助けて (Tasukete/Ayúdame)
DISCLAIMER: Los personajes de Sailor Moon son propiedad de Naoko Takeuchi yo solo los tome prestados para realizar este O.S. que participó en el desafío lanzado en el grupo: "Seiya Kou Oficial"el dia 15/07/2019
Tematica: Psicopatas
Personaje Principal: Seiya Kou
Personaje Femenino: Serena Tsukino
Personaje Secundario: Neherenia
Capitulo Único:
La sonata claro de Luna sonaba de fondo, era acompañada por un melódico tarareo con ánimo, mientras que el sonido del agua del grifo esfumaba los últimos vestigios de sangre del bisturí recientemente empleado. Satisfecho con el resultado procedió a guardarlo en su respectivo estuche.
Regresó a la habitación, dispuesto a cumplir lo que faltaba. Hizo una mueca cuando vio la identificación del hombre, después de un extenso interrogatorio que le brindó resultados negativos. Nuevamente había fallado en su búsqueda, pero a pesar de ese error tuvo que cumplir con lo que su interior le ordenaba. Además, no era aconsejable dejarlo con vida, con cortes precisos, que solo un especialista podría llegar a emplear. Y a pesar de él no ser uno, en sus genes estaba la herencia de su padre, un famoso cirujano plástico.
Silbando la melodía que apenas era perceptible a la distancia, pero que se mantenía en su cabeza, recorría el extenso pasillo que lo llevaría a la parte del crematorio que poseía ese antiguo hospital abandonado. Era hasta irónico que el lugar que utilizaba como escondite en su niñez, le sería de mucha utilidad en estos momentos. La edificación llevaba deshabitada más de dos décadas, con una ubicación de varios kilómetros de distancia de la ciudad. Nadie en su sano juicio se acercaría por allí.
Cruzado de brazos mantenía la vista fija en el cristal del horno contemplando con satisfacción como las llamas consumían lentamente las evidencias de su crimen. Era consiente de que cada vez que cometía este tipo de acciones una porción de su cordura se evaporaba junto a la vida de cada uno de ellos. A pesar de ello, debía mantenerse firme en su decisión hasta lograr dar con el verdadero culpable.
El frio de la noche invernal impactó con fuerza contra su rostro al salir del edificio. Sin importarle lo terrorífica que la noche demostraba ser, siguió caminando varios metros hasta llegar a una cueva la cual utilizaba como escondite de su vehículo. En pleno trayecto maldijo al comprobar lo tarde que era, su horario de descansar se vería reducido nuevamente, gruñó al recordar todas sus obligaciones para el día siguiente.
Horas más tarde al ingresar a su residencia, desactivó la alarma, siendo recibido por un absoluto silencio, no se molestó en prender las luces, siguió de largo al estudio que en el pasado ocupaba su progenitor. Al ingresar fue directamente hasta la repisa cerca de la chimenea que poseía la habitación donde reposaban dos urnas, las cuales poseían las cenizas de sus padres.
— Pronto daré con él — musitó acariciando la placa donde el nombre de Neherenia Kou resaltaba—. Se los prometo— aseguró al acariciar el otro recipiente que tenía inscripto Taiki Kou. Con un suspiro se acercó hasta el escritorio de caoba, abriendo el ultimo cajón en el cual guardó el estuche que sacó de su bolsillo.
Gracias a una ducha caliente, necesaria para relajar su entumecido cuerpo por el frio, empezó a secar con cuidado su larga cabellera negra azabache. Desde que su padre falleció, decidió dejárselo crecer como una forma de honrar su memoria. Minuciosamente detallaba su reflejo en el espejo del baño como rutinariamente lo hacía, comprobando que, en el poseía de los rasgos de ambos, el color de sus ojos azules, tanto como el de su cabello era idénticos a su fallecida madre. En cambio, su contextura física atlética y algo musculosa era herencia paterna.
Ya en la comodidad de su fría cama, dejaba que el silencio que inundaba en toda la residencia lo envolviera por completo. El eco de risas acompañada de la melodía del piano que reposaba en la sala de estar vagaban en su cabeza como los únicos recuerdos felices que transcurrieron en ese enorme lugar.
Instintivamente se ubicó en posición fetal cerrando sus ojos con fuerza, tratando que la imagen más dolorosa que tuvo que presenciar en su adolescencia, no hiciera acto de presencia esa noche. Sus manos cubrieron sus oídos en un vano intento de silenciar los gritos de dolor de todos los hombres que perdieron la vida en sus manos.
