Para qué buscar una gallina en un árbol, era un misterio para Nicolo. Pero el resultado de esa idea loca, trajo consecuencias que él debe sufrir por culpa de esa chica de la idea estúpida.

No es que le cueste mucho caminar de cara a la carretera para ir un kilómetro y medio hasta la primera zona poblada. Hay algo relajante en eso, en el aire fresco de la mañana entrando a sus pulmones. Pero se siente caperucita roja por el encargo. Al menos, convenció a su madre de no enviar media docena de tartas y llevarse unas al trabajo, piensa que le hace falta con todo el estrés que debe pasar en el hospital. También porque su mamá le anima presumir lo que cocina.

Fuera de eso, todo lo demás es molesto. Sobre todo, el campo cuya cerca atraviesa, con un hombre de sombrero que apareció de la nada en el cerco y mirándole con cara de que se aleje de su propiedad. Y eso que él no estuvo tan pegado a la cosa, por el cartelito ese de 'cerco electrificado'.

La canasta que su mamá le ha dado no ayuda y que el pañuelo usado no sea a cuadro… sino floreado, es lo principal. Además de ser muy visible por el tipo de canasta. Le hace lucir nada intimidante, lo comprueba con los corredores que pasan mermando ritmo por su lado, solo para sonreírse entre sí conteniendo su risa y sin que entienda mucho la gracia. De no tener esta misión de limpiar el honor de su familia y si no fuera un pecado desperdiciar la comida, les habría arrojado la canasta en la cabeza, independientemente de las consecuencias.

El resto del camino es tranquilo, o todo lo que puede ser. El ruido que generan los automóviles y camiones resuenan, disminuyendo un poco cuando al fin alcanza la entrada a destino.

El primer lugar donde ve que puede encontrar información es quiosco donde también se vende comida según el cartelito, sin importar cuán poco higiénico es comer al aire libre en un camino que empieza con tierra y brea deshecha y casi inexistente, en vez de pavimento. La persona que atiende, se desanima al verlo con canasta porque presiente que no le comprará mucho. Es una chica casi de su altura, tiene una cara de no haberse levantado bien esa mañana.

—Disculpa, estoy buscando a alguien —su mente queda en blanco por no tener el apellido. De todas formas, da el nombre que sí sabe—. Se llama Sasha —ella lo interrumpe de dar más información.

—No sé de quién hablas.

Nicolo recordó que Sasha le dijo algo al encontrársela ayer, a las afueras del hospital.

—Su familia antes vivía en una granja.

—¿Piensas que yo sé la vida de todos?

—Castaña, ojos de un color parecido, tiene la piel tostada.

—No vas a comprarme algo, ¿cierto? —es una clara insinuación a que se largue.

Hay una risa a su espalda y él intenta no gritarle porque se burle de esta desgracia.

—Hey, ¿te refieres a los Braus? —dijo el chico divertido de la situación, que por apariencia parecía niño, la verdad.

—Tal vez…

—Bueno, conozco a una Sasha que se parece a lo que dijiste.

—Como sea. Connie, este es un quiosco no una tienda, si no vas a comprarme, vete.

—¡Hey! Acabo de llegar, fea.

El chico le dice qué vino a buscar, Nicolo espera que pague y le da una indicación.

—Yo hubiera pedido dinero para dar la información —murmura la chica de pecas, lo suficientemente alto.

¡¿Entonces sí sabía?! ¡Y si ni parecía tener intención de decirle!

El menor, o eso parece ser, le dice que no le preste atención. Habla en el recorrido, quizá intuye que no vive aquí o lo toma de tonto y no saber nada de los alrededores. Explica que no hay muchos habitantes en la zona, ni una escuela aquí. Que para eso todos van a la ciudad que está al otro lado de la autopista. Algo que ya escuchó. No es que llegó la semana pasada acá.

—Por cierto, ¿tú quién eres?

Le fastidia esa pregunta, cuando ni se presentó primero… pero intenta ayudarlo, así que se calma. Simplemente le da su nombre y éste responde que es "Connie" el suyo, que no es como si la otra chica de pecas no lo haya gritado. Se muestra divertido de la canasta que trae como si acabara de reparar en ella, pero intenta ocultar la burla y pregunta si Sasha encargó un pedido a alguna tienda de pasteles otra vez. Nicolo murmura que es algo así, sin dar datos extras.

