Juegos mortales
Sumario: Draco Malfoy está desaparecido. El mundo mágico es reducido a un tablero; de un lado, el mago oscuro más tenebroso de todos los tiempos. Del otro, un adolescente.
Género: Aventura/Romance, fantasía, friendship.
Claves: Drarry eventual. AU. Perteneciente a la Serie ¡Cambio de Casa! (Draco!Elegido/Harry!Slytherin)
Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.
Slytherin valiente, Gryffindor cauteloso
Anochecía cuando tocó a su puerta. El autobús noctámbulo se había ido inclusive antes de que lo hiciese. Fue Lily quien abrió y sonrió al reconocerla.
Harry bajaba las escaleras, después de haber oído la voz de su madre. La divisó por uno de sus costados.
Pansy Parkinson temblaba, parada bajo el umbral de la entrada a su casa. Cuando lo encontró a él también, ahogó un sollozo que alertó a madre e hijo por igual.
—Me tardé —Balbuceaba—, me tardé, Harry, me tardé- lo siento, lo siento, lo siento...
Lily hizo levitar el baúl que llevaba consigo hacia adentro. Harry avanzó deprisa y la rodeó con los brazos. Pronto lloraba con fuerza suficiente para hacerlo preguntarse si todavía estaría respirando.
Era principios de agosto.
A Pansy le tomó cuarenta y cinco minutos exactos dejar de temblar. Para entonces, estaba instalada en uno de los muebles de la sala, envuelta en una manta, con una taza de chocolate caliente entre las manos. Había hecho una breve pausa para retocarse el ligero maquillaje mágico que le permitían ponerse, corrido y arruinado a causa de las lágrimas. Su nariz y ojos permanecían un poco enrojecidos, sin embargo.
Harry le sujetaba el hombro y la mantenía recargada en uno de sus costados. Esperaba que dijese lo que fuese, además de sus palabras iniciales. Pero ella no lo haría hasta que Lily fuese a conversar con su esposo al piso de arriba, dejándolos solos en la sala.
Sorbió por la nariz, se peinó el cabello con una mano, bebió otro trago del chocolate. Estaba claro que buscaba la forma de comenzar, así que él decidió facilitárselo.
—¿Pasó algo en tu casa? —Tras un instante de titubeo, Pansy negó— ¿tus padres saben que estás aquí?
Harry le agradaba al señor y la señora Parkinson, pero eso podía cambiar si creían que se escapó para verlo.
—Es probable —Mala respuesta. Él arrugó el entrecejo, su expresión relajándose cuando su amiga soltó una débil, temblorosa, risa—. Lo siento.
—¿Por qué te estás disculpando?
—Tardé en venir —Insistió, con suavidad. Rehuyó de su mirada unos instantes, luego volvió a él—. Estaba...tuve que decidir, Harry. Y no fue fácil. Tuve- tenía que pensar si lo que quería era quedarme con mi familia, o...—Gesticuló, la taza todavía sostenida en las manos—. O si iba a aprovechar la oportunidad de hacer lo correcto. Y- y yo no quería dejarlos, no quise- —Cuando pareció que rompería en llanto otra vez, apretó los párpados. Harry recibió un rechazo cuando hizo ademán de abrazarla. Pansy murmuró un "dame un momento", respiró profundo y se enderezó.
Nunca la había visto lucir tan segura como cuando dejó la taza a medio vaciar en la mesa del centro de la sala.
—Harry, mi padre es un Mortífago.
—No. Hemos hablado de esto —La señaló, conteniéndose de apretar los dientes—. Lo que digan de tu familia en Hogwarts, lo que crean o con lo que pretendan molestarte, no cambia nada sobre...
—No, no entiendes —Volvió a sorber. Lo miraba directo a los ojos—. Mi padre es un Mortífago, Harry —Después giró el rostro, colocándose un mechón de cabello tras la oreja. Emitió una risa sin humor—. Adelante, grita. Échame a la calle, cúlpame, llama a tus padres, haz...haz lo que sea que vayas a hacer. Yo no sabía —Su rostro se contrajo cuando ahogó otro sollozo—, ¿pero quién me va a creer?
Harry se estiró para sujetar su mano y le dio un leve apretón. Se demoró unos segundos en darse cuenta de que no iba a maldecirla, de que ni siquiera lo pensó. Contuvo otro sollozo, mordiéndose el labio, mientras él le daba una palmadita en la cabeza y le decía que tomase más chocolate, que el chocolate ayudaba.
Tuvo que esperar a que bebiese otro sorbo, devolviese la taza a la mesa y se armase de valor. Sostuvo una de sus manos durante todo el proceso.
