FLY ME TO THE MOON

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Tras mirar por última vez el cielo nocturno, Lucius Malfoy tomó un largo aliento antes de cerrar los ojos y apretar los dientes. Hacía frío, pero eso no era una sorpresa para nadie. Lo único que quería era irse con dignidad, eso era todo. No te atrevas a gritar, se dijo a sí mismo, no abras los ojos o la boca. No los abras. Terminará pronto. Pero el frío incrementaba rápidamente y sus dientes no dejaban de castañear. Aun sin abrir los ojos, podía escuchar a los dementores acerándosele, casi podía sentirlos flotando por encima de su cabeza. Sabía que estaban ahí, podía sentirlos pero no soportaba no verlos. No soportaba no saber en dónde estaban. Así que, en un momento de vacilación, Lucius Malfoy abrió los ojos solo para descubrir que la horda de dementores que el ministerio le había asignado estaban esperando a que abriera los ojos para ceñirse contra él. Y él gritó y los miró y gritó y no paró de gritar de dolor y de miedo mientras, uno a uno, sus recuerdos eran tomados sin su permiso y eran reemplazados sólo por los rostros de aquellos a quienes él había asesinado o torturado por órdenes de Lord Voldemort.

El dos de febrero de 1999, Lucius Malfoy había recibido el beso mientras tiraba de su cabello y gritaba por piedad. Su conciencia se desvaneció al mismo ritmo que su sanidad y su dignidad. De él no quedaba ni rastro de la vieja arrogancia de los Malfoy.

El dos de febrero de 1999, Lucius Malfoy se convirtió en un caparazón vacío que no sabía hacer nada más que babear y parpadear de vez en cuando. Ese día, Narcissa Malfoy perdió a un marido y Draco a un padre. Ese día, Draco comenzó a buscar una manera de ayudar a su padre para traerlo de regreso.


Siempre que los periódicos hablaban de Harry era para escribir lo valiente que era, lo fuerte, lo grandioso que era. Siempre que las revistas mencionaban a Harry, era para hablar de su trabajo como Auror, de la polémica, de su arrojo. Harry era muchas cosas: un héroe, un símbolo, un salvador… pero para Draco, Harry era una persona muy extraña.

Sí, todas las historias sobre él eran increíbles –y casi todas ciertas-. Pero Harrry era una persona más sencilla de lo que parecía, con gustos simples y, contradictoriamente, excéntricos. Quería salir a volar estando completamente ciego, tenía tanto dinero como para retirarse a los veinte y aun así extrañaba el trabajo. Como si su trabajo no lo hubiera metido en suficientes problemas. Y hoy, por si fuera poco, estaba sentado afuera de la casa, en el jardín, dejándose empapar por la lluvia. La gente normal disfrutaba de ver la lluvia caer; Draco no comprendía eso tampoco, pero ¿empaparse? Si Harry quería tocarla podía sacar una mano por la ventana y ya, no tenía que ser tan dramático al respecto, ¿cierto? Pero no, él estaba ahí, sentado, mientras Draco lo miraba por la ventana de la cocina. Harry estaba ahí, con la cabeza hacia arriba y las piernas encogidas, con el cabello empapado y pegado a su nuca. Las gotas lo golpeaban y escurrían por todo su cuerpo, por sus tenis, su camisa y su rostro, rodando por sus mejillas, como lágrimas.

Draco consideró por un momento si Harry estaba llorando. No lo creía, pero la lluvia lo hacía pensar en cosas extrañas. Ese día también estaba lloviendo, Draco pensó mientras desviaba la mirada de la ventana. Ese día la lluvia había cubierto sus propios gritos y, de no ser por Harry…

Draco tomó su varita para protegerse de la lluvia y salió por la puerta trasera. Si Potter seguía ahí, iba a enfermase y eso no era nada bueno. Era hora de traerlo a casa. Si se metía a la bañera de inmediato y tomaba algo caliente, quizá no le pasaría nada.


Draco estaba resfriado. La noche anterior, Potter había tenido la brillante idea de cantar bajo la lluvia (una referencia muggle, le había explicado Potter) y Draco no quiso obligarlo a entrar a la casa, específicamente porque Harry había volteado hacia él cuando se le acerco, como si pudiera verlo, y lo invitó a sentarse a su lado. Pasaron, aproximadamente, los quince minutos más largos de la vida de Draco antes de que la tormenta empeorara y Harry decidiera entrar a la casa.

