Juegos mortales

Sumario: Draco Malfoy está desaparecido. El mundo mágico es reducido a un tablero; de un lado, el mago oscuro más tenebroso de todos los tiempos. Del otro, un adolescente.

Género: Aventura/Romance, fantasía, friendship.

Claves: Drarry eventual. AU. Perteneciente a la Serie ¡Cambio de Casa! (Draco!Elegido/Harry!Slytherin)

Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.


Sensación conocida

—...eso es interesante.

El rostro de Neville se tornaba de un preocupante tono de rojo, mientras todos veían a su patronus tomar forma por primera vez. No podía ser cualquier otra forma, no. Era un lobo.

—Es bastante genial —Intentó animarlo, dándole un leve codazo para capturar su atención. Del otro lado de la Sala de los Menesteres, Blaise observaba la silueta brillante con una emoción que rayaba en la incredulidad.

—¿El tuyo qué es? —Le preguntó, en cambio. Draco pensó que si servía para distraerlo y que no luciese como si se asfixiase, bien podía dejarse convertir en el centro de su conversación.

Regulus había bromeado por días, cuando la profesora A les dijo que los reuniría para enseñarles a formar su patronus, con que sería un pavo real albino. Justo como el de Lucius. Severus decía que, seguramente, sería un lince, como el de Narcissa.

Ninguno acertó.

Draco trazó la floritura correspondiente, pronunció el hechizo en un susurro, como ella le había enseñado que era más práctico, y esperó, con igual fascinación que cuando lo conoció, el aleteo, la figura, el desenroscamiento de la cola. El fénix sobrevoló sus cabezas, Fawkes le graznó desde la silla donde estaba posado, ambos acercándose en el aire sobre ellos, en una curiosa mezcla roja-amarilla y azul blanquecina.

Lo había entendido nada más verlo. Dumbledore. Lo que fuese que hubiese antes del fénix, él no llegó a conocerlo; la profesora le había explicado que situaciones demasiado impactantes a nivel emocional podían tener esos efectos en el alma y el patronus.

Draco quería pensar que un fénix hablaba bien de él.

La criatura se separó de Fawkes, dibujó un arco en el aire, descendió para pasarle por encima al lobo de Blaise, a los patronus de Hermione y Ron que no paraban de corretearse porque uno perseguía al otro. Se detuvo sobre el ciervo de Harry, desvaneciéndose al fin.

—¿Por qué el tuyo es una criatura mágica y yo tengo...? —Neville dejó la pregunta a medias, desviando la mirada hacia el lobo brillante que conformaba su patronus. La expresión del chico se contraía al lloriquear, como si no pudiese creer el tipo de suerte que tenía.

—Yo pienso que un lobo está bastante bien, Nev.

—El problema no es exactamente que sea un lobo, Draco.

A decir verdad, él no pensaba que se le pudiese llamar "problema".

—Vamos, no está mal...—Se encogió de hombros al no recibir más que un vago sonido frustrado. Ni siquiera la breve plática había logrado que el rubor disminuyese; supuso que no era responsabilidad suya, a partir de ese punto.

Cuando la profesora dio la clase por terminada, les habló de las últimas instrucciones sobre los patronus, y la manera de enviar mensajes a otros. Draco le silbó a Fawkes, que se movió hacia su hombro y le picoteó una oreja, incluso durante sus reprimendas. Buscó su maletín y le rascó las orejas a Leonis al pasarle por un lado; el perro descansaba, echado a los pies de Severus, desde el comienzo de la lección.

Se despidió de Ron y Hermione con un gesto; los vería cerca del campo de Quidditch por el juego que había más tarde. Estaba por hacer lo mismo con su mejor amigo, cuando se percató de que a Neville se le resbalaba el maletín de las manos, a mitad de su fallido intento de huida, porque Blaise se detenía frente a él y le hablaba. Consideró salvarlo o dejarlo resolver sus asuntos pendientes. Le daba lástima que balbucease otra vez, buscando un escondite con la mirada y el rostro enrojecido, pero dudaba que fuese un tema en que pudiese meterse para auxiliarlo.

Harry lo interceptó a él de camino a la salida, tomando su mano y dándole un rápido beso en la mejilla.

—¿Esos dos tienen algo? —Le cuestionó, dando un vistazo por encima del hombro hacia atrás. Él negó.

—Todavía no.

—El mismo patronus es una señal demasiado obvia.

