Juegos mortales
Sumario: Draco Malfoy está desaparecido. El mundo mágico es reducido a un tablero; de un lado, el mago oscuro más tenebroso de todos los tiempos. Del otro, un adolescente.
Género: Aventura/Romance, fantasía, friendship.
Claves: Drarry eventual. AU. Perteneciente a la Serie ¡Cambio de Casa! (Draco!Elegido/Harry!Slytherin)
Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.
Chivos expiatorios
—Me dijo que no le dolía cuando se lo pregunté —Neville soltó una risa estrangulada, falta de humor—. ¿Puedes creer que dice que no le duele y luego se ve...se oye...así?
Draco inhaló profundo, exhaló despacio.
—Tal vez sólo no quería preocuparte.
Su amigo lo vio un momento, con el entrecejo arrugado y los labios apretados. Luego volvió a centrarse en la transformación.
Era una noche de luna llena. La Casa de los Gritos, recuperando su antigua fama, se llenaba con los alaridos ahogados que Blaise intentaba contener, retorciéndose en una de las salas destrozadas, mientras sus huesos se rompían para reorganizar la estructura ósea y aumentar el tamaño. Se trataba de un sonido horrible, de esos que dan un pitido en los tímpanos, esos que producen un escalofrío en lo más hondo y calan en los huesos con un frío fantasmal e inexistente. En cierto punto, Draco tuvo que apartar la mirada. Neville no lo hizo.
Los dos se encontraban detrás de una barrera, quizás de la época de sus padres, que los haría invisibles para el lobo una vez hubiese completado la transformación. No percibía su olor, no los oía. Era el mejor método para estar cerca y asegurarse de que el matalobos haya surtido efecto, antes de llevar a cabo cualquier otra acción.
—¿No podríamos...? —Le agarró el brazo y negó. Neville lucía como si se debatiese entre correr hacia allá o intentar un encantamiento para calmarlo, lo que sería un error por dos razones: el uso de la magia fuera del castillo y el hecho de que un hechizo así no afectaría al lobo igual que podría hacer con un mago. Era inútil.
Se sentían inútiles.
Cuando el último grito se tornó en un sonido más prolongado, ambos contuvieron el aliento unos segundos. Después llegó el primer aullido. Blaise, en forma de lobo, se tendía sobre la alfombra raída un momento, para recuperar el aliento. Draco tuvo que sostener más fuerte a Neville, para evitar que corriese hacia él, hasta que lo vio tocar el suelo con una pata tres veces; esa era su señal, un gesto que requería más consciencia de la que un hombre lobo, en estado salvaje, podría tener.
Neville se zafó de su agarre y se lanzó fuera de las barreras. En un parpadeo, se agachaba a un lado, preguntándole si estaba bien. El lobo frotaba la cabeza contra uno de sus brazos, para demostrar que sí.
Draco se aproximó más lento, procurando mantener la calma por los dos. El lobo se acercó apenas lo distinguió, deslizando la cabeza bajo uno de sus brazos; él le acarició detrás de las orejas, como si se tratase de un perro.
Lo sujetó por la mandíbula para levantarle un poco la cabeza. La pupila, la forma de los ojos, eran idénticos a los de Blaise en un día normal.
—La nueva fórmula funciona —Dio un breve vistazo a Neville, que dejó caer los hombros enseguida, deshaciéndose de una tensión que debía haber acumulado desde que le contaron que Blaise probaría una receta mejorada del matalobos ese mes.
Snape la llamaba "fórmula perfecta". Una poción que no sólo servía para mantener la consciencia durante el proceso, como el matalobos original, sino que usaría la misma dosis para todos. Blaise no tendría que seguirla cambiando hasta haber alcanzado la edad adulta, cuando su cuerpo se ajustase por completo a la magia.
Era una buena noticia. Draco lo dejó ir cuando Neville lo llamó. El chico le rascaba detrás de las orejas, pero lo hacía como una manera de disimular que le buscaba alguna herida entre el pelaje. Si Blaise lo entendía o no, era un misterio; aun así, se lo permitía.
—0—
El sol todavía no estaba en lo alto cuando pisaron Hogwarts, pero el amanecer de ese día había sido nublado y no esperaban que cambiase tan pronto. Blaise se recargaba un poco en ambos, uno a cada lado, sosteniéndole los brazos, a medida que avanzaban.
