Unos días atrás
Sasha miró la heladera con aire contemplativo, guardando los huevos que su mamá trajo de vuelta de la tienda. Otra semana más comprando maples enteros de huevos que la chica ve como vasos blancos de papel, esos que te dan en la gasolinera. En realidad, ella no es alguien que se queje de la comida o cómo se vea. Todo es bienvenido siempre que sea comestible. A veces ha comido la comida de la escuela que suelen quemar la carne y huevos hasta quedar con gusto a plástico. Cosas que puede tolerar su fuerte estómago.
Desde que era niña se acostumbró a huevos de granja, naturales, huevos anaranjados brillantes que no había forma que no disfrutaras, huevos que eran asombrosos hacerlos en poché. No esa cosa de aspecto baboso y color amarillo que daba pena, que a veces le ponían en los sándwiches y ensaladas que compraban cuando estaban en la ciudad y ella comía igual porque la carne al menos era buena.
Ella tendría unos diez años cuando dejaron la granja donde vivían. La razón de tener siempre huevos de ese tipo, su mamá consiguió un trabajo en un campo de ahí cerca, donde había que alimentar animales y hacer un trabajo que ya conocía, y el patrón de su mamá solía obsequiárselos. Así fue durante años, hasta hace unos meses.
Sasha iba con su mamá en varias ocasiones, luego de la escuela o los sábados, estando unas horas cepillando los caballos, sacándolos andar o alimentando las gallinas y los pocos cerdos que ahí había. Pero poco después de que falleció el señor Uri, tuvieron que dejarlo.
Un hombre alto con cara de loco fue quien apareció un día en la puerta de su casa, diciendo que estaba quedándose a cargo de la granja, le dijo que ya no era necesaria a su mamá y le dio dinero para compensar el despido que, aunque su mamá se negó, acabó aceptando, aunque fuera más de la cuenta porque era una ley o algo así. Por los alrededores, corría el rumor que aquel sujeto mató a Uri Reiss, no es que hubiera pruebas. Para quitarles la idea de la cabeza, su papá dijo que eran amigos, en realidad. Le dejó nombrado dueño en su testamento, según le dijo alguien de confianza relacionado a los Reiss.
Así se acabó la felicidad, para Sasha al menos. Se sentía triste por el señor Reiss, aun si no habían convivido mucho, había sido bueno. Sin embargo, su mayor dolor es estar sin huevos caseros, soportando los de la tienda. Estaba bien las primeras semanas, pero al pasar los días acostumbrarse al sabor no era el problema, simplemente no era lo mismo. No porque fueran comprados en decenas los huevos que freían en las mañanas, sino porque no eran huevos que ella quería.
Sasha no quiere huevos fritos de la tienda, lo que le da la idea más lógica a su problema. ¡Solamente necesita gallinas! Poner un corral en su casa y tendrá huevos frescos el resto de su vida. O lo que las gallinas vivan, más bien.
Es una idea brillante, piensa. Solo necesita convencer a sus padres. Ellos lo considerarán… o no. Responden que no se mudaron precisamente ni cambiaron de vida, para seguir con una granja. Sasha reniega, ¡su mamá tiene una huerta! No será difícil el gallinero.
—Si quieres un gallinero aquí, entonces debes encargarte tú de cuidarlo —su mamá dice, además aclara que solo tiene rábanos y papas. Además, ya estaban en la casa las plantas, allá por el año que se mudaron.
Ellos la quisieron disuadir, porque con lo despistada que es su hija es posible que las gallinas salgan y destrocen el jardín o molesten en casas ajenas. Mas para Sasha no fue así. Como nunca dijeron que no puede tener el gallinero, piensa que es cuestión de hacerlo.
Como una exploradora, se aleja sola, nada preparada. Va hacia donde más campo abierto hay, con una clara misión. Pensando que tienen la aprobación de sus padres y tendrá suerte en encontrarlas.
¿Encontrar qué? Las gallinas para armar su gallinero.
Había escuchado rumores de su vecino, que Kenny estuvo afuera del otro lado de la verja buscando porque al parecer alguien había intentado robarle.
Al parecer, en el caos de echar fuera el idiota que se atrevió a meterse, perdió algunas gallinas. Pero le daba pereza perseguirlas luego de que se le atravesara un camión.
Sasha le preguntó si las buscaría, al ver sus intenciones ocultas, el vecino dijo que realmente no parece que al viejo Kenny le importaran mucho en ese momento, le dijo a él que si las encontraba que se las quedara. Parece que estaba desanimado por alguna razón.
"Sería más fácil si solo pudiera tomar alguna de ese campo", se dijo al pasar por el cercado de un campo que abarcaba una manzana, en términos de medición. Sin embargo, ese viejo celador es una pesadilla. Oyó que una vez le disparó a uno de los niños que estaban jugando en la ruta desolada con una pelota cuando ésta cayó al campo. La bala acabó dando, por fortuna del niño, solo en la gorra que éste traía, mandándola a volar y espantando para siempre a todos.
