La castaña que vagaba por los terrenos baldíos. Hubiera pedido a su amigo favorito para acompañarla, pero él siempre estaba de nana con sus hermanitos menores y normalmente tenía que pedir permiso para cualquier cosa un día antes, a no ser que fueran cosas de la escuela. De todos modos, ella mantenía una última esperanza que resolviera el gran problema del huevo y la gallina: un día de estos encontrarse con Frieda Reiss y provocarle lástima suficiente para que le entregara un par de dichos animales. De haber sido ella quien viniera a resolver los asuntos de Uri tras su fallecimiento, le habría concedido el deseo a Sasha, pues su madre había sido la empleada de confianza. Algo aparte de dinero tenía que darle para demostrar gratitud, ¿no? Mas ella supo que su deseo estaba más lejos de suceder, una vez apareció cerca de los pastizales y quedó a la vista de que aquel alto hombre con dientes de piano era estaba de responsable de la pequeña granja de Uri.

Él estaba ahí de pie mirando el sol. La castaña esquivo su mirada y deseando que no ocurriera esa escena que tenía en su cabeza, como resultado a cada posible escenario donde ella amablemente iba pedirle lo mismo.

¿No me puede dar unas gallinas… o huevos? —Sasha pregunta desde el otro lado de las cercas, intentando poner su mejor cara de lástima.

El señor Kenny hace una sonrisa de demente y la apunta con su escopeta entre los ojos.

Pero el hombre estaba distraído, pensando en quién sabe qué, de reojo ella pudo notarlo mirando aún el sol o quizás el cielo, y luego que él giraba a verla con curiosidad, a lo que mejor salió corriendo hasta cruzar la carretera y siguiendo tan lejos hasta que realmente sus pulmones dolieron.


Apenas dejan los terrenos donde está ubicada su casa solitaria, cuando la cara de su madre se pone pálida. Espera que sea porque se dio cuenta de que es mejor llevar el automóvil que ir caminando, llegarían más rápido y sería más práctico.

—Es-es esa campesina rara —su mamá dice, haciendo que él vea adelante.

¿Qué vino hacer aquí otra vez? El campo abierto en ese sector tiene una ruta que cruza en vertical y ya pasaron, en la otra punta del camino donde están se encuentra la susodicha chica que ni siquiera está mirando adelante mientras camina. Está mirando los costados. ¿En serio quiere que la atropellen de nuevo?

Su mamá vuelve sobre sus pasos, pero la chica parece haber oído sus voces porque mira en su dirección.

—¡Nicolo! —y la castaña saluda feliz.

Pasa alrededor de una hora. La castaña está en la sala con un plato muy pegado a la boca mientras succionaba los restos que había troceado con su tenedor.

No es nada femenina, fue lo primero que pensó y por alguna razón, ella estaba roja y como si quisiera llorar.

Aún no logra concebir que su mamá invitara a la supuesta campesina a la casa, tampoco que sea su manera de decir gracias por ayudarla con las compras que hicieron si en primer lugar lo hizo por nervios, aunque sorprendentemente la chica no se negó.

—Parece que nunca hubieras comido pastel de carne —su mamá dice, sacándole de sus cavilaciones.

—Es que tengo mucha hambre, la comida que hizo mi mamá ayer no estaba tan rica —ella responde, pues la comida de ayer eran todo vegetales y no es que no le gustaran, pero prefería la carne—. También esto es muy distinto a lo que hace mi mamá siempre —Sasha no está insultando o menospreciando la comida de su propia madre, sino siendo sincera al respecto… o eso espera.

La mujer se alegra de que incluso una campesina tan rara reconozca que cocina bien, pero sin confiarse aún de ella.

—¿Nicolo también cocina? —cuestiona la invitada, dado que los escuchó conversar mientras compraban, y tiende el plato a lo que la mamá de Nicolo se resigna a servir otra porción.

—Eso no te importa —él comenta tras masticar apropiadamente, a diferencia de la visitante.

