Entre alfas
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siente que no podrá olvidarse de él, que le tiene grabado en fuego en su piel
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Todos los personajes de Boku No Hero Academia le pertenecen al gran Kōhei Horikoshi. Esta obra está creada para fines sin lucro; más bien, lo está para tu diversión y mi aprendizaje
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La piel de Kirishima podrá endurecerse tanto como quiera y volverse un escudo inexpugnable, pero cuando la tocan, cuando las yemas de esos dedos calientes se deslizan por ella con parsimonia y pasión, se derrumba y es todo piel erizada y estremecida.
Y, mierda, cómo lo disfruta Bakugo.
Es de noche, lo saben por la luz nocturna que se filtra entre las cortinas mal puestas, que se balancean ante la débil brisa que se cuela por la ventana abierta. No saben la hora, pero qué coño importa ya. Hace dos semanas que Katsuki rompió con su horario de sueño y la razón la tiene ahí mismo, debajo de su cuerpo, sonrojado, jadeando y sumiso, y su alfa interior no puede estar tan jodidamente orgulloso.
Su nariz recorre su cuello, respirando profundo porque Kirishima huele a madera recién cortada y a sol de verano y es un aroma que le nubla por completo los sentidos, emborrachándole, más ahora, que tiene ese toque cosquilleante quele tienta a más. Le muerde, no lo suficiente como para clavar sus colmillos que arden por marcar, pero sí para arrancarle un sonoro gemido y curvar su espalda, rozando sus pelvis. Katsuki nota el aumento de feromonas en el ambiente y cómo se entremezclan con las suyas, creando un perfume tan varonil.
Chupa y lame, sintiendo cómo Eijiro se remueve debajo de él entre gruñidos porque tiene sus brazos atrapados contra el colchón y no puede arañarle la espalda desnuda. Asciende poco a poco por su piel, marcando el camino a besos. Sus hombros se tensan y de igual manera que un león levanta cabeza tras degustar su presa, Katsuki alza su cabeza para mirarle bajo la luz tenue de la lámpara. Sus orbes, dos rubíes oscurecidos por el placer y casi eclipsados por las pupilas, le contemplan como si fuera la octava maravilla del mundo. O quizás lo fuera, sin el como.
Ese cabello despeinado que se esparce en laalmohada y cae sobre su frente perlada por elsudor. Esos ojos de puro carmín, cristalinos y nublados por la bomba de sensaciones que no ha dejado de experimentar gracias a él, esas mejillas teñidas de rojo dulce, esos labios entreabiertos que brillan por la saliva y están hinchados por la enorme, pero enorme, cantidad de besos que se han estado dando desde largos minutos.
Cree que no puede ser más sexy, más guapo, más sensual, más Kirishima.
Hasta que ve cómo esos labios se curvan en una sonrisa que brilla con la luz de mil soles y envuelven de calidez su pecho, donde su corazón se vuelve loco porque joder, no sé cómo coño lo haces pero aquí me tienes, comiendo de tu mano.
— ¿Te has cansado ya, Bakugo? —Le provoca, con su tono de voz susurrada y cantarina.
Katsuki se queda absorto, solo un segundo más, antes de esbozar una sonrisa peligrosa. Con una mano sujeta fuertemente las dos muñecas de él sobre su cabeza, mientras la que ha quedado libre atrapa el rostro celestial de su novio, hundiendo sus dedos en sus mejillas, obligando a fruncir sus labios.
En realidad, Kirishima podría liberarse de ese agarre si solo activara su quirk. Pero no quiere.
Todavía.
— Qué huevos tienes, puercoespín. ¿Cansado yo? Mírate, Eijiro. —Le tienta, ronco y grave, su alfa regocijándose en su interior cuando de nuevo se inclina sobre él, rozando sus narices y crispando sus labios, ansiosos—. Cómo estás por mí. —Suelta su rostro para bajar esa mano inquieta por el torso desnudo, de manera lenta y ardiente, sin apartar ni un segundo sus ojos de la expresión contenida de su novio.
Le ve morderse el labio inferior y entrecerrar los ojos; siente cómo su torso se curva, estremeciéndose sin poder controlarlo cuando una de sus uñas roza su pezón izquierdo, húmedo todavía por las anteriores mordidas y chupetones. Amplía su socarrona sonrisa y continúa bajando, pasando sobre su ombligo, deslizándose un poco más abajo hasta la cintura de sus bermudas negras.
No hace falta que lo mire, tampoco que lo toque (aún), porque lleva sintiendo su duro miembro contra su culo desde hace un buen rato.
— Mírate. —Repite, pasando su lengua por sus dientes.
