CAPÍTULO I
- Entonces, ¿trato hecho?- preguntó Namura, mientras miraba de forma convincente a sus clientes. Llevaba mucho tiempo detrás de ellos y ya, por fin, parecía que les había convencido para que cerraran el trato. Miró por la ventanilla del avión. Vaya un lugar para cerrar un negocio. En fin, ya todo iba a terminar y se reuniría con Meiko para salir a cenar. Era su sexto aniversario y quería llevarla a un lujoso restaurante.
Uno de los hombres cogió el bolígrafo, dispuesto a firmar el contrato, el cual le acercó Namura, sonriente. Por fin iba a terminar.
De pronto, algo sacudió el avión, haciendo que se cayeran de sus asientos. Namura se levantó a duras penas y miró por la ventanilla del avión. Uno de los motores estaba ardiendo.
- ¿Entonces te parece bien que pongamos el trastero ahí?.- preguntó Yuu, mientras le enseñaba a Miki unos planos y la abrazaba con cariño.- Lo malo es que tendremos que reducir un poco el jardín.
- No importa.- dijo Miki con una gran sonrisa.- Ese rincón siempre está un poco descuidado y, además, servirá para meter las herramientas de jardín.
Le encantaba su casa. La había diseñado Yuu entera, a medida que iba aprendiendo la carrera de arquitectura, corrigiendo todos sus fallos. Actualmente, eran un matrimonio feliz que perfeccionaban su vivienda y ella la decoraba. Y también estaban diseñando la tienda de decoración que Miki iba a tener.
Se giró y abrazó a Yuu. Era tal su felicidad que casi le hacía daño.
- Quedará precioso... - dijo, mientras levantaba la vista y le miraba con amor.
Yuu la correspondió con la mirada y acercó sus labios a los de ella.
- ¡HYAJUJUJUJU!
Dos pequeños monstruos entraron en la habitación, chillando y corriendo. Se pusieron a dar vueltas por la habitación, mientras Yuu y Miki les miraban, entre alucinados, sorprendidos y enfadados.
- ¡Nada de correr por casa!- dijo Yuu, mientras les agarraba por los cuellos de la camiseta, lo justo para detenerles.
Ambos le miraron decepcionados. Eran un niño y una niña, sus hermanos. Tenían cinco años y eran como una pesadilla, siempre dando guerra.
Miki suspiró. En este tiempo, sus padres no habían cambiado nada en absoluto y cuando se iban de viaje los cuatro les dejaban a ellos al cargo de los pequeños monstruos.
No es que no los quisieran. Ni mucho menos. Tanto Yuu como ella les adoraban, les querían con locura (no en vano eran sus hermanos pequeños), pero ellos ya tenían su propia vida. Si por lo menos se portaran como Dios manda...
- Venga, Yuu... - dijo el niño con voz lastimera.
- Nada de "venga Yuu", Kei-chan.- dijo Yuu muy serio. – Tanto a ti como a Arimi-chan os hemos explicado muchas veces que no queremos que corráis por casa.
- Papá, mamá, Jin y Chiyako nos dejan que lo hagamos.- refunfuñó Arimi-chan.
- Ellos son unos irresponsables.- sentenció Miki, con un suspiro. ¿Por qué? ¿Por qué tenían que parecerse tanto a sus padres? Claro, de semejante combinación no podía salir nada bueno.
Los niños los miraron enojados. No entendía que se enfadaran por tan poca cosa. Eran unos aburridos. Intercambiaron unas rápidas y traviesas miradas y sonrieron.
- Está bien, seremos penrosables.- dijo Kei-chan.
- Y hablaremos como personas penrosables que somos.- afirmó Arimi-chan.
- Eso está muy bien.- dijo Yuu, mientras cogía a su hermana en brazos.- Y se dice responsables.
Se sentaron los cuatro en el sofá.
- ¿De qué queréis hablar?- dijo Miki con ternura.
Los niños sonrieron con malicia.
- ¿Qué sois realmente para nosotros?
Un sudor frío recorrió la espalda del joven matrimonio. Ese tono de voz era peligroso. Y mucho.
- ¿A qué te refieres?.- Dijo Yuu con desconfianza.
