No soy la dueña de Slam Dunk ni de ninguno de sus personajes, aunque la verdad es que me encantaría.

He aquí el último capítulo. Gracias a todos por leer, y a los que dejaron reviews. Son los mejores, los amo!

PD: Les recuerdo que la categoría es M por una razón, que se ve en este capítulo. No digan que no se los advertí!

La intrusa que ocasionó un desastre

Capítulo Doce: Pepinillos y mayonesa

"Quédate…para siempre".

Las palabras de Rukawa resonaban en la mente de Ayako, quien aún se encontraba con los brazos alrededor de su cuello. Sólo era capaz de escuchar el frenético latido de su corazón al interior de su cabeza, hundida completamente en el hombro del joven. Él continuaba sosteniéndola por la cintura y la espalda, a varios centímetros del suelo.

No quería que este momento acabara.

Luego de algunos instantes, Rukawa comenzó a sentirse nervioso. Como buen jugador de basketball que era, siempre estaba dispuesto a ejecutar jugadas atrevidas. Nunca le había costado correr riesgos al interior de una cancha…pero esta era, por lejos, la jugada más arriesgada que había hecho jamás. Sólo esa mañana se había reencontrado con Ayako, luego de más de una década…y le había pedido aquello que, una vez, hacía más de seis años atrás, había deseado con toda su alma: Que nunca más lo dejara, que se quedara para siempre, que se durmiera todas las noches con ella en sus brazos y despertara cada mañana, por el resto de su vida, aún sosteniéndola contra su pecho.

En el instante preciso en que pretendía preguntarle cuál era la respuesta, Ayako rompió el silencio ensordecedor que había caído sobre ellos.

"Me quedaré…siempre que me prometas que nunca más volverás a dejarme"

Rukawa dejó escapar el aire de sus pulmones, inconsciente de que había estado conteniendo la respiración. Y, por primera vez en su vida…quiso ser quien despejara la tensión que había caído en el ambiente.

"Te recuerdo que fuiste tú la que se fue en un primer lugar" – dijo, esbozando una sonrisa – "Así que, técnicamente, eres tú la que debe prometer que no volverá a abandonarme"

Ayako, rápidamente, se inclinó hacia atrás y lo observó con ojos sorprendidos. Parpadeó varias veces al ver la enorme sonrisa que se había dibujado en el rostro de Rukawa, mientras contenía el impulso de reírse a carcajadas.

"¿Acabas de hacer una broma?" – preguntó, riendo con suavidad – "¿Me pediste matrimonio y ahora te estás riendo?"

"Ya dijiste que sí, así que no puedes retractarte" – dijo él, alzando ambas cejas, sin perder la sonrisa.

"No he dicho que sí" – respondió ella, alzando una ceja con complicidad.

"¿No?"

"Aún no escucho la pregunta"

"Dije 'cásate conmigo'"

"Sigue sin ser una pregunta"

"Puedo convencerte, si quieres" – finalizó Rukawa, bajando la mirada desde los ojos de la joven, hacia sus labios.

Ese gesto, que Ayako no había visto hacía más de diez años, hizo que un escalofrío recorriera su espalda sin misericordia. Los recuerdos la golpearon de lleno en el pecho, mientras dejaba que el calor de aquella mañana se apoderara de su cuerpo con rapidez. Cerró los ojos, en el instante justo en que Rukawa se inclinaba hacia adelante y cubría sus labios, con los suyos. El golpe eléctrico que recorrió su cuerpo de forma maravillosa, y que sólo había vuelto a sentir aquel mismo día, hizo que instintivamente cerrara más sus brazos en torno a su cuello. El joven no perdió ni un instante, sino que solo se inclinó levemente hacia atrás para tomar las piernas de Ayako y enlazarlas en su cintura. El suspiro apagado que se escapó de su garganta le dio el coraje suficiente para voltearse con rapidez, en dirección a la habitación.

Ayako continuaba con los ojos cerrados cuando sintió las manos de Rukawa en su cintura, levantando la delgada tela de su camiseta. Sus brazos se levantaron sin pensarlo, dejando que le quitara la prenda con facilidad. En cuanto sus brazos bajaron, se demoró menos de un instante en hacer lo mismo con la camiseta del joven. Apenas sintió el contacto de la piel de su pecho contra el suyo, se aferró con fuerza a su espalda. Apenas notó que su espalda entraba en contacto con una suave superficie, y sus ojos se abrieron con lentitud. Parpadeó varias veces, sintiendo sus mejillas enrojecidas al encontrarse con aquellos ojos azules, que ahora se encontraban ensombrecidos bajo su grueso cabello negro. Alzó la mano para apartar aquel lacio cabello del rostro de Rukawa, quien esbozó una suave sonrisa ante la leve caricia de la joven.

Aquel gesto le devolvió aquel sentimiento que sentía que había perdido tantos años atrás. Rukawa cerró sus ojos e inclinó su mejilla hacia la mano de Ayako, recordando con anhelo todas aquellas veces en que ella había acariciado su rostro de la misma forma, ya fuera para hacerlo sentir mejor, para borrar sus preocupaciones, o simplemente, porque lo amaba.

Y él, aquella noche, quería hacerla recordar. Incluso, quería probarle…que él recordaba.

Que recordaba cada punto de ella, cada sector de su cuerpo que la hacía temblar, suspirar, respirar con fuerza e incluso, enloquecer.