—Espero que esta vez tenga dinero para pagarlo —él niega levemente.

"¿Cómo?" Está comenzando a preocuparse por dónde le llevará, qué clase de personas se encontrará al legar.

Pero llegan a la casa donde viven los dichosos Braus. La puerta la abre una mujer que es sospechosamente parecida a Sasha. Ciertamente, familiares. Ésta es su casa y no ha sido una pérdida de tiempo soportar al tal Connie. Agradece y éste le dice que no hay de qué, dando a la señora Braus un saludo antes de irse rápidamente porque se ve que él tenía algo más que hacer.

Es ahora o nunca su redención, se dice, a lo cual acorta distancia hacia la señora confusa pero que surca labios dando los buenos días.

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Él aún siente su cara caliente, toda roja debe estar por lo que acaba de hacer apenas unos minutos antes. Que supiera que pasaría, no funcionó para restarle importancia al asunto.

Sin estar seguro de qué decir, simplemente esperó a que la señora Braus cogiera la canasta, impresionada del recado que no pidió, tal vez con sospecha que su hija fue. Sin embargo, no lo dice, aunque sí tiene la desgracia de escucharla decir -luego de aclarar que es para Sasha- que su hija se pondrá feliz. En cuanto pregunta al respecto quién es él… Nicolo se largó corriendo, sin mirar atrás. Por lo menos, declarando estar apurado, sin ser específico. Vaya excusa para huir, mas no sabía de qué otra forma explicar la razón del obsequio sin tener que enfrentarse con la señora si sabe que su familia causó el accidente de su hija, la cual él espera no haya sufrido un desgarro o que necesite operación. Posiblemente saque la misma conclusión que el amigo de su hija, si no le dice nada. Al menos, hasta que él esté lejos y la chica, Sasha, ate cabos y lo acuse.

Desea que la chica sea lo suficientemente tonta para olvidar dónde vive, de ese modo no tocarán a su puerta en los siguientes días. Simplemente no desear tener arreglar problemas que no le conciernen, aun si se metió mucho en esto por culpa de su familia.


Sasha estaba aún recostada en la cama, muriendo de aburrimiento. No encontraron nada grave al hacerle placas, lo cual le hizo sentir que el gasto fue tonto. En todo caso, tampoco sufrió un desgarro. Ahora solo debe tomar pastillas y tener un descanso por unos días. Su mamá insistió en que no haga nada de nada. Es linda la preocupación, pero algo le dice que la quiere lejos del pastel de carne por la costumbre de que abría el horno repetidas veces antes de que estuviera listo, para sacar un poco antes de tiempo. Y que había quemado el foco interior… ¡Pero sin querer!

Está a punto de ser mediodía cuando su mamá cae con comida a su habitación, al fin. Sasha sigue la bandeja con la mirada, hambrienta. Anhelo al percibir una masa que no pensó que le daría como postre. No olió aroma dulce hasta ahora, lo cual parece raro porque sintió el aroma desde que su mamá rehogó cebollas y ajo. Es claro que su madre no hizo la tarta, no luce la porción como ella las hace. Antes de que Sasha pregunte con emoción dónde lo ha comprado, o si se las regaló alguien, se sienta y su madre es quien cuestiona como quien no quiere la cosa.

—¿Te caíste cuando fuiste a visitar alguien en especial?

No entiende a qué viene la pregunta, pero su mamá parece realmente expectante. ¿A quién iba visitar? Sus amigos viven cerca, le recuerda. Bien, Ymir no es exactamente su amiga… Pero Connie vive cerca. Es gracioso que su madre piensa que escapó para visitarlos. Les habría dicho… A menos que piensen revisarle para que no entre comida al cine, como la última vez. Esto último no lo dice, claro. Sus papás es mejor que olviden eso. Ojalá los del cine lo olvidaran también.

Lisa Braus se abstuvo de comentar, sabiendo qué pensaba su hija, o sospechándolo. Se marchó a la planta baja, no sin antes ordenarle calmarse y comer calmadamente, sin ensuciar de más.

