Juegos mortales

Sumario: Draco Malfoy está desaparecido. El mundo mágico es reducido a un tablero; de un lado, el mago oscuro más tenebroso de todos los tiempos. Del otro, un adolescente.

Género: Aventura/Romance, fantasía, friendship.

Claves: Drarry eventual. AU. Perteneciente a la Serie ¡Cambio de Casa! (Draco!Elegido/Harry!Slytherin)

Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.


ESTO ES UNA CONTINUACIÓN.

(Aparentemente, tengo que colocar esto en mayúsculas, por si acaso, djdjd)


Debes haber leído "Cuenta regresiva" antes.


1995

Harry se despertó de mal humor esa mañana, igual que casi todas durante los últimos meses. Maldijo la luz del día, se arrastró fuera de la cama, después hacia el pasillo del exterior del cuarto. Balbuceó una respuesta al saludo de su madre en las escaleras y se metió al baño, dando un portazo.

Veinte minutos más tarde, estaba tan despierto como cualquier adolescente de casi quince años podría a las siete de la mañana, vestido con algo que no era un pijama de dos piezas con snitches en el pantalón, y recogía su abrigo de la mesa a donde lo arrojó el día anterior. Se detuvo frente al calendario en una de sus paredes; los días estaban tachados por "x" y algunos con notas en el borde del cuadrado que los separaba de los demás.

Tomó el marcador que colgaba del mismo agarre que el calendario para colocar la "x" en el día correspondiente. Mediados de julio, vacaciones. El tiempo avanzaba deprisa.

El trozo de pergamino que aparecía en su escritorio, incluso sin que lo hubiese abierto para leer su contenido, le avisaba que iba tarde. Si es que esa hora podía considerarse tarde.

Salió y corrió escaleras abajo, repitiendo el vago saludo a su padre. James no se lo dejó tan fácil. Metió un brazo en su camino, lo jaló hacia atrás del cuello de la chaqueta, deteniéndolo. Quedaron cara a cara.

—Deberías estar durmiendo hasta mediodía, Harry, son vacaciones —Pese a lo que insinuaba, lo hacía en tono suave. Tenía la impresión de que era el único tono que él y Lily tenían desde que regresó.

Se limitó a sacarse la nota recién llegada del bolsillo, para agitarla en el espacio entre ambos. El hombre suspiró y le palmeó los hombros.

—Come algo antes de salir, ¿bien? —Harry asintió. Luego se escabulló por debajo de su brazo. Sus siguientes palabras lo alcanzaron cuando estaba metiéndose a la cocina para saquear la alacena—. ¡Vuelve temprano! Preocupas a tu madre. Sirius quería venir hoy para llevarte a alguna parte.

—Dile que no estaré.

—Harry, no sabes si...

—No estaré —Insistió, dándole una mordida a una tostada. Decidió que era un buen desayuno para su estómago revuelto, y abandonó la cocina también—, y si estoy, no querré, papá. Perdón.

James no hizo más que seguir sus movimientos con la mirada cuando le pasó por un lado, otra vez.

—No te haría mal un cambio de ambiente, campeón.

—Para eso salgo —Señaló la puerta con el trozo de pan que llevaba en una mano. Antes de abrir, sin embargo, resopló, se dio la vuelta y lo abrazó. James le acarició la espalda, con cuidado—. ¿Sólo mamá se preocupa? —Le sonrió, viéndolo desde abajo. Unos centímetros todavía los separaban. Él asintió con falsa solemnidad.

—Ya sabes que exagera todo.

Harry soltó un débil bufido de risa.

—Sí, ella exagera todo.

Se despidió y dejó la casa. Los amuletos de temperatura en el abrigo lo mantenían fresco a mitad del verano; tenía que ponérselo para ocasiones como aquella, en que necesitaba subirse la capucha y mantener las manos metidas en los bolsillos.

Buscó algunas monedas que tenía en el abrigo, de días anteriores, y frotó el pulgar contra un lado, concentrándose en lo que quería. Justo como la profesora le enseñó. El autobús noctámbulo lo alcanzó en la calle frente a su casa. Se suponía que el conductor tenía algún tipo de trato con los miembros de la Orden.

Frenó. Stan, el muchacho que supervisaba y ayudaba a los viajeros, apareció en cuanto la puerta se abrió. Le dio su mirada ligeramente hastiada de pies a cabeza, que era usual, luego cabeceó para invitarlo a entrar.

—¿Londres?

—Londres —Aceptó, pasándole las monedas al entrar.