Ayako alzó una ceja con suspicacia cuando él se inclinó sobre ella, apoyando uno de sus brazos al costado de su cabeza. Cerró los ojos e inhaló profundamente cuando él comenzó a besarla con suavidad, mientras lentamente, con la otra mano, desabotonaba sus pantalones. Continuó con los ojos cerrados cuando él abandonó sus labios y dejó que su boca se deslizara, en el más ínfimo de los toques, a lo largo de su mandíbula. La joven dejó escapar completamente el aire de sus pulmones cuando los labios de Rukawa se detuvieron momentáneamente en el borde de su rostro, justo debajo de su oído. Sintió un escalofrío cuando su rostro continuó bajando, para encontrarse sobre su clavícula. Una vez ahí, deslizó sus labios hasta el punto en que se unía con su hombro, para después, suavemente, hundir sus dientes en su piel.

Ayako abrió los ojos de golpe, sintiendo una oleada de escalofríos y calor, al mismo tiempo. Quiso voltearse para acercarse a él, pero de repente, un par de manos fuertes se cerraron en torno a sus muñecas, impidiéndoselo. Frunció el ceño, confundida y mareada, y cuando sus ojos se encontraron con la mirada oscura de Rukawa, supo que era mejor no discutir. Sus ojos, fijos en los de él, vieron cómo el continuaba besando su piel con suavidad, para luego detenerse sobre sus costillas. La joven cerró los ojos con fuerza, cuando sintió los labios de Rukawa acariciando con ardor el sector que estaba justo debajo del lugar que cubría su ropa interior.

Rukawa reprimió una sonrisa satisfecha cuando notó que las manos de la joven, presas desde las muñecas en las suyas, empuñaban las sábanas, al mismo tiempo que levantaba sus caderas lentamente, siguiendo la ola del movimiento que estaban trazando sus labios sobre su piel. Continuó descendiendo un poco más, y dejó libres las manos de Ayako lo suficiente para detenerse sobre el borde de sus pantalones. Bajó la cremallera con suavidad, observando cómo el pecho de Ayako subía y descendía con velocidad.

Ayako sintió el contacto de su piel con las sábanas, sorprendida por el hecho de que ni siquiera tuvo la intención de cubrirse. Estar así, con él, incluso después de tanto tiempo, parecía increíblemente natural. Además, estaba completamente cegada por las intensas sensaciones que recorrían su cuerpo en esos momentos. La presión que sentía bajo su estómago le indicaba que recordaba exactamente cómo él era capaz de hacerla sentir cada vez que se encontraban a solas. Y estaba desesperada por continuar sintiéndose así.

El joven, con seguridad, tomó una de las piernas de Ayako y la movió con suavidad a un lado de la cama. Se inclinó sobre ella y, usando ambas manos al mismo tiempo, hizo lo que recordaba era capaz de empujarla por el borde del éxtasis en menos de un instante: Besó justo el hueso de su cadera, ahora completamente expuesta, al mismo tiempo en que uno de sus dedos rozaba con suavidad aquel punto elusivo en medio de sus piernas. Sus ojos se alzaron lo suficiente para verla arquear su espalda violentamente, mientras sus labios se abrían en un grito silencioso.

Rukawa sonrió ampliamente cuando escuchó la voz jadeante de Ayako, que entre suspiros entrecortados, dijo claramente:

"De acuerdo…de acuerdo, me casaré contigo".


Rukawa ordenó, lo mejor que pudo, las copas encima de la mesa de centro, deseando tener mejores habilidades para esto. Exhaló un suspiro frustrado al darse cuenta de que, por mucho que se esforzara, era verdaderamente malo cuando se trataba de cosas como aquella. Por mucho que intentara hacer algo especial, algo que requiriera el despliegue de romanticismo, el resultado era siempre el mismo: Un completo desastre.

Aquel día se cumplían tres meses exactamente desde el regreso de Ayako a su vida, y había querido organizar una velada especial para ella. Había ordenado la comida favorita de la joven, que llegaría en cualquier momento del turno del hospital. Además, había comprado sus flores preferidas, que por mucho que tratara de mantenerlas erguidas en el florero ubicado al centro de la mesa, las malditas insistían en inclinarse hacia abajo, dejando un rastro insoportable de polen y pétalos. Sacudió el cabeza, molesto, dándose cuenta de que era pésimo cuando se trataba de organizar algo fuera de la rutina habitual.

Esbozó una sonrisa suave cuando escuchó el sonido distintivo de Ayako luchando contra el juego de llaves del apartamento, como siempre. Por supuesto, luego de aquella noche en que había accedido a casarse con él, Rukawa le había propuesto, además, que se mudara a vivir a su apartamento. No soportaba la idea de tenerla lejos, luego de que regresara a su vida. Quería recuperar cada momento que pudiera con ella, después de más de diez años de ausencia. Y aunque aún se estaba acostumbrando a la idea de que nunca más se separaría de ella, todavía sentía unos extraños escalofríos cuando, cada noche, escuchaba el distintivo tintineo de las llaves de Ayako, claro signo de que había regresado a casa.

Sin embargo, al mismo tiempo que escuchaba las llaves insertándose en la cerradura, percibió su tono enojado de voz.

"…Y entonces le dije que no es posible que tenga que estar, además de todo lo demás, preocupándome de que el maldito equipo se encuentre esterilizado" – Ayako entró al departamento como un torbellino, lanzando su bolso en una esquina de la entrada, completamente furiosa. Con una de sus manos empujó la puerta para cerrarla, mientras sostenía el teléfono con la otra contra su oreja – "¡¿Cómo que no es para tanto, Margaret?! ¡El paciente podría haber contraído una infección, y mi cabeza habría sido la que rodara ante el Comité de Disciplina del Hospital, maldita sea!"

Rukawa alzó una ceja, curioso, cuando la joven apenas hizo un gesto para saludarlo, mientras caminaba hacia la cocina. Continuó escuchándola, en aquel tono furioso que rara vez usaba en su presencia, al mismo tiempo que notaba cómo comenzaba a abrir cajones y estantes con fuerza. Se levantó del sillón y caminó hacia la cocina, en el momento justo en que Ayako abría un enorme tarro de pepinillos y comenzaba a engullirlos como si su vida dependiera de ello.

