Juegos mortales

Sumario: Draco Malfoy está desaparecido. El mundo mágico es reducido a un tablero; de un lado, el mago oscuro más tenebroso de todos los tiempos. Del otro, un adolescente.

Género: Aventura/Romance, fantasía, friendship.

Claves: Drarry eventual. AU. Perteneciente a la Serie ¡Cambio de Casa! (Draco!Elegido/Harry!Slytherin)

Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.


Diferentes prácticas para diferentes personas

—...él habría estado orgulloso, halagado. Lo sabes, ¿no?

Hacía frío en lo alto de la Torre de Astronomía, lo que era de esperarse por la hora. Draco llevaba una capa de Regulus con amuletos de calor y no se preocupaba por el ambiente húmedo que lo rodeaba. Había estrellas en el cielo, pequeños puntos luminosos que lo observaban de vuelta cuando él alzaba la cabeza. Le facilitaban pensar, ordenar sus ideas.

No ayudaban, sin embargo, a la sensación de aislamiento con respecto al resto del pequeño mundo que era Hogwarts. No era la primera vez que lo experimentaba; la diferencia estaba en que, durante el verano, hubo quienes lo obligaban a dejar la habitación y lo llevaban a jugar en el techo. Todavía estaban ahí, pero él, de pronto, no se sentía con ánimos de ser tranquilizado.

—¿Puedo?

Cuando la figura se detuvo a su lado, Draco se apartó y le hizo un espacio. Severus se sentó con un quejido entre dientes, las piernas recogidas, la espalda un poco encorvada. El verlo así le hacía preguntarse cuánto faltaba para que le salieran canas. Ese pensamiento ayudaba a su humor.

—De verdad le habría gustado ver que era un fénix —Siguió, en voz baja. Pocas veces hablaba en ese tono. Nunca dentro del aula.

Años atrás, uno de los escasos estudiantes que se animaba a hablarle cuando lo veían deambular con Leonis, le preguntó si Snape jamás le dio miedo. Él lo encontró divertido entonces.

Cuando pensaban en Snape, la mayoría veía a un hombre amargado, de ropa oscura, que disfrutaba de enumerar las razones por las que las pociones de sus estudiantes no servirían ni para quitarle la sed a un trol.

Cuando él pensaba en Snape, veía a su padrino, de ojos cansados, respondiendo a sus preguntas en el laboratorio, aunque estuviese ocupado, encendiendo dos luces mágicas en su cuarto, porque a Draco le asustaba la oscuridad de pequeño. Mirando a Regulus con una mezcla de exasperación y algo mucho más profundo.

Ambos eran Severus Snape. El hombre que iba a buscar a su ahijado en una torre, en medio de la noche, también.

Draco hizo girar el medallón que sostenía entre las manos desde hace rato. Era una suerte que Ari no sintiese frío, porque el metal estaba helado. Con cuidado, lo tapó y dejó que le colgase del cuello, sin intenciones de esconderlo frente a la mirada de su padrino.

lo que vi —Le indicó, en un susurro. Él asintió, sin observarlo por más tiempo.

—Sí. Y yo sé que eso es lo que viste, Draco.

Cuando les contó lo de Umbridge, los que estaban presentes eran Snape, Regulus, la profesora A, Tonks y Neville. Había intentado insinuar que podía ocurrir algo con ella, pero su prima descartó la idea, asegurándole que los puntos focales del colegio seguían en perfectas condiciones y habrían delatado a otro Mortífago, justo como sucedió con Barty. Además, ¿la pobre mujer no había sido rescatada unos meses atrás, después de que el psicópata de Crounch la hubiese metido a un baúl mágico?

La profesora A dijo que lo conversaría con McGonagall, pero estaba seguro de que la directora aludiría a la seguridad cada vez más reforzada en el castillo.

Aun así, la sensación incómoda no se iba.

Hogwarts no era seguro. Lo que era peor: no era seguro porque estaba él.