- Estamos confundidos.- dijo Kei-chan.- Los dos sois nuestros hermanos, pero también estáis casados entre vosotros. Entonces, ¿sois nuestros hermanos o nuestros suegros?
- Cu... cuñados en todo caso.- dijo Yuu, tartamudeando.
- Bueno, lo que sea.- dijo Arimi-chan.- ¿Y bien?
No sabían qué responder cuando sonó el teléfono. Miki fue más rápida.
- ¡Yo cojo!
Habló durante unos segundos (durantes los cuales, Yuu fue cruelmente interrogado) y cuando volvió estaba muy pálida.
- ¿Qué pasa, Miki?- preguntó Yuu, preocupado.
- Era Meiko.- balbuceó Miki.- Ha habido un accidente.
- Quiero estas flores allí y estas otras aquí.- dijo Arimi a una de las chicas.- Quiero que esté todo exactamente igual que en este diseño.
Arimi miró la iglesia ilusionada. Al día siguiente era su boda, después de tanto tiempo, con su querido Ginta. Después de tantos años juntos por fin iban a contraer matrimonio. Lo habían ido retrasando año tras año, por la carrera deportiva de Ginta y por la suya propia, pero por fin había llegado el momento.
Para tan especial ocasión, Arimi le había pedido a Miki que se encargara de la decoración de la iglesia y de la sala de fiesta y esta había accedido. Todavía no había llegado, lo cual le extrañó un poco a Arimi pero no le dio una mayor importancia.
Ya había estado en las bodas de sus mejores amigos: Meiko y Namura (aunque fue la celebración, no la boda), Miki y Yuu, Rokutanda y Yayoi, Rioko y Akira... y por fin había llegado su turno, el de ella, de contraer matrimonio con el hombre de su vida.
En un rincón estaba Yayoi, dando instrucciones de donde colocar tal o cual cosa, mientras Rokutanda se ocupaba de que estuviera lo más cómoda y relajada posible. Estaba embarazada de siete meses y Rokutanda no cabía en si de gozo y casi no la dejaba respirar con sus atenciones.
Arimi dio una vuelta sobre si misma, cargada de felicidad. No podía creerse que mañana fuera su boda, ¡sería una mujer casada! Llevaban un año preparando la ceremonia, cada detalle...
Vio entrar a Ginta y corrió hacia él.
- ¡Ginta, ¿has visto que bien está quedando todo?!- dijo, mientras la abrazaba. Pero él no le devolvió el abrazo. Se quedó quieto, sin moverse.
Arimi levantó la mirada y miró al que sería su marido. Si mirada era inmensamente triste y parecía estar a punto de derrumbarse.
- ¿Qué ocurre, cariño?.- preguntó Arimi preocupada.
- Acabo de hablar con Miki.- contestó Ginta.- Tenemos que aplazar la boda.
- ¡Shuzu, calla de una vez!.- protestó Keikum.- Estoy intentando componer una canción.
La joven entró en la habitación sin más ropa que una camisa de Kei que le llegaba a las rodillas, mostrando un cuerpo que no era de extrañar que fuera solicitado por la televisión y las revistas.
- ¡Oh, claro, lo había olvidado!- replicó ella con ironía.- Eres el grandioso compositor Kei-kun-Luciérnaga, demasiado oupado con su piano para hacerle caso a su novia.
Kei suspiró. A veces era tan difícil tratar con Shuzu...
- Está bien, ¿qué quieres?
Shuzu lo miró con enojo y luego suspiró.
- Nos estamos distanciando, Kei.- dijo con voz triste, aunque Kei estaba seguro que mayormente era fingida.- Entre nosotros ya sólo hay sexo y poco más. Siempre hacemos las mismas cosas y casi no hablamos.
- ¿Y qué sugieres?
- Quiero que tengamos una relación como la de Miki y Yuu.- repuso ella, mirándolo a los ojos.
- "Ni tú eres Miki ni yo soy Yuu".- pensó Kei.- " Ni jamás llegaremos a serlo"
- ¿Por qué no nos vamos de viaje?- sugirió la modelo.- Tengo unas sesiones en Nueva York dentro de una semana. Podríamos ir allí y disfutar de un tiempo juntos, para aclarar las cosas. Sería muy divertido.