Ella no es tan estúpida para firmar su sentencia de muerte, pasando a robarse una de las gallinas por más solución simple que sea. Por otro lado, aunque acusen a Kenny Ackerman de ser un ladrón, nunca nadie podía armar una historia realista de haberse robado nada… a menos que no lo digan por temor a ser asesinados. La castaña tampoco quiere tratar mal la memoria de un hombre muerto y tan bueno como Uri, así que solo queda el plan original.
Sasha pasa del bordado del campo a la carretera. Quizás la pareja de pollos quiere salir en los noticieros, mostrando que pueden causar problemas mientras obligan a los conductores a detenerse en los lugares más concurridos. Mas no hay nada a la vista.
Decidir cruzar el sendero del bosque que estaba del otro lado. Si a las gallinas les gusta cruzar al otro lado, ¿no es éste un lugar más apropiado para hacer su casa? Quizá debió preguntar más a su madre, ella es la experta después de todo, Sasha apenas recuerda de estas cosas.
Trata de agudizar los sentidos. Pero no escucha nada. Es culpa de la autopista que inicia más adelante en abyecto al camino donde ha venido.
Pero no desespera, tiene la fe de que pasará. Entre el cantito de las aves en la tarde en los árboles que la rodean, oye el característico aullido. Pero no logra verlo. Quizás porque su oreja es sensible y no están cerca aún. Echa el cuerpo más atrás, pero en la ruta que viene usando como camino visual, a través de los árboles, no hay nada y en los bordes de las arboledas del otro lado tampoco. Avanza más, dando con el hueco a un camino que la aleja aun más de las rutas ordinarias que toma. Los cacareos desaparecieron hace unos minutos. Sabe que hay algunas casas por aquí, así que tal vez no sea mala idea entrar.
Lo que se encuentra tras salir del bosque no es nada similar a una casa, sino campos abiertos. En uno de ellos los árboles crecen tal vez no tan juntos como en el bosque que cruzó, pero sí son tan grandes para treparse. Es a causa del césped inmenso de los campos deshabitados. Es increíble que eso sea terreno de los Reiss, aunque ya no de Uri en sí sino de un familiar de él.
El camino está algo desolado de no ser por el vado hacia una solitaria casa, que seguramente es la casa donde los asesinos en la película ocultan el cuerpo de las víctimas para no levantar sospechas. Sasha retrocede, pero piensa en los huevos caseros revueltos.
Especialmente el poché luego de tostar pan en bastoncitos, y sigue adelante con un hilo de baba en la boca porque un zumbido en sus oídos suena similar a un canto de gallina. Uno lejano.
Malditos pollos desarrollados, ¿se mantuvieron en silencio a propósito acaso?
No está cerca de la casa, ni tan lejos de su camino de vuelta y aun oye las gallinas. Entonces, no fueron solo los camiones o la ruta. Están realmente a distancia, ¿pero en qué lugar? Suena un poco amortiguado... Pero están cerca, ¡casi en sus manos!, y su mejor estrategia fue subir al primer árbol que tiene delante. Lo hace, aunque sea algo que no realice desde los diez porque la última vez cayó encima de un señor importante de la granja y su papá lo prohibió tras quebrarse un brazo. Pero ahí está, en la rama que amenazaría con romperse si pesara tal vez cinco kilos más. De todas formas, no estará mucho tiempo. Ojea los alrededores. Vista de ágila.
Entre el césped amarillo a causa del sol que quemó sus puntas y que no haya sombra, logra ver un movimiento inusual. Ese terreno no sabe de quién será, porque no hay límite cercado. El ruido ahora disminuye, culpa de otro automóvil. Parece que a sus espaldas viene. Suerte que ella esté ahí colgada. Como sea, entorna la mirada para ver si ese movimiento es la gallina… Ve un color verdoso oscuro al brillo del sol, está al costado de un gran árbol que creció para nada derecho, luciendo como un gordo hongo.
¡Es posible que se oculten ahí! Celebra mentalmente encontrar la ubicación, pues ahora solo debe…
—¡MALDICIÓN!
El fuerte grito, que viene desde la punta de la calle a su espalda, rompe su concentración y lastima sus oídos, mas eso no es lo peor. Lo peor de todo es que resbala del susto y cae en ese preciso momento justo sobre el capó del automóvil del hombre distraído, que estaba colérico por el equipo de fútbol que apoyaba y porque estaba llegando tarde a casa, desde donde tenía que cambiarse y juntar dinero para ir a un bar con sus amigos a ver el resto de un partido. En casa decían no soportar sus gritos, que un día causarían un accidente.
Figúrense.
Dentro de su cabeza, el hombre que era testigo del cuerpo que apareció de la nada, dejó por un momento de enardecerse por el partido y pensó con compasión:
"Dios, Dios, Dios… Espero que no me haya abollado el auto."
Porque hay prioridades para cada quién, por supuesto.
La chica de cabello castaño está tirada en la cama, saliendo de esa epifanía al haber despertado esa mañana. Se enjuaga los ojos, pensando cómo el papá de ese chico... De Nicolo, tiene razón sobre que ella se metió en su camino, en cierto modo.