El niño-que-vivió se encogió de hombros.

—Enviarle un poema a alguien también lo es, y mira cuánto tardamos —Los abarcó a ambos con un amplio gesto. Harry sonrió, soltó su mano y optó por pasarle un brazo sobre los hombros. Draco se pegó a su costado, riendo.

—Ese es un buen ejemplo —Reconoció, en voz baja. Los dos abandonaban la Sala de los Menesteres sin prisas; era sábado, aún faltaba un rato para el mediodía—. ¿Estás listo para perder en el partido de hoy?

Gryffindor jugaba contra Slytherin. Harry podía gustarle mucho, pero no cambiaba que estuviese en el equipo rival. Sonrió, presumido, y le dio un beso corto.

—Eso debería preguntártelo yo. Recuérdame quién es su Buscador —Estrechó los ojos, fingiendo tener dificultades para hacer memoria.

—Todavía queda la posibilidad de ganar por tantos de los Cazadores. Y no sé si te has dado cuenta —Elevó la barbilla, perdiendo porte cuando Draco se estiró deprisa y le besó el mentón. Tuvo que carraspear para mantenerse centrado—, pero estás ante el mejor Cazador de Hogwarts. En toda su historia.

Draco arqueó las cejas.

—Cariño, no —Le palmeó la mejilla con suavidad, divertido. Aunque su intención era una burla inocente, enseguida se percató de que el apelativo afectaba a Harry, que se ruborizó un poco.

—¿Estás muy ocupado hoy? —Cambió de tema, de forma radical—. Digo, además de cuando vamos a jugar Quidditch, claro.

—Ahora voy a darle comida a Salazar, ¿me acompañas?

—Creo que paso —No le sorprendía; sólo Regulus solía aceptar ir a ver al Basilisco con él, por mucho que les explicase que en realidad no les haría nada y era más tranquilo de lo que se comportó durante su segundo año. Harry se aclaró la garganta, se metió las manos en los bolsillos y comenzó balancearse sobre los pies. Aquello ya era una señal por sí sola, incluso antes de que volviese a hablar—. ¿Qué dices si hacemos una apuesta?

Bien, eso podía ser interesante. Draco contuvo la risa.

—¿Qué es lo que estás dispuesto a hacer cuando les ganemos?

Si —Le corrigió, con una mirada casi severa, frente a la sonrisa de Draco— nos llegasen a ganar, por alguna casualidad, podría...—Se lo pensó mejor— decirle a mi mamá que envíe más pastel de chocolate para ti.

Era una oferta tentadora. Draco se había declarado el mayor fan de su pastel de chocolate recientemente.

Con una nueva idea en mente, sonrió otra vez, al pincharle el pecho con el índice.

—Quiero pastel de chocolate, pero hecho por ti.

Harry vaciló.

—Eso terminará mal —Le advirtió, en un murmullo.

—No tiene que ser perfecto. Pídele la receta e inténtalo. Lo haremos juntos, si quieres —Su novio elevó las cejas, por lo que volvió a encogerse de hombros—; Nev me enseñó un poco sobre hornear, es entretenido. No es Quidditch, ni snap explosivo, pero tiene resultados comestibles. Casi siempre.

Él asintió, ahogando la risa. Cuando le ofreció la mano, Draco se la sujetó, pero no la estrechó. Ahí faltaba una parte de vital importancia.

—¿Tú qué querrías, en el hipotético y completamente imposible, caso de que los Slytherin ganen? —Ante esas palabras, Harry hizo un esfuerzo por disimular su sonrisa.

—¿Recuerdas cuando te escapaste para ir a mi casa por vacaciones? —Draco asintió, mascullando que cómo se le olvidaría, si todavía estaba castigado— ¿recuerdas que Pans y yo te sacamos por detrás, porque nos quedamos dormidos en el sofá y mis padres se estaban despertando? —Otro asentimiento. Los dos le estaban agradecidos a Pansy por evitarles las explicaciones que podían ser malinterpretadas o vergonzosas.

Ahí, Harry hizo una breve pausa.

—Quiero...si gano, quiero dormir contigo otra vez, en el piso oculto. Sin nadie que nos despierte de repente porque no se supone que estés conmigo —Añadió, con una risa débil, titubeante.

—¿Sólo dormir?