Eijiro, cuyo pecho sube y baja a un ritmo asombroso, borracho por el aroma que impregna toda la habitación, ladea un poco la cabeza sobre la almohada. No deja de mirar a Bakugo a los ojos, por más que sus orejas ardan y sus mejillas quemen.
— Mírame. —Mírame a mí, mírame solo a mí. No suplica, ordena, porque esa es su naturaleza, porque sabe lo que quiere—. Mírame, Katsuki.
Y ahora quiere que Bakugo le mire, solo a él. Quiere que esos ojos se pierdan en los suyos, que esas manos callosas y calientes recorran su piel para memorizarla, que esos labios se fundan con los suyos una y mil veces más, que su culo baile sobre su miembro con lentitud divina.
Pero también muere por tomar el control porque su alfa quiere tocarlo, perderse en su suave piel, arañar esa espalda esculpida por la divinidad sobre la que ha dormido docenas de veces, agarrar esa fina cintura y tirar de su mullido cabello, morder su cuello pálido, arrancarle gruñidos, hacerle gritar.
— Jodido provocador. —Bufa entonces el cenizo antes de juntar por fin sus labios en un beso hambriento, demandante y posesivo, en el que le hace saber quién manda mientras sus lenguas se encuentran como si hubieran pasado años, rozándose con los dientes afilados de Kirishima y los colmillos crecidos de Bakugo.
Sus labios se moldean vivaces, separándose lo mínimo para tomar bocanas de ese aroma, su aroma, que les embriaga más. Se les escapa gruñidos y nombres entrecortados y la mano de Bakugo continúa su travesía, escabulléndose bajo las bermudas, delineando su cintura, la cual se alza por inercia, dejando vía libre para que la rodee.
— Ba-Bakugo... —Jadea Kirishima entre beso y beso, entreabriendo ligeramente los ojos al sentir cómo aprieta uno de sus glúteos antes de arrancarle (literalmente) sus pantalones, el maldito quinto par en dos meses—. Es... espera. —Trata de volver a sus sentidos, reteniendo los gemidos que arañan su garganta cuando Katsuki empieza a embestirle, lento, sobre la ropa, dejándole saber cuán necesitado está.
Su bajo vientre cosquillea y su miembro palpita.
— ¿Qué? —Le responde finalmente cuando deja su boca libre, lamiéndole labios antes de acercarse a su oído. Sus torsos, desnudos, se tocan y queman y el cenizo sonríe con picardía—. ¿No quieres, Eijiro? ¿No quieres que te folle? —Susurra, grave y bajito, casi haciéndole ronronear cuando acaricia la piel de su cuello con sus colmillos—. Porque yo sí. —Continúa y nota su aliento cálido cosquilleando su oreja y las palabras que vienen cargadas de un deseo que le arrebata el aliento. Loco, me va a volver loco—. Quiero llegar hasta lo más profundo de ti. Quiero romperte.
Eijiro suelta un lloriqueo, volviendo a cerrar sus ojos con fuerza mientras respira casi con dificultad. Esto es demasiado. Las feromonas que está expulsando Bakugo son cada vez más penetrantes, se ahoga entre la dulzura de la canela y la intensidad de una cerilla consumida porque es así como huele él, a dos mundos opuestos.
Pero Kirishima no es omega. Toda esa gran marea de feromonas que hubiera provocado el celo a cualquiera en un parpadeo la está soportando como todo un alfa orgulloso y terco porque por más alfa puro que sea Katsuki, no quiere perder contra él.
Sin embargo, cuando se obliga a abrir los ojos y pensar en Mineta vestido con un bañador borat de leopardo para bajar su calentura, Bakugo ha comenzado a ascender de nuevo por su cuerpo, haciendo uso de su lengua y su mano, la cual remarca el camino. Pasa sobre su clavícula, regalándole un suave mordisco, lame uno de sus pectorales y repasa ese botón rosado sensible, arrancándole un gruñido. En ese momento, sus miradas se encuentran y a través de sus orbes acuosos, Eijiro ve cómo Katsuki alarga su pícara sonrisa y continúa la travesía por los abdominales, duros y trabajados, dejando algún beso suelto. El pelirrojo se pierde en el propio placer y el alfa aprovecha para soltar lentamente el agarre en sus muñecas, teniendo ahora ambas manos libres mientras continúa ascendiendo hasta el premio gordo.
Sus callosas manos abren más las puertas del paraíso y acomoda su rostro entre ellas, sin dejar de mirarle a los ojos. Una mancha oscurece la tela rojiza del bóxer de Kirishima (en cuya cintura negra se puede leer en cursiva Crimson Riot's Boxers) y Bakugo se relame los labios. Kirishima se sostiene como puede sobre sus codos y frunce el ceño, a punto de quejarse; pero sus palabras tropiezan entre sí, su cabeza se inclina hacia atrás y termina soltando un profundo gruñido cuando la boca caliente de Bakugo muerde en la base del muslo, justo en la curvatura.