Se lanzó sobre el primer asiento que encontró, cerca de la entrada. La práctica de semanas anteriores le daba una velocidad de reacción suficiente para ya estar acomodado cuando el bus tenía su impetuosa sacudida, antes de seguir su curso. Las primeras veces salía despedido hacia la parte de atrás o se golpeaba contra el suelo.

Mantuvo la mirada baja, apenas escuchando el aviso de las paradas que pasaban, por parte de la cabeza del conductor. En los puestos aledaños, un gran mago gordo roncaba con fuerza, una bruja leía El Profeta; la página principal quedaba hacia él.

"A cuatro meses de su desaparición, aún no se tiene señal alguna del paradero del niño-que-vivió.

Draco Malfoy fue visto por última vez una tarde de principios de marzo, en el colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Quienes lo solían acompañar..."

Tuvo que entrecerrar los ojos y forzarse, a través de los lentes de contacto, para distinguir el autor del artículo. Oh, por supuesto que era Skeeter, ¿quién más?

La mujer estaba amasando una fortuna en base a recordatorios, semana a semana, de que Draco continuaba perdido. Dumbledore tampoco aparecía, dando lugar a teorías absurdas, como que Snape lo asesinó y cortó en pedazos, para presentarlo como ofrenda a su Señor muerto. Skeeter tenía un serio problema dentro de su cabeza.

Le hubiese gustado pedirle la página a la bruja, para saber cuáles eran las suposiciones sin sentido de la semana, pero no podía. Estaba entre sus limitaciones hablar con cualquiera, además de Stan, cuando fuese a verlo.

No hables con nadie más que el chico del autobús. No uses frases largas cuando lo hagas, una o dos palabras bastan; los monosílabos son tus amigos.

Lleva capucha, deja la varita en casa. Rastrear la varita de un menor, cuando sabes hacerlo, es tan sencillo como un hechizo de localización por el rostro o la voz.

Si puedes parecer invisible para quienes te rodeen, mejor.

Ella también había sido clara al respecto. Más que clara. Cuando magos relacionados a la Orden comenzaron a desaparecer, Harry tuvo que entenderlo por las malas.

—¿Vas a la plaza o al puente hoy? —Stan se sostenía de uno de los tubos del bus, para inclinarse sobre él. Alzaba la voz, porque era la única manera de hacerse oír por encima de los ronquidos del mago gordo.

—Plaza —Respondió, sin dirigirle la mirada. Creyó oír que emitía un vago sonido afirmativo.

El resto del viaje fue tan tranquilo como era posible cuando debían comprimirse a niveles imposibles para pasar entre otros buses, que eran ajenos a ellos.

No estaría dejando Godric's Hollow, de no ser por Regulus Black.

La tarde en que Draco desapareció, no hubo ninguna señal. Ni Marca Tenebrosa en el cielo, ni gritos, maldiciones desviadas, rastros de una pelea.

Había regresado del club de duelos con Longbottom, que se desvió en el trayecto hacia la Sala Común. Draco le dijo que subiría, se cambiaría y se verían cerca del comedor, para esperar a que fuese la hora de la cena o asaltar la cocina, si no aguantaba el hambre. Neville repetía lo mismo cuando alguien se lo preguntaba; se separaron en las escaleras que daban al pasillo del retrato de la Dama Gorda, se suponía que se encontrarían unos minutos más tarde, Draco estaba sudado y sucio por un duelo especialmente brusco con el representante de los Ravenclaw, como muestra para los nuevos miembros.

Nunca llegó a la cena de ese día, lo que los extrañó. Longbottom y Weasley no lo encontraron en los dormitorios, Zabini buscó en el piso oculto.

Regulus volvió a la forma humana y avisó que no sentía su olor, estando como Leonis. El hechizo de rastreo que Snape conjuró, no dio ningún resultado.

Longbottom fue quien encontró su mapa, el brazalete de papel indestructible que jamás se quitaba. Cuando los adultos pudieron utilizarlo, no había un Draco Malfoy dentro de los límites del colegio.

Eso fue todo. Sin causar desastres, sin alertar a nadie. Sin levantar defensas en Hogwarts, sin atraer la atención.

Alguien entró y se lo llevó. O lo sacó desde lejos.

Al día siguiente, hubo murmullos entre los Gryffindor que no lo localizaban. Se les dijo que estaba enfermo, sus compañeros de cuarto guardaron el secreto durante otro par de días. Luego los demás estudiantes comenzaron a hablar.

Cuando McGonagall regresaba del Ministerio, acompañada por un grupo reducido de Aurores, los demás supieron, sin que tuviesen que explicárselo, lo que había pasado. O al menos, lo que andaba mal.

