Juegos mortales

Sumario: Draco Malfoy está desaparecido. El mundo mágico es reducido a un tablero; de un lado, el mago oscuro más tenebroso de todos los tiempos. Del otro, un adolescente.

Género: Aventura/Romance, fantasía, friendship.

Claves: Drarry eventual. AU. Perteneciente a la Serie ¡Cambio de Casa! (Draco!Elegido/Harry!Slytherin)

Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.


Los regalos que he dejado para ti

Fue Severus Snape quien los recogió y se los llevó, el mismo día de la visita al cementerio.

Dumbledore jamás tuvo un gran funeral; su cuerpo había sido trasladado a Godric's Hollow, para reposar junto a los de su madre y hermana. La primera vez que dejó Grimmauld Place tras su regreso, se podía ver a un adolescente de cuclillas frente a una tumba con un epitafio poético, sin nombre ni fechas. En lugar de flores, tenía unos caramelos de limón que se comió uno a uno, mientras le aseguraba que estaba bien, que entendía, que le hubiese gustado saber de la batalla interna que vivía, pero no estaba enojado con él.

Le habló como si todavía estuviese ahí. Nadie lo detuvo, ni lo apresuró. Los guardias de turno eran Leonis, a unos pasos como de costumbre, Sirius Black y James Potter, de parte de la Orden, que insistieron en ser enviados para que no estuviese solo con el perro.

Cuando no le quedó nada más para contar, tanteó el aire a un lado. Leonis se pegó a él, se echó y lo dejó rodearle el cuello con los brazos, para recargarse en su cabeza cubierta de pelos. Permanecieron así por lo que pudo ser horas. Después se puso de pie, se sacudió el pantalón y le dijo al can que lo siguiese hacia la salida del viejo cementerio.

En el trayecto, Sirius le preguntó si nunca le ponía collar o una correa, él negó. Tenía la impresión de que sospechaba, pero habrían sido pocos los que vieron a Leonis cambiar (Severus, Dumbledore, la profesora A, Blaise, Neville, Harry...), y no tenía planes de mostrarse frente al resto de la Orden. No todavía.

—Tal vez deberías, ya sabes…aparecer —Se le ocurrió decirle, cuando se apartaron a propósito, palmeando la cabeza del perro—, ¿no extrañas a tu hermano?

Leonis le contestó con un ladrido que no supo interpretar como afirmación o negativa.

Sus amigos esperaban en el recibidor. Saludó a Ron con una palmada en la espalda, dejó que Hermione le besara la mejilla y se quedó con Neville y Blaise cuando le hicieron unas preguntas. Fue allí donde su padrino lo encontró. No tuvo que decirle nada, bastó con la seña que le hizo para que se acercase.

Para su sorpresa, lo llevó hacia uno de los cuartos de arriba, donde Harry estaba sentado en la orilla de un mueble. Se quedó paralizado un momento bajo el umbral, cuando sus miradas se encontraron. Luego giró el rostro.

Entre la tensión por todo lo ocurrido y la antigua certeza de que debía morir, probablemente, se debía sentir como un cobarde por no saber cómo hablarle. Y suponía que Harry estaría molesto con él por esto mismo, lo que sólo lo hacía rehuir más.

—¿Qué pasa, Sev? —En vez de sentarse, se recargó contra el escritorio que debió pertenecer a los invitados de los Black. Su padrino le dirigió una mirada desagradable por el apodo y extrajo un pergamino viejo de su túnica, agitándolo en el aire para ambos.

—El testamento de Albus Dumbledore. Una copia enviada por el Ministerio, al menos —Del mismo bolsillo, sacó dos cajas encogidas con magia, que colocó sobre la mesa—. Asumo que ya te había hablado de esto, Draco. Dejó una carta hablando del tema a McGonagall, fueron por el espejo —Él asintió para darle a entender que sí sabía de lo que le hablaba— y la encontraron a ella. Decidió legártela.

Cuando agrandó la caja a su tamaño original, se la tendió. Al remover la tapa, se topó con el medallón redondo de plata sobre un almohadón. Estaba cerrado, pero Ari lo saludó desde el diminuto retrato cuando lo abrió. Intentó sonreírle, antes de volver a sellarlo.

