Juegos mortales
Sumario: Draco Malfoy está desaparecido. El mundo mágico es reducido a un tablero; de un lado, el mago oscuro más tenebroso de todos los tiempos. Del otro, un adolescente.
Género: Aventura/Romance, fantasía, friendship.
Claves: Drarry eventual. AU. Perteneciente a la Serie ¡Cambio de Casa! (Draco!Elegido/Harry!Slytherin)
Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.
Prepara el juego
Lo bueno de las conmociones dentro de un colegio de magia era que duraban poco, se solventaban deprisa si no había daños mayores, y pronto todos, acostumbrados a eventos inusuales, retomaban sus actividades. Fue lo que ocurrió en ese caso.
El Mortífago enloqueció cuando notó que su disfraz fallaba, intentó atacar, uno de los Aurores de turno que custodiaban el colegio lo frenó. En pocos minutos, estaba retenido con magia en la oficina de la directora.
Sería Regulus quien le contase sobre su frenética confesión bajo el veritaserum que Snape le dio. Desordenado, escupiendo cada pocas palabras, retorciéndose bajo las ataduras mágicas que cualquier mago decente sabía que serían imposibles de romper. Llamaba "al niño, el niño dorado". Les habló de una supuesta infiltración y escape de Azkaban, que carecía por completo de sentido, porque nadie podía salir de ahí y los Mortífagos permanecían exactamente donde los pusieron. También de cómo metió ideas a la cabeza de cierto Ravenclaw, esperando fastidiar el día a día de los estudiantes con tensiones menores y problemas a Draco. Iniciativa suya, fue lo que repetía, iniciativa suya, porque era muy listo. Su única misión real era observar, de acuerdo a él.
Los profesores preguntaron observar qué, pero era inútil; ni siquiera el suero de la verdad contrarrestaría a un demente que se carcajeaba por el dolor de la presión que las ataduras ejercían cuando se sacudía con fuerza para soltarse. La locura era igual a un fuerte escudo de oclumancia. Si Voldemort le especificó lo que haría, era imposible saberlo. Si no lo hizo, y era lo más probable por acuerdo general, en verdad no era más que un observador que luego le contaba acerca de lo que se topó dentro del castillo, fuese lo que fuese que les interesaba tanto.
Draco le había dado vueltas a las posibilidades por horas, días. Los Aurores se lanzaron a la búsqueda de la verdadera Umbridge en cuanto se descubrió la verdad; la encontraron metida, encogida, en un baúl mágico con cerraduras, en una esquina de su casa en Londres. Al parecer, sana, sólo un poco asustada por el demente que rompió las barreras protectoras de su hogar y entró.
Los agentes del Ministerio prefirieron no mencionarle que ese mismo mago loco la había dejado sin cabello, para tener ingredientes de sobra para su multijugos. Lamentablemente, se enteró el primer vistazo en un espejo. Tonks le contó que gritó, chilló y se echó a llorar de rabia después.
Una semana más tarde, la mujer, con una peluca mágica rosa y poco realista, se paseaba por los corredores de Hogwarts, donde decía estar más segura y prometía cumplir con su deber con el Ministerio. Y todo parecía bastante normal.
Tan normal como podía ser Hogwarts.
Para el comienzo del invierno, la mayor parte de los estudiantes podían ser considerados expertos en amuletos de calor y regulación de temperatura, porque el andar sin una o las dos mangas de la túnica pasó de una protesta tranquila a una moda dentro del castillo; algunas chicas se adornaban el antebrazo contrario a la "S", con flores mágicas que aprendieron a hacer a partir del truco de Pansy para la serpiente, un chico de Ravenclaw, conocido entre sus compañeros por ser familia de Madam Malkin, alteró su túnica sin romper ninguna normativa del colegio, para que tuviese los brazos cubiertos, pero los antebrazos con dibujos fuesen visibles cada vez que los movía. Lo último era tan interesante que Draco acompañó a Ginny a pedirle una igual. También se consiguió una para él, por supuesto.
