Disclaimer: Los personajes de Kimetsu no Yaiba pertenecen a su respectiva autora.
Advertencias: Ligero AU, violencia menor.
La primavera empezó de una manera sangrienta. Cuando la nieve finalmente se derritió por completo, los suelos húmedos se mancharon de sangre. En un inicio, eran extremidades, como un brazo o una pierna, tiradas descuidadamente en las zanjas de los caminos rurales. Los aldeanos creían que los animales carroñeros eran los culpables, ellos tenían la costumbre de desenterrar cuerpos para luego dispersar sus restos, de todas maneras, nadie del lugar había desaparecido recientemente y no encontraron cuerpos "enteros", así que no pensaron demasiado en ello, se limitaron a enterrar apresuradamente las extremidades, ni siquiera se tomaron la molestia de alertar a las autoridades, después de todo, nadie del lugar había salido dañado por esos sucesos.
Entonces, la gente empezó a desvanecerse: un niño que se había adentrado demasiado en el bosque mientras jugaba, una adolescente que regresaba de los arrozales, un viajero solitario que tomó el camino largo. Lo único que tenían en común todos estos casos era que sucedieron después del atardecer. Las personas simplemente desaparecían, sin dejar ningún rastro. Los grupos de búsqueda no pudieron encontrarlos, a pesar de que rastrearon minuciosamente toda la zona. Parecía que la tierra se los hubiese tragado por completo.
El miedo se esparció silenciosamente por el lugar. De repente, la gente se negó a salir de noche, a menos que sea un asunto de suma importancia. Los negocios empezaron a cerrar más temprano de lo habitual.
Nezuko comprendió la gravedad de la situación cuando la dueña de la tienda en la que trabajaba, una mujer que era conocida por su estoicismo, le dijo lo siguiente:
—La situación es más seria de lo que parece. Deberías quedarte en casa, no te estoy despidiendo de ninguna manera. Puedes regresar cuando las cosas mejoren.
—No se preocupe por mí. Conozco bien el bosque de las montañas —Nezuko hizo una leve reverencia, agradecía la preocupación pero su familia realmente necesitaba el dinero. Aun así, el miedo pinchó su mente.
El peor momento del día era cuando Nezuko regresaba a su hogar, su hermano mayor, Tanjiro, se ofreció a acompañarla pero ella se negó con vehemencia, no quería ser una molestia, después de todo, su hermano tenía muchas responsabilidades.
Siempre caminaba lo más rápido posible mientras observaba, con ligero pánico, cómo el sol se escondía lentamente en el horizonte. Parecía una competencia sobre quién era más rápida, ella o la inminente oscuridad. Por suerte, Nezuko siempre ganaba.
A pesar de su creciente perturbación, Nezuko no dejó de asistir a su fuente laboral, amaba trabajar en esa tienda de kimonos, su jefa le enseñó muchas cosas sobre costura, cada nuevo conocimiento la acercaba más a su sueño de tener su propia tienda. Además, el miedo no alimentaría a su hambrienta familia.
Una mañana soleada, un leñador encontró el primer cuerpo, escondido entre la hierba alta del bosque. Se trataba de la joven esposa de un rico comerciante, ella desapareció misteriosamente cuando daba un paseo nocturno por el pueblo. La mujer había sido atacada de una manera tan salvaje que casi provocó un desmayo legítimo en el pobre leñador. Casi la habían partido a la mitad, su brazo derecho estaba sujeto al resto del cuerpo por nada más que un pedazo de piel, su pierna izquierda, de la rodilla para abajo, desapareció; su fino kimono había sido abierto lo suficiente para revelar su vientre liso, que tenía una herida irregular de donde salían sus intestinos, desparramados en la hierba. Era una visión infernal.
Todos se preguntaron, ¿qué clase de animal podría haberla atacado de esa manera? Tal vez una manada de lobos o incluso un oso, las posibilidades eran infinitas. Con todo esto, una verdad desagradable estremeció a los aldeanos, era muy probable que los otros desaparecidos hayan sufrido un destino similar. Entonces, decidieron alertar a las autoridades mediante una carta. La respuesta no tardó en llegar: en unos días, un grupo de policías, provenientes de la mismísima capital, se encargarían de investigar, a fondo, el asesinato y las desapariciones, sólo tenían que esperar su llegada.
Aun así, la inquietud era palpable en el ambiente.
