Cuando el amor te llame, síguelo, aunque sus caminos sean duros y escarpados. Y cuando sus alas te envuelvan, cede a él, aunque la espada oculta en su plumaje pueda herirte.

Y cuando te hable, cree en él, aunque su voz pueda desbaratar tus sueños como el viento del norte devasta los jardines. Porque así como el amor te corona, así te crucifica. Así como te agranda, también te poda. Así como te eleva hasta sus copas y acaricia tus más frágiles ramas que tiemblan al sol, también penetrará hasta tus raíces y las sacudirá de su arraigo a la tierra. Como gavillas de trigo, te lleva. Te apalea para desnudarte. Te trilla para librarte de tu paja. Te muele hasta dejarte blanco…

Draco cerró el libro de golpe y tembló, leyendo la portada de nuevo. El Profeta, rezaba la cara del libro y, de no ser porque seguía impresionado por lo que acababa de leer, habría rodado los ojos pensando en que era un título cursi. Pero justo ahora, luego de leer sobre el Amor… Si es que a eso se le podía llamar amor, Draco pensó, ojeando el libro de nuevo. Más que amor, sonaba como un monstruo, como una bestia que aguardaba para devorar a quien se atreviese a tocarlo. Pero así eran las cosas sublimes, ¿no? Siempre daban algo de miedo. ¿Y Draco? Él era un cobarde.

-¿Malfoy, Draco?

-Sí, aquí estoy- dijo él, guardando el libro en su túnica antes de levantarse. Era una sala de espera, la gente se llevaba cosas todo el tiempo.

Al principio, no quería venir aquí, pero si Potter se enteraba de que estaba enfermo, las cosas podían complicarse. Necesitaba estar en buena forma para buscar una solución.

-Dígame, señor Malfoy, ¿qué le aqueja?- preguntó el doctor. En vista de que sus malestares eran mágicos, había decidido ir con un doctor muggle. A fin de cuentas, la medicina no podía reacciona con las pociones que ya estaba tomando.

-No es nada, sólo un resfriado.

-Ya veo. Siéntese en la camilla, por favor…

Media hora más tarde, Draco salió con una bolsa con pastillas y un libro escondido en su bolsillo. Ni siquiera sabía para qué se lo había llevado, tenía muchas cosas que leer y eran todas mucho más urgentes e importantes que un tonto libro muggle… y, aun así, no pudo evitar pensar que era la clase de libro que Potter podría disfrutar.


Cuando llegó a la madriguera, todos voltearon a verlo. Bueno, todos menos Potter, naturalmente. Había aprovechado la visita que Harry quería hacerles para ir al doctor y ahora estaba de vuelta para recogerlo. No se esperaba, sin embargo, que Molly lo invitara a pasar; Harry estaba en medio de un partido de ajedrez con Ron y querían terminarlo. Draco accedió a esperar en la sala, rechazando la invitación de Harry y Weasley para unírseles. Ron era demasiado bueno y Draco detestaba perder.

Así que, como siempre que visitaba la madriguera, permaneció sentado en la sala, apartado de todos. Esta vez, Granger no estaba para ofrecerle una plática educada, así que decidió sacar el libro de su túnica y comenzó a buscar la página en la que se había quedado. Draco no era un hombre de poesía y, ciertamente, era el menos indicado para leer sobre el amor. Aun así, no podía evitar sentirse intrigado por lo que seguía. Quería saber cómo terminaba aquella enseñanza. Hacía mucho que no le había llamado tanto la atención una lectura muggle desde que era un niño y se había encontrado con los Diálogos de Platón en la biblioteca de su tía.

Draco estaba hojeando su libro cuando escuchó la puerta de la entrada abrirse y, casi en seguida, la voz de Ginevra Weasley se hizo escuchar.

-¡Harry, no sabía que estabas aquí!- dijo ella, probablemente sonriendo. Seguramente sonriendo. Ginevra siempre sonreía cuando estaba con Harry, pero era una sonrisa extraña, casi patética. Como si le tuviera compasión, pensó Draco, cerrando los ojos por un momento. Era una suerte, pensó Draco, que Harry no pudiera verla mirándolo así.

-Vaya suerte…- murmuró. Estaba cansado y la medicina muggle no ayudaba a mantenerlo despierto. Todo lo contrario.

Podía permitirse un descanso. Después de todo, Harry estaba ocupado con sus amigo, con su novia, como para querer volver a casa enseguida y, en este extremo de la casa, nadie lo molestaría.

Sí, pensó Draco, Harry era un tipo con suerte. La mayoría no habría sobrevivido a lo que sucedió aquella noche… Draco por poco no lo cuenta, de no haber sido por él.

Así, con los ojos cerrados, agotado y solo, no le costó trabajo recordar, o quizá incluso soñar con aquella terrible noche en la Mansión.