—También te dejó a Fawkes —Añadió, con un tono que sonaba a "¿tienes alguna idea de por qué te dejó a Fawkes?"—, sin embargo, se consumió en cenizas hace poco y decidieron no sacarlo de la oficina. Podrás verlo, si quieres, cuando vuelvas a Hogwarts. Y esto —Agrandó la segunda caja, más alargada. Con un rictus, se la ofreció a Harry, que dio un brinco—. A Harry James Potter, un único regalo. No sé qué pensaba el viejo cuando te puso en su testamento.

Harry parpadeó, aturdido. El profesor tuvo que reprenderlo con un siseo y apremiarlo, para que tomase la caja. La abrió y sacó un objeto que Draco reconoció enseguida.

—El Desiluminador —Tragó en seco cuando el chico lo observó, absteniéndose de apartar la mirada por una vez. Se encogió de hombros—. Apaga y enciende luces. Hace tiempo...

...sirvió de localizador y guio a Dumbledore con alguien importante. Se lo calló y volvió a encogerse de hombros. No era su historia para contársela a alguien más.

—Será muy útil si ando en una calle oscura —Opinó, presionando el interruptor para probarlo. El cuarto oscureció, lo apretó de nuevo y la luz regresó a su posición.

A decir verdad, estaba de acuerdo con su padrino, que lo veía con exasperación. No sabía por qué Dumbledore le dejó un objeto así.

0—

Tiempo después, le haría gracia reconocer que fue Ginny.

Los gemelos deambulaban por Grimmauld Place cuando su madre lo permitía, Percy no se pasaba por ahí, creyó ver a Bill en la chimenea una vez. Ron intentaba hablarle a diario, abría la boca, vacilaba, terminaba por callarse y arrugar el entrecejo, como si cualquier palabra que pudiese soltar fuese a resultar la incorrecta.

Quizás era eso lo que sucedía. Quizás era la forma en que lo veían cuando bajaba del segundo piso, cómo se acallaban cuando pasaba por un lado.

Comenzaba a sentirse en otro tipo de burbuja.

Entonces una noche, cuando los que tenían que irse tomaban la chimenea y los que se quedaban se dividían las habitaciones, ella tocó la puerta y se asomó sin esperar respuesta. Estaba seguro de que era la única persona, además de Regulus, que había entrado a la habitación de la que se apropió cuando llegó. Draco la observó sonreírle, desde el borde de la cama. Se había mantenido recargado contra el marco de la ventana por largo rato, mirando paisajes mágicos. No tenía sueño. Ari era un pequeño retrato sobre la palma de su mano, la cadena le pendía del cuello, por debajo de la ropa.

—Mira lo que conseguí —Comentó, mostrándole el puño cerrado. Al abrir los dedos, hubo un destello dorado que se alejó de su mano. Debía estar encantada, porque voló hacia él en un trayecto demasiado preciso.

Draco atrapó la snitch en el aire, por reflejo. Soltó el medallón, que quedó contra su pecho, e hizo girar la pelotita dorada entre los dedos. A pesar de que sus alas se agitaban deprisa, no se escapó. Ginny aprovechó su distracción para cruzar el cuarto, por lo que no la notó hasta que la tuvo a un lado, agarrándole el brazo. Tiró de él, con suavidad.

—Ven conmigo.

—No tengo ganas de ir a ninguna parte, Ginny —Ella volvió a sonreír, casi a manera de disculpa.

—Ven, aun así —Insistió, en voz baja, otro leve jalón a su brazo lo puso de pie. Empezó a llevarlo hacia la salida. Draco cerró el medallón y se lo guardó bajo la ropa.

Lo sacó hacia el pasillo, lo guio más hacia arriba en lugar de dirigirse a la planta baja. Se rio cuando le hizo una pregunta sobre su destino, lo metió a un cuarto que no había visitado. La ventana estaba abierta, la brisa que se colaba era fresca.

Ginny lo soltó para presionar las manos en el borde del marco, pasó una pierna hacia afuera, después la otra. Había una sobresaliente en la pared exterior, lo bastante ancha para que pudiese pisarla sin temor a quedar en la nada. Le tendió una mano desde allí.

Parecía emocionada, y por primera vez en días, semanas, meses, Draco contuvo una risa genuina.

—¿Te volviste loca? —Ginny negó, apremiándolo a ir con ella. Tras una leve vacilación, la sujetó para atravesar la ventana también— ¿nos estamos escapando?

