Juegos mortales
Sumario: Draco Malfoy está desaparecido. El mundo mágico es reducido a un tablero; de un lado, el mago oscuro más tenebroso de todos los tiempos. Del otro, un adolescente.
Género: Aventura/Romance, fantasía, friendship.
Claves: Drarry eventual. AU. Perteneciente a la Serie ¡Cambio de Casa! (Draco!Elegido/Harry!Slytherin)
Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.
Miedo
Los artículos de la semana siguiente dirían que hubo una celebración enorme, consistente con el funeral del gran Albus Percival Wulfric Brian Dumbledore; sin embargo, ni una cosa ni la otra habrían ocurrido de ese modo.
Draco no entró al cuartel de la Orden del Fénix como si fuese un héroe que volvía a casa tras haber superado una de las batallas más difíciles de una guerra. Lo hizo casi en silencio, igual que alguien que espera no llamar demasiado la atención, para que no se den cuenta de que tiene ganas de tomar un descanso en medio del desastre. Lo hizo de noche, acompañado de la profesora A, su padrino y Nymphadora Tonks. Lo hizo con las manos metidas en los bolsillos, para que no se notase que aún temblaba por la conmoción, la mirada rehuyendo de cualquiera que estuviese cerca, notorias ojeras.
Saludó en voz baja, cansada. Se abrió paso con cuidado a través del pasillo del recibidor, declinó la oferta de pasar por el comedor. El único que logró detenerlo fue Regulus, cuando se interpuso en su camino, en el piso superior.
El mago le sujetó el rostro, obligándolo a verlo. Tras ahogar un grito, lo abrazó con fuerza suficiente para arrancarle un quejido a alguien más, no a él. No en ese estado. Draco levantó los brazos para envolverlo, le palmeó la espalda, susurró para calmarlo.
Regulus también fue el único que lo acompañó arriba. Snape les decía a los demás que lo dejarían descansar, que necesitaban revisar que los Mortífagos no le hubiesen hecho algo, que un examen a simple vista no era suficiente. Básicamente, les pedía tiempo.
Draco no puso un pie fuera del cuarto del que se apropió, el que solía pertenecer a Regulus en su infancia y adolescencia, más que para ir al baño; cruzaba el corredor cuando nadie lo veía, regresaba sin hacer ruido. Por los próximos días, fue como si jamás hubiese estado de vuelta.
—0—
Harry seguía yendo casi todos los días, en especial desde que Pansy se quedaba en su casa. Aún no se decidían entre dejarla en Grimmauld Place, bajo la protección de la Orden, o que permaneciera con los Potter, un lugar considerado más seguro; el segundo, al menos, no sería el objetivo de quienquiera que fuese a atacarlos. Veían clases de Defensa con la profesora A, a las que se unieron los Weasley cuando Molly se instaló allí unos días, insistiendo en que los dejasen ver a Draco. Granger llegó poco después también.
Nadie consiguió acercarse cuando lo intentó. Draco fue caprichoso al respecto. Se adaptó a su ritmo, a su manera.
En un par de ocasiones, pasada la primera semana desde su retorno, podían verlo deambular por el segundo piso, a veces bajar a la cocina por lo que pudiese comer a media tarde o de noche. Leonis era una presencia fiel, vigilante, pegado a sus talones de forma permanente fuera de la habitación. Ninguno hacía ademán de detenerlo, ni mucho menos hablarle. Su manera de mirar causaba que incluso su padrino reconsiderase el acercarse. Los ojos grises, opacos de un modo en que ni siquiera sabía que podían ponerse, eran una petición implícita, a gritos, de mantenerse lejos.
Una mañana en que entró a Grimmauld Place especialmente temprano, lo halló en la parte alta del tramo de escaleras. Estaba sentado en el suelo del segundo piso, sin ver ningún punto en particular. Neville se encontraba a un lado, en silencio.
Otro día, de regreso de un duelo en que Zabini lo envió a volar hacia la pared y él hizo que el suelo se lo tragase hasta el cuello, lo descubrió en una esquina de la cocina. Molly le decía que tenía que comer más, Draco asentía con aire distraído, llevándose una cucharada a la boca para contentarla. Se demoró en percatarse de su presencia, giró el rostro, lo observó. Luego se volvió y siguió oyendo sin atender a lo que la bruja reclamaba.