Draco se encontraba completamente solo y, sin las instrucciones de su madre para encender las velas, la oscuridad se había hecho de todas las habitaciones, de cada rincón donde la luz de la luna no podía alcanzar. Ni siquiera los elfos que todavía poseía se habían atrevido a dejar la cocina, no cuando Draco había destrozado gran parte de la casa para hacer el espacio suficiente, no cuando se había levantado a mitad de la noche luego de encontrar el libro… el mismo que había usado su madre. No cuando estaba tan emocionado que ni siquiera había terminado de leer el hechizo cuando ya estaba de rodillas en el piso, dibujando un pentagrama en el suelo y preparando un caldero con todo lo que necesitaba: sangre, cabello, una garra de hombre lobo… Era escalofriante, la cantidad de cosas que la poción pedía, pero para invocar algo, había que hacer un sacrificio. Draco no tenía ningún problema cortándose todo el cabello que necesitase o dando cuanta sangre fuera necesaria. El problema era que Draco, en su entusiasmo, no se había molestado en leer el procedimiento de principio a fin antes de comenzar a preparar todo, antes de agregar todo frenéticamente al caldero y, como resultado, las cosas no habían salido como esperaba y…

Draco despertó, sobresaltado, feliz de haber despertado antes de tiempo. Le dolía la cabeza, pero eso no era lo que lo había despertado. A su alrededor, Harry y los Weasley lo miraban.

-¿Pero qué…?- Draco murmuró, tratando de levantarse, pero Harry lo estaba sujetando.

-¿Estás bien?- preguntó Harry, interrumpiéndolo.

-Por supuesto que estoy bien, ¿de qué estás hablando?

A su alrededor, todos guardaron silencio por un momento hasta que Harry dijo:

-Draco… estabas gritando.

-¿Gritando?

-Creímos que te había pasado algo- explicó Molly. –Harry fue el primero en escucharte, por eso vinimos.

-Fue sólo un sueño, estoy bien- dijo Draco, sacudiendo la cabeza.

-Creí que ya no los tenías- dijo Harry, dejando caer sus manos y, por alguna razón, Draco extrañó la sensación.

-Ya no las tengo- dijo Draco, desviando la mirada. En momentos como estos, Draco estaba agradecido porque Harry no pudiese verlo. De todos modos, Harry no parecía muy contento con su respuesta.

-Creo que es hora de irnos- le dijo Harry, pero fue Molly quien asintió.

-Será mejor que descansen- dijo ella con una sonrisa en los labios mientras palmeaba el hombro de Harry. –Pueden volver cuando quieran, ya lo saben.

Harry sonrió, agradeciéndole, pero Draco no pudo más que agachar la cabeza. Tragó en seco. Lo mejor era volver a casa. Tenía que comenzar a hacer la comida de todas formas y, quizá, esa noche se sentiría lo suficientemente bien para salir a volar.


Por irónico que sonara, Harry tenía "una mirada penetrante". Harry no podía verlo, por supuesto, era ridículo siquiera pensarlo pero, aun así, mientras cortaba vegetales para la cena, Draco podía jurar que Harry estaba ahí, de pie en el marco de la puerta, frunciendo el ceño, mirándolo.

-Sabes, Draco…- comenzó Harry, después de un momento porque, por supuesto que tenía algo que decir.

-Si es sobre lo que pasó hoy en la madriguera, ya te dije que no fue nada.

Harry suspiró.

-No es sólo lo que pasó hoy. Estoy ciego, pero no soy estúpido. ¿Crees que no me doy cuenta cuando te quedas despierto toda la noche? ¿O cuando te sientes cansado?

-Si Granger sigue diciéndote cosas extrañas…-

-No se trata de Hermione- dijo Harry, un poco desesperado. –Se trata de ti. Todos se han dado cuenta, ¿sabes? ¿Hasta cuándo piensas mantener todo para ti mismo? ¿Qué es lo que has estado haciendo por las noches? ¿Acaso intentas invocarlo de nuevo…?

Potter parecía listo para decir algo más, pero Draco no pudo resistirlo. Dejando caer el cuchillo de golpe contra la tabla y se dio la vuelta, con un insulto listo en la boca, como si fuera una serpiente lista para salpicar veneno. Pero a la vista de sus gafas oscuras, de su bastón, lo hizo detenerse en seco. Era difícil insultarlo cuando le había salvado la vida en más de una ocasión. Y a ese precio.

-¿De verdad crees que soy tan tonto?- preguntó Draco, pero no había veneno en su voz. Dolor, sin embargo… -Para tu información he estado estudiando pociones. En vista de que ninguna academia quiere aceptarme, decidí tomar las riendas por mi cuenta.

Eso sorprendió a Harry y, en parte, no era mentira. Sí había estudiado algunas pociones: remedios para la vista cansada, para las cataratas, para la irritación… pero nada para la ceguera. Nada para hacer volver los ojos a sus cuencas vacías. Ni una sola palabra. Ni un suspiro.

-Yo... no sabía eso.

-Por supuesto que no lo sabías- dijo Draco, dándole la espalda de nuevo, tomó el cuchillo y comenzó a cortar. No tenía caso discutir con Potter. No sobre esto. Pero él seguía ahí, no necesitaba voltear para saber que Harry seguí ahí, de pie, como si esperara a que Draco dijera algo más.