—Nos estamos divirtiendo —Le corrigió, aferrándose a uno de sus brazos para guiarlo hacia donde la sobresaliente crecía un poco más, lo justo para que ambos pudiesen sentarse, con las piernas colgando en el aire.

—Y camino a una muerte segura, genial.

—Mira —Cabeceó en una dirección determinada, ignorándolo—. La ciudad de noche.

Levantó la mirada, despacio. Ligera neblina, cielo oscuro y de pocas estrellas, puntos de luz dispersos, ruido distante.

No era el lugar más bello del mundo, pero le daba una sensación de tranquilidad que sólo otros pocos habrían conseguido. Los muggles vivían sin tener idea de la inmensidad de lo que los rodeaba, ajenos a preocupaciones de guerras mágicas y señores oscuros. A la magia misma.

—¿No te hace sentir mejor?

Draco asintió, sin pensar. Junto a él, Ginny le dio un leve apretón en la mano.

—¿Quieres jugar Quidditch? —Todavía le sonreía cuando él la vio.

—No tenemos espacio.

—Te enseñaré a llegar al techo, Fred y George me mostraron cómo —Cuando arqueó las cejas, expectante, Draco no hizo más que reír y jurar que tenía ganas de matarlo.

Jugaron en el techo inclinado, al día siguiente. Ginny no dejó de alentarlo hasta que aceptó. El Fidelio lo resguardaba tan bien como al resto de la estructura, pero era inestable para elevarse en las viejas escobas prestadas y se tambalearon.

Persiguieron la snitch dentro del espacio estrecho con que contaban, hasta que ambos tuvieron que detenerse por una bludger que iba hacia ellos. Al girarse, dos cabezas idénticas se exponían desde el borde del tejado. Supuso que Fred fue el que la arrojó, porque la otra la sostenía George, que se subía al techo con más dificultad que su hermano.

—¡Cuidado allí arriba! —Fue la única advertencia que recibieron. Uno de los gemelos lanzó la pelota al aire, el otro le dio con un bate tan antiguo que estaba astillado, propiedad de algún Black que lo dejó ahí.

A Ron tuvieron que ayudarlo cuando subió también, gimoteando acerca de escalar ventanas y sobresalientes sin magia, y dando vistazos hacia abajo cada poco tiempo, pálido. Llevaba una escoba que ya estaba descontinuada del mercado. Neville otra. Blaise negó y se sentó, apropiándose de una de las bludgers, argumentando que él no se subía a la escoba de nadie, con esas palabras exactas.

Hermione los alcanzó después, ayudada por los gemelos para llegar arriba. Se les unió con un pergamino y pluma, para anotar los puntos, excusándose con no ser buena para jugar.

Draco creía que nunca los había querido tanto, hasta ese día.

0—

Intentó sonreír para alentar a Leonis, cuando el perro se paró frente a Sirius, mordiendo el borde de su pantalón para detenerlo. El mago miraba a su ahijado, luego a él, como si esperase que alguien le dijese al can que lo soltase. Ninguno lo hizo.

Cuando Draco abandonó el cuarto, tenía una sorprendente sensación de paz. Harry, que comprendió el punto, lo siguió y cerró la puerta, dándoles privacidad. Estaba por continuar su camino hacia las escaleras, cuando le sujetó la muñeca.

El Slytherin parpadeó hacia él, aturdido. Estuvo a punto de dejarlo ir, pero decidió que no. Deslizó su mano más hacia abajo, de manera que apenas le rozaba los dedos.

Respiró profundo para reunir valor. Tuvo el pensamiento fugaz de que, no importaba cuánto los hubiese visto antes, sus ojos verdes seguían pareciéndole los más bonitos del mundo.

—¿Quieres salir un rato? —Su voz fue un murmullo tan bajo, que si alguien más hubiese hablado en ese mismo corredor, nunca lo habría escuchado. Pero nadie estaba cerca, por lo que sí fue posible; su expresión consternada cuando boqueó se lo dejó en claro.

—¿Contigo y quién más?

—Solos —Hizo una pausa, apretando los labios—. Preferiblemente por la puerta de atrás, antes de que mi padrino empiece a preguntarse dónde me metí.

Harry lo vio con los ojos abiertos de sobremanera.

—No les va a gustar que salgas sin alguien de la Orden —Recordó, una sonrisa que tironeaba de las comisuras de sus labios lo traicionaba.

—Tal vez no tengan que enterarse de una vez.