"¡ENTONCES DEBERÍAS CONSIDERAR CAMBIAR DE EQUIPO DE TRABAJO, MARGARET! ¡PORQUE CONTINUARÉ SIENDO IGUAL DE EXIGENTE! ¡¿OH, SÍ…?!" – Rukawa alzó ambas cejas esta vez, cuando la vio sacar un pepinillo particularmente grande, para luego hundirlo en el frasco de mayonesa que también había abierto. Hizo una mueca leve de asco cuando Ayako mordió la mitad del pepinillo y masticó con fiereza – "¡PUES NO ESTOY SIENDO HISTÉRICA, MARGARET! ¡SÓLO ESTOY DICIENDO QUE…¿HOLA?! ¡¿MARGARET?! ¡¿MARG-" – Ayako aplastó el teléfono, enrabiada, contra la mesa de cocina. Rukawa se preguntó mentalmente si es que tendría que comprarle uno nuevo, que fuese especialmente resistente a sus múltiples golpes de furia. En menos de un instante, alzó la cabeza y sus ojos brillantes de enojo se enfocaron en él – "¡ME COLGÓ! ¡¿PUEDES CREERLO?!"

"Esto…sí, puedo creerlo" – respondió Rukawa, parpadeando varias veces – "¿Qué sucedió?"

"¡El maldito material para la operación de hoy no estaba estéril!" – exclamó ella, mientras continuaba sacando un pepinillo tras otro, masticando con fervor – "¡Menos mal que me di cuenta, porque si no…" – de repente se detuvo al notar la mirada extraña de Rukawa sobre su rostro – "¡¿Y a ti qué te sucede?! ¡¿Por qué me miras así?!"

"Esto, Ayako…" – comenzó Rukawa, mirando la forma en que ella masticaba furiosa – "Ordené comida de aquel lugar que te gusta, así que-"

"¡Pues hoy tengo ganas de pepinillos, ¿algún problema con eso?!" – gritó, tomando el tarro con una de sus manos. Rukawa se sorprendió con la forma en que lo estaba mirando, con los ojos brillantes de rabia y lágrimas – "¡¿Tú también vas a hacerme pasar un mal rato simplemente porque-"

"Ayako, ¿qué es lo que te sucede?" – preguntó él, acercándose a ella y poniendo una de sus manos en su mejilla – "¿Por qué estás tan-"

"¡¿TAN QUÉ?!" – gritó ella, sacudiéndose de la mano de Rukawa sobre su rostro – "¡¿POR QUÉ SIEMPRE ESTÁS CRITICÁNDOME?!"

"¿Que yo estoy siempre criticándote? Ayako, sólo quería saber qué es lo que-"

"¡NO ME OCURRÍA NADA EN UN PRIMER LUGAR, SÓLO QUERÍA COMER PEPINILLOS Y AHORA LO ARRUINASTE!" – gritó, tomando el tarro de mayonesa y dirigiéndose, furiosa, hacia el salón. Rukawa intentó ir tras ella, pero otro grito lo detuvo abruptamente – "¡NI SIQUIERA PIENSES EN SEGUIRME, QUIERO ESTAR SOLA!"

Rukawa escuchó el portazo, que provenía de la habitación, y exhaló un suspiro cansado. ¿Qué demonios le ocurría? Desde hacía un par de semanas que la veía cada vez más estresada, pero lo había atribuido a la presión de organizar la boda, además de tener que continuar trabajando de la misma forma que lo había hecho hasta ahora. Sin embargo, este súbito ataque de ira lo había dejado desconcertado. ¿Acaso se había arrepentido? ¿Estaba actuando de este modo para lograr que él no aguantara más, y la dejara?

No, se dijo, sacudiendo la cabeza. Ayako jamás haría algo como eso. A pesar de los años que habían pasado separados, él sabía, y había visto, que ella continuaba siendo la misma chica de la que se había enamorado. Ella lo amaba, de eso estaba seguro…

Quizás sólo había tenido un mal día.

Sacudió la cabeza nuevamente, y su mirada, distraída, se detuvo en la puerta del refrigerador. Se acercó lentamente a él y despegó el papel que Ayako había dejado esa mañana, con la lista de cosas que faltaban en la casa y que debía ordenar del supermercado. Ya que aquella noche claramente sus planes habían fracasado, decidió mantenerse ocupado realizando la orden.

De repente, parpadeó varias veces cuando repasó el listado de cosas que Ayako había anotado.

Un escalofrío recorrió su espalda por un instante, para luego desaparecer, dando paso a un enorme calor, que invadió su cuerpo rápidamente. Sintió una explosión al interior de su pecho, que jamás había experimentado. Lo más cercano a ello había sido tres meses atrás, cuando Ayako había accedido a casarse con él. Sin saber exactamente por qué, acercó el papel con el listado de cosas hacia su pecho, sintiendo los frenéticos latidos de su corazón bajo su mano. Esbozó una enorme sonrisa, y sin pensarlo demasiado, dejó caer el papel y caminó hacia la habitación.

En cuanto abrió la puerta, se detuvo abruptamente al notar que Ayako se encontraba sobre la cama, profundamente dormida. Estaba encogida en la mitad de la enorme cama, abrazando el tarro de pepinillos con fuerza contra su pecho. Su largo cabello rizado caía como una densa capa protectora sobre su rostro, levantándose levemente al ritmo de su respiración.