-Mañana por la mañana iré al Ministerio- dijo Harry, después de un largo silencio. Draco tuvo que resistir la curiosidad que sentía y no preguntó para qué quería el gran Harry Potter ir al Ministerio. Por suerte, no necesito hacerlo. –Hablaré con Kingsley y mandaré una lechuza a McGonagall. Tienes el potencial para hacer prácticas en San Mungo.

Draco suspiró. Era tan difícil estar enojado con Harry cuando siempre estaba ayudándolo. A pesar de todo lo que le había dicho y hecho desde que eran niños, al final, era Harry quien le mostraba su piedad. Cuidar de él jamás saldaría la deuda de vida que tenía con él, pero era un comienzo.

-No tienes por qué hacer eso, Potter- dijo Draco, cansado. –De verdad.

-Es mi culpa que nadie quiera contratarle.

-Nada de esto es tu culpa- dijo él, sacudiendo la cabeza. –Además, prefiero estar aquí y ser útil. Ahora, sube a lavarte. La cena estará lista pronto.

Era ridículo, lo domestica que se había vuelto su vida desde que vivía con Potter, pero no podía decir que le disgustaba. Podía pasar mucho tiempo con Harry y cocinar no era tan distinto de las pociones. Lavar la ropa, hacer las compras… era increíblemente tedioso, pero en compañía de Harry todo parecía más divertido.

Suspiró de nuevo. Tenía que encontrar una cura para Harry pronto. No podía permanecer aquí por mucho más tiempo si seguía pensando de esa manera tan estúpida. Harry tenía novia. Y él… él era el hijo de un mortifago, un Malfoy. Él era la antítesis de todo lo que Potter era. Por eso lo quería. Y por eso debía irse.


Esa noche cenaron en silencio. Se sentía como las primeras noches que pasaron juntos ahí: sumergidos en una atmósfera tensa que ninguno de los dos sabía cómo romper. En ese entonces Draco apenas y podía mirarlo. No soportaba ver a Harry buscando la comida a tientas. En realidad, no soportaba ver Harry en lo absoluto. Le revolvía el estómago saber que todo lo que había pasado era su culpa. No fue sino hasta un par de semanas más tarde cuando Draco por fin había explotado y regañó a Harry por comer con las manos.

-Que estés ciego no quiere decir que seas un animal. Ahora, sujeta la cuchara. Así. ¿Puedes sentir el grabado? El grabado siempre va hacia arriba.

Harry había parecido sorprendido pero obedeció. Le costó algo de trabajo, pero al final consiguió terminar su plato sin tener que tomar la comida con las manos. Esa fue la primera victoria de Draco, y un recordatorio para los dos: Harry era el mismo, sólo tenía que aprender a hacer las cosas sin tener que mirarlas. Después de esa noche, ambos comenzaron a llevarse mejor.

Recostado sobre la cama, con un libro abierto sobre las piernas, Draco suspiró. Era inútil tratar de leer cuando no podía dejar de pensar en Potter. Sacudió la cabeza. Hoy había sido un día horrible. Lo mejor sería ir a dormir. Tenía que apresurarse. No era bueno permanecer cerca de Harry, en especial cuando estaba comenzando a… apegarse a él.

¿Acaso estás tratando de invocarlo de nuevo?, había preguntado Harry, con una mezcla de miedo y curiosidad en su voz. Hasta ese momento, Draco ni siquiera lo había considerado, pero ahora que lo pensaba… no era tan mala idea. Sacar un clavo con otro clavo, combatir fuego con fuego. Quizá funcionara. Esta vez había aprendido muchas cosas respecto a sus errores de la vez anterior pero… era muy arriesgado. Sacudió la cabeza. Era una idea estúpida, incluso Potter lo sabía. Un millón de cosas podían salir mal. Un millón de cosas ya habían salido mal. Sin embargo, sus opciones se acortaban cada vez más y más. Llevaba meses investigando, pero siempre se topaba con callejones sin salida. No había forma de regresar sus ojos a Harry, no a menos de que hiciera un trueque. Después de todo, la magia negra siempre requería de un sacrificio, dar sangre por sangre. Harry ya había sangrado mucho por él, lo menos que podía hacer era hacer lo mismo. Harry podría ver a su novia de nuevo, a su familia… Draco no tenía a nadie, de todas formas y si le regresaba la vista a Harry, él ya no lo necesitaría.

Esa idea se le clavó en el pecho como mil agujas ardientes. Dolía, quemaba, pero no había nada que hacer. La soledad, un corazón roto no eran nada comparados con la culpa con la que tenía que vivir día a día. Cualquier cosa era mejor que esto, pensó.

Una parte de él quería pensar que Harry lo extrañaría un poco, tal vez sólo como un amigo. Como una presencia molesta que rondaba su casa.

Tenía que considerar todas sus opciones primero, pensarlo bien y, sobre todo, reunir el valor para volver a enfrentarse a esos grandes ojos rojos, a esa voz profunda.


N.A. Lamento el retraso. Me cuesta mucho trabajo escribir cuando estoy en clases. Me falta el tiempo y la energía, pero aquí está. No piendso abandonar este fic, en especial porque ya sé cómo termina. Muchas gracias por ser tan pacientes conmigo.

Feliz año nuevo! Un abrazo.