—Hijo, no seas malcriado —su mamá le regaña desde atrás y procede a entregar el plato.

Nicolo desvía la mirada, porque le incomoda la chica prestando atención a su madre para ver si le responde. Mas su respuesta es otra cosa.

—Va ser triste cuando tengas novia. Nunca nadie podrá cumplir tus expectativas, ¿cierto? —y mira a la chica, siendo claro que es para ella la indirecta.

—¿Es sobre la comida? —no entiende ni J, pero puede intuirlo—. Seguro Nicolo puede cumplir las expectativas de otros, parece alguien agradable.

El rubio se sonroja del cumplido venido de la nada y eso que nunca ha probado algo que él preparó esta chica. Además, no la acababa de tratar del todo bien para que diga eso.

—Me gustaría probar algo suyo —ella agrega al final, haciendo que se sienta estafado por la condición que quiere poner.

—¿Estás intentando que yo también cocine algo para ti? —él cree descubrir sus motivos.

—De lo contrario no podré estar segura —ella canturreó—. De todos modos, la carne siempre es buena, así que no puedo quejarme —y sigue comiendo.

—¿Qué quieres decir con eso? ¿Que mi comida no es buena? —su mama cobra valentía de repente.

La chica se echa atrás, sin dejar de comer. Es más, apura comer por si la echan antes de tiempo.

—Gracias y ya que terminamos de almorzar… eh, tengo algunas cosas que hacer —Nicolo se excusa, rápidamente dejando lo utilizado en el lavamanos de la cocina.

—Gracia, señora mamá de Nicolo —la visitante también se alza, pero sin hacer lo que él y se va tras sus espaldas.

Ambos salen de la casa.

—Eres malo —es el reclamo de la castaña—. ¿Por qué querías dejarme sola?

—Dije que tengo cosas que hacer… Olvidé comprar algunas cosas para la escuela antes.

—¿A qué escuela vas?

—¡No me gusta que me griten! —ella bajó del camino, para ir al pie dentro de la carretera.

No creo que a nadie le guste, pensó él y solo suspiró.

—NICOLO.

Ni siquiera se alejaron mucho, cuando oyeron justamente el grito de su madre llamando. Nicolo se devolvió, Sasha queriendo huir, pero la curiosidad se lo impidió.

Esperó alrededor de cinco minutos, hasta que volvió a verlo. Ella se preguntó si se veía así de estúpida ojeando los alrededores, ¿qué había perdido? Se acercó a él.

—Mi mamá perdió una gallina —y quería echarle la culpa a él, diciendo que ella solamente estaba cumpliendo eso al pensar que él no la alimentó y solo hace un momento se dio cuenta de que no cerró bien porque estaba abierta la jaula y el animal había desaparecido.

—¿Tienes gallinas?

—Solo una.

Sasha preguntó con temor.

—¿V-van a comérsela?

—Supongo, pero no ahora —no le ve el caso a tenerla a largo plazo, sus papás no conseguirán un gallo para que produzcan huevos. La idea inicial de su padre es que la mate luego de que venga la amiga de su madre a visitarlos.

Sin embargo, como toda su vida no se ha visto en la necesidad de hacerlo, matar él mismo un animal no es algo que sienta que puede hacer. Nicolo no puede. Mierda, tenía el recuerdo de las lecturas de sexto en primaria, sobre el experimento de la gallina de los granjeros Olsen. Su cabeza había retenido como hecho que cortar de forma errónea el pollo solo conseguiría que se fuera corriendo por ahí sin cabeza. Aunque ahora sabía que lo del pollo zombie no era normal. Aun así, le daba inquietud.

¿Esto era una forma en que el destino había preparado para superar el trauma infantil? No es como si él no pudiera tolerar ver un pollo, vivo o muerto. No es algo tan grave.

—Si no van a comerla… ¿no sería bueno que tengas un gallo? Así podrías obtener huevos.

—Dudo que mis padres piensen en gastar dinero para conseguir uno por ahora, si sobrevive el ave.