Rukawa sonrió ampliamente, y con lentitud, se acercó a ella y le quitó el tarro de entre las manos, para que estuviera más cómoda. Luego, con el mayor sigilo del que era capaz, se acostó a su lado, acomodando suavemente el cuerpo de Ayako contra su pecho. Ella, instintivamente, exhaló con profundidad y entrelazó sus dedos con los de Rukawa. Él, sin perder la sonrisa, inhaló el perfume que desprendía la parte posterior del cuello de Ayako, para luego cerrar sus ojos, estrechándola con suavidad contra él.

Antes de dormirse, hizo una nota mental de agregar pepinillos a la lista del supermercado.


Ayako caminó, furiosa como todas las mañanas de la última semana, por el pasillo del hospital. Aquella mañana, al salir de casa, había olvidado sus anteojos de sol, y como resultado, había luchado contra el brillo del parabrisas durante todo el trayecto hacia su trabajo. Además, había olvidado su cepillo en alguna parte de la casa, por lo que luego de salir de la ducha, su cabello era un remolino de rizos sin control que no pudo dominar bajo ningún medio. Había olvidado sus llaves y la batería de su teléfono se había agotado luego de salir de la casa.

Rechinó los dientes, sintiéndose cada vez más molesta con cada paso que daba. Sin embargo, no podía dejar de preguntarse: ¿Qué demonios le ocurría en realidad? Hacía días que estaba malhumorada, inquieta y sin tener ni las ganas ni las energías de controlar su mal temperamento. Quiso echarle la culpa al estrés y a la falta de descanso de los últimos días en el trabajo, pero algo le decía que no era eso en realidad. Sin embargo, no podía encontrar la fuente de su mal humor de aquellos últimos días.

Luego de más de una década de soledad, por fin sentía que había encontrado la felicidad. Incluso después de tantos años, Rukawa y ella habían retomado su relación con normalidad, amor sin límites, intimidad y complicidad. Cada día sentía que era más bello que el anterior, pero…por alguna extraña razón, aquellos últimos días sólo encontraba razones para sentirse cada vez más furiosa.

Sacudió la cabeza, tratando de restarle importancia al asunto, cuando de repente, todo su mal humor pareció dispararse más alto que nunca, cuando Margaret le entregó la ficha del paciente que debía atender aquella mañana: Si bien ella era una cirujana, debía hacer turnos de atención a gente con problemas médicos sin mayor importancia, y aquella mañana debía empezar el día atendiendo a quien menos esperaba ver.

Apenas abrió la cortina del cubículo de urgencias, se encontró con una mirada brillante y cargada de entusiasmo. Sus ojos azules no habían cambiado en lo más mínimo, sino que incluso parecían brillar más en contraste a su piel levemente bronceada. Una risa invadió el cuerpo del joven sentado en la camilla, que hizo que su puntiagudo cabello negro se sacudiera levemente al ritmo de sus carcajadas. Ayako frunció el ceño al ver su expresión sonriente, resistiendo el impulso de reír también.

"¡De todos los lugares en que pensé volver a verte, este es ciertamente el último, Ayako!" – dijo él, riendo con alegría.

"Es reconfortante ver que al menos uno de nosotros parece estar pasándola bien, Sendoh" – contestó ella, sacudiendo la cabeza con resignación.

"Oh, vamos, no me digas que no te da gusto verme después de…¿cuántos años han pasado?" – Sendoh sonrió ampliamente al ver su rostro enojado, lo que logró que la joven esbozara una leve sonrisa – "¿Doce? ¿Quince?"

"La última vez que te vi fue cuando apareciste de sorpresa en mi fiesta de graduación" – explicó ella, cruzándose de brazos – "Y no me hizo ninguna gracia ese día, como tampoco me hace ninguna gracia verte hoy"

"Pero qué ácida eres" – comentó él. Al sacudir la cabeza una vez más, hizo un gesto imperceptible de dolor – "Ouch…" – murmuró, poniendo una de sus manos sobre su frente – "Maldita sea…"

Ayako rápidamente pasó de modo "ex novia" a "doctora Watanabe": Con paso resuelto, se acercó a la figura de Sendoh y tomó su cabeza entre sus manos, observándolo detenidamente. Alzó las cejas cuando el gesto autoritario que había desplegado hizo que las mejillas del joven se enrojecieran con furia, al mismo tiempo que intentaba enfocar su mirada en el rostro de Ayako.

"¿Qué te ocurrió?" – preguntó Ayako, sacando del bolsillo su lápiz de linterna. En un solo movimiento, presionó la punta superior y alzó la luz hacia la pupila izquierda de Sendoh, quien instintivamente trató de cerrar los ojos.

"Una caída…" – murmuró él, tragando pesarosamente – "Estaba persiguiendo a una chica bastante rápida"

"¿Ah?" – exclamó ella, dando un paso hacia atrás con rapidez. Sin embargo, la risa jovial de Sendoh le infundió la suficiente confianza para volver a acercarse y continuar examinándolo.

"Estaba persiguiendo a Jenny…mi hija" – Ayako alzó ambas cejas, al mismo tiempo que la sonrisa de Sendoh se extendía a cada lado de su rostro – "Tiene cinco años y es rápida como un lince cuando ve a un gato callejero".

"Vaya, una hija…" – murmuró la joven, enfocando la luz en el otro ojo de Sendoh, quien parpadeó un par de veces – "¿Dices que te caíste persiguiéndola? ¿Te golpeaste la cabeza contra qué? ¿Cemento? ¿Un árbol, quizás?"

"¿No vas a preguntarme quién es su madre? ¿O qué hago aquí en California?"

Ayako frunció el ceño cuando Sendoh parpadeó varias veces, claramente sorprendido ante su falta de interés. La joven simplemente se encogió de hombros: Si bien había fingido un poco de molestia ante la perspectiva de atenderlo, la verdad era que…no le interesaba demasiado saber qué era lo que lo había traído hasta ahí. Habían pasado tantos años desde la última vez que lo había visto, que la verdad era que…sentía que estaba ante un desconocido.