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A la mañana siguiente, después de una ducha rápida y un precario desayuno por la falta de tiempo. Salió de su casa con prisa no podía perder el turno que reservó con anticipación.
—¡Buenos días, Señor Kou! — fue lo primero que se escuchó apenas ingreso en el lugar—. La licenciada lo está esperando — informó brindándole una afable sonrisa.
Él solo asintió con la cabeza, apresurando el paso. Cada vez que tenía que ir, una gran incomodidad lo embargaba. Siempre era lo mismo, estar consiente que la recepcionista prácticamente empezaría a coquetearle si le daba conversación, lo intimidaba de sobre manera su nivel de descaro. Pero toda esa situación pasaba a un segundo plano, al detenerse frente a la puerta de madera de caoba, su cuerpo empezó a temblar con anticipación, sin contar que sus manos empezaron a sudar. Con un suspiró pesado se armó de valor para llamar a la puerta.
— Adelante — contestó una voz desde adentro, dándole acceso.
Seiya apenas ingresó fue recibido por una imagen femenina sentada detrás de un escritorio, un cosquilleo se le produjo en la boca del estómago. Tratando de ocultar su nerviosismo se dio la vuelta para cerrar la puerta, aprovechando para que sus fosas nasales aspiraran el aroma a fresas que flotaba en la habitación.
—¡Buenos días, Seiya! — lo saludó con una sonrisa brillante, poniéndose de pie.
—¡Buenos días, Licenciada! — respondió con tranquilidad, una tranquilidad que estaba lejos de sentir en esos momentos.
—Vamos, hace un año que nos conocemos. Puedes llamarme por mi nombre— solicitó conciliadora.
—Ok… Serena— susurró con nerviosismo, molestándose internamente por su nerviosismo, si no se tranquilizaba terminaría delatándose fácilmente.
—¡Genial!, recuéstate en el sofá, empezaremos con la sesión— ese comentario tranquilizó a Seiya, agradeciendo que ella fuera distraída por naturaleza.
Aceptando la solicitud, se recostó cerrando casi en su totalidad sus ojos, dejando una pequeña rendija que sus pestañas ocultaban. Las cuales le permitían disfrutar de contemplarla sin llegar a incomodarla.
Ella tenía razón, ambos llevaban un año manteniendo un vínculo de paciente y psicóloga, pero para su mala suerte, él era el único que sabía de qué ambos se conocían desde tiempo atrás, años para ser más exactos.
Quedo prendado de su belleza desde el día cuando la vio por primera vez en una de las clases que tomaban en la universidad. Siempre la observaba desde lejos, tratando de ser fiel espectador, absorbiendo como oxigeno cada preciado instante que por alguna razón compartían. El ser tímido por naturaleza, impedía cualquier intento de avance, manteniéndose así en el anonimato.
Al finalizar el primer semestre,fue cuando el caos empezó a dar coletazos contra su familia. El enterarse de la infidelidad de su progenitor, la cual dejó un hijo como consecuencia. Un medio hermano que era cuatro años mayor que él.
La estabilidad de su núcleo familiar se quebró, las discusiones y reproches eran algo a lo que se terminó acostumbrando. Una tarde de otoño, en la que Seiya llegó temprano de la universidad, fue testigo de una fuerte discusión entre ambos.
Neherenia a los gritos le cuestionaba su accionar, mientras que su padre se escudaba culpando al stress y a la falta de fertilidad que su madre sufrió los primeros años de matrimonio.
— ¡Ojalá tú y tu hijo bastardo se mueran! — retumbo con fuerza el grito, ocasionando que Seiya temiera lo peor. En ese momento Taiki salió del estudio molesto junto a un joven.
— Después hablamos, hijo — murmuró con un fuerte abrazo antes de salir de la casa.
Horas más tarde, después de cansarse de tratar de hablar con su madre la cual se encerró en su cuarto. Recibió la llamada de la policía, donde le informaron que tanto su progenitor y su acompañante habían fallecido en un accidente automovilístico. En ese momento se enteró que el nombre del joven era Andrew Kou. Su medio hermano.