Revisaron bajo cada piedra del castillo. Reforzaron las barreras, hablaron con los centauros, los retratos, los fantasmas. Nadie sabía nada. Nadie tenía idea.

La forma en que la noticia salió del colegio no era un misterio. Había un Torneo internacional, estudiantes del extranjero. Chicos escribían a sus padres y no se les podía prohibir la correspondencia. Skeeter siempre rondaba cerca.

Cuando la desaparición estuvo en primera plana de El Profeta, ninguno se sorprendió. A esta le siguieron las portadas de revistas importantes del mundo mágico en Gran Bretaña, periódicos menores, un artículo de la radio.

Harry intentó averiguar qué pasaba, conseguir unas simples palabras. Snape lo despachó de su oficina cada vez que lo intentó. Zabini lo mandaba a la mierda, Longbottom titubeaba. Llegó a pelearse con Weasley, otra vez, con puños y hechizos, porque no podía sólo preguntarle a la estúpida Comadreja y él dar una respuesta, sin que terminase en desastre.

McGonagall lo mandó a llamar a su oficina ese día, pero no a Weasley. Estaba listo para protestar por las injusticias del favoritismo entre Casas a los Gryffindor, cuando se dio cuenta de que no estaba sola. Al entrar, encontró a la directora nueva detrás de su escritorio, y a la profesora A sentada sobre la mesa, balanceando las piernas en el aire.

¿Cree que podríamos conversar, señor Potter? —Le preguntó en tono amable. Él había asentido, aturdido.

Ella lo llevó hacia el ala de los profesores, conjuntos de oficinas y cuartos reservados para su uso. Regulus estaba ahí, hablando en voz baja con Zabini, cuando llegaron.

Regulus era un hombre extraño, atado a circunstancias aún más raras que su persona. Animago ilegal, duelista, especialista en Artes Oscuras, heredero de una fortuna que pendía en la nada, sin que alguien pudiese reclamarla. Estaba preparándose para ser profesor cuando lo acusaron de haber asesinado, junto a Ariadna Zabini, a los Aurores que cuidaban del matrimonio Malfoy, para abrirle paso hacia la Mansión a los Mortífagos.

Escapó a la casa del profesor Snape y permaneció a un lado de Draco, como animago. Le enseñó a usar la varita, pronunciar los hechizos, sobre su historia familiar, sobre sangrepuras y Voldemort. Lo cuidó, lo consoló, lo animó. Y cuando llegó el día, vigiló a las personas que se le acercaban, desde los ojos de Leonis.

Confiaba en él. Por una serie de razones que desconocía, Regulus había decidido que él era de confianza, en lo que a Draco respectaba.

Insistía en mantenerlo al tanto, en incluirlo cuando hablaban sobre si alguien, entre los que lo rodeaban, notó cualquier suceso o detalle extraño. Le hacía las mismas preguntas una y otra vez, como a todos, forzándolo a hacer memoria y sopesar mejor cada respuesta antes de hablar.

Cuando el año llegó a su fin, el ambiente en Hogwarts era más tenso que nunca. El Ministro había tenido planes de adelantar la Tercera Prueba al mes de marzo, pero con la desaparición de un Campeón, la negativa a competir de otro (Zabini), y la situación en general, tuvo que cancelar el Torneo. Los estudiantes extranjeros pronto dejaron el país, sumiendo al colegio en un estado de letargo e incredulidad, en que el miedo del que no hablaban, no hacía más que acumularse para después estallarles en la cara.

Semanas más tarde, atraparían a un Mortífago ocupando el lugar del Ministro, el hijo de un mago en un cargo importante, por lo que oyó, con encantamientos ilusorios y poción multijugos. Entonces se presentarían ante ese rompecabezas de proporciones descomunales, para empezar a encajar sus piezas.

Harry conocería la Orden del Fénix la primera semana del verano, cuando la profesora A tocase a su puerta. Encantadora, envuelta en un aura que era igual al Allure de una Veela, convencería a sus padres de que algunos estudiantes seleccionados estarían dentro de un programa por las vacaciones. La carta firmada por Snape y McGonagall los ayudaría a aceptar. Por la manera en que lo veían, estaba seguro de que no se lo creían en el fondo, pero lo dejaban ir con bastante frecuencia.

Y no era una mentira, a grandes rasgos.