"Sólo necesito saber qué te ocurrió, para acertar en el diagnóstico" – dijo ella, con sencillez.

"Guau…" – murmuró él, extremadamente sorprendido – "Cuando me dijiste que ibas a olvidarte de mí y de nuestra relación, hablabas realmente en serio"

"Oh, vamos…" – comentó ella, poniendo sus ojos en blanco. Exhaló un suspiro molesto, pero luego de observarlo un par de instantes, decidió que quizás estaba siendo demasiado dura con él. Después de todo, había pasado más de una década desde la última vez que lo había visto, y por lo demás, él no era el culpable de que aquel día todo hubiese partido mal. Inhaló profundamente y, esbozando una leve sonrisa, le guiñó un ojo – "De acuerdo, no es tan espantosamente horrible volver a verte, Sendoh".

"Me conformo con eso" – dijo él, asintiendo con una sonrisa. Luego, se irguió nuevamente, al mismo tiempo que Ayako comenzaba a tocar el lado derecho de su cabeza con sus níveos dedos, buscando el lugar donde se había golpeado. El joven abrió un ojo imperceptiblemente, para luego cerrarlo con rapidez – "Estás tan guapa como la última vez que te vi"

"Y tú tienes una contusión grado dos" – comentó Ayako, dando un paso atrás y comenzando a anotar rápidamente en la ficha su diagnóstico – "Sobrevivirás, pero te recomiendo contratar una niñera que persiga a tu hija si es que quieres mantener esa cabezota intacta" – de repente, recordó algo que Sendoh había mencionado unos instantes atrás - "¿Quién es la desafortunada que tuvo un hijo contigo?".

"Leah" – contestó Sendoh, esbozando algo parecido a una sonrisa – "Me casé con Leah"

"Felicitaciones" – Ayako nunca se imaginó que algún día diría aquellas palabras con sinceridad. Por alguna extraña razón, el hecho de que ahora ella hubiese encontrado la felicidad con Rukawa, la hacía más propensa a desearle la felicidad a otros. Incluso si es que esos "otros" eran su ex novio y la mujer con la que la había engañado – "Me alegro por ti"

"¿Pero y qué hay de ti?" – preguntó él, genuinamente interesado – "¿Rukawa y tú...?"

"Estamos juntos" – contestó Ayako, con una sonrisa. Luego, hizo algo que no había hecho ante nadie: alzó la mano derecha y movió sus dedos rápidamente, enseñándole su anillo de compromiso – "Nos casaremos en unos cuantos meses más"

"¡Guau…! ¡Vaya, esto es una verdadera roca…!" – comentó él, riendo y acercando sus ojos al anillo de Ayako, lo que le arrancó una carcajada a la joven – "Si está dispuesto a ponerte un anillo de este tamaño, no quiero ni imaginar cómo va a consentir a sus hijos"

"Oh, no, aún falta tiempo para…"

De repente, Ayako sintió un escalofrío recorriendo su espalda.

Ni siquiera se dio cuenta cuando la linterna se escapó de entre sus dedos y cayó al suelo.

"Oye…" – murmuró Sendoh, con las cejas levantadas – "¿Te encuentras bien?"


Mia sonrió cuando escuchó la suave risa de Zoe, que estaba tendida sobre su pequeña cama. Sus pequeños ojos castaños se movían de lado a lado, y aunque Mia quería atribuirse el crédito por hacerla reír, la verdad era que la pequeña estaba muy divertida viendo cómo su tía caminaba de un lado a otro, retorciéndose las manos y emitiendo pequeños murmullos que parecían los de una persona delirante.

Mia puso los ojos en blanco, y sin poder resistirlo más, se giró hacia su hermana, que parecía dispuesta a hacer un agujero en el suelo de tanto pasearse de un lado al otro de la habitación.

"¿Estás consciente de que tendrás que entrar en algún momento en ese MALDITO baño y ver el-"

"¡¿CÓMO ES POSIBLE QUE ESTO ME ESTÉ PASANDO?!" – gritó Ayako, con los ojos desorbitados y el pelo revuelto, lo que sólo hizo que Zoe riera aún más – "¡SOY DOCTORA, POR TODOS LOS CIELOS!"

"¿Quieres que te expliquecómo es que llegaste a esta situación?" – preguntó Mia, alzando ambas cejas y esbozando una enorme sonrisa – "Pues te recuerdo que en los últimos tres meses, Rukawa y tú apenas han salido del apartamento y-"

"¡GUARDA SILENCIO!" – gritó Ayako, escondiendo su rostro pálido entre sus manos – "¡NO PUEDO CREERLO, MALDITA SEA!"

"¡Oh, por el amor de Dios, Ayako!" – Antes de levantarse, Mia chequeó una vez más por el rabillo del ojo que Zoe, de tres meses de edad, se mantuviera quieta por un par de instantes sobre la cama, para después dirigirse raudamente hacia la puerta del baño de su habitación.

"¡¿QUÉ DEMONIOS CREES QUE HACES?!" – gritó su hermana, tratando de detenerla con su cuerpo frente a la puerta – "¡NO PUEDES ENTRAR AHÍ!"

"¡ENTONCES ENTRA TÚ!"

"¡NO PUEDO!"

"¡VOY A TACLEARTE SI ES NECESARIO!"

"¡MIA, NO TE ATREVAS A-

Ayako soltó un grito digno de una adolescente cuando Mia la empujó a un lado y entró en el baño a toda velocidad. La joven de cabello rizado se cubrió el rostro con ambas manos, sintiendo que todo su cuerpo temblaba, y esperó en silencio.