Trató, vaya que trató, de mantenerse en su eje, lamentablemente su madre complicaba las cosas, tomando la drástica decisión a permanecer en su casa solo el tiempo justo y necesario para dormir. Neherenia no demostraba estar afectada por la pérdida sufrida. Al no tener intensiones de discutir se refugió en el único pasatiempo que poseía y este era estar al pendiente de Serena Tsukino, su compañera de clase. Pasaba todos los días siguiéndola, prácticamente podría considerarse un acosador, pero siempre fue lo suficiente cuidadoso con las distancias para no incomodarla.
Con el pasar de los meses, la relación que tenía con su madre se quebró totalmente convirtiéndolos en dos completos extraños. Jamás le cuestionó ni le reclamó sus constantes salidas, ni el estado en el que regresaba de estas. Ver las constantes marcas en su cuello confirmaba que tenía un amante. Si ella era feliz, ¿quién era él para reprocharle algo?
El tiempo siguió transcurriendo, hasta que una noche de invierno, después de pasar horas sentado en su automóvil, haciendo guardia cerca de la casa de la rubia,regresó a su hogar dispuesto a descansar un rato. Apenas cruzó por la puerta observó que el piso estaba regado de cristales de botellas. Intuitivamente lo atribuyó a su madre había elegido en esa ocasión, desahogar penas con alcohol.
Un gritó lastimero proveniente de la habitación de sus padres, lo alertó, deteniendo su marcha hasta su propia alcoba. Instintivamente se acercó hasta dónde provenía el ruido, sorprendiéndose que la puerta estaba sin seguro. Con cuidado terminó de abrirla, sin estar preparado para la terrorífica imagen que lo recibiría.
Neherenia yacía acostada en la cama completamente desnuda, con su cuerpo cubierto de sangre gracias a diversos cortes profundos, ocasionando que esta se desangrara en el proceso.
—¡Mama! — Gritó corriendo a su lado. —¿Quién te hizo esto? — cuestionó con voz temblorosa sin atreverse a tocarla.
— Fue, fue… él —murmuró con dificultad—. Perdóname, hijo —imploró con un hilo de voz, gruesas lágrimas se deslizaban por sus mejillas—. Te Amo —musitó antes de que sus ojos se cerraran.
En ese preciso instante algo se quebró en su mente, acompañado del gritó que emitió con fuerza. Desde ese día su vida cambio completamente. El tener que abandonar sus estudios no fue algo importante para él. Semanas después del acontecimiento, armándose de valor ingresó a la habitación de su madre, al esculcar entre las pertenencias de esta, se encontró con el diario y por más que era algo privado y mal visto que él lo leyera, necesitaba información.
Navegando por las líneas, se enteró de lo que sufrió su madre en silencio, aumentando así la sed de venganza y derramamiento de sangre. Lo malo es que en ninguna página lo mencionaba, solo lo describía físicamente y que este era más joven en edad a comparación de ella.
Los primeros crímenes, fueron totalmente al azar. Fue muy descuidado, lo cual ocasionó que rumores de un asesino merodeaba en la ciudad, se vio obligado a tomar las cosas con calma.
Una noche conduciendo sin rumbo debido a que la imagen de su madre desangrándose frente a él lo atormentaba, terminó frente al antiguo hospital. En los meses que por obligación se vio impedido tuvo que recurrir a auto infringirse heridas, solo con ver ese líquido espeso y caliente en sus manos lograba calmar su ansiedad.
—¿Siguen pesando sus muertes para ti? —cuestionó Serena sentada a su lado, sacándolo de sus recuerdos. Ella había comenzado a tomar nota en un cuaderno.
Seiya parpadeó confundido, asombrado de como todos sus recuerdos regresaran en un lapsus tan pequeño de tiempo.
— Siempre lo harán —contestó con dificultad.
No solo se refería a sus padres, sino a las casi dos docenas de hombres que había asesinado, todas esas muertes pesaban en su conciencia. Una semana antes de que se llegara un cumple mes del fallecimiento de Neherenia su pulso se aceleraba, lo cual lo impulsaba a salir a buscar a su siguiente víctima.
—¿Crees que las sesiones te ayudan? —cuestionó con duda—. Llevas casi un año y no veo avances en ti —admitió con pesar.
«Me ayudas más de lo que imaginas» pensó con tristeza, y no mentía, ella era lo único que le daba fuerzas para seguir adelante.
Rogaba internamente que en el momento que por fin diera con el culpable, su bestia interior descansara de una vez, paraasí poder acercarse a ella, sin tener miedo de lastimarla.