Las estatuas del colegio deambulaban por el patio, sus pasos gigantescos producían mucho menos ruido del que cabría esperarse. Tuvieron que pedirle permiso a la directora para salir los días de luna llena. Por suerte, Dumbledore había previsto lo suficiente para dejarle una carta explicativa con respecto a la situación de la profesora A y su hijo. Les pasaban por un lado, sin llamar su atención, aunque las estatuas sí capturasen las de los chicos.
Cuando alcanzaron el vestíbulo de la entrada, Draco se percató de que los esperaban. McGonagall se acercó para preguntar si necesitaba ir a la enfermería, Blaise negaba. Unos pasos más allá, la profesora A, envuelta en una túnica holgada y oscura, se recargaba contra una de las paredes. Severus tenía una mano en su hombro.
Apenas la mujer se fijó en él, supo que se avecinaba algo. Después de un primer mes de tensión, de sentir que no podía ver el panorama completo, que en cualquier momento habría un estallido que desharía todo aquello que intentaba construir, estaba ahí. Fuese lo que fuese, Draco no era tan tonto como para no esperar los predecibles problemas.
—¿Puedes acompañarlo al piso oculto? —Le acarició la espalda a Blaise, con movimientos circulares, al inclinarse hacia un lado para ver a Neville. Él asintió—. Voy a llevarles algo para desayunar en un rato, ¿bien?
Se alejaron sin prisas, oía a Neville decirle "apóyate en mí, tranquilo" y a Blaise darle una respuesta quejumbrosa, a medida que se alejaban. McGonagall le pidió que se fuese a dormir en cuanto hubiesen comido algo y que le encargase lo que quisiera a los elfos, Draco agradeció en un murmullo. Luego la observó marcharse también.
—Sev —La bruja se ponía de pie con un quejido ahogado. El profesor intentaba ayudarla, pero ella apartaba su brazo con cuidado—, ¿puedes ir a decirle a los elfos que hagan comida para cuatro?
Snape frunció el ceño.
—Pero sólo les toma un momento...
—Por favor —Lo silenció, con la voz aún más suave de lo normal. Débil. Agotada—, quiero que lo hagas. Draco puede ayudarme a moverme, ¿verdad que sí, dragón? —Él no dudó en asentir bajo la mirada hastiada de su padrino, que terminó por resoplar y asentir. También tuvo que esperar a que hubiese girado en la esquina del pasillo, para acercarse a la bruja.
—¿Cómo...? —Gesticuló para darse a entender. No le importaba cargar con Blaise, solo o ayudado por Neville, pero sostener a una bruja debía ser ligeramente diferente. Ella apoyó la mano en su hombro y recargó una mínima parte de su peso.
—Así está bien, tranquilo. Sólo necesito un punto de apoyo si me mareo. Ve despacio —Pidió, como una idea de último minuto. Draco asintió y empezó a caminar con breves pausas entre cada paso; supuso que el que ella pudiese seguirlo era consecuencia de años de transformaciones.
—¿Qué hacía aquí? —Le preguntó, tras unos metros de recorrido. Ella nunca los esperaba para verlos regresar, les confiaba a su hijo bajo el efecto de la luna llena sin titubear. No creía que hubiese cambiado.
La profesora emitió un leve "sh".
—No hasta mi oficina.
Así que avanzaron el resto del trayecto en un tranquilo silencio. Draco abrió la puerta por ella, encontrándose con una oficina que daba hacia las habitaciones ocultas detrás de unos tapices, justo como la de Snape, aunque más cálida, por no encontrarse en las mazmorras.
La bruja se tiró en la silla acolchada detrás de su escritorio, se ajustó el cuello de la capa, y le hizo un gesto para que cerrase la puerta y tomase asiento en el puesto contrario. Rebuscaba entre papeles sobre la mesa. Había una pequeña caja de cristal mágico, irrompible, en el borde, en la que no pudo evitar reparar. Ella sonrió, sin ganas, cuando lo notó.
—¿Sabes lo que es esto? —Se la ofreció, mientras sacaba un sobre de su papeleo y le echaba una ojeada.
Draco hizo girar la caja entre sus manos, lento, detallando el contenido. Era un broche de oro, con forma de cabeza de león. Sus ojos eran dos rubíes miniatura.
