Juegos mortales

Sumario: Draco Malfoy está desaparecido. El mundo mágico es reducido a un tablero; de un lado, el mago oscuro más tenebroso de todos los tiempos. Del otro, un adolescente.

Género: Aventura/Romance, fantasía, friendship.

Claves: Drarry eventual. AU. Perteneciente a la Serie ¡Cambio de Casa! (Draco!Elegido/Harry!Slytherin)

Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.


El mundo desde una burbuja

—...deja de fingir que no me estás oyendo, sé que lo haces- sé que puedes hacerlo desde ahí...

—¡Bella, el Señor Oscuro te llama!

La bruja respondió con un sonido que fácilmente podría haber sido confundido con un gruñido.

—No creas que esto es todo —Lo apuntó con el índice plateado, de un brazo falso, allí donde su hermana menor le arrancó el verdadero en un duelo, años atrás. Al fin sabía cómo terminaba esa historia que su padrino evitaba contarle—. Estaré de regreso pronto, mocoso.

Él sólo la vio de reojo.

—Espero que te falte el otro brazo cuando lo hagas —Susurró, sin emoción—, o que te hayan quitado la cabeza.

Su tía se echó a reír. El Mortífago en la entrada tuvo que volver a llamarla para que recordase que debía irse.

—¡El Señor Oscuro nos dijo que no habláramos con el niño, Bella, ya déjalo!

Draco ignoró el resto de sus palabras. Continuó con las piernas flexionadas contra el pecho, los brazos envolviendo las rodillas, la barbilla recargada en estos, mientras oía los pasos alejarse hasta desaparecer por completo. Incluso después de que sucedía, por precaución, aguardaba un poco más.

Entonces comenzaba a moverse.

Hey —Llamó, con suavidad, buscando alrededor—, hey. ¿A dónde te metiste ahora?

Lo tenían atrapado. El cuarto era oscuro, una construcción de piedra que le recordaba a un calabozo o a las mazmorras del colegio; estaba desierto, a excepción de la burbuja.

Una masa esférica, vacía por dentro, de superficie blanca traslúcida que permitía una perfecta vista en ambos sentidos, fría, lisa. Flotaba a más de medio metro sobre el suelo. Inmovible, inalterable. Draco levitaba dentro.

Estaba hecha para que no le diese hambre, ni sueño. No podía lastimarse a sí mismo dentro; inclusive un arañazo se sanaría enseguida. Tampoco podía recibir una maldición desde afuera, ya que sólo rebotaría y la burbuja lo absorbería.

Era el método ideal para contener a alguien. Por si fuera poco, él había partido su varita a la mitad, frente a sus ojos, en cuanto despertó ahí. No cargaba encima nada más que la ropa que tenía puesta ese día. Un Mortífago comprobaba su estado desde el umbral cada vez que se cumplía un período determinado de tiempo.

También estaba ella, la serpiente. Nagini.

Aquí —Sus palabras, aun si no era a propósito, eran terminadas por un sonido similar al "sss" que otros debían escuchar. Hubo un arrastre entre las penumbras, luego una cabeza se alzaba por debajo de la burbuja, ojos brillantes lo observaban—, aquí estoy.

¿A dónde van ahora? —Inquirió, manteniendo la mirada puesta en ella, para conversar en pársel. Nagini ladeaba la cabeza.

No lo sé. No estoy segura —La serpiente se arrastró hacia el umbral de la habitación, donde se asomó. Por lo que le había dicho, allí se extendía un largo y estrecho corredor; un cuarto diferente quedaba en el extremo opuesto, después estaban las escaleras que llevaban arriba.

A su casa. Antigua casa, más bien.

Cuando pensaba en ello, todo era un poco difuso. Uno de los paquetes de Dumbledore había aparecido sobre su baúl, cuando regresaba de la ducha. Se vistió, lo recogió, lo examinó. Decía haber encontrado un Horrocrux diferente.

Apenas lo sujetó, la sensación de succión de un traslador se lo llevó lejos. Cayó ahí de inmediato, le lanzaron una maldición punzante para que no tuviese oportunidad de reaccionar. Alguien le quitaba la varita, otra persona lo mantenía inmóvil. Lo único que veía eran trajes negros, máscaras blancas.

La burbuja se formó con él dentro. Fue cuando lo vio.

Desde que era un niño, Regulus le había contado que el día en que sus padres murieron, Narcissa atacó antes de que Voldemort pudiese hacerle algo. Nunca agregó cuáles fueron las consecuencias.