La Orden del Fénix tenía su base en una de las casas de la familia Black, a la que Regulus les pudo dar acceso años atrás. Una de sus salas, de la misma categoría que la Sala de los Menesteres, servía de aula de duelos para que la profesora A despedazase a los tres adolescentes a quienes instruía. Despedazar todavía era un término suave; los moretones que le borraba, por golpear las paredes y el suelo, lo demostraban.

Aparentemente, Zabini y su madre se quedaban allí. Longbottom también pasaría el verano en el cuartel, porque Hogwarts no era el lugar más seguro en ese momento, y no tenía a dónde ir. Regulus se dividía entre la vieja casa de Snape y el cuartel de la Orden.

Harry pudo mantenerse enterado de ciertos hechos, que no se comentaban en los periódicos, ni siquiera por el trabajo de Skeeter, y Regulus consideraba que debían conocer, sin importar su edad.

El Ministerio era dirigido por un comité de magos, elegidos por el Wizengamot, después de una serie de desagradables incidentes y acusaciones a miembros importantes del mismo. En otras palabras, decía el mago, los políticos tienen su propia pequeña guerra dentro del Ministerio, así que no se puede esperar que actúen, porque estarán más centrados en recuperar su orden y mantener a los demás despistados.

Dumbledore había dejado cartas a McGonagall con una serie de instrucciones que debía acatar cuando se hubiese ido. Todas servían para convertir Hogwarts en una fortaleza mayor a la que era de por sí, utilizando un viejo sistema de seguridad erigido por los Fundadores, que se ponía en marcha esos días en que no había estudiantes, para prepararse para su regreso.

La Marca Tenebrosa había sido avistada en una sola ocasión, durante esos meses. Gigantesca, de intenso color verde, se alzaba en las afueras de Wiltshire, donde lo hizo una vez durante la guerra también. La Mansión Malfoy. Cuando la Orden fue a borrarla, antes de que la comunidad mágica le prestase atención en verdad, encontraron una piedra partida por la mitad. Algunos rumores se extenderían después, acerca de la marca que casi nadie vio y lo que significaba, pero sería esa piedra lo que alertaría a más de uno.

Era la piedra filosofal de Nicolás Flamel, robada tres años atrás, en su traslado desde Hogwarts al extranjero. Regulus le había contestado a Neville, cuando preguntó qué significaba, que era su forma de darles un mensaje muy simple.

Voldemort vivía, y estaba regresando.

Así, lentamente, una imagen difusa que se formaba frente a ellos, tomaba consistencia y valor.

Harry sabía que sus padres no le contarían sobre el tema, aun de saber tanto como ellos, y la perspectiva de permanecer encerrado en Godric's Hollow terminaba por enloquecerlo. No quería viajar con Sirius y Remus. Apenas contestaba cartas de Pansy y Theo, que tampoco tenían mucho tiempo.

A veces tenía pesadillas también, donde cuando la Orden encontraba a Draco, era demasiado tarde. Por lo tanto, no importaba qué tan frustrante fuese que Regulus le dijese que todavía no lo hallaban, porque era mejor a que le avisase que encontraron su cadáver. Era lo más próximo a la esperanza que tenían.

Y era la principal razón de que siguiese yendo.

—¡Plaza! —La voz potente de Stan, la que utilizaba sólo para gritar en el oído a los pasajeros adormilados y asustar a los que no lo estaban, lo hizo dar un brinco. El autobús frenaba con otra sacudida, la puerta se abría, el muchacho prácticamente lo empujaba fuera de ahí.

Cuando se enderezaba en la acera, el bus ya se había perdido al cruzar la esquina de la calle, con una maniobra que los dejaba en un equilibrio precario y lo hacía reconsiderar las ventajas de conseguirse un permiso para escoba en la ciudad.

Caminó por la plaza sin ver o hablar con nadie, las manos en los bolsillos, la capucha aún encima. Incluir lentes oscuros habría hecho sospechar a los muggles, pero que llevase tal aspecto, parecía hacerles pensar que no podía ser más que otro adolescente que usaba su verano para deambular y perder el tiempo.

El perro negro se le unió mientras atravesaba la plaza. Había esperado sentado junto a una banca, pero se levantó nada más verlo acercarse, y continuó moviéndose pegado a sus talones. Harry se inclinó para rascarle tras las orejas, a modo de saludo, y siguió su trayecto.

El autobús no podía dejarlo frente a Grimmauld Place, sería correr demasiados riesgos si los seguían. Las calles contiguas tampoco eran una opción.

Por lo general, Leonis lo esperaba en la plaza o bajo un puente a las afuera de Londres. En ambos casos, se dirigían hacia un lugar atestado de muggles, donde encontraban a quien sí lo llevaba al cuartel; esta persona solía ser la profesora A, o Tonks, una joven Aurora que conoció cuando empezó a ir con la Orden.