Su padrino suspiraba, a su lado, al no obtener una respuesta.

—¿Recuerdas esa vez que jugabas en el laboratorio y tiraste mis tubos de ensayo con una poción que estaba probando?

—¿Con una de las fórmulas del matalobos? —Draco empezó a arrugar el entrecejo.

—No, antes.

—¿La que causó la explosión colorida de olor feo?

—Antes, Draco.

Él luchó por hacer memoria.

—¿Pociones que eran para Pomfrey?

—¿Cuántas veces has tirado mis tubos de ensayo? —Severus chasqueó la lengua. Él le mostró su mejor expresión de inocencia cuando comenzó a negar—. La vez que estabas jugando con una armadura mágica puesta y una espada de madera que los elfos te hicieron, esa.

—Ah —Asintió. Lo recordaba, de forma borrosa. Tendría unos cuatro años e iba montado sobre Leonis, usándolo como corcel en una guerra imaginaria contra un monstruo en el armario de ingredientes de su padrino—. Sí, ¿qué hay con eso?

—¿Recuerdas lo que pasó después?

—Algo explotó, te enojaste, nos gritaste, o las tres cosas —Se encogió de hombros. Su repertorio de ira no era tan variado.

—Me mentiste —Draco parpadeó. No, no recordaba esa parte—. Había ido a buscar un ingrediente fresco en los invernaderos, Regulus te dejó en el laboratorio un momento, tiraste los tubos de ensayo y le pediste a un elfo que lo arreglase.

—¿Eso hice?

Severus asintió, despacio.

—Luego te quedaste sentado a un lado, mirando lo que hacía, y cerca de una hora después, me detuviste y empezaste a decir que dejara de trabajar en esa poción de los viales porque no serviría.

—Yo mismo me delaté —Draco meneó la cabeza, decepcionado de su "yo" de cuatro años.

—Me contaste la verdad —Le corrigió, entre dientes—, lo que fue bueno, porque si se me ocurría probar esa receta con un factor erróneo, podía haber hecho explotar el laboratorio o quemarme las manos de forma permanente —Hizo una breve pausa, en la que respiró profundo. Ahí sí lo observó—. Te dije que, incluso si era algo que me molestara o sentías que no debías decirme, podías contármelo y no te iba a colgar de los tobillos, como tanto decía Filch que había que hacer contigo.

—Qué considerado —Intentó bromear, pero se dio cuenta enseguida de que debía tener un motivo para decírselo y se aclaró la garganta, apartando la mirada—. Ya les dije sobre eso. Creo que ella tiene algo que ver con Voldemort, es todo. No tengo pruebas.

—¿Tienes alguna idea de lo loco que suena? ¿Lo poco probable que es que la misma persona que fue secuestrada por uno de ellos, trabajé para él?

Asintió.

—Y aun así, ¿estás seguro?

Draco pensó en la manera en que ejecutaba el Avada. No sabía casi nada sobre la Maldición Imperdonable, pero estaba seguro de que él vacilaría más al llevarla a cabo. De que cualquiera lo haría, a menos que estuviese acostumbrado.

Otro asentimiento.

—Estoy seguro.

Por un rato, no existió más que el silencio plácido entre ellos. Después el profesor resopló.

—Supongo que podría revisar dentro de su cabeza. Un poco.

Draco lo observó, con los ojos abiertos de sobremanera. Su padrino mantenía una expresión vacía de toda emoción.

—¿Me enseñas a revisar la cabeza de las personas? —Inquirió, porque los agradecimientos estaban de más; a Severus nunca le gustaron.

—¿Para qué necesitarías revisar las cabezas de las personas, Draco?

—Tal vez un día me haga falta, no sé.

Legeremancia y adolescente es una mala combinación.

—Tú me dijiste que aprendiste legeremancia y oclumancia a los dieciséis.

—Yo era un adolescente responsable.

—¿Y yo no lo soy? —Su padrino le dirigió una mirada que contestaba por él. Se puso de pie, ignorando al chico que boqueaba, indignado, y se apresuraba a levantarse para seguirlo—. ¡Soy muy responsable!