—¿Gryffindor? —Sintió un leve escalofrío recorrerle la columna cuando su asociación recibió un sonido afirmativo de parte de la bruja.
—Un broche de más de cien años, entregado a la familia Longbottom, tras varias generaciones que asistían a Gryffindor en Hogwarts.
—Una reliquia —Añadió él. La palabra le dejaba un mal sabor de boca.
—En otras palabras, una reliquia de Gryffindor. O de alguien de Gryffindor —Aceptó ella, con otro asentimiento. Agitó el sobre que sostenía—. Me la enviaron durante la noche, pero por obvias razones, no pude revisar bien qué era hasta hace unos minutos. Fue hallada, exactamente, en una de las habitaciones del refugio de la Mansión Malfoy, donde, por casualidad, también se encontró el cuerpo de una bruja joven que no figuraba en los registros y no tenía una Marca Tenebrosa. El Departamento de Aurores pensó que era un buen momento para dar esta información a la Orden.
Draco contuvo el aliento un instante. Se restregó la cara, obligándose a apartarse de un cansancio que ya lo había abandonado cuando comenzó a unir los puntos.
—¿Es un Horrocrux? —Entrecerró los ojos al broche, como si pudiese descubrir, a través de la caja, si contenía un pedazo del alma del mago oscuro más tenebroso de todos los tiempos, de acuerdo a los libros de Historia de la Magia.
Ella negó.
—Pero no porque no lo haya intentado —Puntualizó, más bajo. Arrugó el entrecejo al recibir de vuelta la caja, que examinó con el mismo ahínco con que lo hacía Draco—. De tu historia, el informe de los Aurores y lo que he descubierto aquí, pudo asumir dos cosas. La primera, creo que los dos la tenemos en claro, es que Voldemort buscó crear un nuevo Horrocrux, ahora que sabe que sólo le quedas tú.
Draco asintió cuando notó que esperaba su confirmación de haber entendido para continuar. Ella dejó la caja sobre la mesa, en medio de ambos.
—Y la segunda, quizás la más importante y la única cosa que juegue a nuestro favor por ahora, es que no puede hacerlos.
—¿A qué se refiere con que no puede?
La mujer pareció considerar sus palabras un momento, dándole vueltas a un viejo anillo en su dedo anular.
—Nunca hubo registros de alguien que dividiese su alma en más de dos fragmentos, habría que estar loco para destruirte a ti mismo, en lo más básico de tu esencia como individuo, y hacerlo. Ya vimos que Voldemort es este loco —Aclaró, meneando la cabeza—. No se sabe a ciencia cierta si existe un límite en el número de Horrocruxes que alguien puede crear, un punto en que el alma es un pedazo tan pequeño que ya no se puede romper más sin dejar nada. Pero, según lo que investigué estos años fuera y lo que tú mismo me confirmaste, al romper el horrocrux una persona diferente del creador, ese fragmento se desvanece, a menos que se cree un ritual para trasladarla o producir el efecto contrario. Las almas, puedo deducir, son un espectro móvil, una vez sacadas del cuerpo.
En el momento en que Voldemort destruye el recipiente que adquirió uno de los pedazos de su alma, por lo que viste, esta volvió a él. Es imposible que se hayan unido de nuevo —Le indicó, deprisa—, un alma dividida no podría arreglarse jamás. Pero hay dos trozos que subsisten dentro de su cuerpo, recuerdos, impulsos, todo se está mezclando.
Con estos dos fragmentos habitándolo, puedo suponer que el delicado proceso de creación de un horrocrux no puede llevarse a cabo, porque el ritual no debe reconocer de dónde saldrá el alma a dividir. Dicho de otro modo, ahora, lo que existe dentro de Voldemort es una cosa tan deforme, que ni siquiera la magia más oscura del mundo puede aprovecharla para sus fines.
Puesto de este forma, él podría intentar destruir uno de los fragmentos que habitan su cuerpo, exponiéndose a la posibilidad de que lo destruya todo, se haga inestable, acabe con su cuerpo. Si es cierto que la mordida de esta serpiente...
—Nagini —Le recordó, tragando en seco. Ella asintió.