Ese día, entraron a una cafetería con un fuerte aroma a chocolate, en la que tuvo que formar pucheros e inventarse una historia sobre ser viajeros que venían de muy lejos, para que lo dejasen pasar con el can, que adoptó su mejor actitud angelical para cooperar. Al echar una mirada alrededor, lo que localizó fue una cabeza rubia.

Resopló y ocupó la silla opuesta a la de Longbottom. Murmuró un "¿puedo?", luego tomó su batido y le dio un sorbo, ganándose un simple bufido del Gryffindor.

—Te pude invitar uno, si te esperabas medio segundo más —Cuando le hablaba en ese tono contenido, le hacía pensar en Draco, lo que sólo lo frustraba más. Tenía como consecuencias, por ejemplo, que le devolviese su vaso vacío.

—Tenía sed —Se encogió de hombros. Un ladrido de Leonis les advirtió que no se pusiesen a discutir por el tema. Harry se reclinó en el asiento y se cruzó de brazos—. ¿Qué haces aquí?

Neville respiró profundo antes de responder.

—La profesora A y Blaise están en el Callejón Knockturn, buscando unos ingredientes que Snape les pidió. Me dijeron que te esperara —Le restó importancia con un gesto—. Se supone que tengo que ir con ustedes dos al Callejón Diagón y la profesora nos va a Aparecer desde la parte de atrás de uno de los locales.

—Pues vámonos.

Él lo detuvo con un gesto, cuando hizo ademán de ponerse de pie.

—Estoy esperando una orden de pastel —Explicó, casi avergonzado. Harry rodó los ojos.

De camino al pasaje del mundo muggle al Callejón Diagón, se comió la mitad de la porción, ignorando las débiles protestas de Longbottom.

—En verdad, ustedes dos se llevan tan bien porque son iguales en el fondo, ¿cierto? Él siempre hacía eso con mis dulces...

—¿De qué hablas? —Harry arrugó el entrecejo.

—Draco y tú —Fue su turno de rodar los ojos. A Harry se le quitaron las ganas de robarle más pastel.

Permanecieron el resto del camino en silencio. Leonis andaba en medio de ellos, moviendo la cola con excesivo entusiasmo. Justo como le dijo, se encontraron a la profesora y su hijo en el callejón, entraron a un local y ella habló con la dueña, para que los dejase usar la trastienda.

Se Aparecieron en la entrada, justo detrás de las barreras del Fidelio, donde no los localizarían. Cuando estaban por ingresar, un sonido ahogado los detuvo. La profesora puso un brazo por delante de ellos, reteniéndolos. Regulus, de vuelta a la forma humana, pasó primero, varita en mano.

Unos segundos después, llamaba a la bruja con un grito y pedía ayuda para utilizar la medimagia. Lo oyó decirle que los mantuviese fuera, pero la profesora estaba más concentrada en correr hacia él, y tres adolescentes curiosos podían ser difíciles de frenar.

Ojalá se hubiesen quedado afuera.

Blaise fue el primero que lo notó. Lo sintió, diría después, en el aire. Reaccionó deteniéndose en el recibidor y atrapando a Neville entre los brazos, para que no avanzase más. Nadie hizo lo mismo con Harry, que se escabulló por un costado, sin darle oportunidad de intentarlo.

En la entrada a la sala, encontró a Tonks. Tendida en el suelo, medio recargada en el umbral de la puerta, con los brazos lánguidos a los costados y la respiración superficial. Regulus y la profesora, agachados a cada lado de ella, trabajaban a la vez sobre esa mancha rojiza que se le extendía por el pecho, producto de múltiples cortes. Tenía los ojos desenfocados, y era incapaz de responder con sonidos coherentes a las preguntas que ellos le hacían.

Debió estar sola cuando ocurrió, alguien siempre se quedaba en Grimmauld Place. Más allá, unos sillones estaban tirados de lado, una mesa aventada lejos.

Harry ahogó un grito cuando lo distinguió también.

Albus Dumbledore estaba en el otro extremo de la sala, cerca de la chimenea. No se movía. No parecía que respirase siquiera.


Lo prometido es deuda y yo prometí publicar los primeros días del mes. Entre otras cositas, me demoré un día más de lo esperado porque mi internet sólo funciona cuando no la necesito ¿?

Subiré varios capítulos para arreglar asuntos pendientes tras ese final que tuvo la parte anterior, así que calma, que varias dudas se van a resolver ahora uwu