—¿Qué más se...? Ah —Abrió de sobremanera la boca y los ojos—. ¡Ah! —Después pareció pensarlo mejor—. Oh —Sacudió la cabeza al empezar a enrojecer. Draco no pudo dejar escapar la ocasión de fastidiarlo un poco más.

—¿Qué se supone que estás pensando, Harry? —Arqueó las cejas. El Slytherin balbuceó un momento, luego se echó a reír.

—¡Lo estás haciendo a propósito!

—No, no sé de qué hablas...

—¡Draco!

—¡Sólo hice una pregunta! —Alzó las manos, en señal de rendición, pero la risa contenida aún lo delataba. Harry acababa de separar los labios para darle una respuesta, cuando un vestigio de movimiento y un ruido los hizo volver la cabeza.

Neville abandonaba la Sala de los Menesteres, el maletín abrazado contra el pecho, el color rojizo extendido hasta las orejas. Tras un instante, Blaise salía agitado y hacía una pausa, mirando a Draco y luego al corredor. Empezó a gesticular en la dirección en que el chico se había ido, apuntándolo y boqueando.

Draco intercambió una rápida mirada con Harry, que también debía imaginarse las posibilidades que generaban ese tipo de reacción.

—Blaise.

—¿Qué? —Blaise se cruzó de brazos para disimular que casi balbuceó antes. Draco arrugó la nariz por el aroma empalagoso en el aire.

—Feromonas.

—Ni lo menciones, no quiero oír hablar de eso…—Él se cubrió el rostro de forma parcial y los rodeó para abandonar el pasillo, en sentido opuesto al del Gryffindor. Draco pensaba que no era la decisión más inteligente que había tomado en su vida.

Meneó la cabeza.

—Debería ir a...—Señaló el corredor que llevaba a la Torre de Gryffindor, dando un paso hacia atrás. Harry asintió.

—Sí, va a necesitar con quien hablar, ve.

Draco avanzó unos metros, antes de darse la vuelta y regresar sobre sus pasos. Aprovechó su leve desconcierto para sostenerle el rostro y besarlo.

—¡Nos vemos en el partido! —Corrió para atravesar la distancia que tuvo que volver y se apresuró a ir hacia su Sala Común, sin darse cuenta a tiempo de que Harry sonreía detrás de él.

Ese día hubo dos eventos más que eran dignos de mencionar, en un juego diferente al que involucraba magos oscuros y dementes. Primero, el hecho de que Gryffindor ganó el partido, porque pocas veces unos Cazadores brindaban tanta ventaja como para vencer al equipo contrario si atrapaba la snitch, lo que significaba, en otras palabras, que habría un par de adolescentes apropiándose de la cocina y los utensilios de los elfos para intentar una réplica para nada buena de un pastel de chocolate. Y que luego se pasarían la noche en el piso oculto, porque Draco argumentó que no aclararon bien sus recompensas ni dijeron que tenía que ser una sola petición, y Harry, por una vez, no le discutía.

Al mismo tiempo, un estudiante de Ravenclaw tocaba la puerta del cuarto de los varones de quinto, en la Torre de Gryffindor, y abría cuando no recibía ninguna respuesta. Ron lo había dejado pasar cuando le explicó lo que tenía en mente, así que Neville lo observaba, detrás de Blaise, como si considerase seriamente maldecirlo por error en la próxima reunión del club de duelos. Luego Ron llamaba a Leonis, arrastraba a un curioso Seamus del brazo, se aseguraba de que Dean no fuese a entrar todavía, y los dejaba solos.

(Un tercer evento del que ninguno fue consciente de inmediato, fue que al regresar a la sala, Hermione lo veía con enternecimiento y Ron lucía bastante orgulloso de sí mismo)

Blaise tomaría una de las sillas, le daría la vuelta para sentarse con el respaldar al frente, e intentaría dar con las palabras adecuadas. Sin mucho éxito, por cierto.

Mientras todo esto transcurría, lamentablemente, el juego real de sus vidas no hacía una pausa para esperar a que estuviesen listos para la próxima partida.

0—

Las pruebas de los maestros comenzaron a principios de febrero. Para entonces, a Draco le quedaba en claro una verdad fundamental acerca de Dolores Umbridge.

Era extraña.

Muy extraña.

Guardaba silencio gran parte del tiempo, apenas contestaba cuando alguien le hablaba. A veces parecía ida. Otras, poseía una tendencia explosiva que le llevaba a tener reacciones desmedidas, como la estudiante a la que envió a volar porque se creyó ofendida y el estallido de mal humor con los gemelos cuando le arrancaron la peluca rosa en uno de los corredores.