Nezuko pretendió concentrarse en la tela que estaba bordando pero su mente se hundió en la abstracción, los últimos acontecimientos habían retorcido sus nervios, y el miedo empezó a carcomer su cordura de manera lenta. Aquello hizo que sus sentidos se agudizaran, haciéndola más consciente de su entorno. Por eso mismo, ella percibió, de inmediato, un elemento nuevo en el pueblo. Después de que se descubrió el cuerpo de la pobre esposa del comerciante, un forastero se presentó en el pueblo.
El pueblo era pequeño, por lo tanto, una cara nueva, resaltaba de una manera casi dolorosa. De todas maneras, el forastero era muy distinto a todos los ocasionales viajeros que visitaban el lugar pues llevaba una katana, un haori de diseño extraño y un particular uniforme negro, Nezuko nunca había visto una ropa así, ¿trabajaba en alguna clase organización? ¿Qué clase de trabajo hacía? Por desgracia, no obtuvo ninguna respuesta a sus preguntas con un simple vistazo.
Sospechoso, muy sospechoso.
El forastero era un hombre joven, de piel pálida y ojos azul eléctrico. Su rostro pétreo poseía rasgos finos.
En un inicio, Nezuko pensó que sólo estaba de paso pero, a medida que pasaban los días, su presencia se adhirió a las calles rurales. Por lo general, él aparecía unas horas antes del atardecer. Desde su posición en la tienda, ella solía estudiarlo, había algo en él que la inquietaba y no sabía qué; con el tiempo se le hizo una costumbre observarlo cada vez que se le presentaba la oportunidad.
Sin duda alguna, el forastero mostraba una personalidad muy peculiar. Caminaba siempre con el cuerpo tenso, como si nunca bajara la guardia, además, sus ojos azules estudiaban, minuciosamente, las calles del pueblo. Parecía buscar algo o… alguien. En esos momentos, el cuerpo de Nezuko solía estremecerse mientras sus ojos, inconscientemente, se fijaban en la katana del extraño. No pudo evitar hacer una asociación.
A diferencia de muchos aldeanos, ella creía firmemente que el autor de los crímenes era un ser humano. Todas las desapariciones, mostraban cierto grado de premeditación, como si el culpable esperara el momento indicado para atacar sin ser visto u oído.
El cielo vespertino se estaba oscureciendo muy lentamente. Fue una tarde bastante movida en la tienda, con más clientes de lo habitual, aquello obligó al establecimiento a atender una hora extra.
Nezuko se despidió de su jefa con una rápida reverencia y prácticamente salió corriendo del lugar. Miró con alarma el cielo, ya era tarde. A menos que pudiera volar, la noche la alcanzaría a mitad del camino
"Esto es muy malo", pensó, desesperada, mientras se mordía el labio inferior. Una emoción desagradable y primitiva apretó su corazón con mucha fuerza.
Debido a que su mente se dejó llevar por el creciente pánico, no prestó atención al camino que recorría. Entonces, sintió que su cuerpo chocó contra alguien. Su frente golpeó una superficie extremadamente dura, en otras circunstancias, ella habría estado muy avergonzada pero ahora no estaba pensando con claridad. Por lo tanto, dio una reverencia rápida por enésima vez en el día, sin prestar demasiada atención al afectado y se marchó, lo único que alcanzó a ver fue un haori de colores vibrantes.
—Lo siento mucho —ella dijo, sin dejar de caminar.
Un momento.
Nezuko miró sobre su hombro, ¡era ese hombre extraño! y la estaba mirando con los ojos entrecerrados, ¿Lo molestó mucho? ¿Y si, realmente, era el culpable de las desapariciones? Ella maldijo su torpeza, terminó empeorando las cosas.
En un parpadeo, el extraño desapareció en un borrón. Nezuko soltó un sonoro jadeo, simplemente se desvaneció en el aire. Ahora sí estaba en graves problemas.
Sin dudarlo ni un segundo, ella aceleró sus pasos, adentrándose en el bosque.
Como Nezuko temía, la oscuridad se presentó cuando ya se encontraba en las profundidades de las montañas. Miró hacia atrás, por suerte, el extraño forastero no la siguió. Suspiró, aliviada, una preocupación menos. Ahora solo quedaba caminar.
De repente, un extraño sonido resonó entre los árboles. Era un gruñido ronco y agresivo, que se oía espantosamente cerca.
En ese momento, Nezuko recordó cierto momento de su niñez: una mañana de invierno, cuando tenía ocho años, se adentró en el bosque, buscando frutos silvestres. Mientras inspeccionaba unos arbustos, un oso salió de la nada. A pesar de estar asustada hasta la médula, ella, en lugar de huir, corrió hacia el animal, gritando y agitando los brazos. El oso, que sólo era un cachorro, se sorprendió y escapó. Esa noche no pudo dormir.