— ¿A qué viene esa mala mirada, cabrón? —Le provoca, volviendo a dejar otro mordisco un poco más abajo, notando cómo la pierna tiembla bajo la palma de su mano. Déjate llevar, Kirishima, deja que te lleve a lo más profundo del Infierno.
— N... no eres... ngh... nada justo —jadea, inclinando un poco su mentón y su aroma, que trae de cabeza a Bakugo, se acentúa— quiero ser el de arriba. —Protesta casi como un niño pequeño.
El cenizo, con sus mejillas más enrojecidas, arruga su nariz, hundiendo la mitad de su rostro en su entrepierna, estremeciéndole de nuevo antes de sacar la lengua y lamer la longitud de su miembro. Sus ojos, intensos, no se aparta de los suyos.
— No te pregunté.
Kirishima gruñe, pero esta vez como advertencia, antes de hundir sus dedos en ese flequillo incontrolable, de los cuales tira para obligarle a alejarse de su entrepierna y acercarse a su rostro. Bakugo, aturdido, abre la boca para replicar qué coño hace cuando Eijiro le besa con la fuerza de un fuego que se aviva con la gasolina, bajando su mano de su cabello hasta su nuca, aferrándose a ella con fuerza porque Bakugo, quiero ser el de arriba y voy a ser el de arriba.
Los ojos del cenizo se cierran casi por inercia bajo su ceño fruncido y es entonces cuando el alfa de cada uno toma un poco las riendas. Se gruñen entre beso y beso como lobos peleando hasta que Kirishima logra revertir los papeles y deja a Bakugo bajo su cuerpo, endureciendo la piel de su mejilla y cuello cuando éste trata de quitárselo de encima a explosiones.
Agarra sus muñecas mientras muerde su labio inferior y las asegura con fuerza sobre el colchón, a cada lado de su cabeza. Sus maldiciones se pierden dentro de su boca cuando profundiza el beso, pero terminan por oírse con la claridad del agua cuando se desvía hacia su oreja y la muerde, tirando con sutilidad de ella. Y en cada roce, nota lo duro que está por él y eso le provoca un cosquilleo en el bajo vientre que se expande por su cuerpo como una ola cálida. Sus venas de dilatan, su rostro enrojece un poco más, su respiración se entrecorta, su aroma se vuelve denso y su mente se nubla por completo.
Quiere hacerle suyo ahora. Quiere marcarle ahora porque Katsuki es mío, solo mío, se repite como si fuera una plegaria.
— ¡Oi! ¿¡Qué cojones crees que haces?! —Bakugo exclama abrumado cuando él se hunde en su cuello y una de sus manos se aferra a su fina cintura, ignorando sus zarandeos y patadas—. ¡Ey, Kirishima! —Vuelve a insistir con el ceño fruncido, pero Kirishima apenas le escucha, siente su voz lejana y opaca.
El mayor refunfuña, cerrando sus ojos cuando la lengua de Eijiro se desliza sobre su piel y nota cómo su bulto se frota contra el suyo en un vaivén lento y enloquecedor. Su respiración está agitada y siente que se ahoga porque el olor del idiota se está tornando pesado.
— ¡Suélt...! ¡Mmhg... mierda! —Su voz se rompe en un ronco gemido, sacudiéndose una vez más hasta que oye cómo le gruñe de nuevo cuando se aleja de su nuca, por fin mirándole a los ojos y Katsuki enmudece cuando, entre la tenue iluminación, los ve. Ve los orbes oscurecidos de sus ojos y sus pupilas alargadas como las de un felino.
Está en celo, pero se está reprimiendo entre temblores, tratando de mantener bajo control su alfa más salvaje y Bakugo sabe que le está doliendo por la manera agitada en la que respira, por la angustia que se refleja su rostro, por sus ojos aguados en agua cristalina y por ese aroma a miedo.
— No... n-no... basta —parece hablar consigo mismo, con la voz entrecortada, ronca y profunda. Katsuki parpadea, con el corazón retumbando en sus tímpanos como el aleteo de un insecto mientras le observa casi ensimismado; nunca le ha visto en celo hasta ahora— alfa... no debe... marcarte —solloza antes de llevar su antebrazo derecho a la boca, enterrando sus colmillos y dientes en su piel, cerrando sus ojos con fuerza ante el intenso dolor.