—¿Puedo- quedarme aquí? —Lo observó de reojo—. No molestaré, no necesito un cuarto aparte, dormiré-
—Sabes que sí. Te vas a quedar arriba, conmigo, no importa. Mamá puede transfigurar otra cama para mí —Fue él quien le echó el cabello hacia atrás la siguiente vez. Pansy le enseñó su mejor intento de sonrisa y se talló los ojos con la mano que tenía libre, susurrando un agradecimiento.
—Mi padre está trabajando con él —Musitó, después de un silencio de casi un minuto. Tenía los ojos puestos en la mesa—. Quién-Tú-Sabes volvió, está aquí, él...creo que es él quien lo tiene. A Malfoy. ¿Quién más podría ser? Mi padre sale casi todos los días, de noche, normalmente lo hace de noche. Oí algo sobre el Ministerio y...y...—Sacudió la cabeza, apretando los párpados otra vez—. Encontré- su máscara en la oficina, la que se pusieron en el Mundial. Me dijo...que estuviese callada. Que era por nuestro bien. Yo- Merlín.
Se zafó de su agarre para enterrar el rostro entre las manos. Inhaló profundo al erguirse, de nuevo.
—Mi madre me- me dijo "haz lo que creas correcto, no pienses en nosotros, vamos a estar bien" —Otra inhalación, soltaba el aire despacio—. Y yo le pedí a mi elfina que...que lo siguiese, tanto como pudiese, sin ser detectada.
Harry comenzó a tensarse a medida que comprendía a dónde quería llegar. La sujetó de los hombros, girándola con cuidado.
—¿Lo sabes? —Murmuró— ¿sabes dónde están?
Pansy asintió varias veces, frenética.
—¿Qué hago, Harry? ¿Qué hago para que no lastimen a mi padre por...por ser...? Si iba- si intentaba decirles- no puedo.
—Tal vez haya alguien que evite que lo dañen, y aun así, puedan encontrarlos —Ofreció, en voz baja. Su amiga lo observó con ojos enormes, brillantes por las lágrimas.
—Lo van a matar…
—No, no, Pans. Nadie va a matar a tu papá, Pansy…—Su abrazo sí fue bien recibido esa vez, conforme Harry murmuraba promesas que no estaba en sus manos cumplir, pero que eran lo único que le podía dar.
—0—
—...tú eres Parkinson, ¿cierto?
Draco no esperaba que se voltease, así que tampoco se decepcionó porque no lo hiciera. No llevaba la máscara, siguiendo el ejemplo de los otros Mortífagos que no eran los más listos. La túnica negra lucía basta, gruesa. Estaba de espaldas a él.
—Tienes una hija —Siguió, como si nada—, Pansy Parkinson. Cabello negro, ojos verdes, es bonita, yo no saldría con ella, pero es bonita. Apunta a ser Prefecta, va a Slytherin. Nació en el '80, ¿no? Es buena para Pociones, por lo que vi; compartimos esa clase. Su mejor amigo es Harry Potter, ¿cierto? También conozco a Harry, su mamá es hija de muggles, muy dulce. Y pasan mucho tiempo con Nott, Theodore Nott, ¿sabe que se quedó sin tutor legal? Oí que murió cumpliendo deberes de Mortífago en la guerra. Pansy puede ser bastante sentimental, si lo perdiese a us-
—Si no estuvieses protegido, te lanzaría una maldición para que cierres la boca.
Contuvo una sonrisa. Buena reacción. La rabia siempre era útil para empezar.
—Sólo tengo curiosidad por si su hija sabe lo que hace en su tiempo libre, señor.
Él no le respondió. De nuevo, no esperaba más.
Draco estaba bastante complacido con el inicio de su plan.
—0—
—...oh, no, yo creo que te acaba de llamar inútil. O idiota. O idiota inútil.
Ambos Mortífagos se voltearon hacia él, aturdidos. No conocía sus nombres, pero las facciones le resultaban ligeramente familiares.
Hasta que habló, discutían sobre una tarea que les fue asignada; el primero decía que lo hacía mal, el segundo que no se metiese, porque él no sabía hacerlo. Oportunidad perfecta, si alguien se lo preguntaba.
—¿Se puede saber...?
—Déjalo —Lo reprendió su compañero, ceñudo—, nos dijeron que no le habláramos, ¿recuerdas?
—Eso, haz lo que te dice —Draco elevó la voz más de lo necesario, gesticulando hacia ambos—. Demuestra que él manda y tú no.
—¡Él no...!