Por qué un joven le daría a su hija una canasta llena de tartas, es muy predecible considerando cómo es Sasha. Pero prefería que su hija le aclare las cosas. Que niegue todo o haga que nada pasó, es sospechoso. ¿A qué madre le gustaría saber que su hija guarda esta clase de secretos? Tampoco es que le prohíban tener novio, aunque nunca lo han hablado seriamente porque Sasha nunca ha dicho algo de esos temas, como gustarle un chico. Pero tampoco su padre es estricto con que tenga amigos hombres, así que no es razonable ocultarlo.


A la noche, la cena no es como siempre y su mamá siente la tensión. Mucho silencio no es buen augurio. Eso pasa porque su hijo no está hablando y ella defendiéndolo, de que se haga el gracioso según su marido. Nicolo ahora está en silencio y dando miradas con un poco de rencor. Es confrontado por los ojos fijos a su padre, y ella intenta menguar todo pacíficamente con el resto de la tarta que le sobró de la mañana. Nicolo la había convencido de no enviarle seis tartas a una chica que no conocen, simplemente le dieron cuatro. Él quiso enviarle tres o solo dos. O ninguna. Pero bueno, no va juzgar a su hijo por las malas cualidades que heredó del lado paterno.

Así de malo es que levante la cara para mirar a su padre.

Ella abre los ojos como platos, dejando la tarta estratégicamente en el centro para dividir lugares y quitando el cuchillo más grande muy lejos de la mesa de inmediato tras cortar.

Su marido volvió la vista a su hijo, haciéndola alarmar de que Nicolo no desvió la mirada o puso esa sonrisa de tonto- eh, de perdido y disculpas que siempre pone cuando entra en nervios, o amenazas. Ella entre ambos, para interponerse. Como siempre. Pero ellos están enfrentados, como siempre, en sus sillas.

—¿Qué? —no es pregunta, es sarcasmo del papá a su hijo, masticando de forma lenta y dura.

—¡Coman tarta!

—¿Cómo es posible que no tengas remordimiento?

—Ya se las serví.

—¿De qué?

La única mujer de la casa, hace lo que mejor se le ocurre para la situación. Ríe, como para hacer pasar todo por broma. Toma las palmas de ambos, como si fueran a dar gracias por la comida y los incitan a que coman el postre antes de tiempo, a ver si así se callan.

…Solo para ser ignorada.

—Ah, maldición —se levanta y se va por un trago. Golpea la mesa con la botella al sentarse, mas ninguno la oye.

Tras el duelo de miradas, Nicolo vuelve a recargar la espalda en el respaldo. El mero hecho de enfrentar a su padre, lo mantiene firme.

—La chica del otro día…

—¿Qué tiene?

Su mamá da un sorbo al trago.

—Tú sabes. —No se hace el tonto su papá, que está al tanto de las posibles repercusiones. ¿Por qué simplemente no está afectado?

—Sé que ella se metió en mi camino. —El mango de su cuchillo golpea la mesa, fuerte. Por eso Nicolo ni se inmuta mucho, que su mamá hace ruidos peores cuando cocina enojada.

—Se pudo haber roto algo —él baja la mirada, no quiere verse débil ni que le importa mucho—, podrías haberla matado.

Su padre pone los ojos en blanco. Su mamá se sirve más.

—No la maté y no fue mi culpa —reclama con fuerza y hace un sonoro ruido para cortar simplemente una tira de carne tan finita, dando un bocado y mastica. Pone una sonrisa burlona al acabar, como si recordara algo—. Su trabajo de caza-gallinas es muy riesgoso.

Nicolo hizo silencio. Es cierto, no sabe cómo se dio todo y puede que se esté enojando únicamente por lo de esa mañana. Como sea, no podría hacer sentir remordimiento a su padre, aunque se lo propusiese. Lo mejor en eso es darse por vencido.

—¿Y tú qué estás tomando? —por fin se da cuenta de su esposa.

Ella le entrecierra los ojos, disgustada. Toma la botella, se levanta, diciendo que tiene muchas cosas importantes que hacer mañana.

—Arreglen la cocina ustedes, maldita sea.

Ninguno capta qué acaba de pasar. El hombre se levanta, resignado.

—Nicolo, lavas los platos.

Éste se queda solo en la cocina, a cargo de nuevo de los quehaceres.

—¿Por qué siempre yo?