—Recuérdame por qué estás castigado ahora...

—¡Eso es diferente! ¡Vamos! —Apretó el paso para alcanzarlo. Bajaron las escaleras hombro con hombro—. Tú te escapaste montones de veces de joven para ver a Regulus. Él me lo contó. Y él salía de Grimmauld Place pa-

—Eso era diferente.

—Al menos, yo no me escapé solo-

—No te voy a enseñar nada más, Draco.

Estaba bien. El niño-que-vivió podía ser insistente.

Ya lo convencería. Concentrarse en nuevas tareas lo ayudaría a mantenerse centrado.

0—

—¿…de verdad Snape castigó a Neville también por lo de las vacaciones?

—¿Por escaparnos? —Draco frunció el ceño al recordarlo. Asintió—. ¿Por qué?

Vio que Blaise se pasaba una mano por el cabello, para después apoyar el codo en la mesa, la barbilla recargada sobre la palma de la mano.

—Tal vez pensaba en invitarlo a Hogsmeade.

Draco parpadeó. Se demoró unos segundos en captar las palabras y abrir la boca. Apuntó al chico con su pluma. Este sacudió el brazo que tenía libre, apartándolo para que dejase de señalarlo con la punta entintada.

—¿Es en serio?

Él se tomó su tiempo para responder. Draco no despegó los ojos de su rostro, hasta que no tuvo más opción que hablar.

—Sí, sí, ¿bien? Lo iba a invitar, ¿feliz?

—¿Como en una cita? —Se mordió el labio para disimular su sonrisa. Blaise le dedicó una mirada que pretendía ser desagradable y no lo conseguía por completo.

—No —Ya que el Gryffindor arqueó las cejas, soltó un débil quejido—. Sólo- no sé, pensé que podía estar cómodo si sólo éramos los dos cuando intentase hablarle de...de...—Gesticuló con ambas manos, dejando la idea a medias. Para entonces, a Draco le importaba poco su tarea de Transformaciones, así que continuó.

—¿De…? —Lo apremió, pinchándole el brazo con la pluma, expectante.

—De por qué su mejor amigo es tan entrometido —Su expresión se endureció al fijarse en él. Bufó.

Se reclinó en el asiento, dejó la pluma a un lado de su ensayo a medio terminar y se cruzó de brazos.

—Discúlpame por preocuparme por ustedes dos, par de idiotas. No lo vuelvo a hacer. Iré a molestar a otro con mi amistad…

Notó, incluso sin verlo, que Blaise se obligaba a relajar la postura al pasar un brazo por encima de sus hombros.

—No quise que sonara así, princesa, lo siento —Recargó un costado de la cabeza en la suya, pese a los quejidos vagos de Draco, que le atinó un golpe sin fuerza en el estómago—. Sólo me pone nervioso —Agregó, más bajo. Más sincero. Él se quedó quiero, mientras intentaba formular una respuesta coherente dentro de su cabeza.

—¿Nev te pone nervioso? ¿Neville Longbottom? ¿Estamos hablando del chico que se pone un delantal con sapos que tienen gorros de chef y…?

—Sí- no. Neville no es lo que me pone nervioso. Lo que tiene que ver con él- es más como...

Asintió, captando la idea incompleta como si fuese lo más lógico del mundo.

—Es como si te preguntases por qué se siente como se siente y cómo hace para sentirse así, cuando...

—...todo esto está pasando —Fue el turno de Blaise de asentir, apartándose un poco.

—Y luego te preguntas si no es mejor concentrarte en lo que es importante y urgente, y dejar de pensar cosas tontas. Pero apenas lo ves...

—...se me olvida que había decidido no pensarlo.

Los dos se observaron un momento, después cada uno giró en su asiento, reclinándose contra el respaldar.

—¿Y no crees que es egoísta de tu parte pensar que te sientes así, cuando podría estar a punto de estallar una guerra en cualquier momento?

