Saint Seiya kids
Milo y Kamus se asomaron por detrás de una de las columnas y sonrieron con sus desdentadas encías. Allí, a lo lejos, estaban Shaka y Afrodita, sus víctimas favoritas.
- ¿Lo tienez todo preparado?.- dijo Milo con un aire travieso.
- Zí.- respondió Kamus con el mismo aspecto, miestras le daba una pequeña caja.
Los dos rieron diabólicamente y se acercaron a los dos niños que intercambiaban cromos con toda la tranquilidad del mundo. Los dos eran muy buenos y educados, los favoritos del maestro. Pero no eran muy apreciados por los demás.
- Hola.- dijeron los dos con un falso aire inocente que cualquiera hubiera podido notar. Cualquiera menos esos dos.
- Hola.- dijo Shaka con una dulce y angelical sonrisa. Cogió una flor y se la dio a los recién llegados.- Tomad, un regalo. Si la poneis en agua, crecerá y su olor llenará vuestra habitación.
- Eh... zí, claro.- dijo Milo, cogiendo la flor y pasándosela a Kamus... que la tiró sin que Shaka lo viese.- Toma, nozotroz también oz hemoz traido un regalito.
Le dio la caja, que Shaka y Afrodita cogieron emocionados.
- ¿De verdad?.- dijo Afrodita, con lágrimas en los ojos de la emoción.- ¿Entonces, ya no nos odiais?
- Puez claro que no.- replicó Kamus, haciendo un elocuente gesto con la mano.- Ezo ya eztá totalmente olvidado. ¿No ez cierto, Milo?
- Totalmente, Kamuz.- dijo el aludido, muy serio.
- Entonces lo mejor será que veamos el regalo.- dijo Shaka.- Seguro que nos hace gritar de emoción.
- Oh, zí .- afirmaron los dos diablillos con maldad.
Shaka y Afrodita abrieron la caja ... y encontraron un enorme y gelatinoso sapo.
- ¡Ribbit, ribbit!.- saludó el batracio.
Los gritos llegaron hasta el último rincón del santuario.
- ...¡ y que no se vuelva a repetir!, ¿queda claro?.- concluyó el maestro.
- Zí, maeztro.- repitieron los dos niños con aire compungido y las cabeza agachadas, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas.
- Bien, entonces podéis iros.
Los niños salieron del templo de Libra todavía llorando. El caballero de Aries les miró y luego se acercó al maestro.
- ¿Crees que habrán hecho caso de lo que les has dicho?.- dijo, preocupado.
- Seguro que sí.- dijo el caballero de Libra.- Esta vez he sido muy contundente.
Fuera, Milo y Kamus se enjugaron las lágrimas y se miraron el uno al otro.
- Teníaz razón, Milo.- dijo Kamus, con una sonrisa diabólica en su cara.- Zi pienzaz en tener que compartir cuarto con Afrodita ze te zaltan laz lágrimaz y el maeztro cree que te haz arrepentido.
- Ez que llevar aquí doz zemanas máz que tú me ha enzeñado mucho. Bueno, ha llegado el momento de la venganza. Igualemoz nueztroz relojez .- al decir esto puso en "hora" un reloj de plástico de Comando G que ambos llevaban en las muñecas.- Y yo me ocuparé de Zhaka y tú de Afrodita.
Shaka se miró al espejo por millonésima vez antes acostarse. Estaba delgado, ¡y Buda era gordo! Y él quería parecerse a Buda. Suspiró. Qué dura era su vida.
Miró y vio el enorme reloj. Casi las diez, ¡hora de irse a dormir!
Se puso de rodillas al lado de la cama y juntó las manos para rezar.
- Querido Buda y Querida Atenea: gracias por el maravilloso día que he tenido y ayudarme a conseguir todos los objetivos que deba superar según está predispuesto en mi destino. Por favor, que Milo y Kamus dejen de molestarme. Amén.
Se puso de pie y esperó. Debía esperar a que tocara la sirena antes de meterse en la cama.
Se oyó en penetrante sonido durante unos segundos. Justo al terminar, Shaka apagó la vela y se metió de un salto en la cama. Cerró los ojos. Un día más superado.
Abrió los ojos. Alguien había entrado en su habitación.
- ¿Quién esta ahí?.- preguntó, intentando parecer valiente. Después de todo, algún día él sería caballero.
Pero nadie contestó.
Tragó saliva. A lo mejor había sido su imaginación.
Algo chocó con uno de los pocos muebles.
Se levantó de un salto, blanco como el papel y tembloroso.
- ¿Quién...?- empezó.
- Zhacaaaaaaaa...- sonó muy, muy bajo, casi imperceptible.
Shaka temblaba violentamente. Seguro que era todo un producto de su imaginación. O, mejor, Atenea o Buda le estaban poniendo a prueba. Sí, seguro que era eso.
- No tengo miedo.- dijo, muy decidido.
Algo se apoyó en su hombro. Giró la cabeza muy despacio y vio la mano de un esqueleto.
- ¡UAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH!
Shaka salió corriendo de su casa y emprendió una desesperada carrera sin rumbo fijo, sin mirar siquiera a dónde iba. Chocó contra algo. Sin dejar de gritar, abrió los ojos: era Afrodita, que estaba igual de asustado que él. Sin dejar de llorar y gritar, se abrazaron. Algo se puso en su hombro, haciendo que gritaran más fuerte todavía y una mancha oscura apareciese en la entrepierna de sus pijamas.
- Pero qué demonios os pasa...- dijo Shion, sin entender nada.
- ...¡ y que no se vuelva a repetir!, ¿queda claro?.- concluyó el maestro.
- Zí, maeztro.- repitieron los dos niños con aire compungido y las cabeza agachadas, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas.
- Bien, entonces podéis iros.
Los niños salieron del templo de Libra todavía llorando. El caballero de Aries les miró y luego se acercó al maestro.
- ¿Crees que habrán hecho caso de lo que les has dicho?.- dijo, preocupado.
- No, son como dos monstruos.- dijo el maestro.- Sólo podemos esperar que torturen lo menos posible a Shaka y a Afrodita hasta que crezcan y maduren. Seguro que acabaran siendo personas serias y responsables.