Con mucha lentitud, Nezuko retrocedió, buscando alejarse del origen del sonido. Algo en su interior le decía que la cosa que gruñó no era un simple animal y no huiría si gritaba. Echó una mirada rápida a su entorno, en busca de algún tipo de arma para defenderse. No se convertiría en una presa fácil.
Sin bajar la mirada, Nezuko se arrodilló lo suficiente para recoger un palo cercano; cuando, al fin, alcanzó el objeto, una voz gangosa hizo que su cuerpo diera un pequeño brinco.
—Una adolescente, mi presa favorita.
Nezuko se estremeció cuando una figura emergió del suelo como si lo traspasara, ¿cómo hizo eso?
Ella soltó un grito estrangulado cuando vio la apariencia del individuo. Era un hombre gordo, tenía la cabeza rapada y estaba vestido con ropas finas, que se encontraban sucias, manchadas con trozos de tripas. Su rostro rechoncho estaba salpicado de coágulos de sangre y vísceras, era igual a un bebé gigante después de una comida; sus manos estaban tan manchadas de sangre que parecía que llevaba un par de guantes rojos. El hombre sostenía en sus manos un pedazo de carne cruda que parecía haber sido rasgada de un muslo o de una nalga.
Por primera vez en su vida, Nezuko se preguntó cuán valiente era realmente y si sería capaz, tanto mental como físicamente, de lidiar con esta situación.
—Mírate, las chicas siempre saben mejor, su carne es taaan dulce —el hombre se lamió los labios.
El olor dulzón de la sangre penetró la fina nariz de Nezuko, quien hizo una mueca. Esto era demasiado pero no podía permitir que el temor la paralizase, realmente quería vivir, por ello, obligó a sus temblorosas piernas a moverse.
No recordó cuanto tiempo llevaba corriendo, por fortuna, ella conocía bastante bien la zona. Había un pequeño caserío cerca de allí, si se movía lo suficientemente rápido, podría pedir ayuda a los granjeros que vivían allá.
Su pequeña esperanza se rompió violentamente cuando tropezó con algo, de inmediato, cayó sobre el duro suelo.
Con un gemido, se puso de pie, por suerte no se lastimó seriamente. Soltó un jadeo cuando vio la cosa que la hizo caer.
Era el cuerpo de un anciano, tenía el cuello de la camisa rasgado y le faltaba un pedazo considerable de carne del lado derecho del cuello, de hecho, todo el lado derecho de la cabeza del hombre parecía haber sido devorado, su oreja había desaparecido completamente, faltaban pedazos de carne en su mejilla, revelando los dientes del lado derecho de su mandíbula.
—Tu vida ya terminó, ¡ríndete! —el hombre gordo apareció de la nada y saltó hacia ella, quien se quedó petrificada por el miedo.
¿Todo terminaría aquí? Ella se convertiría en el bocadillo nocturno de ese hombre. Qué manera tan patética de morir.
Entonces, se dio cuenta que todavía sostenía el palo que recogió hace unos minutos.
No, no tenía que terminar así, el temor no la detendría. Ella quería vivir. Con un poderoso grito, ella corrió hacia su atacante y, sin dudarlo, lo pateó en el estómago con todas sus fuerzas. El hombre retrocedió lo suficiente como para que Nezuko tuviese la oportunidad de clavar el arma improvisada en su ojo. Cosa que hizo, de inmediato. Escuchó un desagradable crujido mientras hundía el palo en el globo ocular, con mucha fuerza.
Nezuko esperaba que su ataque lo haya matado, estaba bastante segura que logró apuñalar el cerebro. Retrocedió unos pasos, con el cuerpo tambaleándose debido a la emoción. Cuando volvió a mirar a su atacante, él se estaba quitando el arma, despreocupadamente, como si sólo se estuviera deshaciendo de una simple astilla.
¡Imposible!, ¿no le hizo ningún daño? ¿Qué era ese hombre?
El hombre sonrió maniáticamente mientras volvía a saltar hacia ella, con todo el propósito de matar. Nezuko cerró los ojos, preparándose para el inminente dolor pero, de repente, sintió que alguien la tomaba en brazos, apartándola de la trayectoria del ataque.
Cuando abrió los ojos, lo único que vio fue el rostro del forastero, que estuvo observando durante días, iluminado por la pálida luz de la luna.