De hecho, era la que utilizaba ese día, por lo que no se trataba de una sorpresa cuando se estiraba para tomar una de las piezas del tablero y los dibujos quedaban visibles. Del lado izquierdo, la "S" que se transformaba en serpiente. En la derecha, un pequeño león que jugaba con una snitch, ambos móviles, cortesía de una tarde después de haber terminado las tareas, en que Neville y él se aburrían, así que decidieron hacer algo para el otro y perder el tiempo hasta la cena.
No podía distraerse por los dibujos, lamentablemente.
—Piensa —Le indicaba Ron, en voz baja, desde la silla frente a la suya. Los dos se apropiaron de uno de los escritorios del cuarto de varones de quinto, un par de sillas y un tablero de ajedrez mágico que agrandaron, listo para modificarlo y cumplir la función que Draco tenía en mente.
Una vez acomodadas las piezas en sus respectivos lugares, llegaba la toma de decisiones. La razón principal de que sólo hubiese podido pedírselo a él, además.
Leonis descansaba echado a sus pies, ajeno en apariencia al intercambio de los muchachos. Fawkes, sobre su regazo, era el que provocaba que su concentración fallase, con sus constantes mordidas en el pulgar o índice, que lo hacían sisear y sacudirse.
Para lograr lo que pretendía, sin embargo, procuró vaciar su mente de todo, excepto el objetivo y el tema de interés. Neville, desde la cama más cercana, los observaba contemplar el tablero, como si contuviese las respuestas absolutas del universo mágico.
Así era. O lo sería, en cuanto hubiesen terminado.
—Blanco mueve primero. Ese es su lado —Recordó. Ron asintió, sin despegar la mirada del tablero—. Asumo que ambos somos los reyes.
—Sí, espera —Cambiando de posición el tablero, Ron empezó a ejecutar maniobras complicadas que dejaban a ambos reyes expuestos a ataques del otro lado. Volvió a asentir. Tenía una expresión de concentración que no usaba jamás en clases—. ¿Quiénes lo acompañaban?
—¿Ahora?
—Empieza por el pasado. Rehacemos el juego, así nos ubicamos en el presente más fácilmente…
—Bellatrix —Ron tomó a la reina y el alfil. Se los mostró.
—¿Cuál era tu tía?
Draco lo consideró un momento.
—¿Tal vez ambos?
—Esa sería una débil estrategia —Aclaró, arrugando el entrecejo.
—Nadie dijo que Voldemort fuese buen estratega. No después de enloquecer, al menos.
Lo aceptó con otro asentimiento. Trazó una jugada, como si necesitase una comprobación de algo, y sacó a la reina y el alfil con un golpe que Draco desconocía, tomándolas como una sola pieza. Tercer asentimiento.
—Tiene que haber alguien más, un punto de apoyo.
—Barty Crounch —Le contestó, inclinándose hacia adelante. Tuvo que agitar la mano para evitar que Fawkes lo mordiese, de nuevo.
Ron seleccionó la torre y la sacó del tablero, pero no hacia el mismo punto donde dejó la representación de Bella, sino al lado opuesto, donde estaba "Azkaban". Un asentimiento más lo invitaba a continuar.
—Sus peones están muertos o en prisión, Ron —El chico sacó a la mayoría, dividiéndolos entre el extremo Muerte y el Azkaban. Dejó un par fuera del tablero, en un apartado distinto.
—No sabemos si todos lo están —Cuando Draco lo reconoció, él apuntó al caballo con un dedo.
El niño-que-vivió negó.
—No lo sé.
—Así que su Caballo puede seguir por ahí.
—Puede seguir por ahí —Asintió. Ron lo dirigió hacia un espacio alejado del tablero, aún dentro.
—Empieza a clasificarlas —Señaló a la reina—. La defensa más hábil en el alrededor inmediato. Jugamos sin profesores y sin la Orden, como pediste.
—Blaise —Ron levantó la mirada hacia él, sólo lo justo—. Blaise es mi defensa inmediata.
Pensó en la prueba en el Lago Negro y lo repitió, más firme. El chico aún tenía las cicatrices en las piernas, causadas por los tridentes, que lucían diferentes de las del lobo.