Tenía una cicatriz mágica. Imborrable, inmutable. Regresaría a él y quedaría dibujada sobre su cuerpo, sin importar cuántas veces lo cambiase o qué magia lo hiciese. Podía revivir mil veces, podía poseer a otro mago; siempre tendría la mitad exacta del rostro despellejada. La carne expuesta, los nervios. Sin la ceja, sin el párpado, el lado izquierdo de la nariz o los labios. También le faltaba una oreja.

Él no tuvo que presentarse, ni Draco que preguntarle. Rompió la varita, quemó los pedazos con un simple movimiento entre los dedos. Le dijo que se acomodase, que no iba a correr el riesgo de tenerlo deambulando por ahí. Después se fue.

Nunca regresaba a examinar junto a los Mortífagos, así que no lo había vuelto a ver más de dos veces. No sabía si era bueno o malo, o qué hacía en todo ese tiempo.

Al principio, Draco estaba histérico. No podía decir que no hubiese intentado cada cosa que se le ocurrió. Golpear la burbuja, correr dentro para moverla, empujarla, herirse para que tuviesen que abrirla y sanarlo.

Si hubiese podido hacer magia sin varita, controlada, aun así la burbuja la hubiese absorbido, porque eso era lo que hacía. Así se sostenía. Tomaba su propia magia para encerrarlo.

Cuando pasó el pánico inicial, se sentó con las piernas cruzadas, levitando allí. Pensando.

Su tía estaba loca, le gustaba tomar el turno de revisarlo para provocarlo con palabras tontas y habladurías de su madre. Los otros Mortífagos no eran especialmente listos. Cuando algunos tuvieron el descuido de quitarse las máscaras, creyendo que él jamás podría salir para revelar sus identidades, localizó un par de rostros que se le hacían familiares; había apostado lo que fuese a que el padre de Pansy Parkinson pasaba por ahí a veces, por ejemplo.

Oía murmullos distantes, nunca lo suficiente para sacar conclusiones de sus actividades o planes. Cuando usaban la cabeza, colocaban un muffliato y se quedaba solo, aislado, con el pitido molesto en los oídos.

Consiguió un par de conclusiones interesantes durante su estadía. Mantenían una jerarquía imprecisa, un círculo de Mortífagos que se ganaban el puesto por una lealtad arrolladora y falta de cordura, como si Voldemort hubiese contagiado su locura a través de la Marca. No todos eran sangrepura; dedujo que hallaría algunos mestizos en sus filas. No eran un número amplio, pero contra uno, harían más que suficiente.

Voldemort les tenía una cuerda, una conexión de legeremancia directa a sus cabezas. Funcionaba como el Imperio y para recibir órdenes que no fuesen en voz alta, sin que sus ojos se desenfocasen de la forma obvia en que sucedía con la Maldición Imperdonable. Pese a eso, sus movimientos todavía eran mecánicos. No solía usarla, por la razón que fuese. Dudaba que estuviese sobre todos, además.

Pero nada de lo que averiguó fue en verdad relevante hasta ese día. Cuando entró Dumbledore. Fue la segunda vez que estuvo en la misma sala que él.

Draco había sentido un peso helado que se instalaba en el fondo de su estómago. No le dijo nada, no lo miró. Él lucía una sonrisa horrible, torcida, desigual.

Pronto entendería cuál era su intención.

Lo mató frente a él. Allí, a unos metros de distancia, donde pudo ver y oír todo. El viejo mago ni siquiera se movió; estaba de pie, cabizbajo, un momento. Al siguiente, caía. No llevaba la varita, ni hizo ademán de salirse del trayecto de la maldición.

Cuando el mago tocó el suelo, una bruma verde brotó desde su boca. Se enroscó en el aire, viajó a él. Quedó encima de su cuerpo, rodeándolo, envolviéndolo, igual que un aura tenebrosa.

Al cadáver lo sacaron de ahí cuando Draco todavía golpeaba el interior de la burbuja, gritándole. Él se detuvo a unos pasos, antes de salir. Le advirtió que hiciese silencio, o lo irritaría.

Draco hizo caso omiso. Siguió atacando la superficie lisa de la burbuja, protestando, gritando, hasta que las manos le dolieron, la magia sanaba la piel herida por la fuerza usada. Luego le sobrevino el llanto.

Estaba confundido, cansado. La imagen de Dumbledore derribado, inerte, no dejaba de repetirse en una secuencia interminable dentro de su cabeza. Lloró porque tenía miedo, porque no entendía, porque debían estar preocupados en Hogwarts. Porque era demasiado para que supiese qué más hacer.

La serpiente que permanecía en uno de los rincones del cuarto no le habló hasta ese día. Se aproximó despacio, siseando. Draco intentó fruncirle el ceño, pero su expresión no era la que le hubiese gustado poner; apenas conseguía ver qué había más allá de su visión nublada.