—Haces más de lo que te imaginas —la alentó con una sonrisa verdadera, una que solo le brindaba a ella. Cuando Serena iba a contestar, llamaron a la puerta.
—Serena, necesito tu ayuda —imploró un hombre asomando la cabeza.— ¡Perdón!, no sabía que estabas ocupada —se disculpó avergonzado.
Una alarma se activó en el interior de Seiya, al verlo cumplía con los rasgos que describía el diario y a simple vista solo eras unos años mayor que él.
—No te preocupes, Darién —contestó conciliadora—. Ya casi terminábamos… Oh, qué falta de educación —musitó avergonzada—. Seiya te presentó a Darién Chiba el Psiquiatra de la clínica.
El pelinegro solo asintió como respuesta, sin ganas de socializar.
—Llamaré para solicitar otra sesión—musitó incomodo, antes de salir rápidamente. Sus manos empezaban a temblar con anticipación y eso solo sucedía cuando el deseo de sangre estaba presente. Lo mejor era marcharse, antes de cometer una locura.
Pasó de largo por la recepción, ignorando completamente a la joven que se despedía. Ya en la soledad de su automóvil golpeó con fuerza el volante, vociferando maldiciones a diestra y siniestra. Jamás había sentido tantos deseos de rendirse hacia sus impulsos.
—¡El juego va a empezar! —aseguró con una sonrisa siniestra, encendiendo el automóvil.
Terminaría con sus pendientes, y más tarde se daría una vuelta nuevamente. Hacer el trabajo de investigación era una de sus partes favoritas.
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Estaba acostumbrado a hacer esto, por esa razón aparcó en el mismo lugar que habitualmente usaba cuando venía a sus sesiones. Esperó paciente hasta que los vio salir juntos al estacionamiento. Los celos lo inundaron cuando notó que el pelinegro intentaba coquetear con la rubia. Ocultándose mejor, para no ser visto, logró ser espectador como el hombre era rechazado, y este no disimulaba para nada su molestia.
—Maldito — murmuró molesto empuñando sus manos hasta que sus nudillos se volvían blancos por la fuerza ejercida.
Serena fue la primera en marcharse. Seiya observó cómo Chiba ingresaba a su vehículo, dando un sonoro portazo.
Esperó hasta que salió, y empezó a seguirlo a una distancia prudente, en todo el trayecto fue cauteloso para evitar ponerse en evidencia.
Al verlo estacionar, frente a una bonita pero sencilla residencia, empezó a analizar la fachada exterior a conciencia, teniendo el presentimiento que anteriormente había estado allí.
Esa misma rutina la desarrolló por una semana, hasta estar seguro de las variantes que llegaran a poder surgir de improvisto, satisfecho con lo conseguido esperaría un par de días para llevar su cometido.
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El tan ansiado día por fin había llegado, todo su ser palpitaba de anticipación, tenía todo detalladamente planeado. Y en esos momentos se encontraba ultrajando la cerradura de la cocina. Era la primera vez que lo hacía por esa razón era que le temblaba el pulso. Al escuchar el caracterismo "clic", abrió los ojos sorprendido de lo fácil que resultó terminando.
Gracias a su investigación estaba enterado que el sujeto vivía solo, así que esole proporcionaba una ventaja, ya que la casa estaba sola, y no debía preocuparse por ser descubierto. Observó el reloj en su muñeca, comprobando que exactamente tenía una hora hasta que su víctima llegara.
El interior del lugar no era muy diferente al exterior, todo estaba bien amueblado y brindaba un ambiente hogareño.
— Seguramente sus padres habrán fallecido —murmuró pensativo al empezar a subir las escaleras.
El segundo piso solo contaba con cuatro habitaciones, al abrir la primera puerta se encontró lo que resultó ser el cuarto de baño, al no ver nada que fuera interesante, a su parecer, siguió con la siguiente.
La puerta siguiente era de un color blanco coral, distinguiéndose de las demás, al abrirla pudo ver la cama matrimonial que destacaba en la habitación, confirmando su teoría de que era los aposentos de los padres, su aspecto demostraba que llevaba tiempo sin ser habitada. Una foto que descansaba sobre la mesa de luz, llamó su atención. Podría asegurar que la mujer que posaba allí era alguien conocido para él, pero por más que intentaba, su cerebro se rehusaba a cooperar.
