silencio en el que se encontraban.

"¿Puedo pasar?" – preguntó, alzando una ceja.

Rukawa sacudió la cabeza y, apresurado, la dejó entrar. Ayako observó a su alrededor y sintió una punzada de tristeza al ver el interior del departamento: Al parecer él continuaba alejando a todo el mundo de él, puesto que nuevamente, aquel espacio parecía el interior de un hotel. Muy lujoso y espacioso, pero un hotel. Sin color ni sentimientos. Se acercó tímidamente hacia el centro del salón y se sentó en el enorme sofá.

El joven la seguía con la mirada, notando por lo tenso de sus hombros que estaba nerviosa. Y él también lo estaba.

Por Dios que sentía nervios.

Durante toda la tarde se había debatido sobre lo que le diría aquella noche, sobre qué debía hacer. Llegaría cansada, quizás podría ordenar algo y cenar con ella. O quizás querría salir, algo que él no hacía jamás, por lo que no tendría idea de dónde llevarla. O quizás se desplomaría de cansancio y solo podría mirarla mientras dormía, lo que le daría más tiempo para ordenar sus pensamientos.

Sin embargo, lo único que pensaba era en qué le diría. Apenas entró a su departamento esa tarde, fue hasta su habitación y se sumergió en su desastre de armario. Botó al suelo todas las cajas con inútiles cosas que había guardado, buscando un objeto en particular. Lo tenía desde hacía años, y al igual que sus sentimientos, lo había enterrado en un lugar oscuro, donde nadie podría encontrarlo jamás.

"¿Quieres algo?" – preguntó Rukawa, con la voz temblorosa. Ayako se volteó hacia él, y con una sonrisa, le respondió.

"Si quieres conversar conmigo, vas a tener que traerme un café" – sonrió suavemente ante su expresión ansiosa – "Dudo que pueda mantenerme despierta por mucho tiempo más".

Rukawa asintió y se dirigió a la cocina, dejando que Ayako siguiera inspeccionando el departamento con su mirada. Si efectivamente ella continuaba siendo, muy en el fondo, la muchacha curiosa que había conocido hace años atrás, lo encontraría por su cuenta, mucho antes de que él regresara con el café.

Y, efectivamente, Ayako desplazó su mirada atenta por toda la habitación, tratando de encontrar algún indicativo de que ella continuaba teniendo un lugar especial en la vida de Rukawa. Su mirada, de repente, se detuvo ante la encimera que estaba sobre la chimenea. Su corazón se encogió al reconocer aquella fotografía que le había tomado tantos años atrás.

Sintiendo que las lágrimas empezaban a nublarle la vista, se incorporó lentamente y caminó hacia la encimera. Observó la fotografía atentamente, mientras una suave sonrisa comenzaba a dibujarse en su rostro. Sintiendo una ternura especial dentro de sí, extendió su mano y cogió el rígido papel, y estaba empezando a observarla con mayor detención cuando algo más captó su atención: Detrás de donde estaba la fotografía, escondida, había una pequeña caja cuadrada, de color oscuro.

Se volteó hacia atrás, asegurándose de que Rukawa no estuviera observándola. Se debatió por un momento: Recién se habían vuelto a encontrar, después de más de una década, y ella ya estaba metiendo las narices en donde no le correspondía. Se mordió el labio inferior, y sacudiendo la cabeza, tomó la caja y la abrió con un solo movimiento rápido.

Lo que vio le cortó la respiración en un solo instante.

"La fecha es de hace seis años atrás, cuando fui a buscarte a la universidad" – dijo Rukawa, a sus espaldas – "Fue el día en que vi tu fotografía del periódico y pensé que estabas comprometida. Hoy supe que era el novio de Mia, y no el tuyo".

Ayako, que era excelente para las matemáticas, contó mentalmente que ahora habían sido cuarenta y dos palabras seguidas. Todo un récord.

Rukawa caminó lentamente hacia ella, dejando la taza de café sobre la mesa ubicada frente al sofá, y con suavidad, cerró sus brazos en torno a la figura de Ayako, que aún no era capaz de darse vuelta. Notó que algunas lágrimas caían alrededor de la caja, pero luego, lamentó no tener su cámara cerca en esos momentos para tomar una fotografía: Una gota cayó encima de la piedra central del anillo, que brilló aún más con la luz que se filtraba de la lamparilla que había encendido sobre la encimera.

La joven dejó rápidamente la caja sobre la encimera y se volteó para abrazarlo. Rukawa dejó escapar una sonrisa cuando la levantó del suelo, dándose cuenta que seguía siendo igual de liviana que antes. Hundió su rostro en los rizos castaños de Ayako, y suavemente, se acercó aún más al lado izquierdo de su rostro.

"Cásate conmigo, Ayako" – murmuró lentamente Rukawa – "Quédate…para siempre".

Continuará…

PD: Inventé completamente el apellido de Ayako. No tengo idea de cuál es.