No entendió por qué a la castaña rara se le iluminaron los ojos de repente.

—Te propongo algo.

Por alguna razón, él oye atentamente.


Nicolo se siente algo sucio por aceptar esa oferta. Sabe que la gallina no es una persona, pero coordinar que ella le preste un gallo para que se apareen no deja de sonarle mal, aunque sabe que así funcionan las cosas con los animales.

Por otro lado, Sasha no debe importarle su propia vida, eso es lo que piensa cuando cruza el cerco roto de esa propiedad. Al menos el cartel de electrificado sí es solo un cartel. En todo caso el loco es él, porque se dejó llevar por ella, y es él quien sujeta los alambres en lo que ella pasa y le ayuda para meterse. Siente que son unos viles ladrones, aunque solo hicieran esto para recuperar lo que les pertenecía. Bueno, solo a él, porque no le queda claro lo de Sasha.

Ambos se dirigen hacia el árbol de mayor tamaño que, como dijo su acompañante femenina, luce como un hongo. Es un árbol robusto, de tronco gordo y que parece estar hueco lo suficiente para que algún animal monte su guarida ahí. Aves tontas, él había buscado información, ¡y se supone que el bosque era su hábitat natural! Al menos no tuvo que buscarlas ahí.

Sasha le dice que se mantenga en silencio, a pesar de que ni ha dicho palabra alguna. Los graznidos se incrementan conforme avanzan, ella más de prisa y él más lento. No comprende cómo pueda ir rápidamente sin hacer tanto ruido.

No hace falta acercarse más para escuchar lo que viene del extremo donde está la abertura al interior del árbol. El ruido de una masacre. De repente, tienen a la vista las aves. Cómo el gallo deja de lastimar la cabeza de la gallina y las se mueven frenéticas mientras avanza al otro gallo que no había dejado de incordiarlo en toda la acción.

Aprovechando la distracción, se mete porque a pesar de que se gane unos cuantos picotazos necesita sacar la gallina de su madre de ahí.

Pero Sasha va hacia su espalda antes de lograr avanzar y espantar a las aves, lo que hubiera sido un agarre acabó con ambos cayendo ambos al piso debido a un desnivel disimulado entre césped y las raíces grandes. A sus pies, las lluvias de los últimos días habían descubierto finalmente gran parte de las rocas ocultas. De cualquier manera, los animales se espantan, pero no van muy lejos a causa de la presencia de la gallina que no se mueve del lugar.

Todo lo que el chico puede hacer aparte de revisar por el rabillo del ojo esto, es sentir una punzada.

La castaña es la primera en ponerse de pie al percatarse de que están en una situación comprometida.

—No me digas… ¿se estaban apareando? —de alguna forma, es la explicación razonable de por qué quiso noquearlo ella.

—Sí… ¿Estás bien? Perdón, no quería tirarte así —solo quiso llamar su atención, agarrarlo.

Él intentó sentarse, pero al hacer el pequeño esfuerzo de sostenerse con la mano que aún dolía… Supo que no era un golpe normal.


Para la noche, estuvo ya en casa. Su mamá casi estuvo por pegar el grito al cielo y a Sasha quien lo acompañó de regreso a la casa. La castaña debió irse en lo que fueron al hospital, con su mamá llorando de que no quería un Frankenstein por pensar que le colocarían tornillos y eso, lo cual era bastante ofensivo considerando que era enfermera. Al final, solo lo enyesaron.

Una vez llegaron debió aguantar a su mamá no dejando de despotricar sobre cómo aquella maldita chica a la cual ya no temía, sino que odiaba, al punto de pensar en ella denunciarle porque podría ser adrede, y que nunca jamás en su vida esperaba volver a verla. Nicolo se guardó el comentario sobre si su mamá tuvo problemas con denuncias antes, para hablar siempre de eso.

Es por la tarde del siguiente que llega Sasha con su madre, para dar las correspondientes disculpas. También una tarta y pan recién horneado en consideración por la última vez.