—¿No? —Fingió una expresión confundida—. Pero él te acaba de decir qué hacer y tú lo haces. Admítelo, él manda. Si no lo hiciera, tú irías a esa misión que les encomendaron.
—¡Yo voy a ir!
—¿De verdad? Porque tu amigo no está de acuerdo- ¿cómo dijo? Ah, sí, que no tenías ni idea de cómo hacerlo, que no sabrías ni por qué lado se apunta con una varita...
—¡Yo no dije...!
—¿No? Eso fue lo que yo escuché. ¿No te parece que sonó a eso?
—Sí. La verdad es que sí sonó a eso —Giró hacia su compañero, cruzándose de brazos.
Cinco minutos más tarde, alguien tuvo que meterse en medio a detener su discusión, para que no se convirtiese en un duelo. Draco simulaba dormir dentro de la burbuja.
—0—
—...estaba pensando en salir con un mestizo —La contracción del rostro de Bella fue inmediata. Él continuó tendido en la burbuja, usando los brazos como almohada—. Pero luego recordé que, si te encarcelan, heredaré la fortuna Black también. Mejor me caso con una hija de muggles. Le pondré a nuestros hijos "Black-Malfoy", para ahorrarnos molestias.
Su tía pretendía ignorarlo, a pesar de que tenía los hombros tensos.
—Pero tengo esta amiga —Continuó, en tono más confidente—, ella es hija de muggles. Tiene una prima, totalmente común, nada de magia. Podría impresionarla haciendo magia cuando sea mayor de edad. Las muggles deben ser fáciles de conquistar. Quién sabe, tal vez le dé un heredero a los Black que ni siquiera tenga magia, sería muy diver-
Bella estalló. Se abalanzó contra la burbuja, chillando, gritando acerca de cómo era un traidor a su sangre, amante de muggles, que moriría tras una lenta tortura del Señor Tenebroso y tantas otras cosas, a las que no prestó atención.
Dos Mortífagos que escucharon el griterío entraron a la sala para llevársela. Ella pateó, golpeó, lanzó una maldición a uno que le dio en la cara.
—0—
—...sabe lo que estás intentando, Draco —Nagini se alzó medio metro del suelo para hablarle. Meneaba la cabeza, el resto del cuerpo balanceándose a la vez.
Él se recargó en la superficie de la burbuja, ambas palmas presionadas contra esta.
—No te preocupes por lo que sepa o no, Nagini. ¿Conseguiste mis cosas?
Como única respuesta, ella abrió por completo la mandíbula. Un objeto pequeño emitía un débil resplandor plateado dentro de su cavidad bucal.
—Perfecto. Gracias.
Un minuto.
Tendría sólo un minuto.
—0—
—...no sé, supongo que es cuestión de confianza —Bella permanecía rígida, obligándose a cumplir el voto de silencio por el que la dejaron continuar revisando la sala en el cambio de Mortífagos. Draco intentaba dar con lo que hiciera estallar su locura; creía saber qué lo conseguiría—. Es obvio que ese tipo- Yaxley, va a tener una misión especial mañana. Oí algo de eso, los demás no saben. No es que yo pueda hacer algo aquí. Pensé que confiaba en ti, qué raro...
La bruja lo miró con el ceño fruncido. Procuró disimular su sonrisa burlona, actuar despreocupado. Comentárselo como si hablase del clima y no estuviese atrapado en una burbuja de magia.
—Quizás no confía tanto —Se encogió de hombros—, todos tenemos nuestros favoritos. Tú simplemente no eres la suya. Quién sabe cuántos secretos te guarda...
Salió dando pisotones, sin soltar una sola palabra. Pensó que había sido un intento fallido, hasta unos días más tarde, cuando escuchó su voz desde el corredor.
—¿Por qué no puede decirme, mi Señor? Lo que sea, yo lo haré, no tiene que enviar a esos...
Poco después, también captó fragmentos de una discusión.
—¡...tienes que dejar de tratarme como si no supiese qué hacer...!
—¡...pareciera que no sabes de qué lado se apunta una maldita varita!
Se felicitó a sí mismo por dentro. Sí, a veces hacía un buen trabajo.
—0—
Agosto. Draco se había hecho invisible, porque cada Mortífago estaba más concentrado en sus tareas o en mirar mal a los demás. Podía sentir la tensión desde el interior de la burbuja.
Era perfecto. Nagini se la pasaba en la sala con él, más de la mitad de ellos dejaría el escondite cuando fuesen a llevar a cabo su dichosa misión. La serpiente le había dado una idea completa de hacia dónde quedaba la salida.
