Notas: al final, decidí sí hacer una continuación. Dos razones, la primera es que es uno de los fics más leídos en sus primeros días -incluso aunque no haya comentarios como casi siempre jaja-, la segunda es que tengo fanfic's que se basan en este UA exacto, y como hay lectores que les interesó, creo que sería bueno conocer esta historia corta para poder apreciar las otras que vendrán.
—Estoy bien —Eso le dice a sus padres, sorprendidos de su mejilla y frente morada, a la pregunta de en dónde ha tardado tanto tiempo, que hasta dónde fue a comprar como se supone dijo que haría, tardando tanto en regresar.
Ella alega sobre la larga fila que hay en los supermercados, que recorrió varios porque no había lo que buscaba. Su papá y mamá inquieren qué exactamente era eso, pues no tiene bolsa alguna para explicar y Sasha replica que solamente fue a preguntar y le respondieron que no vendían la cosa, así que al final se arrepiente y tienen razón, que salir por capricho y sin permiso es malo, aunque sea comprar por una necesidad básica, y simplemente sube las escaleras antes de que den más regaños sobre de que su ropa está toda sucia en sus espaldas.
Opta por cambiarse e ir más tarde a cenar, en lugar que cuando la llaman a los diez minutos. No quiere preguntas, por lo que esquiva la mirada de su madre lo más posible y ante la duda de por qué no bajó a comer en familia, la excusa que da es que revisaba su carpeta y justo darse cuenta en que tenía tarea qué hacer, nada fuera de lo común. Aunque sus padres siguen queriendo saber exactamente qué fue lo que hizo afuera para llegar así, o si se gastó todo el dinero de la semana de trabajo, en comida de nuevo. A eso ella no responde, apretando los labios para no decir más.
Come sola en la mesa, apreciando el silencio de que no haya nadie en la cocina salvo ella. Piensa en todo lo ocurrido esa tarde que no contó, como el ser atropellada. Ha tenido suerte, porque no pasó a más que el golpe. Ella o el papá del tal Nicolo tuvo buenos reflejos. Ahora ya recordando cómo pasó todo, mas no lo contará o sus padres porque solo los molestará. Lleva sus platos a lavar, afirmando para sí no decir nada de aquello. Si sus amigos se enteran le harán bromas.
Ya pasó, piensa.
Al día siguiente, el dolor le dice lo contrario. Es todo su cuerpo el que duele, como si se hubiera caído o la hubieran arrollado.
Ah, claro… eso pasó.
Intenta sentar, pero le duele. No quiere levantarse e ir a la escuela, su madre acercándose a tocarle la frente por si tiene fiebre. No es exactamente fiebre, pero Sasha cuenta el síntoma. Su rostro está raspado, ahora que su mamá la ve mejor.
—¿Qué pasó ayer? —pregunta para más claridad, está molesta por no saber.
—Me caí… Por ahí.
—¿Dónde? ¿Y cómo te caíste? —su modo mamá seria, para descubrir esto.
—En el suelo —a lo otro no sabe responder sin levantar sospechas—. ¿Porque soy tonta? —Eso suele decir su padre cuando pelean, por lo que está bien. Da por zanjada la conversación con eso.
Al ver que su hija no dirá más, Lisa Braus suspira. Le avisa que irá a comprar algo para el dolor, que no le vio nada específico hinchado, pero por si acaso le hace quitarse la remera. A ella le cuesta sentarse para obedecer y ve que la causa es el un rojo notable en la espalda.
Luego de que su mamá regrese y la cure, también le ordena no moverse nada hasta que el dolor le pase o empeorará. Así que la adolescente de cabello castaño hace lo que menos le gusta, que es quedarse en cama mirando el techo. Pero prefiere eso a ir al médico, aunque su mamá dijo que irían de todos modos si el dolor no se iba.
A la mañana siguiente en la mañana, tras ir al baño, su mamá vino a su habitación. Dijo que se recostara y dejara verla, además le trajo el desayuno a la cama. Eso era lindo, pero hubiera preferido más comida.
Ella simplemente se pregunta si puede chantajear al tipo que la arrolló para obtener dinero, aunque tal vez eso cause problemas. Siente que se lo debe ese hombre, como sea que se llame el papá del chico ese que de momento se olvidó como se llamaba.
El picadillo en el pan nunca había sabido mejor luego de una noche con sopa de verduras y sin condimentos.
Nicolo se despertó con el estómago rugiendo. Menos mal que no hay nadie cerca para oír la cosa tan vergonzosa. Pensó en cocinarse algo, dado que no comió nada desde ayer en la tarde. Primero tendió las sábanas. Había dormido sin cubrecamas, porque éste necesitaba algo de limpieza. Al dejar a la chica ayer, había caído residuos de piedra y polvo del camino donde estuvo tendida.
Al entrar en la cocina, su mamá está bebiendo los restos de las botellas de licor que sus amigas no acabaron, bajo la mirada resignada de su padre que estaba cortando pan, presumiblemente para tostarlo. Pero vaya que se tardaba, esto se debe a detenerse cada vez que le habla a su madre.