Maldijo por lo bajo, estaba desperdiciando minutos valiosos y seguía sin conseguir nada. Salió molesto abriendo la puerta que estaba en frente. El brusco movimiento efectuado ocasionó que el aroma a colonia masculina lo golpeara de lleno.
— ¡Que exagerado! —gruñó molesto, tapándose la nariz, ese perfume era demasiado fuerte para su gusto. Por fin había dado con la habitación correcta.
—¡Vaya! —exclamó irónico al revisar el cajón de la mesa de luz—. Muy honorable de su parte —sonreía con sarcasmo al ver una gran cantidad de marihuana en una bolsa de plástico.
En una ocasión llegó a probarla, motivado por los relatos que decían que esa droga era un buen alucinógeno que adormecía los sentidos, ayudando a olvidar la realidad trasladándote a un mundo donde nada importaba.
Esa experiencia fue un total y completo fiasco, los efectos en si fueron totalmente los contrarios, sus sentidos estaban más sensibles. Y sin contar que, como bonus, al mirar a sus compañeros de jale, se encontraba con el rostro ensangrentado de su madre.
Haciendo una mueca de asco, la regresó a su lugar de origen, iba a cerrar el cajón cuando un destelló de algo plateado llamó su atención. Su respiración se agitó al comprobar que conocía a la perfección esos objetos.
— Los… aros de… mi madre —balbuceó con incredulidad. Él había hecho el diseño, como regalo por el día de las madres. Ese día su padre llevó el boceto a una joyería para que lo realizarán. La joya a simple vista no era extravagante, solo contaba con tres media lunas, dos de platas y la tercera de oro, pero Seiya conocía su significado, era la representación de su familia, las media lunas de platas representaban a sus padres y la doraba a él.
—Maldito Bastardo —gruñó apretando con fuerza los pendientes. Existía una única forma que algo tan valioso estuviera en manos de Chiba y era que ambos eran amantes, por ende, su asesino.
Escuchó ruidos en la planta baja. Su víctima había llegado. Al girar la perilla para abrir la puerta se frenó en seco, cuando notó que no estaba solo.
—No puedo creer que hayas pedido un traslado —cuestionó Darién con fingida tristeza.
—Necesito un cambio de aire —fue la escueta respuesta dada por su acompañante.
La sangre de Seiya se heló al reconocerla, era la voz de su "Bombón". Su cabeza era un completo caos de interrogaciones.
—¿No quieres algo de beber? —ofreció tratando de retenerla algunos minutos más.
—Te lo agradezco, pero estoy apurada —declinó la invitación, al consultar su reloj — ¿Me darías los expedientes? Así los leo con tranquilidad y no dejare ningún pendiente antes de marcharme.
Impulsado por la curiosidad, se acercó hasta el comienzo de las escaleras, presenciando el instante justo cuando Darién le entregaba una buena cantidad de expedientes. Para consiguiente ver la cabellera rubia de Serena desaparecer por la puerta de entrada.
Darién, después de despedirse, largó un profundo suspiro de frustración, nuevamente había sido rechazado por su colega. Molestó comenzó a subir las escaleras, primero se daría una ducha y después fumaria algo, su ansiedad lo exigía. No alcanzó a dar ni dos pasos dentro de su habitación, cuando un dolor punzante nació en su cabeza, ocasionando que perdiera el sentido instantáneamente.
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Nuevamente la melodía de claro de luna, retumbaba en esa habitación escasamente iluminada, el instrumento requerido descansaba a un costado de una camilla envuelta en plástico.
Seiya estaba parado apoyado contra la pared con los brazos cruzados, esperando pacientemente a que el "Culpable" despertara.
Después de golpearlo en la cabeza, el tener que cargarlo por las escaleras fue demasiado complicado, el muy desgraciado era más pesado de lo que demostraba. Y el trayecto hasta su automóvil se convirtió en una completa odisea.
Sus dedos temblaban con anticipación, deseando poder tener rápidamente entre sus manos el bisturí, y así deslizarlo con destreza por la suavidad de la piel, viendo como la sangre comenzaría a salir tibia y espesa.
Recordaba nítidamente cada una de las heridas que yacían en la delgada anatomía de su madre y estaba más que decidido a hacer lo mismo. Estaba empezando a desesperarse, cuando la figura masculina empezó a moverse.
—¿Por qué la mataste? —preguntó directamente. A estas alturas no tenía ni la paciencia ni las ganas de extender las cosas más tiempo.