Le daba vueltas a los temas de su preferencia, buscando alguno capaz de iniciar una discusión entre los idiotas, lo bastante intensa para distraerlos más, y de ser posible, que llegasen a las varitas, cuando oyó los pasos que se acercaban. Por la práctica de los últimos días, tenía en la punta de la lengua comentarios para cada uno de los que pasaban por allí, en base a lo que notó que les fastidiaba más (pureza de sangre, mención a la derrota de la guerra, el estar escondidos, la falta de importancia que Voldemort les daba...).
Esperaba a cualquiera, menos a él.
El mago se detuvo junto a la burbuja. Se limitó a observarlo por largo rato. Tenía ojeras que no vio antes, los ojos más hundidos.
—Pansy se escapó de casa.
Aquello no era un tema para molestarlo. Aquello no formaba parte del plan.
Draco replicó, en voz baja:
—Creo que entiende por qué, señor Parkinson.
Él no le contestó, pero comenzó a tomar turnos para asomarse en la sala, igual que el resto de los Mortífagos. No le hablaría hasta unos días más tarde, cuando el refugio estuviese medio vacío.
El hombre se volvió a parar frente a la burbuja, desde la que Draco lo vio con una ceja arqueada. Sus palabras fueron tenues, claras, pero apenas perceptibles. Movía los labios más de lo que emitía los sonidos.
—¿Podrías llegar afuera por ti mismo?
El niño-que-vivió asintió.
Cuando presionó la mano sobre la superficie blanca y traslúcida, pronunció un par de frases en lo que le sonaba a latín. La burbuja lo expulsó, despacio, casi dejándolo depositado en el suelo. A cambio, se lo tragó a él.
Una persona por otra, para mantenerla en funcionamiento y no levantar alarmas inmediatas. Era buena idea. No lo había considerado porque no tenía —no creyó tener— a alguien más.
—No le va a pasar nada a Pansy estando con ustedes, ¿verdad?
Le habría gustado prometerle que no. Pero no quería mentir y no tenía tiempo para explicarse.
—Estará mejor que con ustedes —Aclaró, suponiendo que era el mejor consuelo que podía darle—. Le contaré esto.
Le contaré que fue valiente, pensó. El hombre apretó los párpados un momento y asintió.
—Gracias —Se dio la vuelta, deprisa, porque otro Mortífago podía asomarse en cualquier momento. Siseó a Nagini para que se acercase y le tendiese el reloj, y se prometió no voltear. Si volvía a verlo, temía no ser capaz de irse. De dejarlo sabiendo lo que ocurriría.
Tenía que regresar.
Agradeció también a Nagini, corrió hacia el umbral del cuarto con la serpiente arrastrándose a unos centímetros detrás de él, y sopesó el reloj entre las manos. Como le había dicho, el corredor era largo, estrecho. Finalizaba en un corto tramo de escaleras que llevaría arriba, a la sala de la Mansión.
Reaccionaría a él en cuanto hubiese cruzado la puerta, cerrándose otra vez. La perspectiva de encerrar a los Mortífagos restantes y Voldemort era su parte favorita del plan.
Sólo contaba con un minuto. Pero no habría sido Buscador por años, si no supiese ser rápido.
—Ven aquí —Extendió los brazos a Nagini, que se subió por sus extremidades y buscó enroscarse entre estas, sus hombros y torso. Pesaba. No tenía pensado abandonarla también.
Un minuto. No sabía calcular la distancia así, estaba seguro de que tendría que correr de todos modos.
Sujetó el reloj y lo dejó caer, pendiendo de su cadena, que quedó extendida. El aire cambió de densidad al instante. Se aseguró de mantenerla estirada cuando echó a correr.
Rápido, rápido, rápido. Respiraba por la boca, no veía hacia los lados. La puerta se acercaba.
Pasó junto al segundo cuarto, en el que se reunían los Mortífagos con Voldemort. Atisbó movimiento por el rabillo del ojo. Se adelantó a un mago que estaba paralizado.
¿Qué era?
No se giró para descubrirlo. Rápido, rápido, rápido. La salida estaba ahí, ¿cuánto tiempo le quedaba? Saltó hacia el primer escalón, se sostuvo de la barandilla con la otra mano. Rápido, rápido, rápido.
Jamás se le habría ocurrido que Voldemort, a diferencia de su versión joven, podría superar el efecto del reloj.
No escuchó ningún encantamiento siendo pronunciado, pero Nagini le siseó en advertencia. Se apartó un segundo antes del impacto, el rayo rojo golpeó las escaleras que acababa de saltar. Rápido, rápido, rápido. Quedaba menos de un metro hasta la salida.