Draco detestaba consentir a Potter o tratarlo como a un inválido… pero no podía evitar ser indulgente con él de vez en cuando. Simplemente no soportaba la idea de quitarle algo que disfrutaba, en especial porque había muy pocas cosas que Harry podía seguir disfrutando. Sentarse a lado de Potter mientras temblaba de frío parecía poco comparado al sacrificio que Harry había hecho por él. Esa era la conclusión a la que había llegado hacía mucho.

Así que, mientras Harry tomaba una ducha, Draco puso algo de agua a hervir y preparó café antes de subir a cambiarse también. Sólo le había tomado cinco, quizá diez minutos, pero en ese tiempo Draco comenzó a estornudar. Quizá había sido la mezcla del cansancio y del frío lo que le había afectado, porque Harry no parecía enfermo en lo absoluto. Todo lo contrario, el baño de lluvia lo hacía verse revitalizado.

Consideró tomar una poción para el resfriado, pero sumando esa, Draco ya estaría tomando cinco pociones al día: una para dormir sin sueños, otra para el dolor de su espalda, otra para el dolor de cabeza y otra para mantener su energía durante el día –y parte de la noche-. Draco no podía prescindir de ninguna de ellas y, de todos modos, la poción para dormir sin sueños no era compatible con las pociones para el resfriado… aun cuando seguía teniendo pesadillas de vez en cuando, no eran tan malas como antes y Draco siempre las olvidaba al despertar. Prefería lidiar con un resfriado. Nada que una taza de té con miel no solucionara, pensó. Quizá sería bueno preparar sopa para el día siguiente, por si acaso el té no funcionaba. No era un buen momento para enfermarse, así que tendría que quedarse con los remedios naturales. De todas formas, no era nada grave.


Ron y la señora Weasley estaban en la casa.

-Muy bien, ahora mete la aguja- decía Molly mientras guiaba las manos de Harry. –Muy bien y tira hacia adelante… ¿sientes cómo el hijo pasa de una aguja a la otra?

Harry asintió, pero Draco no sabía si lo decía para complacerla o porque de verdad lo sentía, no estaba lo suficientemente cerca como para cerciorarse. De hecho, no estaba cerca en lo absoluto. Confiando en que los Weasley cuidarían de él, Draco decidió aprovechar ese momento para irse a la cocina a descansar un poco. Su garganta dolía, pero no era insoportable, sólo molesto.

Cuando estaba enfermo, su madre solía darle una cucharada de miel después de tomarse sus pociones, Draco recordó con una pequeña sonrisa en el rostro. Era una lástima, pensó, que Narcissa ya no estuviera para cuidar de él, para besar su frente y arroparlo, para prometerle que todo estaría bien… desde que ella ya no estaba, las cosas no había parado de empeorar. Quizá era por eso. Quizá la ausencia de Narcissa Malfoy había creado un desbalance en todo el universo, no solo en la vida de Draco. Quizá Narcissa era el pedestal del mundo así como lo era para él y para su padre. Sí, esa era una idea bonita, pero muy tonta. El mundo no había terminado el día en que su madre había partido y, ciertamente, no terminaría cuando Draco y Harry y todas las personas que había conocido en su vida se fueran. La vida era la muerte disfrazada de caricia, nada más. Un parpadeo, nada más: un día su madre estaba ayudándole a secar su cabello y a ponerse su túnica nueva y al siguiente Draco estaba arrodillado frente a su cuerpo, sosteniéndola entre sus brazos, viéndola desvanecer… era injusto. La vida era injusta. Tan injusta…

-¿Qué es injusto?

Draco saltó en la silla en la que había estado sentado. La señora Weasley estaba abriendo la nevera.

-Harry dijo que hicieron algo de limonada ayer.

-Ah, sí…- Draco dijo asintiendo con la cabeza. –En el estante de arriba.

-¿Y bien?

-¿Qué cosa?

-¿Qué es injusto?