Por su parte, él que escuchaba todo desde la sala, avanza a la puerta de la casa para prevenir algún tipo de violencia, porque su mamá quería empezar una discusión.

En eso, la castaña abrió los ojos con desconcierto.

—Entonces, ¿sí te rompiste el brazo? —pregunta a pesar de la prueba frente a sus ojos. Ella desvía la mirada, pero su mamá le dice el nombre entredientes y debe decir algo—. Perdón, Nicolo.

Esta es de las cosas más bochornosas de su vida, así que no sabe qué decir exactamente.

—Uh… Bueno, no fue intencional, así que está bien. Ya te disculpaste antes también y me ayudaste a traer la gallina—esto último es para la señora Braus y que no se ensañe tanto con su hija, por si acaso.

Antes de que la madre de Nicolo amenazara con denunciarlos nuevamente, Sasha hace la mejor pregunta de todas:

—¿Me prestan su gallina?

—¡Sasha! —su madre dice en advertencia, para que no cause mala impresión o molestia a la familia que sufrió y en parte por su culpa.

—Tenemos un gallo, así que necesitamos una gallina —ignora a su madre, explicándoles a los otros.

—Nosotros no tenemos animales en casa —sí, Lisa se enteraba recién de esto.

—¡Le pregunté al señor Kenny, él dijo que podíamos quedarnos el gallo que perdió y encontré yo! Dijo que era problemático y no lo quería con los otros —porque solo unas horas más tarde, había encontrado la otra gallina gracias a los instintos de gallo y al devolverla aquella conversación ocurrió. El espíritu de Uri Reiss había ablandado el corazón de Kenny, eso creía Sasha.

—¿Eso dijo? Tendré que preguntarle antes —suspiró Lisa Braus.

En ese momento llega cierto hombre que estaciona en el garaje y camina los cortos pasos a la entrada, preguntándose para sí de qué trata esa reunión y al ver a cierta chica, pensó que claro que debía ser la campesina trepa árboles.

Mientras su esposa ya empezó a discutir con el hijo avergonzándose, Sasha alza la voz cuando el hombre pregunta la situación.

Dice que ella tiene el gallo, Nicolo la gallina. Si se la pueden prestar porque de todas formas es mucho trabajo, o si se la obsequia. Está por lanzarles algunos improperios, hasta que es consciente de los beneficios. Ahorrar dinero en alimento o lo que sea que coman las gallinas, ahorrar trabajo, no tener que arruinar su jardín, huevos naranjas y no amarillos como de la tienda. Que su hijo le vuelva a preparar el desayuno cuando su esposa no está, porque esos días en que lo mandó a cuidar la gallina nunca le preparó nada a él.

—Dale el maldito pollo, Nicolo.

Permite que se lleve a la gallina con la condición de que le dé su correspondiente parte de lo que produzca. Para cerrar el trato, acepta la tarta, el pan que sinceramente tenía un aroma apetecible y hace disculparse y aceptar las disculpas a su esposa e hijo respectivamente.


Al inicio, va su madre, incluso luego de que él se cura del todo. Mas luego sin dar explicación le pide a Nicolo quien se encarga, cada cierto tiempo, con una canasta algo más pequeña que la anterior.

Hoy es de nuevo uno de esos días donde reciben la llamada. Debería haber ido ayer, pero lo dejó para hoy porque estuvo ocupado. Ya es la cuarta vez y aún no está del todo cómodo visitando la casa. Además, en esta ocasión la señora Braus lo hace pasar y le ofrece algo de tomar. Acepta, tal vez socializar más con ellos le quite el miedo.

En el jardín delantero, dentro de un corral de alambres y postes de madera en un modo cuadrilátero, estaba la jovencita y única hija de los Braus revisando el pequeño gallinero de madera. Deberían agrandarlo con el tiempo. Eso o reducir el número de pollos, pero de momento estaban muy pequeños los seis pollitos que dejaron no convertirse en desayuno. Habían salido del cascarón apenas ayer.