Y es entonces cuando Bakugo reacciona. Con rapidez, estira su brazo hacia el cabecero de la cama y, derribando parte del merchandising de Crimson Riot que lo decora, rebusca hasta dar con el inhibidor que Kirishima guarda ahí. Se incorpora como puede, escabulléndose de bajo el cuerpo de su novio, que sigue conteniéndose entre gruñidos y jadeos, para sentarse mientras abre la cajita. Maldiciendo el temblor en sus manos, extrae la jeringuilla y un frasco de cristal repleto de suero inhibidor. Falla al tratar de llenar la jeringuilla con la dosis al primer intento, pero cuando lo consigue al segundo, regresa la mirada hacia su pareja y sin pensárselo dos veces, clava la aguja en el brazo de Eijiro e inyecta la dosis.
El pelirrojo lloriquea como cachorro abandonado cuando el líquido, que quema como el sol del desierto, se hace paso por sus venas. Entreabre con esfuerzo sus ojos mientras continúa mordiéndose la piel, enrojecida. Bakugo siente un nudo en el estómago y su corazón se encoge cuando le mira a los ojos, que comienzan a volver a la normalidad poco a poco a la par que su mandíbula se relaja y suelta finalmente su brazo, mostrando la fea herida que sus dientes han dejado en su piel enmarcado en sangre.
Kirishima ahoga un grito cuando la ve y enseguida la cubre con su mano, encogiéndose en sí mismo, aturdido y aterrado, incapaz de mirar a Bakugo a los ojos. ¿Qué ha hecho? ¿Qué he hecho?
— Eijiro. —El cenizo logra sacar voz para susurrarle, haciendo ademán de tocarle; sin embargo, él se aleja un poco, negando con la cabeza. ¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho?—. Eijiro, por favor. Ven. —Pero Katsuki insiste, suplicante, volviendo a expulsar una ola de feromonas con intención de calmarle.
— T-te haré daño... —Masculla aterrado, sin apartar sus ojos de la mordedura, temblando ante la idea de que eso es lo que le hubiera hecho a Bakugo si no se hubiera logrado controlar.
Le hubiera dañado hasta hacerle sangrar.
— No seas gilipollas, no lo harás. —El cenizo trata de acercarse a él una vez más, posando con suavidad sus manos sobre sus brazos—. Mírame. —Kirishima se resiste y el olor a canela y cerilla se intensifica, casi adhiriéndose a su piel—. Mírame. —Traga seco, mordiéndose el labio inferior, tratando de resistir hasta que no puede más y, lentamente, alza su mirada cristalina hacia él. Los orbes de Bakugo, siempre estoicos, esa noche relucen también ahogados en melancolía—. Estoy bien, ¿lo ves? —Su voz se endulza y su mano acaricia su mejilla con cuidado, haciéndole estremecer—. Y estoy aquí. —Sigue, envolviéndole con sus brazos por completo, abrazándole con fuerza—. Contigo. No iré a ningún lado. —Le promete cerca de su oído, sintiéndole temblar entre sus brazos mientras hunde su rostro en el hueco entre su hombro y cuello.
— ... Lo siento —murmura con la voz entrecortada que se clava como dagas en el pecho del mayor—, lo siento, lo siento, lo siento. —Repite una y otra vez, al borde del sollozo.
Le mima el cabello con el cariño de quién entiende y protege, recogiendo varios mechones tras su oreja para repartir pequeños besos sobre su mejilla. Así se quedan, abrazados sobre la cama, con las pieles expuestas y el alma inquieta. Está bien, todo está bien, quiere decirle, pero sus palabras se atoran en la garganta. No está bien, nada está bien, y Kirishima lo sabe, por eso llora en silencio entre la calidez del refugio que le rodea.
Otra vez, otra noche más, todo se ha ido a la mierda. Llevan meses, dos putos meses, tratando de dar el paso, de saltar al otro mundo que mueren por explorar de la mano del otro. Pero no hay manera y acaban cagándola porque se ciegan por el orgullo ciego y asfixiante de sus alfas, y es que ninguno se quiere dejar domar por el otro. Y a veces, solo a veces, Eijiro piensa si merece realmente la pena seguir teniendo lo que tienen. Quiere a Bakugo, le quiere como nunca antes ha querido a nadie, sin embargo, siente que esto va a acabar consumiéndoles por completo.
Porque son como cuerpos muertos de estrellas que una vez brillaron a punto de colisionar y crear un maremoto de destrucción que arrasaría con todo.
...
me acordé que también tengo FF a parte de wattpad y aquí estoy ahre
una persona a la que tengo mucho cariño en wattpad quiso un oneshot de alfaxalfa con el kiribaku y nació esto con un poco de drama porque sin drama no hay vida :')
espero de corazón que les haya gustado, ¡muchísimas gracias por leer! «3
un abrazo pluuuuus ultra