Había sido extraño porque días atrás le dolió más acostarse y sentarse que estar de pie, pero ahora es cosa del pasado. Así como las tartas de manzana que se acabaron hace varios días. Hubieran durado un poco más, pero se acabó una entera ella misma un día que llegó de la escuela y no había nadie en casa. Habían estado muy buenas, las manzanas no tenían ese gusto un poco amargo, que salían cuando otros las hacían o incluso cuando su mamá las cocinaba. Fueron dulces, pero sin exceso y sintiendo más el gusto de lo que eran, o sea, las manzanas.
Aun se pregunta de dónde las sacó su mamá, que no le dijo jamás esto.
Lo que no sale de ella es añorar los huevos y ahora que recordó la ubicación de las gallinas, solo quiere ir a buscarlas. Mas su mamá no le deja salir a menos que diga a dónde irá, y si le dice que irá a comprar, le dirá qué cosa es y no podrá justificarlo al volver. No quiere gastar sus ahorros, que le cuesta tener porque normalmente los gasta en la escuela. En comida, por supuesto.
—Quiero huevos de verdad —ella chilla, moviéndose en su cama, sin preocuparse en si acabó o no la tarea del cuaderno que ni está guardado en la mochila.
Es malo que sus padres hayan aclarado que no, no tendrían un gallinero en casa, cuando insinuó de nuevo el tema. Sin embargo, se dice, ¿qué pasaría si hace el gallinero sin que se den cuenta? Si ellos ven las gallinas y les dice que eran del señor Uri, que Kenny las abandonó, tal vez dejen adoptarlas.
Sasha debe esperar unos días más, a un momento donde ninguno de sus padres está y luego de cerrar con llave, para así ir de nuevo al lugar donde comenzó todo.
Lastimosamente, ese día no será hoy.
La mamá de Nicolo que está de vacaciones, les anunció hace unos días ir a visitar a una colega que es superior suya. Ella es enfermera y la mujer, de la que quiere ser amiga íntima, es cirujana.
Pasa una semana, hasta que vuelve del lugar que estaba súper emocionada de visitar porque estaría rodeada de lujos que jamás tuvo en la vida.
Nicolo ya ha preparado el almuerzo y servido a su padre, cuando oyen un bocinazo que los hace salir afuera.
Hay algo muy divertido en ver a su mamá salir del auto como endemoniada, su papá que siempre está de malhumor incluso lo encuentra gracioso… cómo su esposa lucha contra una gallina que salió disparada del auto apenas abrió la puerta.
—¿De dónde sacaste eso? —pregunta su padre muy curioso, en lo que el joven da un paso atrás a la enloquecida gallina.
Ella corre por su lado, cruzando la puerta, diciendo que no quiere hablar de eso.
Luego de contener a la gallina en el garaje, de momento, le piden la explicación oficial a su madre. Simplemente está avergonzada, diciéndoles que la cirujana que visitó es una rústica, que se compró una granja y era a eso donde la invitó, a ver qué tal. No el establo lleno de corceles blancos que ella pensó, aunque sí había caballos.
También le regaló la gallina, al responder equívocamente una pregunta sobre si eran lindas.
A Nicolo le parece ridículo, que le pareciera tan traumatizante. No es que él quiera hacerse cargo de darle de comer al ave.
En fin, ahora ella no sabe qué hacer. Lo mejor sería sacrificarla para la cena, dice su esposo. Ella se niega tocar o comer algo que supo que estaba vivo y delante suyo.
—Además, ella dijo que nos visitará un día de estos. No quiero que piense que no pudimos cuidar del animal ese. No sé exactamente para qué me lo dio —por como era aquella mujer de dinero, tal vez hasta pensaba que era buena idea tenerlo de mascota.
Entonces, lo mejor será hacer un corral para el ave. El joven oye a su mamá repetir que está bien, aunque aclarando que no se encargará de cuidarlo por lo ocupada de su profesión, que sus vacaciones acaban pronto. Su marido dice que no tiene que preocuparse por eso, que hay una solución, aun siendo que su trabajo impide que tenga el tiempo suficiente para vigilarla. El de ambos, en realidad.
—Nicolo va encargarse-
—¡¿Qué?! ¡¿Por qué tengo que ser yo?!
—Eres nuestro hijo, haces lo que digamos —sentencia su papá.
—Puedes aprender, hijo, además tienes más tiempo que nosotros —aunque su mamá le pone una mirada lastimera, no suaviza nada. Lo que sí hace gracia, es verla quitar el plato a su papá porque ella tiene hambre también.
Su papá se encoge de hombros, repitiendo que obedezca y procede extender la mano al plato que Nicolo no llegó tocar.
Como único acto de rebeldía, quita el plato lejos de su papá y se lo lleva con él.
—Yo lo cociné —dice mientras escapa, y piensa en cómo diablos se cuida una gallina. Lo único importante que le enseñaron de eso en la escuela, hace años, es que duermen con la cabeza bajo el brazo.