Esperó lo que fuera, que Mia volviera sonriente a burlarse de ella, a llamarla exagerada, a que se uniera a sus risas de alivio, a que le asegurara que no tenía nada de qué preocuparse.

Pero no lo que pasó.

"¡Hola, Ru!" – Ayako se volteó de golpe al escuchar la voz de su hermana. Ensanchó la mirada con horror al ver cómo sostenía el teléfono contra su oreja con una mano, mientras con la otra…jugueteaba alegremente con aquella vara plástica – "Estoy en casa con Ayako y Zoe, y a que no adivinas qué noticia tenemos para ti. Resulta que tu futura esposa se hizo una prueba de-"

"¡MIA, MALDITA HIJA DE PU-" – Ayako salió de su estado de estupor rápidamente cuando se dio cuenta de qué era lo que estaba a punto de contarle a Rukawa. Se lanzó rápidamente hacia la figura de su hermana, y estaba perfectamente dispuesta a asestarle un puñetazo cuando vio que Mia alzaba una mano hacia ella, con ojos desorbitados. Al parecer, Rukawa, del otro lado de la línea, había logrado lo imposible: Que su entrometida hermana se quedara sin palabras.

"Esto…de acuerdo" – murmuró Mia – "Le pediré un taxi para que vaya a casa"

Y así, sin ni una sola palabra más, Mia cortó el teléfono.

Ayako, temblando fuera de sí, sintió que su cuerpo ardía en furia. Sin pensarlo dos veces, tomó de los hombros a su hermana y la sacudió con violencia.

"¡¿QUÉ DEMONIOS HICISTE?! ¡¿QUÉ LE DIJISTE, CÓMO, QUÉ CONTES-"

"Ayako, tranquilízate" – dijo Mia, parpadeando varias veces – "Sólo estoy sorprendida porque…ya lo sabía. Me dijo que sabía hace mucho que estás-"

"¡¿QUÉ?!" – exclamó Ayako, con ojos desorbitados – "¡¿Cómo, cuándo, qué te dijo que-"

Mia, trató de encogerse de hombros, pero las manos de Ayako, férreamente cerradas en torno a ella, se lo impidieron. En lugar de eso, se conformó con inclinar su cabeza hacia un lado, en señal de confusión.

Ayako sintió un pinchazo de calor en su estómago al escuchar las siguientes palabras de Mia:

"Antes de colgar, sólo dijo que ya pasó por la tienda…y que te espera en casa con pepinillos y mayonesa".


Rukawa esperó, impaciente, cuando escuchó el tintineo de las llaves de Ayako. Notó, con una ceja alzada, que la joven se demoraba más de lo normal en encajar la llave en la cerradura. Quizás estaba nerviosa, inquieta, insegura de cómo actuar en esos momentos, considerando que ya estaba al tanto de que…él ya estaba al tanto.

No había demorado mucho en darse cuenta de lo que estaba ocurriendo: Sus constantes cambios de humor, extremo cansancio, afición por comidas que no tenían sentido a horas extrañas…todas esas habían sido señales que le habían permitido conocer la noticia, incluso antes que ella.

La noticia más maravillosa que podría haber recibido jamás.

La noticia que había logrado que pasara despierto hasta el amanecer las últimas noches, con Ayako durmiendo en sus brazos, mientras imaginaba cómo cambiaría todo en los próximos años. Acariciaba suavemente su cabello, mientras soñaba despierto y cerraba los ojos, ansioso por escuchar pequeños pasos recorriendo el pasillo.

Se levantó de golpe, esbozando una enorme sonrisa, cuando la figura de Ayako atravesó el umbral de la puerta lentamente. Sin embargo, toda la hermosa felicidad que había acumulado los últimos días se desvaneció abruptamente cuando vio su rostro pálido y sus bellos ojos azules, ahora enrojecidos luego de varias horas de llanto. La joven se detuvo frente a él, incapaz de mirarlo.

Varios minutos de silencio después, Rukawa no pudo aguantar más:

"¿Qué ocurre?" – preguntó, dando un paso hacia ella. Se detuvo cuando Ayako dio un paso hacia atrás. Su pecho se encogió dolorosamente cuando ella dejó escapar un sollozo profundo y se cubrió el rostro con las manos.

"Lo…lo…lo lamento…tanto" – tartamudeó, luchando contra las lágrimas – "Recién he regresado a tu vida, y tú a la mía y…Dios, cómo pude ser tan tonta…"

"¿De qué hablas?" – dijo él, acercándose lentamente hacia ella. Se detuvo frente a su pequeña figura, y luego, tomó lentamente sus muñecas, para apartar sus manos de su rostro. Sostuvo su mirada, cubierta de lágrimas, por unos instantes más, para luego continuar – "¿Te sientes mal? ¿Necesitas algo, quieres que-"

"¡¿Cómo puedes estar tan tranquilo?!" – exclamó Ayako, furiosa – "¡Acabas de enterarte POR MIA, POR TELÉFONO QUE-"

"Lo sé hace semanas, Ayako" – la interrumpió él, tratando de reprimir las enormes ganas de reír que tenía en esos momentos. A lo largo de los años, y de su relación, Rukawa siempre había estado convencido de que Ayako era infinitamente más inteligente que él. Prueba de ello era que había sido admitida por una prestigiosa universidad extranjera, había sido la mejor de su promoción, había ganado premios, era la primera cirujana titular de toda California con apenas treinta años…pero por alguna ironía de la vida, él había descubierto algo antes que ella – "Estaba esperando a que tú te dieras cuenta"

Ayako soltó un gruñido furioso y trató de liberarse de las manos de Rukawa, pero esta vez, él no se lo permitió. La acercó a su figura y la sostuvo de los hombros con fuerza, impidiendo que la joven escapara a ningún lugar.