-¿Hmm? Nada. Debí de haber estado pensando en voz alta. Déjeme ayudarle con eso- dijo él, levantándose para sacar un par de vasos limpios. – ¿Cómo va? Por favor no tenga miedo de decirle que está haciendo algo mal, Harry… Quiero decir, Potter no es tan tonto y se da cuenta. Le molesta no saber cuándo se equivoca.

-Se le da natural- dijo la Señora Weasley, sonriéndole de una forma que Draco no podía descifrar, como si estuviera guardando un secreto que él no supiera.

-Ya veo…- dijo Draco, aclarándose la garganta, resistiendo la necesidad de rodar los ojos. Era algo incómodo, tener que convivir con la familia que había insultado tantas veces en el pasado. Era aún peor que lo trataran con el mínimo de decencia que merecía. Insultos, peleas… Draco podía lidiar con eso, ¿pero amabilidad? Era difícil lidiar con la amabilidad. Uno tenía que ser amable de regreso o eras un imbécil. En una pelea los dos son culpables, pero cuando la amabilidad es respondida con insultos…

-¿Todo está bien?- preguntó Molly, distrayéndolo.

-¿Mhm? Por supuesto. ¿Por qué no lo estarían?

-Bueno, últimamente te vez algo cansado. ¿Has estado durmiendo bien, Draco?- Era extraño, lo diferente que sonaba su nombre cuando Molly Weasley lo decía.

-Estoy bien- dijo él, desviando la mirada. Todo esto sería más fácil si ella lo detestara. De hecho, sería mucho mejor si Harry lo odiara también. Pero lo cierto era que la Señora Weasley le recordaba a su propia madre.

En el pasado, Draco se habría reído de esa idea; la habría tomado como ofensa, de hecho. Pero ahora, después de todo lo que había pasado, no podía evitar darse cuenta de las similitudes. Quizá era algo inherente al cargo, pensó Draco, quizá todas las madres en el mundo se parecían un poco: siempre atentas, listas para amar y cuidar de aquellos a quienes amaban. O quizá Molly Weasley y Narcissa Malfoy se parecían en eso: ambas mujeres fuertes que merecían mejores hijos de los que habían tenido. Los Weasley no estaban tan mal, pero el de en medio, Percy, había dejado mucho que desear, pensó Draco, distraídamente mientras miraba a la mujer de pie frente a él, todavía esperando una respuesta a su pregunta. Draco ni siquiera podía recordar qué le había preguntado.

-Cuando era pequeño, me aterraba la oscuridad- dijo él, casi sin pensar, o quizá demasiado perdido en sus pensamientos para darse cuenta de lo que decía. –Mi madre siempre me decía que, para aprender a apreciar la luz, había que vivir en la oscuridad. Yo prefería dormir a su lado y no pensar en sus palabras; para mí, ella era como una vela encendida.

Desde la cocina, Draco volteó a ver a Harry, sus lentes oscuros ocultaban, como siempre, las marcas de un error que Draco no sabía cómo solucionar y que quizá, nunca arreglaría. Había condenado a Potter a una vida de sombras y penumbra, y aun así, era él quien sentía miedo.

A su lado, Molly lo miró sin decir nada, pero que fuese discreta no quería decir que fuera tonta. Ella sabía muy bien qué significaba esa mirada, la había visto ya muchas veces en Ronald, mucho antes de casarse, en Ginevra también, por supuesto, y en Harry, cuando hablaba de... Sacudiendo la cabeza, decidió salir y dejar a Draco solo con sus pensamientos, preguntándose si él mismo ya se había dado cuenta de cómo se sentía.

A solas, Draco se permitió toser sobre su palma abierta pensando que tal vez, sería mejor tomar una poción para el resfriado y lidiar con unas cuantas molestias por un par de días. Después de todo, Harry quería salir a volar y, esta vez, podrían hacerlo sin que la amenaza de una habitación en llamas los persiguiera. Quien sabe, quizá hasta sería divertido volver a volar.


NA.

Lamento que me haya tomado tiempo actualizar. ¿Francamente? No tenía fuerzas para escribir, ¿les ha pasado?

Espero que estén muy bien y que les haya gustado el capítulo. Ya pronto se comenzará a desenredar todo este desastre, lo prometo.

Besitos!

-DN