El siguiente hechizo dio en el escalón en que se apoyaba. Saltó demasiado tarde. Cayó con un ruido estridente y un quejido, buscando sostenerse de lo que fuese. El minuto había terminado.
Sólo volteó por un instante. Él era una figura oscura, envuelto en la túnica y sombras de magia negra. Se acercaba más deprisa de lo que le habría gustado, varita en mano. La alzaba hacia Draco.
Iba a matarlo. O peor: iba a volver a encerrarlo.
—¡Vete! —Nagini fue un peso móvil sobre él, al cambiar de posición. Saltó desde su hombro— ¡VETE!
Se abalanzó sobre Voldemort. El hechizo que pretendía cortarla le atinó a un segmento del cuerpo, que salió despedido en una dirección diferente y chocó contra la pared. La cabeza, lo más importante, alcanzó su cuello. Lo mordió.
Voldemort gritaba, destellos de las maldiciones con que intentaba quitársela de encima llenaban el corredor. Los demás Mortífagos, atraídos por el ruido y la luz, se aproximaban. Lo reconocían.
Draco se arrastró hacia afuera, se arrojó contra el suelo bajo el umbral cuando una maldición pasó sobre su cabeza. Rodó, se detuvo en el piso de la sala. Golpeó la pared junto a la entrada con ambas manos, deseando que funcionase, que se cerrase, que lo distinguiera.
Lo hizo. El pasadizo se selló cuando todavía pretendían auxiliar al gran mago oscuro.
Por un momento, no existió nada más que silencio. Una tranquilidad inaudita, tomando en cuenta lo que debía suceder allá abajo.
No tardaría mucho en arruinarse, una pared mágica no los detendría. El escondite era indestructible, impenetrable, desde afuera. No desde adentro. Seguro encontrarían un modo, incluso sin él.
Temblaba cuando rozó la pared del pasadizo con los dedos. Podía sentir la débil vibración de la estructura, la magia que se le antojaba conocida, sin haber estado allí desde que era un bebé.
—Ayúdame —Murmuró, a nadie en particular. Al aire, a la magia. A la Mansión—. Ayúdame, por favor.
Una vez, Regulus le había contado que las casas de las familias sangrepura podían tener magia propia, como consecuencia de los restos de quienes la ocuparon por siglos y lo que ocurrió ahí.
Draco cerró los ojos, intentó imaginarse a su madre corriendo hacia el escondite, llevándolo en brazos. Fallando. Siendo alcanzada.
Le pidió que se destruyera.
La única respuesta que recibió fue un leve sonido de derrumbe, arrastre de un peso colosal, golpes de piedra. Le pareció que alguien gritaba, pero debió ser su imaginación, porque las propiedades del refugio jamás le habrían permitido oír lo que sucedía abajo.
Se apartó despacio, vacilante, cuando notó que las paredes a su alrededor se agrietaban. Una leve sacudida del suelo, líneas irregulares en lo que solía ser blanco e impoluto de una estructura gloriosa. Una silueta de la entrada al pasadizo se dibujó, cerrada, y comenzó a romperse en pedazos.
El siguiente temblor fue más fuerte, lo tumbó. Draco no tenía pensado quedarse a comprobar si lograban salir. Se apoyó en las palmas, se impulsó hacia arriba y corrió lejos, evitando las grietas que se le dibujaban al suelo.
Cuando dijo que se destruyera, hablaba del refugio, ¡no toda la casa!
Un escombro se hundía bajo sus pies, tenía que saltar. Se sujetó de lo que lucía como una cortina, oyó que se rasgaba y lloriqueó. No encontraba la salida.
Tomó una elección al azar, se deslizó hacia un corredor ancho. Al doblar en la esquina, ahogó un grito cuando una figura lo interceptó.
Levantó los brazos, a pesar de no tener varita, porque si uno de los Mortífagos que estaba de regreso, iba a atraparlo, al menos quería decir que le había golpeado la nariz o el estómago.
No tuvo que golpear nada. Ojos oscuros parpadearon hacia él, la chispa detrás de las pupilas era de claro alivio.
—Dragón —La bruja extendió las manos hacia el chico, acunándole el rostro. Se percató de que buscaba heridas a simple vista. Draco le sujetó la muñeca para llamar su atención.
—Estoy bien. Tenemos que salir de aquí, profesora.
La profesora A asintió y lo arrastró hacia la salida. No tenía idea de que encontraría a miembros de la Orden afuera.