—Ya te dije que no maté a esa chica —renegaba.
—Ah, sí ¿y su cuerpo? ¡¿Dónde está su cuerpo?!
—Yo qué sé, no estuve aquí hasta tarde. Ahí está tu hijo, pregúntale.
Su mamá escupió al verlo, tirando la botella al suelo que asustó a su padre del repentino ruido, al segundo siguiente la tuvo haciéndole de los hombros desesperadamente a él.
—Nicolo, dime ¡¿qué pasó con ella?!
—¿Quién? —su mente capta luego que se refiera a Sasha—. Ah, ella. Se fue a su casa.
La mujer se lleva ambas manos al pecho, agradeciendo al cielo, a la iglesia y al Papa -a Dios nunca-, tal bondad y que la propia estupidez de la chica no la matara para que luego los culpen a ellos y su familia.
—¿No te dijo nada? ¿Cómo reaccionó? ¿No va denunciarnos? ¿Puedes preparar el desayuno tú, ahora? Necesito ir a comprar algo para… Porque tengo sed.
—Me llamó pervertido —dice sin filtro, ante esa información rara toda confusa.
Su papá voltea con una mirada fulminante, como si hubiera tenido orejas grandes exactamente para esto.
—¿Qué le hiciste? —le acusa, porque cree que los adolescentes son todos así.
—Nada —se defiende fervientemente.
—Qué le hiciste —se cruza de brazos.
—¡Solamente la acompañé a su casa!
—Nos van a denunciar por acoso, no —hace énfasis en el 'no', su mamá. Sin decir más, se lleva las manos a la boca y empieza a correr, aún más alterada por la posibilidad de ir a prisión. Una vez sale de la cocina, grita por las llaves del auto.
Su papá no le culpó por eso, pero le tendió la manteca y el cuchillo, en clara señal de que le deja el trabajito de prepararle el desayuno a todos en lo que va hablar con su madre y detenerla de que vaya a comprar más licor mientras apesta alcohol tan temprano. No vaya ser que cree rumores en torno a ellos, chismes de los cuales luego ella se quejará como siempre.
Él se encogió de hombros, resignado, buscó el ajo y tomates para saborizar un poco el pan pasado porque él aunque sabía cocinar por encima de la media, no se le daba hacer el pan que consumían a diario, nunca había aprendido porque su madre horneaba de todo menos aquel tipo de pan. Decía que a ella no le gustaba prepararlo, puede que no supiera. Nicolo todavía sigue sin comprender qué les costaba a sus padres simplemente comprar una casa que no fuera ésta, que estaba tan a la intemperie. Bueno, al menos hay mucha fruta en la heladera... Sobras de los cócteles que usaron ayer.
Durante todo el resto del día, su mamá estuvo súper distraída. Nerviosa, a causa de la chica que su esposo atropelló. El temor que haría algo contra ellos, en cualquier momento. Se ve que su madre nunca hizo nada malo en su vida, para tener tales paranoias ante ese incidente.
Una vez que la hacen tomar una siesta y se despierta en la tarde -por supuesto, Nicolo ha sido quien preparó el almuerzo para ambos-, y llega su padre del trabajo, deciden salir para que se distraiga de esos pensamientos negativos.
No imaginaron su cara una vez llegaran a la ciudad y se hallaran a la misma chica, a media luz, el grito que pegó su madre…
Una mujer que usaba bata de enfermera, les pidió silencio con la mirada porque estaban caminando prácticamente en un hospital. La entrada, no es que se quedarían aquí, claro. Pretendían cruzar, necesitaban hacer algo de camino ya que dejaron el auto en un estacionamiento no muy conveniente, pero el único que tuvo lugar para el precio que su papá iba a pagar.
—Por dios, mujer, es solo una chica —su papá le dijo ya que se escondía a sus espaldas. La miró dos veces para darse cuenta de quién era—. Parece tener buena salud.
Sasha que estaba más confundida que ellos por no reconocerlos, hasta ver a Nicolo. Lo señaló con la mano.
—Eres el pervertido.
—¡Me llamo Nicolo! —él aclara frunciendo el ceño. No puede creer que a sus ojos lo siga siendo, menos que diga tales cosas con sus padres ahí.
—Eso —ella acierta, apenada.
Se ve que no recordó su nombre. De todas formas, no había razón para llamarle de esa forma denigrante.
—¿Qué haces aquí? ¿Nos estás siguiendo? —la mamá de Nicolo dice, medio oculta tras su padre.
—Eh, vine al hospital… Estamos esperando mi turno —contesta tímidamente.
—¿Afuera? —cuestiona su papá.
—Sí, señor… —dice, amilanada de la actitud del hombre—. Es incómodo adentro.
El hombre ya no le ve caso ni a disculparse, solo quiere irse. Pero Nicolo impide eso de momento, preguntando con algo de culpa sobre lo ocurrido.