"Actúas como si esto fuese algo malo" – dijo, con un tono grave. Ayako cogió aire y dejó escapar un grito que lo dejó gélido de asombro:

"¡PUES CLARO QUE ES ALGO MALO, TERRIB-"

"¿Tener un hijo conmigo te parece terrible?"

Ayako sintió que sus palabras la golpeaban como un hacha. Estaba dándose a entender de la peor manera, y recién se estaba dando cuenta. Se cubrió el rostro con las manos, tratando de buscar las palabras adecuadas, pero parecían no llegar. Así que hizo lo que siempre hacía, que era ser honesta consigo misma. Tomó aire profundamente y puso una de sus manos sobre la mejilla de Rukawa.

"No es eso" – explicó, lentamente – "Por supuesto que no es eso lo que quiero decir".

"¿Entonces qué es?"

"¡Este no era mi plan!" – exclamó, de repente – "¡No se suponía que esto ocurriera así! ¡Recién volviste a mi vida, después de años en que lo único que quería era volver a estar contigo, y ahora que por fin te tengo a mi lado, esto ocurre y…! – se cubrió el rostro con las manos nuevamente, dejando que más lágrimas cayeran por sus mejillas.

"¿Y desde cuándo todo resulta como lo habíamos planeado?" – preguntó él, encogiéndose de hombros.

Ayako lo miró, y vio que al parecer, para él todo estaba en perfecta armonía. No había ni un rastro de duda en sus ojos, solo tranquilidad. Viendo que Ayako no parecía ser capaz de salir de su estupor, se acercó a ella y puso su frente en contra de la suya. Levantó una de sus manos y acarició suavemente su mejilla.

"Nunca planeé ser feliz" – dijo, con la mayor simpleza posible – "Y tú me hiciste feliz. Luego, no planeé volver a verte alguna vez, y ocurrió. Y volví a ser feliz una vez más. Y cuando creí que ya nada podría superar eso, tu demente hermana me dijo que sí se podía".

Ayako, por primera vez, solo dejó que las palabras de Rukawa entraran en su mente, sin necesidad de contarlas.

"Realmente está demente, no puedo creer que haya sentido la necesidad de contarte antes que yo" – murmuró Ayako, acariciando la mejilla de Rukawa – "Vamos a tener que estar pendientes de Zoe, lo más probable es que la locura de Mia sea hereditaria".

"Espero que no sea tan hereditaria" – dijo él, mirando hacia el estómago de Ayako.

La joven dejó que una risa se escapara de su pecho, mientras Rukawa la tomaba de la cintura en un apretado abrazo y la estrechara contra sí mismo. Inhaló una vez más el perfume que desprendía del cabello de Ayako, mientras hundía su rostro en el cuello de la joven.

"Sé que soy pésimo cuando se trata de hablar…"– murmuró Rukawa, desenredando el cabello de la joven entre sus dedos – "Pero quiero que sepas que te amo más de lo que puedo explicar…" – Al notar cómo Ayako soltaba un suspiro apagado y cerraba más aún sus brazos en torno a él, se atrevió a continuar – "Y que tú y Suki serán siempre lo único importante que-"

"Aguarda" – lo interrumpió Ayako, alejándose un poco de él e inclinando la cabeza hacia atrás para mirarlo fijamente – "¿Suki? ¿Cómo sabes que-"

"¿Cómo sé que es una niña?" – completó Rukawa, alzando las cejas. Luego, tomó una pausa, con fingida actitud pensativa – " Lo sé porque soy un idiota testarudo al que la vida le ha resultado sencilla…y por lo tanto, voy a ser castigado con una hija igual de hermosa que tú, a la que amaré tanto como a ti y que algún día se enamorará de un imbécil hijo de perra al que odiaré por toda la eternidad por haberme robado su amor"

Ayako parpadeó varias veces, completamente perpleja por la larga frase que había salido de los labios de su futuro esposo. Dejó escapar una risa suave, mientras posaba una de sus manos sobre la mejilla de Rukawa, sacudiendo la cabeza al mismo tiempo.

"Pues si es así…no puedo esperar a ver cómo pierdes la cabeza de odio cuando Suki llegue con su primer novio."


Rukawa, quien amaba dormir al lado de Ayako, descubrió que no le molestaba en lo absoluto compartir el diminuto espacio en el que estaba con aquella pequeña figura. Sonrió suavemente cuando abrió los ojos y se encontró, en la oscuridad, con aquel pequeño rostro, tan cerca, que la punta de su nariz casi tocaba la suya. Observó, atento, las facciones de aquella pequeña niña, tan delicadas y suaves que era difícil contener el impulso de trazarlas con uno de sus dedos. Tenía una piel muy clara, casi de porcelana, del mismo tono que él. Ese rostro se encontraba protegido por una corta melena, del mismo color que su cabello, pero que a diferencia del suyo, lacio y delgado, el de ella era grueso y poblado de indomables rizos. Sonrió aun más cuando vio que uno de sus dedos se encontraba prisionero por una de sus pequeñas manos, que se cerraba firmemente en torno a él.

Escuchó a su lado una risa apagada, dándose cuenta de que Ayako se encontraba de pie, al lado de la cama que compartía con la pequeña, observándolos a ambos con un enorme interés. Se inclinó hacia él con una dulce sonrisa, y besó suavemente su mejilla.

"Tienes que dejarla dormir sola" – susurró, sin despertar a su acompañante – "Eres demasiado grande para esta cama".

"Tenía una pesadilla" – dijo Rukawa, aunque era una soberana mentira – "Me pidió que la cuidara".