Terminó su labor de observar, cerró con cuidado y se alejó algo triste con un balde vacío donde colocó muchas otras veces los huevos a los cuales debería lavar. No le gustaba la idea de que se llevaran la mitad de lo que producía la gallina, sobre todo porque ella era quien más comía y había tantas cosas que su mamá podría hacer si la cantidad no se redujera. Las gallinas no producían tan rápido como la chica quería, así que mejor preguntarle algo a su mamá o darle la idea. Se asomó desde la puerta que tenían al fondo de la casa y donde estaba la cocina.

Nicolo está con un vaso de jugo exprimido entre los labios, cuando Sasha entra a la cocina.

—¿Y si les decimos que esta vez la gallina no puso nada y nos quedamos su parte? ¡Ellos no saben nada de gallinas!

Estuvo tan emocionada con su brillante plan que apenas notó a la otra persona.

Lisa Braus no tiene la intención de estafar a nadie y le da una mirada de advertencia, a lo que ella dice que era broma para no quedar mal.

—Era broma —Sasha miente aterrada de que lo cuente, pero Nicolo no le cree nada—, dentro de un tiempo tendremos más gallinas. Así que por qué querríamos robarnos tus huevos.

"Incluso admite que sería robo", pero a él no le importa. Después de todo, son ellos quienes se están haciendo cargo de todo. Lo único bueno que saca de aquí es hacer ejercicio en lo que viene a pie, aunque a veces si viene tarde y el señor Braus lo ve por ahí lo trae en su camioneta.

—Quiero hacerme algo —dice mientras se dirige a buscar huevos, pensando en hacer un omelette. Se perdió el desayuno por levantarse tarde.

—Si querías usar jamón, recuerda que ayer lo acabaste.

—Pensé que compraste más mamá.

—Iré en un momento, antes de que el sol se haga más fuerte, pero ingéniatelas con eso ahora, hija —se acercó un poco a ella y con una sonrisa dijo en voz baja—. Deberías darle un poco a Nicolo también.

—¿Por qué?

—Es bueno ser amable con las visitas.

Sasha apretó los labios, pero no dijo nada. Probablemente éste ya oyó todo.

Lisa luego de revisar un cajón deja la cocina.

—Ya desayuné —él arregla una vez la señora desaparece.

—Bueno, tal vez sea mejor así para ti… porque a veces se me pegan.

El frunce el ceño, teniendo un mal presentimiento.

—¿Pero calientas el aceite antes de colocar los huevos?

—No tanto porque me salpicaría.

Él frunce el ceño ante las palabras de la chica que estaba empezando a batir en un tazón mientras agrega algunas especias. Se dedica a observar los pasos que toma una vez acaba. Ella al menos se limpia las manos y las seca antes de agarrar la sartén, la cual coloca sobre la cocina y enciende, para luego colocarle aceite.

Sin embargo, han pasado apenas unos cinco segundos a fuego máximo cuando ella quiere colocarla mezcla y él grita.

—DETENTE.

Sasha se altera tanto que chilla, mientras él ya está a su lado queriendo quitarle la preparación.

—Es obvio que se quemaría si ni siquiera calientas el aceite con propiedad. ¡Se hubiera pegado antes! —explica, algo molesto y también baja la llama—. Y no debería estar tan alta, si no querías que salpique luego —había pensado que la chica le gustaba el peligro antes, ahora pensaba que era simplemente ingenua.

—¿Y si lo cocinas en lugar mío? —pregunta ella, feliz del giro de los acontecimientos.

—No, pero puedo mostrarte cómo.

—¿Pero no es mejor mostrarlo haciéndolo tú mismo? —dijo con cara de lástima, aunque no era su intención.

Inevitablemente, él no pudo resistirse.

—Bien, pero solo para que aprendas cómo se hace.

Se arregló las mangas. De todas maneras, no le molestaba cocinar, solo la gente que no apreciaba la comida y al parecer ella era todo lo opuesto.

¿Fin?


nota del autor: Gracias por leer el AU Gallinas, que volverá en unos meses con otras historias.