—Nagini —Se corrigió a sí misma—. Si es cierto lo que dicen de la mordida de Nagini, y debe serlo, porque Snape está seguro de que su veneno debe encontrarse entre lo más peligroso del mundo mágico, entonces no puede correr el riesgo de tener un alma inestable mientras su cuerpo esté enfermo también. Ni Voldemort podría tolerarlo. Se destruiría a sí mismo por la magia oscura.
—Así que...al menos sabemos que no puede haber más horrocruxes, ¿no?
El rostro de la profesora se contrajo cuando vaciló.
—Es por eso que necesitaba decirte esto ahora —Mencionó, negando—. Sí se puede crear más. Todavía hay una forma.
Draco estaba a punto de preguntar cómo, cuando se dio cuenta de la manera en que lo veía. Inhaló profundo. Se apuntó a sí mismo. Ella asintió.
—¿Es eso posible? —Sólo le quedaba un hilo de voz cuando lo preguntó.
—Ya que los dos pedazos de su alma entran en conflicto, necesita de un fragmento que no tenga otro que le ponga resistencia. Y tú eres el único horrocrux que tiene completo. Intacto —Lo abarcó por completo con un gesto.
—Pero- pero si tengo su fragmento, y también tengo la mía, quiero decir, yo tengo alma. Estoy seguro de que debo tener alma. ¿No tendrán los dos un...bueno, un...?
—No si se hace de la forma correcta. Hay varios métodos, imagino. Podría sacar tu alma de algún modo y trasladarla a otro sitio, podría destruirla y dejarte bajo el total control de la suya, podría sólo, no sé, encontrar algún ritual que te permita a ti realizarlo, crear horrocruxes a partir de su fragmento y conservar el tuyo...—Suspiró y se talló los ojos—. Te puede usar para mantenerse con vida, esa es la verdad. Te necesita cerca para asegurarse de no perder su último horrocrux, eres quien puede hacer más para él. Y va a utilizarlo.
Draco asintió, despacio, tomándose su tiempo para aceptarlo.
—Si muriese —Carraspeó para evitar el temblor de su voz—, ese fragmento se perdería y él ya no podría crear más, ¿cierto? ¿Habría que matarlo como un mago normal o todavía...?
—En ningún momento, Draco, escúchame bien —Presionó las manos en el borde de la mesa, alzándose lo justo para verlo desde arriba. El cansancio de su rostro demacrado era reemplazado por una emoción más oscura—, en ningún momento, bajo ninguna circunstancia, he hablado de matarte a ti para matarlo a él.
—Sólo digo- si hay una posibilidad-
—¡No! —El gruñido que se coló en su voz lo hizo dar un brinco en el asiento. Sus ojos eran más ambarinos que nunca— ¡no hay ninguna posibilidad mayor de derrotarlo en base a tu sacrificio! ¡No eres, no serás, no te dejaré ser un chivo expiatorio! ¡Sácate esa idea de la cabeza cuanto antes! —Inhaló con fuerza, volviendo a sentarse—. Lo siento —Soltó con un murmullo—, no quería gritar. Perdóname. Perdí el control.
Draco intentó restarle importancia con un gesto. Su mano temblaba un poco al hacerlo.
—Acaba de pasar por la luna llena —Titubeó—, debe estar cansada.
—Eso no me justifica —Sacudió la cabeza. Su voz estaba de regreso al tono dulce—. No quiero- —Otra negativa, suspiraba—. Antes de que nacieras, Lucius estaba seguro de que serías una niña, y yo iba a ser tu madrina —Se encogió de hombros, una sombra de sonrisa exhausta se le dibujaba en el rostro. Podría jurar que veía algo, a alguien, que estaba más allá de él—. Si hubiésemos- si hubiese llegado a tiempo, estoy segura de que él me habría pedido que velase por ti de todas formas. Déjame que cumpla con él ahora. Y contigo. Eres demasiado joven para que se esperen sacrificios de tu parte, Draco; somos los adultos los que tenemos que protegerte, no al revés.
Draco estaba bastante seguro de poder ver en ella, a pesar de los años y el cansancio, a la chica de dieciséis que aparecía sobre una escoba en una de las fotografías más viejas que guardaba su padrino, riéndose y sobrevolando a un joven Lucius Malfoy. Le hubiese gustado que estuviese presente desde el principio, igual que Regulus y Severus.