Darién Chiba parpadeó confundido, tratando de comprender la situación, cuando sus ojos chocaron con los de Seiya y al analizar los rasgos en el joven, una imagen se le vino a la mente, palideció al reconocerlo.
— Ella mató… a mi hermano —aseguró con odio, que se reflejaba en cada gesto de su rostro—. Andrew murió por su culpa. Ella debía pagar por ello —aseguró con firmeza.
Seiya lamentaba profundamente enterarse que su progenitora era la culpable de la muerte de su medio hermano. Pero viéndolo bien su muerte ya había sido vengada. Ahora entendía por qué la mujer de la foto le resultaba conocida, ya que era la amante de su padre.
—Era gracioso verla retorcerse cual perra en celo, al tenerme entre sus piernas… ¡AHHH! —el alarido de dolor de Darién retumbó entre las cuatro paredes de esa antigua habitación.
Seiya era consiente que Neherenia no era una santa. Pero demonios era su madre y ese sentimiento valía demasiado, y a pesar de los errores cometidos no dejaría que hablaran mal de ella, por lo menos no en su cara.
—¡Hablas demasiado! —canturreó al hacer el primer corte, evitando así que el tipo siguiera hablando de más—. Andrew era inocente, pero tus actos me convirtieron en esto— aseguró deslizando nuevamente el filo de la cuchilla, por el firme abdomen del pelinegro—. Sufrirás el mismo destino que ella. Morirás en mis manos.
Cada corte era más profundo que el anterior, su interior rugía de felicidad al ver la sangre salir a borbotones. A pesar de que el sufrimiento no fue prolongado y esa era su culpa, dejó que todo el odio lo manejara y los cortes terminaron siendo más profundos de lo que había planeado.
A pesar de que la vida se había esfumado de su víctima, siguió descargando en su cuerpo todo el dolor que guardaba su corazón, con la respiración agitada por el esfuerzo, se sentó en el piso y observó su creación, dejando que el alivio y la sed de venganza lo embargaran.
Una sonrisa iluminaba su rostro al avanzar con la camilla por los pasillos hasta llegar a la sala de cremación. Contempló con deleite como las llamas chamuscaban la carne, hasta carbonizarla. Prosiguió a sacarse la vestimenta de cirugía que utilizaba para evitar terminar manchado.
— ¿Estas satisfecho? — cuestionó una voz desde la entrada de la sala.
—¿Bombón? — susurró incrédulo al ver a la rubia apoyada contra el marco de la puerta —¿Qué haces aquí?
—Te hice una pregunta —exigió empezando a caminar hacia su paciente —¿Estas satisfecho? – recalcó con firmeza, deteniéndose justo al frente del pelinegro.
— Extrañamente lo estoy —admitió avergonzado de que su secreto fuera descubierto precisamente por ella.
—¿Lo volverías a hacer? —indagó clavando sus orbes celestes contra los azules de Seiya.
— No —fue su única respuesta.
— Bien —aceptó satisfecha al no ver ningún rastro de mentira en la mirada del hombre —. Entonces, ya no necesitaras más de esto —aseguró agarrando la ropa y el bisturí.
En cámara lenta, Seiya presenció como Serena echaba las cosas al horno y en cuestión de segundo las llamas consumieron las telas. El material de la cuchilla iba a demorar más, pero, aunque no se destruyera, estaba más que seguro que no quedaría evidencia de nada que lo incriminara.
— Antes de irnos debemos hacer una cosa más —avisó antes de perderse por la puerta, ante un confundido pelinegro que no entendía nada—. Vamos al cuarto del crimen — lo apuró unos minutos después con un bidón de gasolina en la mano.
Mecánicamente la guio hasta allí y mientras ella empezaba a rociar todo con el líquido inflamable. Él la miraba sorprendido y confundido, prácticamente estaba convirtiéndose en su cómplice.
—No tengo nada con que prender —gruñó revisando entre sus ropas—. En este momento desearía ser fumadora así tendría al menos un encendedor conmigo.
—Este servirá —avisó Seiya sacando de su bolsillo un encendedor—. No es mío, si es lo que piensas. Lo saque de la casa de Chiba —se excusó avergonzado como un chiquillo atrapado en plena travesura.
Apenas la llama impacto sobre el líquido, todo comenzó a arder en llamas.
—Vámonos — exigió tomando su mano, obligándolo a correr por los pasillos, hasta llegar a la salida.