Kei-kun la miró. No le apetecía ir de viaje en este momento, pero no quería echar a perder su relación con Shuzu por pura vagancia. No todos los días conseguía uno una novia modelo...
- Está bien.- dijo él, al tiempo que empezaba a sonar el teléfono y se levantaba para cogerlo.- Esta tarde sacaré los billetes.
- No hace falta, ya los saqué ayer.- dijo Shuzu, mientras daba botes de alegría.
Kei decidió que no era buen momento para decirle que no planeara cosas sin preguntarle primero y cogió el teléfono.
- ¿Sí? Ah, hola, Yuu.
El tiempo parecía querer llorar con ellos. Una suave lluvia caía sobre los asistentes y el cura, que rezaba por el alma del joven Namura. Miki permanecía al lado de Meiko, sujetándola y dándole apoyo en tan difíciles momentos. Meiko no lloraba, parecía estar en otro mundo, a miles de kilómetros del funeral de su marido. Miki había pasado la noche con ella, pero desde que se había levantado no había pronunciado una palabra ni mirado a nadie.
A su alredor todos sus buenos amigos: Yuu, Arimi, Ginta, Keikum... también Miwa, después de tanto tiempo sin dar señales de vida, había acudido al funeral.
De la mano de Meiko estaba su hijo de cuatro años Natsuu que miraba la escena sin compreder del todo lo que ocurría. Sólo sabía que su madre le había dicho que papá no volvería a casa nunca y que debía ser fuerte. Su madre llevaba varios días llorando sin parar y su abuela, la madre de su padre, se había hecho cargo de su hermana Miki, de sólo unos meses, hasta que su madre ya estuviera mejor. El padre de su padre estaba en esos momentos hablando de su hijo, de lo bueno que había sido y de lo mucho que quería a su familia. De los padres de su madre no había ni rastro y ella había jurado delante de su hijo que jamás les volvería a hablar.
Empezaron a bajar el ataud y a echar tierra sobre él. Los invitados empezaron a marcharse, dando antes el pésame a la viuda.
- Lamento mucho lo ocurrido.- dijo Arimi, con los ojos cargados de lágrimas, al igual que Ginta.- Era un gran hombre. Si nos necesitas, llámanos, sea lo que sea.
Meiko continuó como si estuviera hipnotizada. Yuu y Miki intercambiaron unas miradas.
- Natsuu, ¿quieres venir con tío Yuu a casa?.- dijo Yuu extendiendo la mano.
El niño miró a su madre y se fue con Yuu, que se dirigió al padre de Namura.
Miki abrazó todavía más fuerte a Meiko. Shuzu y Kei le dieron el pésame y se marcharon, preocupados por el estado de la joven.
Se sentaron en un banco.
- Meiko, tienes que ser fuerte.- le dijo Miki.- Namura no hubiese querido que estuvieras así. Tienes que recuperarte y rehacer tu vida. Tienes dos hijos de los que debes cuidar.
Entonces vio acercarse a Miwa. El joven había pasado varios años sin más contacto con ellos que postales de felicitación y cortas llamadas telefónicas, aunque con su prima hablaba bastante. Seguía igual que en el instituto, aunque con más años y algo más de madurez. Al igual que Yuu, había estudiado arquitectura y era muy conocido por sus trabajos.
Se acercó a las dos mujeres y se agachó para mirarlas a la cara.
- Meiko...- dijo. Miki pudo ver en sus ojos el dolor que sentía.- Siento muchísimo la muerte de Namura.
Por primera vez en el día, Meiko levantó la mirada y fijó sus ojos en los de Miwa. Empezó a llorar y a temblar.
- ¡Oh, Miwa!.- sollozó, mientras le abrazaba.
Miwa también la abrazó a ella con fuerza. Miki los miró. Pudo ver que él todavía la amaba, pero no se alegraba por la desgracia ocurrida: era incapaz de alegrarse por algo que hacía sufrir tanto a Meiko. Se alejó hacia el coche y les dejó allí, abrazados, consolándose por la trágica pérdida de un gran hombre.