Cuando le preguntó a Regulus, una tarde en que el lugar se vaciaba y el mago pudo bajar en forma humana, este se lo pensó un momento. Tenía más ojeras que antes, el cabello desaliñado, largo hasta los hombros.
—Tiene muchas cosas en mente, es todo —Se encogió de hombros, dirigiéndole una mirada que era casi una disculpa por sí mismo—. Si no sabe lidiar con ellas, es lógico que intente aislarse para no causar problemas a los demás. Siempre ha sido así, ya verás que se le pasa.
Fue el mismo día en que, a la salida de Grimmauld Place, su mejor amiga y él se encontraron de frente a tres adultos que aguardaban en la acera. Harry tragó en seco al verlos.
Lily tenía los brazos cruzados, James lucía culpable. Sirius no dejaba de fruncir el ceño, abriendo y cerrando la boca, como si no diese con las palabras correctas.
—Dejamos la Orden con la intención de que tú no te metieras en estos asuntos, cielo —Le explicó su madre, de camino a casa. Fueron a pie, desviándose hacia el Callejón Diagón para comer.
—Pero obviamente no está funcionando —James intentó sonreírle—, y si seguimos fingiendo que no nos damos cuenta de lo que haces, puedes terminar yendo por la dirección equivocada.
Harry se sentía muy agradecido de tener ese tipo de padres.
—0—
Fue Regulus quien la llamó esa día. Pansy estaba en una de las sillas del comedor, sumergida en una conversación que se le antojaba aburridísima con Hermione; los días allí les dieron la oportunidad de encontrar algunos puntos en común, al menos, para romper el silencio que se formaba en la casa. Él le pidió que subiese.
Unos minutos más tarde, su amiga bajaba con los ojos llorosos, haciendo un esfuerzo por recomponerse. Se sentó a su lado, y esperó un rato, a haberse calmado del todo, para contarle.
—Acabo de hablar con Malfoy —Harry dio un brinco, sin notarlo. Sus músculos tensándose uno a uno, ante la simple mención de su apellido. Ella le dirigió una mirada conocedora, después se restregó los párpados—. Me dijo...cosas, cosas como que no tengo que pensar mal de mi padre, que no me importe lo que digan cuando se enteren de qué lado estuvo. Que mientras yo sepa quién era, lo que otros piensen no interesa, porque no lo conocieron bien. Dijo- —Inhaló profundo, brusco—. Malfoy dijo que lo salvó allí, a donde lo tenían, que mi padre me ama y que...—Se encogió de hombros— que lo perdone por no haberle regresado el favor a él. Me ofreció un cuarto aquí —Añadió, a último momento—, no como la Orden, sino en nombre de los Black. Dijo que me puedo quedar en Hogwarts por vacaciones, que me conseguirán un traslador seguro si tengo un lugar al que ir con otros familiares, hablará con McGonagall por mi papeleo si me quiero cambiar a Beauxbatons, lo que sea que me haga sentir más segura.
—¿Qué le dijiste? —Inquirió, después de procesar sus palabras y aceptar la idea de que podría estar hablando en persona con su mejor amiga por última vez. Ella tomó otra bocanada de aire.
—Bueno, que...de ser posible, me gustaría quedarme con los Potter, si me dejan, hasta volver a Hogwarts, que no me quiero ir del país y no tengo más familia tampoco. Y que si venía a vivir aquí, alguien se pondría celoso —Lo miró de reojo, con una sombra distante de sonrisa—. Por fin le vi tener una reacción casi normal desde que llegó, Harry. Sólo dale tiempo —Sujetó una de sus manos, dándole un leve apretón—, estuvo con los Mortífagos por meses, y parece que todavía no ha hablado con nadie del tema.
Él asintió. Paciencia. Podía tener paciencia. Estaba preocupado, pero lograría tenerla, se prometió.
—0—
—...si los números que esta- criatura...
—Nagini —Draco lo corrigió sin verlo. Su padrino resopló y siguió, haciendo caso omiso de él.
—...te dijo, son los reales...
—Y lo son.