Ella se alzó un poco, lo justo para que pudiese ver su cabeza de reptil. Le habló, como si fuese consciente de que comprendería.

Tú me recuerdas a alguien, alguien que solía querer y sufrió mucho. No me gustaba verlo llorar. Deja de llorar tú.

No estaba seguro de qué le respondió, sólo de que pensó que si hubiese tenido la varita, la habría hecho consumirse en llamas. Pero ella no dejó de hablarle.

Draco se mantuvo sumido en un estado de letargo por un tiempo indeterminado. Quieto, sin mirar ningún punto en realidad. De pronto, se daba cuenta de que estaba llorando y no sabía cuándo empezó, o de que temblaba; no podía detenerlo. Ella todavía le siseaba cuando estaban solos.

...hace cosas horribles a veces, sé que hace cosas horribles...

...¿cuántos años tienes? Te ves tan joven, ya no puedo ubicarme bien en la fecha, no como hacía antes...

...puedes intentar dormir. No te dará sueño jamás ahí dentro, pero aún puedes dormir. Cierra los ojos y toma una siesta. Es lo que yo hago después de un mal día...

En otra ocasión, irritado, había girado el rostro para espetarle:

¿Tú qué eres? ¿Su mascota?

Y la serpiente meneó la cabeza en respuesta.

Soy un Horrocrux. Igual que tú.

Fue el primer dato relevante que le dio. Se negó a contestar sus preguntas, dijo haberle contado demasiado, se mantuvo apartada por días, tal vez. Era difícil saberlo.

Pero Draco era un chico de catorce años, atrapado día y noche, la serpiente era la única compañía permanente que tenía. Cuando se pasaba largos períodos mirando la nada, cabizbajo, inmóvil, Nagini se acercaba, vacilante.

Primero le contó sobre el chico, ese chico, el que ella solía querer cuando era humana. Después sobre su maldición de sangre, su vida antes de Voldemort, cuando se conocieron. Draco tenía una facilidad para que otros le contasen cosas, lo que fuese, porque había crecido escuchando historias de parte de Regulus, Dumbledore y Severus; colocaba una expresión de interés que hacía que el otro tuviese ganas de hablar más, sabía llevar a cabo las preguntas apropiadas en momentos cruciales. Siempre funcionaba. Años atrás, Regulus lo había descrito como que era divertido y agradable contarle algo.

Nadie vigilaba a la serpiente. Se suponía que ella se quedaba ahí para estar resguardada, cerca de Voldemort. No estaba encargada de vigilarlo, como había creído en un principio; sólo daba la casualidad de que eran compañeros de cuarto, en un encierro no del todo voluntario de su parte.

Lo que era más importante: Voldemort confiaba en ella. Lo descubrió el día en que su tía Bellatrix insinuó que debían alejarlos, porque lo escuchó diciéndole una oración en pársel. Nagini siseó, enojada, y salió. Poco después, al regresar, le dijo que el Señor Oscuro había hecho callar a Bella.

Estaba un poco asustada, más cansada que entusiasmada. Draco también sabía lo fácil que era conseguir el afecto de alguien porque le recordabas a otra persona. A Nagini la ablandaba que se mostrase frágil, inseguro. Triste. Por lo tanto, él siguió haciéndolo.

En parte, era un peso menos el no tener que fingir. Sobrellevó los peores días sollozando, con el antebrazo cubriéndole los ojos, o teniendo arrebatos contra la burbuja que culminaban cuando quedaba agitado por golpearla, sin resultados. Nagini permanecía cerca, mirando, y le hablaba más.

El resto fue una cuestión de seleccionar bien sus palabras. Le contó anécdotas de su niñez, sin mencionar a Regulus o su padrino, e hizo un especial hincapié en esos recuerdos valiosos que tenía de Dumbledore; la manera en que se le quebraba la voz no era fingida. Ella bajaba la guardia más, más, más.

Entonces en otro día, comenzó a contestarle sobre lo que él quería saber. Lento, cuidadoso. Frases bien estructuradas, preguntas con trasfondo.

Era casi un juego. Draco la guiaba por el camino que quería, cortando los demás, y evitaba que se desviase. Cuando Nagini se daba cuenta de que le contaba demasiado, la dejaba escapar, la distraía con otra anécdota, apelaba al lado sentimental.

...el proceso para traer al Lord de vuelta fue muy largo, yo estuve presente todo ese tiempo. Usaron la piedra filosofal robada, pero no fue fácil. Tomó meses tener una idea de cómo, reunir materiales, hacer las pruebas...

...yo solía tener un pedazo de su alma. Fue el que utilizó en el procedimiento. Ayudé a traerlo de vuelta...