Ron comenzaba a mover las piezas, conforme seguían. La reina negra no tenía al alcance al rey blanco.
—Alfil —Continuó, cabeceando hacia la pieza—. El más cercano. De confianza absoluta.
—Nev es mi Alfil.
No apartó la vista del tablero, aunque percibió el brinco que daba el chico cuando lo mencionó.
—Caballo. Imagínalo como...el principio. Marca tu paso, saltando de un cuadro al otro.
—Ese serás tú.
Ron lo observó por otro instante. Pareció complacido con esa perspectiva al asentir.
—Torre. Te limita, te va a sostener. ¿Quién sostiene el tablero, Draco?
Apretó los labios y echó un vistazo a Neville, en busca de ayuda. Él vaciló.
—¿Harry, quizás? —Le ofreció. Draco meneó la cabeza.
—No, Harry sería más como...—Recogió a la reina caída del otro bando. Con un toque de varita, la convirtió en un rey negro. Lo añadió al tablero, antes de darle un distintivo de media luna a la corona del primer rey—. Harry es un rey.
—Demasiadas aberturas —Ron arrugaba la nariz—. Tres reyes, con tres ejércitos, es una locura, pero aceptable. Tres reyes, con dos de un mismo lado...
—Hers sostendrá el tablero —Decidió, tras un momento de observación—. Ella sabrá delimitarnos y sacarnos de apuros.
Luego de un suspiro resignado de Ron, llegaba el momento decisivo. Tocó los peones con los dedos.
—Yo no uso peones, Ron.
—Los peones podrían ser la Orden, si los agregases.
—No uso peones —Insistió. El chico negó.
—Los peones se convierten al cruzar el tablero, Draco. Son valiosos.
—Son sacrificables.
Ron lo sopesó por un rato, con las manos unidas sobre el regazo. Cuando se estiró, sacó todos los peones negros, excepto uno.
—Un único peón es para auxiliarte. Alguien que buscaría refuerzos, alguien en quien confiar, diferente a tus piezas principales. Alguien que también pueda cumplir esas posiciones, de llegar al otro lado del tablero.
La respuesta estaba ahí, tácita, lógica. Casi lo hizo reír no haberse dado cuenta antes.
—Ginny —Asintió, despacio—. Ginny es un peón de auxilio, no sacrificable.
Ron volvía a enderezarse. Por unos minutos, lo único que hacían eran observar el tablero; él ya le había advertido que sería así. Trasladar estrategias de batallas reales siempre era complicado. Trasladar batallas imaginarias lo era todavía más.
Pero si había alguien en el mundo que era capaz de hacer lo que pedía, ese era Ron.
—Tú eres Voldemort —Le había dicho a su compañero, antes de comenzar—, serás el rey opuesto en cuanto hayamos comenzado.
Él había arrugado el entrecejo.
—No sé si pueda pensar como un loco mago oscuro con ganas de matar, amigo.
—Inténtalo. Intenta pensar en lo que harías, de ocupar su lugar.
No prestó atención a Fawkes, intentando morderlo de nuevo, ni a Leonis, que rodaba por el suelo alfombrado. Ni a Neville, que se aproximaba y se ponía de cuclillas junto a su silla, estirándose para ver el tablero. El mundo se reducía a las piezas, a las imágenes que se reproducían en las cabezas de ambos, a la expresión concentrada de Ron. Al menos, hasta que se inclinó para tomar al segundo rey negro y lo sacó del tablero.
—Potter —Murmuró, levantando la cabeza hacia él—, yo iría por Potter para hacerte un jaque. Es lo más lógico y simple.
Ron no era bueno en la Adivinación; siendo sinceros, nadie en el colegio en realidad lo era, pese a lo que sus notas pudiesen decir. Puesto de otro modo, aquella era la primera predicción real que hacía en su vida.