—...contando los cuerpos que los Aurores encontraron bajo la Mansión cuando se desmoronó y aquellos que la Orden capturó colándose al Ministerio, gracias a las señales de la señorita Parkinson, podemos deducir que no deben quedar más de dos o tres en libertad, sin contar al propio Voldemort, que dices que no está muerto.
El niño-que-vivió meneó la cabeza.
—Pero estará lo bastante débil para darnos tiempo —La mordida de Nagini habría sido mortal para cualquiera que no tuviese todavía un Horrocrux. Aún le quedaba una oportunidad para volver al Señor Oscuro—. ¿Mi tía fue una de las atrapadas?
—No —Regulus negó, arrugando el entrecejo—, pero sí una de las encontradas entre escombros de la Mansión.
Draco apretó los párpados un momento, inhalando profundo.
Madre, donde sea que estés, comprendes que era ella o yo, ¿verdad?
—¿Todos los que estaban ahí murieron? ¿Es algo seguro? —Paseó la mirada por los dos profesores, un Auror que no conocía antes, y Regulus, los únicos que se unieron a la reunión. Los datos que Nagini le contó sólo los compartió a medias, guardándose el que consideraba más importante para la derrota de Voldemort.
Porque todavía no tenía la solución en claro.
—Tenemos los certificados de disfunción firmados por los medimagos de emergencia de San Mungo —El Auror sacudió una carpeta en el aire— y sus cuerpos fueron quemados, las cenizas enviadas a sus familias. Completamente seguros.
—Yo escribí a McGonagall para que sacase la espada de Gryffindor de su oficina —Agregó la profesora A—. Pasará por una revisión de los Inefables, y arroje los datos que arroje, se mantendrá aislada en un contenedor más seguro, para evitar que cobre más daños, aunque sin el alma de Voldemort tendría que haber vuelto a ser una simple espada. Es mejor no correr el riesgo.
Él asintió, en señal de acuerdo.
—¿A los Mortífagos capturados los están juzgando?
El Auror volvió a adelantarse, con su voz potente y firme.
—Permanecen en Azkaban mientras el Wizengamot reúne el papeleo por sus cargos, pero sí, es como un juicio donde todos sabemos que quedarán como culpables.
—¿En verdad Azkaban es tan seguro? —El chico frunció el ceño y se encogió de hombros—. Me refiero a que mi tía ya se escapó una vez de los Aurores, antes de que pudiesen encerrarla. Si todos los Mortífagos capturados se uniesen, ¿no conseguirían una salida?
Ahí levantó la mirada, directo hacia el Auror, que se tomó unos segundos para considerarlo.
—Por el bien de la comunidad, esperemos que no. Es el sitio más seguro que tenemos para ellos.
—Con Dementores —Recordó, bufando. Sacudió la cabeza, restándole importancia con un gesto; luego se preocuparía por eso—. ¿Qué hay del señor Parkinson?
Vagas respuestas negativas fue lo que recibió.
—No estaba entre los cuerpos aplastados por escombros, ni entre los Mortífagos capturados por el Ministerio —Aclaró su padrino, entre dientes. No estaba lejos de lo que suponía.
¿La burbuja era lo bastante resistente?
Volvió a asentir, de forma distraída. Los dejó hablar y divagar un rato más acerca de otros temas sin relevancia. Cuando decidieron regresar a sus actividades, Regulus permaneció sentado a su lado, a pesar de la mirada que Snape le dio de reojo, y la profesora A no se movió para seguir al resto. Lucía indecisa.
Le pidió a su primo que los dejase solos un momento. Él vaciló, lo observó por unos segundos y terminó por asentir. Esperaron a que se hubiese ido para verse, en silencio, desde los diferentes puntos de la mesa que tenía el cuarto del segundo piso y adaptaron para que se reunieran.
Draco se reclinó en el respaldar y se cruzó de brazos. Pensó en cómo preguntarlo, luego decidió que no tenía palabras para adornar los hechos.
