Capítulo 1.
No sabía muy bien cómo habían terminado de aquella manera. Lo único de lo que era consciente era que se encontraba totalmente aprisionada contra la pared de aquel pasillo sin poder pensar que justo en la habitación que tenía detrás había unas 50 personas cenando y hablando de temas banales y que, en cualquier momento, podían echarles de menos y preguntarse dónde demonios se habían metido.
Pero no podría parar, aunque le obligaran a ello. Estaba totalmente absorta besando sin control y sin casi poder respirar a aquel hombre que ocupaba sus pensamientos desde que tenia recuerdos. Aquel hombre que se había presentado sin previo aviso a aquella cena que el cuerpo de policía había organizado en honor a su padre.
Aquella noche se había vestido especialmente para la ocasión. Hacía pocos meses que había empezado a trabajar en el despacho de abogados liderado por su madre, la cual le había ofrecido un puesto difícil de rechazar. Con su primer sueldo, se compró ilusionada aquel sencillo vestido azul marino que, de forma sencilla, se anudaba detrás del cuello dejándole la espalda al descubierto. Se había comprado unas sandalias plateadas de tacón que realzaban aún más su figura.
Se maquilló de forma sencilla, al contrario de lo que le sugirió su amiga Sonoko. No quería excederse y parecer una persona que realmente no era.
La verdad es que hacía pocos meses que había recuperado cierta ilusión para continuar con su vida de una forma más o menos feliz. No hacía más de una semana que había vuelto a Japón, a su querida ciudad. Estaba contenta de estar allí, la verdad que hacía años que no veía a mucha gente que estaría en aquella cena.
Le daba cierto reparo el tener que dar explicaciones del porqué se marchó de aquella manera tan abrupta y del porqué había vuelto, pero ver a toda la gente que formaba parte de su vida en Japón de golpe le ayudaría a dar explicaciones una sola vez.
Hacía 7 años que Ran había descubierto toda la verdad. La verdadera identidad de Conan y cómo Shinichi la había engañado durante todo aquel tiempo. No fue agradable.
Derrotar a la organización había sido muy duro. Hubo mucha gente implicada en ello, mucha gente que se vio perjudicada. Y ella no fue una excepción.
La organización sabía que era el punto más débil de aquel astuto detective. Lo tenían muy claro y por ello se esperaron el momento clave para utilizar su última carta.
Cuando la secuestraron, Ran ya sabía toda la verdad. Lo poco que recuerda de aquellos días es como una neblina espesa. Aquel cuarto oscuro, pequeño y lleno de humedad. No le daban de comer, sólo le pasaban un vaso de agua por una rejilla que tenía la puerta de la habitación en la que estaba tres veces al día.
Recuerda que no derramo ni una sola lágrima. Ella, tan llorica que era. Estaba en tal estado de shock, que era incapaz de derramar una sola lágrima.
Al cabo de, ni más ni menos que 25 días desde que empezó su cautiverio, cuando sólo abría los ojos para beber el agua que le daban o para escuchar lo que aquella gente que allí la tenía podía hablar, se dio cuenta que habían entrado en el edificio en el que estaba un grupo de personas, las cuales supuso que formaban parte de la policía.
Lo que vino después es algo que siempre va a aparecerse en sus peores pesadillas.
Gritos y sangre, mucha sangre.
Ella estaba totalmente inmovilizada en aquella habitación, estaba enmanillada a la propia pared. La habían torturado sólo por diversión, sólo porqué sabían que era una forma indirecta de hacer daño a la persona que no habían sido capaces de capturar. Ella era el verdugo de aquella historia. Y conforme pasaron las horas de su cautiverio lo había visto claro.
Él la había lanzado a ese infierno. Todas las heridas que le propagaron y el último disparo que recibió durante la detención de aquella organización eran fruto de la prioridad que él siempre había tenido en su vida: resolver injusticias.
Por el contrario, para ella la prioridad era muy distinta, era algo mucho más sentimental y profundo. Para ella sólo existía él. Desde que era bien pequeña. Incluso cuando aún no lo sabía, había algo invisible que la empujaba a proteger y cuidar de aquel niño pequeño cuya esencia era la misma que él tenía. Porqué eran exactamente la misma persona.
Qué estúpida que había sido.
Fue entonces, en aquel hospital, cuando decidió que empezaría a vivir para ella misma. Sin preocuparse tanto por los demás. Se terminó aquella versión dulce, risueña, angelical que le tenía atribuida por todo el maldito mundo. Se acabó.
Se curaría y lo primero que haría al salir de aquel hospital seria irse a estudiar a otra parte del mundo. Alejada de todas aquellas personas que le recordaban a él.
Y así fue.