—Gracias, profesora —Pronunció despacio, en voz muy baja. Ella intentó sonreírle.
—Por ahora, McGonagall hace de este lugar el más seguro del mundo —Recordó, pensativa—. Si pudiésemos encontrar cómo trasladar ese fragmento de alma que tienes durante estas semanas, serías inútil para él y podríamos destruirlo sin temor a dañarte en el proceso.
—¿Lo pasaría a un objeto, una variación del horrocrux?
Ella lo consideró un momento.
—Sí, tal vez se pueda pasar a un objeto, dragón.
—Profesora —Parpadeó hacia él, tras unos segundos en que rehuyó de su mirada—, yo tampoco quiero que alguien sea mi chivo expiatorio. ¿Se puede pasar a un objeto o no?
La vio apretar la mandíbula.
—Trabajo en eso —Señaló, entre dientes. Él asintió.
—Es suficiente con eso. Por ahora —Negó y volvió a restregarse el rostro—. ¿Qué pasará cuando se haya destruido el...el fragmento del último horrocrux?
—Me falta averiguar un poco más acerca del estado de Voldemort —Explicó, en un susurro—. A estas alturas, creo que podría matarse como un mago normal al perder todos sus horrocruxes, sin tomar en cuenta que tenga dos fragmentos dentro, porque se tomarían como uno solo al ser suyos. Pero siempre existen otras posibilidades y no debemos correr riesgos.
No correr riesgos sonaba bien para él.
Se puso de pie, vacilante. Ella asintió para indicarle que sí, podía retirarse. Se quedó inclinada sobre el escritorio, con el rostro enterrado entre las manos.
Su voz fue la que lo detuvo, antes de que hubiese atravesado el umbral.
—¿Le has hablado a Blaise sobre esto?
—No —Le contestó, mirándola por encima del hombro—, se preocupará. No se lo he dicho a nadie.
Creyó oír que le daba las gracias.
Volvió a cerrar la puerta al salir y se demoró unos minutos en atravesar los pasillos principales del castillo para alcanzar la entrada a las mazmorras. Era sábado y ningún estudiante perdería su mañana de fin de semana deambulando por ahí, al menos, no los Slytherin. Alcanzó el pasadizo al piso oculto sin problemas y se topó con Leonis, sentado junto a la entrada, que le sacudió la cola cuando rascó tras sus orejas.
Cuando bajó las escaleras, hizo una pausa momentánea al distinguir la voz de su mejor amigo y una carcajada.
—...no, en serio —Le respondía Blaise, con el tono arrastrado que le dejaba el sueño. Al acercarse más, notó que estaba tendido en la cama extra, y Neville sentado en la orilla—. Lo creía así, al menos.
Neville sacudía la cabeza, la sonrisa vacilaba y regresaba a iluminarle el rostro cuando se daba cuenta de que Draco los veía. El tono de rosa en el rostro pronto estaba de vuelta también. Le arqueó una ceja y el chico rehuyó de su mirada, levantándose para explicarle que los elfos llevaron comida para los tres y ofreciéndole un poco.
—¿Qué quería mi madre? —Inquirió Blaise, apoyándose en las manos para sentarse. Neville estuvo a su lado de inmediato, sosteniéndolo para ayudarlo. Intercambiaron unas palabras en voz baja.
Draco se tomó su tiempo para contestar, bebiéndose un vaso de jugo de calabaza completo.
—Adoptarme —Asintió, tan solemne como era capaz—, porque dice que tú eres un muchacho insoportable y debió dejarte para que te criaran los elfos como uno de ellos.
—Hijo de...—Neville era quien ahogaba un grito cuando Blaise entrecerraba los ojos y le lanzaba una almohada. Draco la atrapaba con esfuerzo y se la regresaba, con un golpe en el hombro.
No parecía sentirse tan mal cuando la recogió otra vez para batirse a duelo con él, usando almohadas en lugar de hechizos, y desde su posición en la cama. Neville miraba de uno al otro, como si se tratase de un partido de tenis, y le gritaba "¡no tan fuerte!" cuando creía que lo lastimaría con los golpes acolchados, más de lo que ya estaba. Draco le reclamaba por preocuparse más por Blaise que por él y su compañero balbuceaba al intentar excusarse, para luego reprenderlo otra vez.