—Profesora, ¿sabía que soy un Horrocrux humano? Porque yo no. Es de estas cosas que son buena idea avisar, cosas como "hey, tus padres fueron asesinados por un mago oscuro enloquecido de poder que creía que tú eras una amenaza de un año y medio de edad" y el "¿tienes alguna idea de que tu cicatriz se ve así porque no es una cicatriz en verdad, sino una señal que el mago más tenebroso de todos los tiempos te puso en la cara para reconocerte cuando estuviese de vuelta y así poder cuidar que no te maten, porque sabe que eres el recipiente de un pedazo de su alma?" —Se encogió de hombros—. Sólo son ejemplos, por supuesto.
La bruja cerró los ojos por un instante. Asintió. Draco batalló contra el nudo que se formaba en su garganta, cortándole el paso a las palabras, dificultando el acceso del aire.
—¿Desde cuándo lo sabe?
Ella parpadeó, lo vio a los ojos. Su expresión de disculpa lo hizo descruzar los brazos, sintiéndose injusto por querer lanzar la carga de su mayor frustración encima de la mujer.
—Desde el primer momento —Murmuró, con un hilo de voz—, desde que te cargué cuando eras un bebé, lejos del cuerpo de Cissy. Y te vi. Lo sentí entonces, igual que ahora.
El adolescente apretó los labios y asintió, despacio. Sus manos inquietas habrían deseado sostenerse a lo que fuese, pero sólo pudo aferrarse al borde de la mesa.
—¿Quién más lo sabe?
Ella negó.
—¿Mi padrino? ¿Regulus? —Insistió, entre dientes.
—¿Crees que sería capaz de decirle lo que Voldemort te hizo a esos dos? —Replicó, con los ojos abiertos de sobremanera—. ¡Están vivos por ti! Si te hubiesen- si a ti también te hubiesen- —Se cortó, sacudiendo la cabeza—. Si hubieses muerto con tus padres, Regulus se habría dejado llevar a Azkaban. Severus- ni siquiera sé qué estaría haciendo Severus, pero probablemente lo haría encerrado en esa vieja casucha horrenda que tiene en Spinner's End. No, no- no lo saben. Nunca les dije. Y nadie más lo sabe, porque no quería que también tuvieses que soportar eso, que te tratarán diferente, que...que te criarán como un- un animal para el matadero, cuando comenzaran a destruir Horrocruxes.
Vaciló.
—¿Dumbledore? —Susurró— ¿el profesor Dumbledore lo sabía?
Ella negó, otra vez.
—Nadie —Repitió—, sólo yo, dragón.
Apoyó los codos en la mesa, enterró el rostro entre las manos. Procuró respirar con regularidad. La ola creciente del frío pánico trazaba una curva, volvía a decaer. Regresaba a ese estado de nada, de quietud absoluta, de sentir poco y pensar con claridad.
Se enderezó sólo lo suficiente para observarla. Al soltar la pregunta que llevaba días rondando su cabeza, su tono fue monótono, antipático, como si hablase de un extraño o un suceso imposible, lejano.
—¿Quién va a matarme?
—Nadie te va a matar —Pronunció, palabra a palabra, lento, con una pausa considerable entre cada una. El gruñido atorado en la garganta le distorsionaba la suave voz—. Le voy a arrancar la cabeza a quien lo intente, Draco.
No estaba seguro de que la promesa lograse aliviarlo. Se echó el cabello hacia atrás y volvió a sostenerse de la mesa; era una superficie sólida, inmóvil. Le daba una falsa sensación de seguridad.
—¿Y qué va a pasar conmigo? Cuando Voldemort vuelva, será porque yo sigo aquí.
—Vamos a encontrar una forma de destruir el pedazo de su alma sin destruirte a ti —La profesora A gesticuló con ambas manos, deprisa—; he trabajado en eso por años. Traslado, intercambio, rituales, todos los procesos los he leído, interpretado. Tengo ideas- te juro que tengo ideas, Draco. No son planes perfectos y aún debo buscar mucho más, pero no voy a detenerme hasta que haya dado con algo que te salve.
Se obligó a inhalar, de nuevo, cuando sintió el aire faltante. Asintió un par de veces, el movimiento errático y más torpe que nunca.
—Gracias —Exhaló, dejando caer la cabeza sobre la mesa, sin cuidado. La veía de reojo, cuando se le quebró la voz—, gracias.
Jamás había estado así de aterrado. No se quería morir tan pronto.