—0—
Alrededor del Yule de 1995, el Ministerio tuvo la absurda idea de que una fiesta benéfica podía ayudar a estabilizar su precaria situación y levantar los ánimos. En lo personal, a Draco ya lo fastidiaba bastante que tuviesen a miembros de la Orden haciendo de guardias (porque, siendo Aurores, todavía tenían cierto deber de cumplimiento con lo que el Ministerio les adjudicase), como para que además, llegase Skeeter con sus preguntas que no merecían respuesta, y retuviesen a Neville en la entrada.
En realidad, era su culpa. El Ministro había pedido a la Orden que concediesen unas palabras a la prensa para ayudar a la comunidad a mantener la calma, después de los sucesos del verano y las noticias de Mortífagos en Hogwarts; que Draco fuese invitado resultó, más bien, en un desafortunado incidente en que la fastidiosa reportera sugería que el público podía encontrar alentador que él, entre todas las personas, estuviese tranquilo.
Draco no estaba tranquilo. Él aparentaba estar tranquilo, mientras la vieja bruja le pisaba los talones y no paraba de hablar, hasta que notó que a su mejor amigo no lo dejaban pasar. Ese día, a pesar de que había Aurores alrededor, Sirius Black estaba encargado de vigilarlo, y con la cantidad de ojos que tenía encima, arrastrar a Neville consigo fue el último intento desesperado de hablar con alguien que no lo tratase de niño-que-vivió y lo ayudase a distraerse. Podrían haber arrasado con la mesa de postres, si a los Aurores no se les hubiese ocurrido que Neville (¡Neville, por Merlín!) podía ser peligroso.
Decidió que la política bien podía irse a la mierda. Él no tenía planes de ser diplomático; si sobrevivía a Voldemort por segunda vez, ya pensaría entonces qué hacer, pero tenía claro que sería bastante lejos del Ministerio, los Aurores, y la mayor parte de las profesiones riesgosas del mundo mágico.
—¿A dónde vas? —Le chilló Skeeter, cuando se percató de que interrumpía su conversación unilateral al caminar hacia la salida. Ni siquiera se giró para verla.
Por suerte, ya que Sirius era Sirius, se mostró más que complacido de irse con ellos, en cuanto se escabulleron del resto de los Aurores. Tomaron el flu, se aseguró de dejarlos con Snape, y se marchó, antes de que se le hiciese tarde para ir a probar la comida de Lily en Godric's Hollow.
Draco cenó en el Gran Comedor decorado por las festividades con los árboles que Hagrid cortaba, embarró a Neville de melaza del pastel, practicó tiro al blanco con porciones pequeñas de comida, directo a la boca abierta de Leonis, que saltaba y ladraba con entusiasmo desmedido. En el piso oculto, escucharon a Regulus tocar una armónica que conjuró sin varita, cientos, miles de canciones tristes de los Black, sin emitir palabra alguna por temor a interrumpir ese ambiente que combinaba lo pacífico y lo lúgubre.
Cuando su padrino los envió a dormir, Draco se desveló escribiendo cartas para Harry y sus amigos que no pudieron quedarse allí. En algún momento, escuchó que el ruido de la armónica era reemplazado por una flauta dulce. Despacio, salió de la cama y se acercó a la puerta de la habitación contigua, encantada para aparecerse sólo por unos días. Era más sobreprotección, no dejarlo solo y otros motivos absurdos, según él.
A través de la rendija que esta dejaba junto al marco, distinguió una flauta que levitaba y se tocaba sola, a Regulus jalando de uno de los brazos de Severus, convenciéndolo de bailar con risas y bromas, al segundo mago negando y frunciendo el ceño, pero sin oponer la resistencia suficiente como para que no pudiese moverlo. Conociendo a su padrino, podría haberlo maldecido, si en verdad estuviese en contra de ser arrastrado de ese modo.
Pensó que debía ser lindo tener a alguien con quien bailar a medianoche, sólo porque sí. Luego tuvo que lidiar con una idea que se apoderó de su sistema.
Se lanzó sobre la cama de Neville y le cubrió la boca cuando estuvo por gritar, hablándole en susurros sobre ir a Londres y regresar por la mañana, antes del desayuno. Su mejor amigo se retorcía por debajo de él, negando.