Seiya se dejaba guiar, en ningún momento se detuvieron hasta que la cueva estuvo a la vista. Agitados por el trayecto recorrido.
—¿Por qué? —fue lo primero que alcanzó a decir cuando su respiración empezó a normalizarse—. Piensas irte y dejarme aquí sin importarte lo que yo siento por… — susurró sonrojado por lo inoportuna de la situación en la que elegía para dejar salir sus sentimientos por ella.
—¿Quién te dijo que yo no siento lo mismo por ti? —musitó avergonzada de lo bizarro que era todo esto.
—¿Desde cuándo?
— Desde la universidad, fue fácil fingir que no era consiente de cómo me mirabas, y sé que suena loco, pero las veces que me seguías en vez de sentirme acosada, era otro sentimiento el que me ocasionaba, sentirte cerca me brindaba seguridad —confesó nerviosa.
—Pero, vas a irte —le recriminó—. Pediste tu traslado, lo escuche.
La risa de Serena retumbo con fuerza. Seiya la miró con molestia ¿acaso se burlaba de su persona?
—¿No te han dicho que es de mala educación escuchar conversaciones ajenas? —lo regaño con una sonrisa— Si me iré a Italia en una semana, pero no lo haré sola. Te llevaré conmigo —anunció emocionada.
Serena no perdía detalle de cada gesto que reflejaba el masculino rostro del pelinegro.
— Lo mínimo que espero cuando tengamos nuestra primera cita, es que no esté inundada de recuerdos dolorosos y aroma a muerte rodeándonos.
— Esta bien —asintió complacido con el argumento expresado —Tengo que ir a la casa de Chiba y borrar cualquier rastro de que estuve allí —recordó nervioso, apurando el pasó hasta llegar a su automóvil.
— No lo harás —aseguró sujetando con firmeza su brazo—. Cuando saliste con Darién de su casa, yo entre y me ocupe de todo —lo tranquilizo cuando iba a protestar—. Solo preocúpate de dejar todo organizado para cuando nos marchemos en una semana.
Los primeros rayos del amanecer empezaban a hacer acto de presencia, teniendo la dicha de presenciarlo en pleno viaje en la carretera de regreso a la ciudad.
Serena contemplo el perfil del pelinegro, sus rasgos tan masculinos resaltaban gracias a la luz del día. Le había sido sincera solo un porcentaje de las cosas. Recordar que durante años no había logrado estar a su lado como se lo merecía, sería una herida que cargaría en su corazón.
Cuando la muerte de sus padres hizo presencia, no tuvo la valentía de acercarse a él y brindarle su apoyo.
Tampoco consideraba necesario contarle que presenció la primera vez que asesinó, solo traería heridas innecesarias. No le había costado entender que tenía esas acciones para brindarle algo de paz a su alma atormentada. Sobre todo, no tenía por qué enterarse que cada vez que el salía de "caza", ella hacía de señuelo, obviamente se disfrazaba para no ser reconocida, guiándolos directamente a una muerte segura.
Meses después cayó una tarde a su consultorio, llorando desconsolado. Ese "Ayúdame" desesperado, solicitado con tanta urgencia, era lo que le daba fuerzas para no arrepentirse de sus acciones cometidas.
Cualquier especialista que lo hubiera atendido, lo tildaría de Psicópata, por eso agradecía que él hubiese recurrido en su ayuda. Por qué sabía que lo que Seiya sufría era el típico dolor que una persona sufre al ver a un familiar morir, solo que este aumentó gracias a la crueldad con la que se dio. Exigiendo venganza por mano propia.
Agarró la mano libre del pelinegro, apretándola con fuerza, cuando los orbes azules brillantes, gracias a la alegría que este poseía, se posaron en ella,se hizo un auto juramento, que cada vez que el dijera "Ayúdame", ella haría hasta lo imposible por lograrlo. Aunque eso implicara sacrificar su propia vida en el proceso.
Fin.
Agradecimientos:
Al grupo por dejarme participar en el desafio, del cual sigo sorprendida con el resultado y a la administradora que me regalo la hermosa portada de la historia.
Ademàs, esta versiòn mejorada es gracias a la Incondicional de Sheila, quien como siempre dedica parte en de su valioso en mi.
Bueno sin mas me despido y deseo de corazon en un futuro seguir escribiendo sobre esta hermosa pareja, queda de mas decir, que es una de mis favoritas.
