Todo lo que había era oscuridad. Todo era silencio salvo un goteo eterno que venía a golpear su ventana.
—Mmh.
No recordaba ninguna lluvia en el pronóstico del tiempo, mas no se quejaría. No había nada mejor que un día lluvioso. Una pequeña sonrisa boba se plasmó en sus labios, aún no salía del limbo del mundo onírico. Casi como si contara cada gota que caía en la ventana, a cada golpeteo había algo nuevo que lo llamaba a despertar. Primero, fue el recobro de la consciencia de que tenía que despertar. Ladeó su rostro enterrándolo en la escasa almohada que quedaba de su lado, no tenía el más mínimo ánimo para levantarse. En segundo lugar, fue la vuelta inevitable de sus sentidos. Los dedos de su mano izquierda se entrecerraron por arco reflejo y Aphelios sabía que ya estaría pronto a despertar. Qué molestia. Volver a la monotonía de sus días.
Rendido, se cubrió la boca para bostezar e hizo fuerza para al menos sentarse en la cama. Un plan que tenía tantas falencias que no se podían enumerar. Al momento en que Aphelios intentó levantarse, el mundo se le vino encima. No, ese no era sólo el peso de su flojera. Abrió bien los ojos y ante él, una profunda mirada color ámbar aguardaba su llegada. Muchas cosas pasaron por su cabeza, pero ninguna terminaba de hacerle sentido. ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué? ¿El qué... ? Sentía que se le hacía difícil respirar, y no era solo en el sentido metafórico. Sett había despertado hace un buen rato y había permanecido paciente a su lado, observando el torso desnudo del menor como si la vida se le fuera en ello. Su piel pálida hacía juego con el azul oscuro de las sábanas y la luminosidad ambiente de la luna traspasando las rejillas de la persiana hacían de su imagen un plato que muchos estarían dispuestos a observar por horas. Cuando los mínimos indicios de la consciencia se presentaron en el pelinegro, Sett aprovechó pasa posicionarse, recostándose sobre él descansando su cabeza en su pecho. Ahora que Aphelios había despertado, había empezado a presionar adrede su piel contra la suya casi conduciéndolo al sofoco. No era una maldad intencional, sino una curiosidad incluso auto-destructiva.
Expulsando el poco aire que le quedaba en los pulmones, entrecerró un ojo mirando directamente a Sett con una petición obvia de ayuda. El mayor, que se encontraba observándolo con una tranquilidad inquietante, se levantó muy pocos centímetros, los mínimos necesarios para que cuando Aphelios desesperadamente tratase de respirar, su piel se encontrara con el peso de la suya. Le ofreció un trato que le parecía bastante justo. Si no iba a aceptar su considerada y gentil forma de destruirlo; entonces, no le quedaba más opción que consumirlo él mismo. Sin liberarlo de su mirada, Sett se acercó cada vez más a un Aphelios que no podía hacer más aguantar en el lugar.
Cerró los ojos; todo el calor y el peso del cuerpo contrario no tardó en hacerse presente para cuando sus labios habían sido capturados nuevamente. Lo recordaba todo.
Su salida, la pelea, el correr, las heridas que tenía, su rostro, su camisa, su boca, su calor, su piel. Su mirada perdida y sumida en la oscuridad...
Tenía que ponerle un alto.
¿Cómo?
Sus labios se entreabrieron ante la necesidad imperiosa y demandante del deseo ajeno. Su lengua lo devoraba y lo hacía estremecer. Cada lamida, cada tacto que le proporcionaba era ceder más su terreno. Ante cada escalofrío y el mínimo movimiento apresurado de su parte, sentía como sus manos avanzaban ganando terreno. Firmemente, sujetaba su cintura, su pecho; cualquier espacio que le proporcionaba sus dedos se apoderaban, uno por uno, se colaron entre las sábanas y su espalda, bajando parsimoniosamente dejando con sus uñas marcas que se enterraban en su piel. No podían seguir así. No sin antes hablar. Tenía que llegar a él.
Un gemido ahogado murió en su garganta al momento en que su cuerpo se estremecía de un culpable placer. El pelirrojo aprovechó la oportunidad para bajar más con sus manos, delineando su cadera con la yema de sus dedos. Aphelios no podía dudar más. Casi desafiante, mordió los labios del mayor con la suficiente fuerza para que una pequeña gota de sangre escapara. Sett se alejó, no demasiado, y lo miró con la misma calma perturbadora de cuando lo encontró en el callejón. Tal como si no sintiera nada.
Después de unos segundos de silencio, el pelirrojo se aisló. Se sentó en el borde de la cama con los pies en el suelo. Aphelios podía observar su espalda, con heridas aún nuevas. Sett giró su cabeza para enfrentarlo con una pregunta que hizo hervir la sangre del pelinegro.