Oh, Snape se enteraría, claro que sí. Estaba dispuesto a correr ese riesgo, por la manera en que el rostro de Harry se iluminaba con una sonrisa más abierta.

—¿A dónde vamos?

Se encogió de hombros.

—Regulus consiguió dinero muggle de mi padrino, pero no sé cuánto es o si servirá para algo útil...

—Le conseguiremos un uso.

—Harry —Llamó, cuando el chico iba a empezar a bajar las escaleras. Lo miró por encima del hombro; ahí, Draco recordó por qué quería y tenía que hacerlo—, lo siento. Por...cómo fui estos días y por evitarte, y no acercarme hasta ahora, y...

No lo dejó terminar. Se zafó del agarre en su mano con un movimiento lento, giró para encararlo. Un instante más tarde, sentía que le sujetaba el rostro.

Y lo besaba.

Fue confuso al principio, porque permaneció unos segundos en shock. Cuando quiso acercarse más, Harry ya se apartaba un poco, con una expresión de disculpa.

—Me moría por hacer eso —Fue su excusa. Draco tragó en seco. Ni respirar profundo pudo quitarle la sensación de que el cuerpo entero le hormigueaba—. No estoy molesto, estaba preocupado, y eso es peor. Sólo…déjame una oportunidad para acercarme la próxima vez.

Asintió, distraído, aunque su mente grabó bien las palabras. Cerró las manos en los costados de su camiseta, tirando de él para que diese el paso que se había alejado; vacilaba de forma obvia sobre si podía rodearlo.

—Hazlo otra vez —Pidió, con un hilo de voz. Harry sonrió al inclinarse para volver a besarlo.

0—

—¡...está frío, está frío! —Draco tuvo que contenerse de gritar cuando sintió que se le congelaba la cabeza, la boca, los trozos de hielo saborizado dándole una punzada momentánea por la temperatura— ¡Harry! —El aludido no hacía más que reírse, bebiendo de su vaso sin mayor complicación.

—Te dije que fueras lento.

—¡No me dijiste que estaba tan frío! —Tras un par de exhalaciones, dio otro sorbo. Fue más sencillo esa vez. Le frunció el ceño al vaso, como si tuviese la culpa de todos sus males—. ¿Dices que los muggles comen esta cosa en vez de helado?

—No, también comen helado.

—Pensé que el helado era sólo de los magos —Admitió, encogiéndose de hombros.

—El helado es muggle, Draco.

Soltó un bufido de risa.

—Obviamente no, es de los magos. Uno lo creó. Por eso es tan bueno —Harry hizo ademán de rebatirlo, luego debió considerarlo mejor.

—Eso tendría sentido.

Draco elevó la barbilla, presumiendo de su supuesta victoria. Bebió más de su vaso y lo dejó a un lado, inclinándose sobre el panel de controles.

—¿Y este cómo funciona?

—¿Ves a esos fantasmas de la pantalla? Los de colores, los- agh —Ya que Draco arrugaba el entrecejo, confundido, tuvo que estirarse para apuntarlos.

—Esos no son fantasmas.

—Lo son según los muggles. Y son malos.

—¡La bola amarilla se acaba de comer a un fantasma! —Draco saltó al verlo, llamando la atención de los jugadores más cercanos del arcade. Harry se rio y el resto optó por ignorarlo, volviendo su atención al juego de turno. Él se inclinó hacia un lado—. Harry, ¿los muggles creen que se pueden comer a los fantasmas?

—El pacman sí se los puede comer, a veces.

Draco estaba horrorizado e impresionado. Harry le indicó cómo se manejaba la bola amarilla de boca grande, con las manos puestas sobre las suyas en los controles. Consideraba que era la mejor parte de pasar de una máquina a la otra, como llevaban haciendo alrededor de dos horas.

—¿Me mató? ¡Me mató, Harry! —Protestó, en su primer intento solo—. ¿No que la bola amarilla se los comía?

Después de haberlo metido a una máquina de fotografías que no se movían, haberlo escuchado sin aire a causa de la risa por la de armas y zombies ("¡los zombies no son así! Los nigromantes jamás dejarían que se muevan por ahí") y oír sus quejas sobre cómo no lo dejaba ganarle en las de carreras de autos, Harry había adquirido la paciencia suficiente para verlo con una sonrisa, incluso cuando formaba pucheros y seguía quejándose, y esperar que se detuviese para continuar ayudándolo.

