Viven algo alejados del vulgo, cosa que a Nicolo no le gusta del todo. Vivieron en dos ciudades diferentes antes de que tuviera doce años, de esas donde hay tiendas en cada esquina y puedes conseguir todo fácilmente. Luego en una que se quedaron hasta que cumplió quince. Cambió tras que su padre tuviera problemas, que hasta hoy es difícil preguntar a su familia, que jamás le explicaron.

Ahora aquí están. Serán casi dos meses, mas no se acostumbra. Su casa no está exactamente en medio de la nada, sino en la zona que menos personas circulan alrededor. En un camino que solo cruzan los que viven, donde tampoco hay automóviles a cantidad.

A veces, suelen venir visitas como amistades antiguas. Ahora es un día de esos. Su casa está ocupada con visitas de su madre, de momento están en la cocina preparándose tragos, siendo un buen momento si quiere huir ya que no le verán dado que cerraron la puerta ubicada entre la cocina y las escaleras, y mientras no cierre con fuerza la puerta principal. Opta a salir de ahí a perder el tiempo que pocas veces tiene sin sus padres cerca, ya que puede aprovechar sin que su madre le pregunte donde irá por estar entretenida con sus amigas.

Está por salir cuando la puerta se abre sin previo aviso, amilanándole que su padre pudo leer su mente a la distancia y vino por eso. Pero no, aunque sí es su papá el que entra una chica en brazos. Nicolo piensa lo peor al ver a la chica joven, que parece hasta menor a él aunque tal vez sean de la misma edad.

¿Qué hace su padre con un cuerpo cargado cual peso muerto? Las dos peores cosas que puede un hijo imaginarse con semejante escena: su papá acaba de matar alguien por reírse de su entrada -calva-.

No es eso, grita el hombre en intento de golpearle de su atrevimiento por su orgullo masculino del cabello, pero no lo logra porque si no tirará a la persona que carga.

Nicolo imagina un escenario peor, que es tan malo por la implicancia, que necesita corroborar que no sea cierto.

—¿Engañaste… a mi madre… con alguien de mi edad?

Ahora sí recibe un golpe en el brazo que posiblemente le deje morado, la chica casi cayendo. Su padre se apura al sofá de la sala y la deja ahí. Ella tiene un visible golpe en la frente.

—Le di con el auto —dice su padre, bufando de las suposiciones de su hijo que al parecer no le tiene respeto alguno, como para pensar en él de forma tan acusatoria.

—¡¿Atropellaste a una chica?! —Va preguntar si es que se rió de su calva.

—¡Esa chica se metió en mi camino! —responde por suerte el mayor. Resulta que, a la esquina de su entrada, apareció ésta de la nada.

En ese momento, entra riendo su mamá.

—Nicolo, ¿no puedes ir a comprarme-?

—Papá le dio con el auto —Nicolo interpela porque su madre lo está mirando mal a él, como si hubiera sido quien la trajo y no su padre. Vaya falta de confianza.

—¡Ella se metió!

La mujer se trata de calmar, respirando. Dice que no la quiere en la sala, porque hay visitas, ni en su dormitorio le murmura en voz baja y su papá asiente, pero cuando la mujer se larga es Nicolo a quien recurre. Por eliminación, como no tienen habitación de invitados arriba, dice que suba la chica a su cuarto o la deje sino en el altillo. Así se va, diciendo que irá por una cerveza que no quiere estar cerca de las ancianas.

¿A qué clase de adulto se le ocurre dejar a un adolescente en una habitación a una chica inconsciente?, Nicolo cuestiona. Es decir, él no lo es, ¡pero y si fuera un pervertido qué…! Él no quiere subirla y su papá reclama, lo suficientemente enojado por el suceso, que obedezca porque es su padre. ¿Pero ni siquiera llamará a un doctor o llevar a la chica al médico? No, es su respuesta, no pagará por la irresponsabilidad de los padres de la chica tonta al no enseñarle a mirar ambos lados al cruzar. Aunque, él dice, por un momento pensó que cayó del cielo. Pero eso era tonto. Apareció de la nada. O era rápida al nivel de teletransportarse como en esas películas de ciencia ficción o se subió a un árbol del cual cayó, la tonta.

Y se larga. Santo dios, a veces se sorprende cómo es que no huyó así cuando su madre le dijo que iba a tenerlo a él. Tal vez lo intentó.

Nicolo sinceramente no es tal caballero para haber pensado en llevarla al hospital, sobre todo que le interrogarán y creerán que fue el responsable o hizo cosas peores con ella, así que simplemente busca la bolsa de agua en la cocina. Ante la mirada de su madre que hace lo posible por distraer aun a sus amigas, que quieren ir a jugar póker en la sala, decide aceptar la responsabilidad.

Sube a la chica. La coloca en su cama, porque duda que sea buena idea dejarla en el altillo sin vigilancia. Deja sobre la cabeza de la chica y se contiene de mirarla mucho tiempo. No vaya ser que despierte y crea que es un perverso pervertido que la ha secuestrado o alguna tontería semejante.