—Tendríamos que llegar por Grimmauld Place —Argumentó, en tono cantarín. Neville parpadeó hacia él, más despierto de pronto.
Blaise se quedaba en el cuartel de la Orden, junto a su madre, por esos días.
—Sigo diciendo que es una mala idea —Insistió, pero ya se ponía de pie, y Draco sonreía.
McGonagall no había visto necesidad alguna en cambiar la última de las contraseñas a su oficina sin usar, la estatua lo reconocía sin problemas, y Draco había aprendido, con el pasar de los años, a activar la red flu de Dumbledore, aunque nunca hubiese tenido motivo para ponerlo en práctica. Los cuadros de antiguos directores sólo mostraban brujas y magos que roncaban. Trabajaron deprisa, en silencio apenas interrumpido por una que otra risa ahogada, y se arrojaron dentro de la chimenea a la vez.
Draco dejó a su compañero en la sala de Grimmauld Place y pensó si era mejor coger el autobús noctámbulo, ir a pie o probar suerte, si la profesora A estaba despierta, para que le colocase un encantamiento desilusionador temporal o lo Apareciese.
—0—
La mañana antes del día de navidad, Harry Potter era despertado cuando todavía no había rastros del sol en el cielo, por su mejor amiga. Pansy, que pasaba las vacaciones con los Potter, se inclinaba sobre su cama y lo zarandeaba, llamándolo en voz baja.
Gimoteó, pidió cinco minutos más. Después cayó en cuenta de que no estaban en Hogwarts, porque allí lo despertaba Theo, no ella, así que se obligó a tallarse los ojos y colocarse los lentes que tenía sobre la mesa de noche, para cuando apenas se despertaba.
—Tu león tonto te busca abajo —Pansy sonrió a medias al decirlo y notar su expresión estupefacta. Para demostrarle que iba en serio, lo levantó a rastras y guio a la ventana de su habitación.
Un pequeño Fawkes picoteaba el cristal, los aleteos producían ligeras llamaradas que no llegaban a ninguna parte. Abajo, en el patio, divisó una silueta envuelta en una capa de invierno.
Por la manera en que lucía el cielo, debían estar a mitad de la madrugada. Harry no se percató de que sonreía como un idiota a la imagen de Draco, saludándolo desde abajo, medio cubierto de escarcha. Pansy sí lo notó.
—Abrígate —Indicó, cuando Harry se apresuró a buscar unos zapatos en el suelo del cuarto, que nunca había sido ordenado, pero tampoco tan caótico como para tener medias largas y tacones cuadrados junto a sus botas de Quidditch y guantes de Cazador. Ambos juraban a Lily que limpiarían cada día y no lo recordaban hasta entrada la noche, cuando tenían que cambiarse.
Tuvo que andar de puntillas por el corredor, utilizar la puerta trasera y rodear la casa. Para entonces, Fawkes se posaba en el hombro de su nuevo dueño, brindándole un poco del calor que le hacía falta.
Harry se rio al encontrarse más cerca. Draco se veía tan complacido como si acabase de atrapar la snitch de un partido importante para la temporada. Tenía las manos heladas cuando le sujetó el rostro y le dio un beso largo, lento, que hizo que la cabeza le diese vueltas y terminó de apartar los vestigios de sueño.
—¿Qué haces aquí? ¿Ya te volviste loco? —Atrapó las manos de su novio entre las suyas, para frotar la piel fría y exhalar sobre ellas. ¿A quién se le ocurría ir por ahí sin guantes, una madrugada de invierno en Godric's Hollow?
Su sonrisa lo distrajo de la tarea que intentaba llevar a cabo. La luz de la cola de fuego de Fawkes, que comenzaba a volar por el patio, le daba ángulos diferentes a su rostro, que causaban que fuese imposible apartar la mirada.
—Me dieron ganas de verte.
Harry entendió a qué se refería con "causarse problemas" cuando su estómago experimentó una violenta sacudida y su boca se quedó seca. Lo abrazó, riendo, y lo invitó a pasar.