...él no era así cuando nos conocimos. Tenía ese- ese deje malicioso, pero también grandes planes, buenas ideas. La guerra, regresar de la muerte, su alma dividida, lo enloquecieron...

...fue ese día, cuando le hablaron de la Profecía. Esos que servían a la Orden también, esos que se quedaron contigo cuando crecías. Él se dio cuenta de que hablaban del hijo de Narcissa...

...fue un error, un simple error. Al atacarte, la maldición le rebotó por las protecciones que te puso tu madre. Su alma se partió otra vez, se pegó al único ser viviente que halló. Sólo le dio tiempo de dejarte la cicatriz, para reconocerte después, para encontrarte; luego se consumió por el efecto de su propia magia...

...se dio cuenta de que alguien los estaba destruyendo. Cuando rompes el objeto de un Horrocrux, el pedazo de alma se pierde. Si él quisiera recuperarlos, tendría que destruirlos por su cuenta, pero el alma jamás se arreglaría de todos modos...

...había un objeto, una reliquia en que nadie se fijó. Lo oí decir que pertenecía a un tal Gryffindor, o algo así. Le tomó un tiempo averiguar cómo manipular su magia puesta en el objeto, desde aquí...

...después sólo tuvo que esperar que hiciera efecto. Llevaba un año o un poco más trabajando en esto. El alma pasó del objeto al cuerpo más cercano, a la persona que siempre estaba ahí...

...el viejo- el viejo se apartó cuando se percató de que ya no le quedaban fuerzas para luchar contra eso. Lo había intentado, Tom estaba enloqueciendo de rabia. Creaba contramedidas a los planes de Tom, aprovechaba el conocimiento del alma que lo poseía para adelantarse a él, te evitaba la peor parte. Estaba perdiendo el control de su mente y cuerpo lentamente, pero su resistencia fue impresionante...

...cuando dejó Hogwarts, ya no había barreras que lo ayudasen. Cedió, nosotros lo trajimos. Tom dijo que el director era el único que podía activar un traslador como aquel dentro del terreno. Le dio el anillo para ti, para engañarte. Todo estuvo planeado, incluso que el viejo ya fuese una marioneta sin vida por la posesión y que lo vieses morir...

..pensó que ver algo así te destrozaría, a nivel emocional. Quiere que no le pongas resistencia y te quedes aquí, quieto, sano y salvo. Porque absorbió esos dos pedazos de alma para su cuerpo, tú eres el único recipiente que le queda en funcionamiento. Sería riesgoso tenerte lejos...

También fue la que le habló de dónde estaban.

...nos encontramos en la Mansión Malfoy en este momento. En un piso inferior, que sólo controla otro Malfoy. Lo encontramos abierto, Tom cree que Narcissa corría para llevarte dentro cuando la alcanzó. Es un escondite; se cierra cuando el Malfoy está ahí, ninguna magia en el mundo puede localizarnos cuando estamos aquí mientras te tengamos, y no quedan rastros de nuestra presencia arriba...

Le avisaba cuándo salían y quiénes lo hacían, no a dónde iban; ninguno de los dos tenía esa información.

Con el transcurso de los días, el dolor de la pérdida se mitigó. Se convirtió en un zumbido lejano, una sensación de leve incomodidad que podía relegarse. El miedo se calmó, escondido bajo una capa demasiado templada para su gusto.

Draco acababa de entrar a la fase en que no sentía nada. Ni bueno, ni malo. A cambio, su mente trabajaba con mayor claridad.

Consideraba que ya iba siendo hora de salir de ahí. Tenía una idea imprecisa, un plan que se formaba y desdibujaba dentro de su cabeza.

Lo único que necesitaba era una amiga, y creía tenerla.

Los está reuniendo —Avisó la serpiente, arrastrándose de vuelta a la burbuja—, algo debe tener en mente. Creo que siguen hablando de un tal Ministerio, ¿quieren entrar al Ministerio? No sé cómo funciona eso, Draco, habla de caos y personas que van a matar…

Está bien —Él le restó importancia con un gesto. Una operación grande, que involucrase un número considerable de los Mortífagos, serviría a sus propósitos. Se inclinó hacia un lado, sujetándose de un costado de la burbuja—. Nagini, ¿crees que podrías ayudarme?

La serpiente siseó, amenazadora. De haber sido humana todavía, habría tenido el ceño fruncido, estaba seguro.

¿Qué piensas hacer?

Dices que un Malfoy es el que controla esto, y yo soy el único Malfoy que queda, ¿no?

La burbuja no te deja...

Lo sé. Por eso necesito tu ayuda —Le dirigió su mejor mirada suplicante, la que reservó por años para su padrino—. Por favor.