La curiosidad gana mientras está ahí sentado, distrayéndose acomodando libros, y va a verla porque no despierta luego de cuarenta minutos. Su frente estaba morada, también la mejilla y tenía un raspón cerca de la nariz. Ahora que la miraba bien, su cabello era castaño oscuro. Su piel no era pálida, sino de un color…

Ella se remueve, haciéndole alejar. Finalmente abre los ojos, removiendo despierta y nerviosa al verse en un lugar desconocido. Se mueve con velocidad, apoyando la espalda lo más posible en la cabecera de la cama, al cruzar miradas. Está creyendo que él es responsable.

—Te atropellaron o algo así —Nicolo dice rápidamente, para no causar más pánico—, mi padre te trajo hasta acá.

Vaya forma de acomodar la historia a su gusto, pero no puede vender al hombre aún. En todo caso, la chica está bien.

—¿Te sientes bien? —pregunta por las dudas, ella por inercia se lleva la mano a la frente, cerrando un ojo—. Deberías ir al hospital.

—¿Me atropellaron? —por primera vez el joven oye su voz, que es de alguien en pánico llevándose las manos a la cabeza.

—P-pero estás bien, ¿no?

—Cómo voy a saberlo, ¡me atropellaron! —dice ella, luego abre los ojos en sorpresa—, ¿fuiste tú?

—¡NO! —dice molesto.

Ella sigue confusa, luego inquiere otra vez. —¿Entonces por qué estoy en tu casa?

—Fue mi padre —admite, porque esa mentira será difícil de sostener. Mejor así.

Ella aprieta los labios, pero al final suspira sin decir nada. Al parecer, no tomará acciones en contra. Simplemente se levanta y le pregunta con voz vacilante, si acaso le hizo algo raro mientras dormía aquí.

—¡¿Qué clase de persona crees que soy?! —él se queja, un sonrojo notable en la cara por esa acusación.

—Bueno… —ella no deja de verle con ojos de sospecha.

Ella se dirige a la puerta, Nicolo se interpone y entonces la chica levanta los brazos lista para… ¿Enseñarle sus movimientos de karate? Diría que es temprano para estas tonterías, pero no lo es. Está oscureciendo. Ni sacude la cabeza ante lo rara que es, solo atina a explicarle que deben ser cuidadosos. No quiere ancianas que dicen ser sus tías, confundiéndola conque ella es su inexistente novia. Querrán traer sus cámaras y tomarles fotos, haciéndole además preguntas incómodas a ella. Esta última parte, hace a la castaña asentir.

Suspira con alivio y ambos bajan, el joven ocultándola con su cuerpo en lo que pasan la sala de estar donde se hallan su madre y amigas. Salen afuera.

—Deberías, eh, hacerte algún examen médico —repita al estar bajar de la entrada. Puede ser un simple golpe, pero su mamá siempre habla de lo malo que es darse en la cabeza. Por las dudas, debería hacerlo.

Ella desestima, diciendo que no es nada más que un dolor en donde se golpeó la frente. Estará bien. Nicolo ve su espalda alejarse más allá de la esquina, donde quizás fue atropellada por su padre, y vacila un poco antes de ir tras ella.

La castaña sube los hombros, acelera el paso.

—Espera-

—¡Dijiste que no eras un pervertido! —grita, por suerte no hay nadie que le oiga ser llamado así.

—NO SOY —simplemente será acompañarla a su casa. No vaya ser que sucede otra tragedia, porque no esta chica no es muy lista que digamos—. Como sea que te llames, ¡simplemente te voy acompañar!

La chica de cabello castaño se frena, vaya que fue rápido su caminar, la alcanza y ella le mira fijamente, algo invadida.

—¿Por qué confiaría en ti? Ni siquiera sé cómo te llamas

—Yo tampoco sé cómo te llamas.

—Porque no preguntaste.

—Correcto —dice con sarcasmo, luego agrega al verla no dar su brazo a torcer—. Mi nombre es Nicolo.

Mas ella acepta sin dar su nombre, dejándole que vayan lado a lado por el camino, en absoluto silencio. La tensión es notable, solo dejando de sentirse por el sonido de los automóviles pasando una vez cruzan la ruta cuyo lado opuesto comienzan el resto de las viviendas, ahí sí hay más personas a la vista e inicio de almacenes y un supermercado, la ciudad está para el otro lado, mas aquí hay varias cosas a diferencia de donde se ubica su casa No entiende cómo esta chica fue a parar cerca de allá, pero mejor no preguntar de nuevo.

Antes de dar con alguna casa en particular, ella dice que es suficiente hasta ahí. Que ahora es peligroso para él, si lo que le preocupaba era andar en la noche.

—Gracias —dice ella, por primera vez haciendo algo parecido a una sonrisa—. Y me llamo Sasha —dice rápidamente mientras se aleja.

Su repentina amabilidad, hizo que se sintiera fatal por los moretones en su rostro, de no ser por la ansiedad en todo, diría que había sido algo bueno conocerse de esta forma. Aun así, conocerla no fue una experiencia del todo desagradable, se dice mientras vuelve a su casa y piensa en Sasha con una sonrisa tirando de sus labios.