"Qué mentiroso eres" – rió Ayako, por lo bajo – "Te vi escabullirte de la cama y venir aquí sin que nadie te llamara".

Rukawa se incorporó lentamente, sin hacer ruido, pero antes de abandonar completamente la cama, se inclinó sobre la figura que dormía profundamente y besó su cabello suavemente. Sonrió cuando vio a la pequeña revolverse entre medio de las sábanas, para luego encogerse nuevamente. Sintió la mano de Ayako cerrarse en torno a la suya, para luego, literalmente, comenzar a arrastrarlo hacia fuera de la habitación. Se preocupó de dejar la puerta entreabierta, de manera que la luz del pasillo, que siempre dejaba encendida, pudiese entrar hacia la habitación. Luego, levemente molesto, se dejó guiar por Ayako hasta la habitación.

Ayako apoyó su cabeza en el pecho de Rukawa, mientras él cerraba sus brazos en torno a ella. Sin embargo, notó que él continuaba despierto, ya que sentía cómo movía sus dedos incesantemente sobre su espalda.

"Quieres volver a la habitación de Suki, ¿no es cierto?" – preguntó, con los ojos cerrados y una sonrisa.

"Ha tenido pesadillas últimamente" – dijo él, con tono grave – "Hoy no, pero otras veces sí".

"Pues vendrá a buscarnos cuando tenga una".

"Puedo ahorrarle el viaje e ir ahora" – continuó Rukawa, sabiendo perfectamente que no ganaría esa discusión – "Y quedarme con ella".

"Puede que tenga cuatro años, pero es más valiente que tú y yo juntos, Rukawa" – dijo Ayako, sonriendo – "Si tiene una pesadilla con un monstruo, puedo asegurarte de que le ganará".

"Pero-"

"¿Insinúas que no puede ganarle a un monstruo en un sueño?"

"No tiene que hacerlo si yo estoy ahí" – dijo él, más enojado de lo que pretendía – "Puedo cuidarla"

"Y ella lo sabe" – dijo Ayako, inclinándose levemente y besando la mejilla de Rukawa – "Y también sabe cómo ganarle a los monstruos, dragones o malos espíritus de sus sueños, porque tú se lo enseñaste".

Rukawa dejó que sus ojos se cerraran nuevamente, sopesando las palabras de Ayako en su mente. Exhaló un suspiro preocupado, reprimiendo las ganas de levantarse a acompañar a Suki, a pesar de que la pequeña ni siquiera había dado muestras de que lo necesitara. Sin embargo, eso era exactamente lo que le preocupaba: Nunca se imaginó que, algún día, lo incomodaría el hecho de que una hija suya dejase de necesitar su protección.

Cerró los ojos, molesto. Se enojó aún más cuando escuchó la risa apagada de Ayako, quien parecía profundamente entretenida por su actitud sobreprotectora. Sin embargo, unos cuantos minutos después, comenzó a escuchar la respiración acompasada de su esposa, quien finalmente se había dormido. Exhaló un suspiro cansado, mientras desenredaba el cabello de Ayako, que ahora estaba considerablemente más largo que antes. Comenzó a sentir que sus párpados estaban cada vez más pesados, y estaba hundiéndose en un profundo sueño cuando de repente, sintió otra presencia en la habitación.

Abrió los ojos de golpe, encontrándose con una pequeña figura al lado de su cabeza, de pie junto a la cama. Ahí estaba ella, con sus enormes ojos azules, que ahora lo observaban con un enorme interés. Vio que sostenía su pequeño oso de peluche en una de sus manos, lánguidamente, al mismo tiempo que con la otra, jugaba con uno de sus largos rizos oscuros. Sonrió al darse cuenta de que Ayako y ella tenían los mismos gestos, y se sintió extrañamente agradecido de que fuese así.

"¿Tuviste una pesadilla, Suki?" – murmuró, tratando de no despertar a Ayako – "¿Quieres que vaya a acompañarte?"

"Soñé con un dragón" – contestó ella, en un susurro igual de suave y restregándose los ojos. Se acercó aún más, al punto en que su pequeña nariz rozó la mejilla de Rukawa.

"¿Un dragón?" – preguntó él, ensanchando la mirada y acomodándose hacia un lado para verla mejor – "¿Y qué hizo? ¿Tenías miedo?"

"No" – dijo, con una sonrisa – "Yo tenía una espada".

"¿Y qué hiciste?" – preguntó él, sonriendo.

"Salvé al pueblo escondido que le tenía miedo al dragón. Y quise venir a contártelo" – contestó, con una pequeña risa.

"Qué valiente eres, Suki" – dijo, sintiendo una punzada de orgullo atravesar su pecho – "¿Quieres que te acompañe a tu habitación?"

Encogiéndose hombros levemente, Suki se subió a la cama, por el lado de Rukawa. Se acomodó bajo sus brazos, para luego apoyar su cabeza contra su pecho. Él sonrió ampliamente al sentir la presión de su pequeño cuerpo contra su corazón.

"Mejor me quedo aquí para cuidarte" – dijo, suavemente – "Si tienes una pesadilla, yo me encargo"

Rukawa sonrió ampliamente cuando cerró uno de sus brazos en torno a la pequeña figura, quien no demoró en quedarse profundamente dormida. Sonrió aún más cuando, en el silencio de la habitación, notó cómo las respiraciones de su esposa y su hija se encontraban en perfecta sincronía. Estaba incómodo, considerando que dos cabezas habían decidido ocupar su pecho como almohada, pero, como siempre, no le importó.

Estaba perfectamente feliz…con dos intrusas maravillosas en su vida.

El fin

Nuevamente, gracias a todos por leer! Son los mejores y los llevo en el corazón.

En especial, a ti que estás leyendo.

Sí, a ti.