No les quedaban muchas monedas, pero Draco quería que su bola amarilla se comiese a un montón de fantasmas, en venganza, antes de pasar al próximo juego.

Cuando les cedieron la máquina a los siguientes, no pudieron apartarse más de unos pasos. Tonks se metió en su camino, haciendo saltar a Harry más que a él. Draco se dedicó a terminarse su bebida helada, sonriéndole, burlón.

—Hola, Nymphadora.

—No me llames así —Le siseó, arrugando la nariz. Si no veía el cabello cambiándole de color, era sólo porque llevaba un gorro que lo ocultaba. Contuvo la risa.

No había tenido más contacto con su prima que una firma al final de la tarjeta que Andrómeda le enviaba cada año por su cumpleaños y Yule; su tía no sentía el menor aprecio por Snape, cosa que era recíproca, así que ni lo visitaba, ni a su padrino se le ocurrió permitirle ir a su casa por vacaciones alguna vez.

Sin embargo, también fue ella la que se cruzó de brazos y vio a uno y al otro. Resopló.

—Se hace tarde —Recordó, en tono suave. Debían volver. Draco asintió, mirando de reojo a Harry.

—¿Podemos volver otro día?

Harry le sonrió, estirando el brazo para sujetar su mano libre.

—Cuando quieras.

Aquella perspectiva le agradaba. Tonks, frente a ambos, tenía problemas para disimular una sonrisa cuando les pidió que la siguiesen.

—¿Sabías que estaba aquí? —Inquirió Harry, tras unos momentos de camino. Él se encogió de hombros.

—Sabía que alguien estaba cerca —Admitió—, o lo imaginaba, al menos. No sabía quién.

Su padrino podría llamarlo irresponsable, imprudente y necio cuando hubiese regresado a Grimmauld Place, pero él seguiría pensando que había valido la pena.

0—

Lo intentó esa misma noche, de acuerdo a sus instrucciones. Regulus estaba a unos pasos de distancia, en una de las sillas pertenecientes al juego del escritorio, y la varita que sostenía era la suya. Podía replicar hechizos simples con esta, pero no le obedecería; su padrino quería llamar a Ollivander, en lugar de llevarlo al Callejón Diagón, cuando lo detuvo hablándole al respecto.

El medallón de Ari colgaba de la pared, abierto. La muchacha lo instaba a acercarse con gestos. Ella nunca hablaba, aunque le parecía que era buena para escuchar, y aún mejor para guardar secretos como ese.

Sólo tuvo que tocar el retrato con la varita, para sentir que era jalado, succionado y arrojado hacia otra parte. Parpadeó para enfocarse.

El sendero era estrecho, sinuoso, los colores y líneas difusas por la pintura. A su lado, podía verla de pie.

Ari le sonrió al extraer otra varita de su bolsillo. Se la enseñó, mas no se la tendió, sino que la levantó, como si fuese a encantarlo. Apuntó la que él tenía y gesticuló hacia la otra, la vieja, la de Dumbledore. La Varita de Saúco.

—¿Te la tengo que quitar? —Ella asintió varias veces, deprisa. Draco vaciló— ¿con un expelliarmus, tal vez?

Otro asentimiento le contestó. Lanzó el encantamiento a su mano, sin encontrar la menor resistencia o intención esquiva.

La varita salió despedida desde la mano de la chica del retrato hacia la que él tenía libre, con la que la atrapó. Vibró y se entibió al contacto, enviando una onda momentánea y cosquilleante por su extremidad. Luego se detuvo.

—¿Él te dijo que era esto lo que quería? —Le preguntó, en un susurro. Ari asintió, con una débil sonrisa—. Gracias.

Supuso que el gesto con que le respondía era su propia manera de darle las gracias a él. Sujetó ambas varitas con una mano y caminó hacia donde ella señalaba, por el sendero, a la salida.

Fue como ser lanzado lejos, de pronto. Estaba mareado cuando trastabilló de vuelta en la habitación. Regulus apareció a su lado enseguida, sosteniéndole los brazos y haciéndole preguntas.

Él le enseñó la varita, como única respuesta.

No podía creer lo que Dumbledore le había dejado.


Por hoy, dejémoslo aquí, con su cita por fin lograda ;)

Como siempre, muchas gracias por leer (y soportar los días de espera entre el final anterior y esto, jajaja)