¿Qué está pasando?
Miró hacia abajo y vio como el suelo se estaba alejando rápidamente.
—¡¿Ah?! —ella chilló mientras apretaba su rostro contra el pecho del hombre.
¿Estaba en un sueño? ¿Cómo podía este hombre saltar tan alto?
De un momento a otro, escuchó el suave sonido de unos pies posándose en la tierra. Y la sensación de movimiento se detuvo. Con un grito poco digno, ella se apartó de él.
Antes de que Nezuko pudiera decir algo, el hombre se desvaneció.
Nezuko suspiró mientras se apoyaba en el tronco de un árbol cercano, ¿qué estaba sucediendo? No entendía nada.
Miró a su alrededor con ojos cansados, no reconocía esta parte del bosque. Supuso que el forastero la dejó en un lugar que él consideraba seguro.
—Después de todo, él no era malo —ella masculló.
Sintiéndose agotada, Nezuko cerró los ojos. Sólo descansaría unos cuantos minutos, nada más. Su consciencia se adormiló en un segundo.
Un leve toque en su hombro la obligó a abrir los ojos. Nezuko parpadeó varias veces, aclarando su visión.
El forastero la miraba fijamente, con una expresión en blanco.
—Eres tú —ella dijo en voz alta, sin expresar mucha sorpresa, pues su cuerpo todavía se encontraba adormecido por su reciente siesta.
—Eres la chica de la tienda —él señaló con voz monótona, sin mostrar ninguna clase de emoción.
Las mejillas de Nezuko se incendiaron, metafóricamente, ¡él se dio cuenta que lo estaba observando! Debió ser muy obvia, ¡qué pena!
—Gracias por salvarme —ella bajó la mirada, incapaz de enfrentarlo— ¿qué me atacó?
—Un demonio —él respondió rápidamente, su tono de voz expresaba desprecio absoluto.
Después todo lo que vio, esa respuesta sonaba perfectamente lógica. Sólo un demonio podría haber ocasionado semejante carnicería.
Nezuko finalmente reunió el valor para levantar la mirada. Ahora que lo observaba mejor, el rostro del forastero no era aterrador como pensó en un inicio, hasta se veía un poco lindo…
Céntrate, no es el momento de pensar en esas cosas, se abofeteó mentalmente.
Con la mente más centrada, notó un detalle en el rostro del forastero. Había una pequeña mancha de sangre en su mejilla derecha. Estaba segura que la sangre no era de él.
Él debió matar a ese demonio, con disimulo, se fijó en la katana que colgaba en la cintura del hombre, en realidad, ella no se encontraba demasiado sorprendida. Este sujeto parecía alguien anormalmente fuerte.
De inmediato, impulsada por la fuerza de la costumbre, limpió la mancha con la manga de su kimono. Nezuko solía limpiar el rostro de sus hermanos pequeños todo el tiempo.
El hombre la miró con curiosidad.
El rostro de Nezuko se tiñó de rojo cuando se dio cuenta de lo que acababa de hacer.
—Lo siento mucho, es la costumbre —ella jugueteó con la manga de su kimono.
—¿Tienes hijos? —él preguntó con brusquedad.
—¡No! —ella chilló, escandalizada por la implicación— pero tengo hermanos pequeños.
Los ojos azules del forastero, de repente, reflejaron melancolía, como si recordara una época pasada.
De repente, el ambiente se tensó.
Nezuko, distraídamente, miró la luna en lo alto del cielo oscuro y su corazón se sobresaltó.
—¿¡Es tan tarde!? ¡Mi familia debe estar muy preocupada!
—Puedo llevarte de regreso al camino principal —él hombre sugirió con aparente indiferencia.
—¡Sí! —ella gritó con alegría y, de manera inconsciente, tomó una de las manos del hombre.
Él la miró con la boca ligeramente abierta.
Nezuko miró los dedos entrelazados. Se abofeteó mentalmente, de nuevo; él no era su hermano, Tanjiro.
Estúpidas costumbres.
—Lo-lo siento mucho —a pesar de sus palabras, ella no soltó su mano.
El hombre todavía se veía desconcertado pero no hizo ningún comentario al respecto. En cambio, empezó a caminar.
—A todo esto, ¿cómo te llamas? —Nezuko preguntó, mirándolo con genuina curiosidad.
—Tomioka Giyuu.
La mano de Giyuu era cálida.
Notas finales: Escribí esto después de una noche de insomnio, la cuarentena me está enloqueciendo lol
¡Saludos!