Observaba mucho, observaba fijo. Draco se sentía incómodo con más de unos minutos en el mismo salón que ella, porque percibía su atención igual que una aguja clavada en un costado de la cabeza.

En Pociones, intentó corregirle a su padrino una preparación con un método que decía que era mejor. Su tono fue burlón, no de condescendencia falsa. Por la expresión de Snape, estaba pensando en poner unas gotas en su bebida durante la siguiente comida de un elemento que no debería estar ahí. Él no lo habría culpado.

Pero lo más raro, aquello que dio inicio a ese escalofrío que le recorrió la espina dorsal, no tuvo lugar hasta el día de la prueba del contenido de Defensa contra las Artes Oscuras. Entonces la profesora A decidió realizar algunas demostraciones con miembros del club de duelo, lo que lo dejó peleándose con Terry y a Harry contra Susan. En ese punto, todo iba bien.

Cuando les decía que volviesen a sus lugares, su plática se desviaba hacia las ramas más oscuras de la magia y técnicas para repeler ciertas maldiciones. Pensó que el interés en la mirada de Umbridge era sólo académico, hasta que la escuchó carraspear para atraer la atención hacia ella.

—¿Qué hay de las Maldiciones Imperdonables?

La profesora A parpadeó, sentada sobre la mesa de su escritorio, con las piernas cruzadas, como de costumbre.

—¿Qué hay con ellas? —Indagaba la bruja, en tono suave—. Todos sabemos qué son.

—Sí —Umbridge lo aceptaba, con un asentimiento. La varita demasiado pequeña para ser normal se deslizaba fuera de su manga—, pero lo importante no es saber qué son. Todos saben qué son, como dice. Es saber qué hacen.

—Creo que con saber por qué no deben ser usadas es suficiente para los chicos.

—No pensamos igual, querida —Y le seguía esa risita tintineante y molesta que pocas veces había oído desde la reanudación de las clases.

Umbridge sujetó uno de sus broches brillantes, lo transfiguró sobre su mano en una paloma blanca y la colocó encima de la mesa que utilizaba para apoyarse. Cada uno de los estudiantes tenía los ojos puestos en ella.

—¿Qué está haciendo? —Escuchó que musitaba Neville, sentado a su lado.

—Va a usarlas —No sabía cómo, pero la certeza estaba ahí, inminente, real. Como si fuese una decisión tomada por una persona que conocía muy bien.

Utilizó el Imperio primero. La paloma voló en la dirección en que quería, incluso doblando las alas en ángulos antinaturales, que debieron resultar dolorosos para cualquier pájaro, hasta que impactó de vuelta en la mesa.

Cuando hizo ademán de echar a volar lejos del peligro, la mujer le arrojó el crucio. Notó que Neville daba un brinco en la silla. Draco le agarró el brazo por reflejo, dándole un apretón. Algunos estudiantes ahogaban jadeos, otros contenían el aliento.

La profesora A cruzaba el corredor en medio de los asientos compartidos, pidiéndole que se detuviese.

Luego vino el Avada. La paloma ya no puedo moverse más.

—Salga de mi salón en este momento —Le exigió la maestra, apuntándola con su varita. Pero Umbridge se rio, aludió a la educación de los chicos y miró por uno de sus costados hacia los estudiantes.

Hacia ellos.

Draco tenía la boca seca cuando la mujer abandonó el aula. Su mano había ido a parar al brazo de Neville, pero la de él, cuando se percató de su expresión, había quedado encima de la suya, a medida que lo llamaba en voz baja.

—¿Draco? Oye- te estás poniendo algo…

El mundo se difuminaba un poco en los bordes. Un peso helado se instalaba en su estómago. Si no le hubiese hablado en ese instante, podría haber pasado la siguiente hora sumido en un letargo absoluto.

En cambio, atinó a murmurar:

—Necesito hablarles.

Necesito contarles, pensaba con urgencia.

Los ojos de Umbridge se tornaron rojos cuando vio en su dirección. Y por un instante, podría jurar que él estaba ahí. Era la misma sensación.


¿Qué sería la vida de un Elegido sin problemas o Hogwarts con un sistema de seguridad decente? Algunas cosas ni siquiera yo las debo cambiar ¿?