—¿Haces esto seguido, Phel? ¿dormir con extraños?
Estaba consciente de que era una provocación, y aún más de que Sett necesitaba urgente de un llamado a la realidad. Mas su corazón seguía siendo puro y no pudo evitar hincharse en ira ante el dolor derramado. Iba mucho más allá de menospreciar sus sentimientos. Ya ni siquiera había cabida para el bochorno de la desnudez. El sonido sordo del cajón estampandose contra el velador resonó por toda la habitación. Sett observó sin inmutarse la velocidad con la que aquel chico escribía palabra tras palabra en el cuaderno.
"Para empezar, no dormimos juntos" fue lo primero que quiso dejar en claro, haciendo énfasis en la palabra dormir para que se entendiera el doble sentido. Una vez el pelirrojo lo leyó (o al menos, pareció leerlo), Aphelios volvió a tomar su agenda pasando página rápidamente, la elegancia rabiosa con la que escribía cada palabra era casi de temer. Pero Sett no lo dejó continuar.
—Oh, tienes razón —susurró con el mismo tono burlón de recién mientras sujetaba el brazo de Aphelios para detener su escritura. —Creo que también me mordiste para que me detuviera. A juzgar por el miedo, ¿primera vez? Quién lo hubiera dicho. ¿O primera vez con un hombre? Haa..., pero eso iría contra los rumores...
No quería escuchar. No quería seguir escuchando. Apartó su brazo de un golpe y recuperó sus cosas para seguir escribiendo, liberar sus sentimientos, era la única forma que tenía. ¿Por qué se burlaba de él? ¿qué le había hecho? Trataba de hacer caso omiso a los flashbacks y los remolinos de imágenes y recuerdos desagradables de la preparatoria. Tenía que traerlo de vuelta. Sett rodó los ojos y suspiró hastiado.
—Ven aquí, Phel. No fue mi intención —balbuceó buscando las palabras correctas mientras empezaba a acariciar y subir por su pierna—, yo te gusto, ¿no es así?
Aphelios lo pateó. Sett se levantó enrabiado y, para su sorpresa, le quitó su cuaderno y lápiz de un manotazo y los arrojó fuera de la habitación.
—No hay necesidad de malgastar tiempo en escribir —insistió—, cualquier cosa me puedes hablar.
Injusto. Tan injusto.
¿Cuánto tiempo había dedicado él a conocer hasta el detalle más absurdo sobre aquel chico?
El corazón roto de Aphelios fue la inyección de adrenalina que necesito para no desistir. Desesperadamente, buscó su celular en su pantalón que se encontraba en el suelo. Sett se abalanzó sobre él y lo tiró a la cama, tratando de quitarle el celular en una especie de abrazo que Aphelios luchaba por librarse. Necesitaba escribirle una vez más. Llegar una vez más. Tenía que salvarlo. Un golpe de codo directo a ma mandíbula del pelirrojo le dio el tiempo suficiente para abrir el navegador. Estuvo a punto de empezar a redactar cuando un video de una noticia local los dejó fríos en el lugar a ambos.
"...corresponde a un ex integrante de una banda local de aproximadamente 26 años. Se estima que lo que le llevó a cometer al atroz acto de asesinato fue el fallecimiento de su madre este Martes, cuya causa de su misteriosa muerte sigue siendo investigada. Algunos detectives estiman que el activo fue perpetuado por una banda rival que..."
Aphelios dejó caer su teléfono que se hizo trizas contra el suelo. No podía creerlo. No podía salir de su asombro. Las imágenes de una sonriente mujer de pelo largo y blanco vinieron como disparos a su cabeza, uno tras otro, los flashbacks de ella recibiendolos en su casa, ayudándolo y haciéndolo sentir como si tuviera un lugar al cual llamar hogar. Las maravillosas historias que le contaba quien consideraba su único amigo sobre su madre y los rumores acerca del por qué había dejado la preparatoria sin decir nada, hacían ecos en su cabeza que difícilmente podía escuchar con atención.
Entonces observó a Sett y pudo comprender su desesperación. No había vida ni un por qué en sus ojos. Solo dolor y desolación. Aphelios quiso hablar, por primera vez en mucho tiempo, sintió como las palabras no dichas lo maldecian y desgarraban su garganta. Estiró su mano y acarició su rostro, haciendo un lado uno de los mechones colorines que ocultaban sus ojos. Una lágrima mojó el dedo que se deslizaba por su mejilla.
—¿Aún te gusto, Phel?
Una súplica asfixiante, su corazón golpeaba con fuerza en su pecho, podía sentir sus propios latidos a carne viva en su garganta. Sett bajó la mirada y Aphelios sintió como estaba a punto de quebrarse.
—Por favor —susurró, derrumbándose en un abrazo envolviendo al menor-, haz que olvide, Phel.