—¿Te harás radiografías?
—No sé, aún no me vio nadie. Pero ya no me duele, no creo que sea tan grave como romperme algo…
—Te atropellaron —Nicolo refuta lo de no ser grave.
—También me caí de un árbol —ella admite, sonriendo de puros nervios.
—¿Qué demonios hacías en un árbol, chica ardilla?
Su esposa le mira mal. Es de mala educación llamar como animales a las personas, incluso si son chicas nada femeninas y comenten actos de dudoso razonamiento, aclara. Por suerte, la chica está muy intimidada para ofenderse de ese intercambio de palabras entre los adultos.
—Estaba buscando comida —ella dice con simpleza.
La esposa mira al esposo fulminante, diciendo que le rompió algo porque no es posible ser tan estúpida como para decir eso. Claramente, le falla algo, del cual pueden acusarlos en ser los causantes. Les denunciarán, chilla en voz baja a su esposo para amenazarlo con tratar bien a la chica rara para que no ocurra.
—A mí no me mires, ella es la loca.
—¿Cómo se supone que buscas comida en un árbol? —Nicolo trata de pensar—. Esos árboles no dan frutos —a los alrededores de su casa, ¿qué buscaba comer? ¿Hojas? ¿Insectos? ¿O estaba cazando aves?
—Estaba buscando huevos —ella dice felizmente—. Los huevos caseros saben muy distintos a los de la tienda, ¿saben?
Nadie en la familia la mira con agrado ante esto, no porque amen los huevos de la tienda o su variante en polvo, haciéndola poner nerviosa de esas miradas que la juzgan y hacen sentir pequeña.
—Bueno, en realidad buscaba gallinas —quiere mejorar la explicación.
Esa excusa es patética. Es tan tonta y ridícula que no pueden creerla. Claramente, las gallinas no son especies que naturalmente puedas encontrar arriba de los árboles.
Ella abre la boca con total shock al saberlo, ahora entendiendo por qué les parece tontos a ellos. No es que sean cultos, pero vamos, debió conformarse con huevos de la tienda si está ésta más cerca a su casa que la de ellos.
Ella dice que la única forma que los puede comer a esos, es que no los reconozca en el plato o estén cubiertos de más alimentos. Tal vez en ensaladas o rellenos. Huevos estrellados de esos, definitivamente no comerá.
—¿Eres una campesina o algo así? —dice la mamá de Nicolo—¿naciste en un establo? —de ahí a que sea tonta, piensa. Aunque si fuera el caso, debería saber más de animales de ese tipo.
—Vivía en una granja —murmura ella, para su sorpresa.
Mas para ellos, es previsible y ven esa como la razón de todo el problema.
—Nos vemos, creo —Nicolo dice confuso, sin poder expresar nada más y visto que sus padres se alejan, los sigue antes de que le apuren gritando.
Una vez acaban el paseo, que no ha servido mucho más que para seguir preocupando a su madre, Nicolo se echa en su cama sin entender cómo es capaz su padre de haber dicho tales cosas a la chica que él mismo arrolló. Está bien, no la mató, pero no es el no matarla, más bien la inocente en la situación. Qué injusto el cómo la trató, piensa. Sin embargo, no es que lo pueda decir y su padre recapacitará. Así que simplemente hace lo que debe y se va a dormir.
Unas horas después, algo lo despierta. Es un aroma agradable que estuvo en sus sueños, donde cocinaba él mismo todo, pero ya no era soportable que solo estuviera en su cabeza e imaginación comiendo el dulce, así que se remueve, abre los ojos. El reloj dice: menos de 5 minutos para las cinco. ¡Pero qué diablos! No es solo el aroma, sino un tono cantarín. Baja a la cocina. Su madre está ahí,
La madre de Nicolo le ha pedido que le de esas tartas, para compensarle. Porque una tarta demuestra amabilidad. Entonces cinco tartas deben ser suficiente. Nicolo no cree que sea un regalo que resuelva todo -tampoco cinco-, menos el casi matarla. Su mamá dice que no se preocupe, que está preparando otra más…
—No es eso lo que quise decir.
—¡¿Quieres ver a tu madre en prisión?!
Ella se pone a hacer ademán de llanto, haciéndose la pobre víctima para cumplir su deseo. No será ahora, sino cuando amanezca, pero sabe que ella tiene turno y no podrá, ni tampoco lo haría de estar libre. Eso es evidente, el adolescente no necesita que le aclare eso para saberlo y aun así ella refuta que sea tenerle miedo a una campesina. Y de nuevo usando chantaje emocional.
Maldita sea, él debe ser muy débil para dejarse cambiar de opinión tan fácil con tales discursos. Acepta ser quien ofrecerá las disculpas en nombre de la familia, las tartas y posiblemente amenazas de muerte si acaso los padres de Sasha son como los suyos respecto a su hija. Tarde se da cuenta de que ni sabe dónde vive exactamente, ¿deberá preguntar puerta por puerta una vez llegue al barrio?