—Increíblemente egoísta —Le contestó Draco, que apenas podía creer que estuviese escuchando una fracción de sus pensamientos en otra voz—. Pero no es como...un egoísmo malo.

—¿Existe otro tipo de egoísmo?

—Tal vez un egoísmo que...que te da lo que te mereces, no lo sé. Es- es que piénsalo. Nacimos en medio de una guerra, Blas —Se encogió de hombros—; si mis padres hubiesen esperado, yo no estaría aquí. ¿Y no eres tú quien dijo que prefería tener esos momentos buenos, antes de que pasase lo que sea que fuese a pasar?

—Yo me refería a ti —Lo señaló, dubitativo—. Tú te mereces esos momentos buenos, princesa.

—Tú también. Todos los demás también.

—No sé —Sacudió la cabeza, tomando una profunda bocanada de aire después—. No sé si puedo verte desaparecer otra vez, o ver a mi madre arañándose la vieja Marca del brazo, y- y pensar- y todavía prestar atención a cómo sea que me sienta.

Draco guardó silencio. Le llevó otro rato dar con una idea que sonaba bien dentro de su cabeza.

—Regálale uno de los ramilletes de flores.

Blaise parpadeó hacia él.

—¿Qué?

—Regálale un ramillete —Repitió, más firme—. Dijiste que simbolizaban en Durmstrang lo importante que es para alguien que acepten su invitación. Dale uno, dile que quieres que hablen y- y no sé, arregla tus pensamientos. Yo no tengo dudas cuando estoy viendo a Harry, tal vez...—Se encogió de hombros— puede que contigo funcione igual. Llévalo a la Sala de los Menesteres, ya que no puede salir, y piensa en algo, yo qué sé. A Nev le gusta el pie de manzana —Recordó, de pronto. Se comía uno a la semana, siempre en domingo, y no solía compartirlo con nadie más que Draco—; Regulus dice que la comida nunca falla. Oye, si a Regulus le funciona...

—...le funciona a todo el mundo —Completó, asintiendo. Ambos se echaron a reír por lo bajo, para no alarmar a la bibliotecaria.

Draco vio su ensayo sin terminar un instante, luego empezó a doblar el pergamino con cuidado y a recoger el resto de sus pertenencias en el maletín. El chico lo observó, con las cejas elevadas.

—¿A dónde vas, princesa? —Sonaba divertido, como si supiese qué idea daba vueltas por su cabeza. Él le sonrió.

—A ver a mi novio.

Blaise rodó los ojos, pero realizó una profunda reverencia para invitarlo a marcharse.

—Avísame si todavía andas inseguro. Y Blaise —Frenó al rodear la mesa, colocándole una mano en el hombro. Se inclinó para susurrarle—, lastima a Nev y todas las maldiciones que te haya lanzado en los entrenamientos serán poca cosa comparado a lo que te haré para que pagues por eso.

Lo escuchó resoplar.

—Ah, claro, yo también te quiero. Gracias por tu comprensión, Su Majestad.

—Soy considerado porque eres tú. A otro le iría peor —Le aseguró, dándole una palmada débil, antes de marcharse.

En el camino, se encontró con Neville, que avanzaba deprisa, con un libro de Transformaciones bajo el brazo. Los dos se detuvieron de inmediato.

—¿Cómo te fue con McGonagall?

—¿Quiénes están en la biblioteca?

Hablaron a la vez.

—Blaise —Su mejor amigo apretó los labios, emitiendo un leve sonido de lamento. Se giró y acompañó a Draco, en el sentido opuesto a la biblioteca.

—La profesora dice que tengo talento —Neville se encogió de hombros. Tras unos metros y una expresión que pedía detalles a gritos, ahogó una risa nerviosa—. Piensa que podría conseguirlo pronto, sólo necesito concentrarme más.

Orgulloso, le pasó un brazo sobre los hombros, arrastrándolo consigo hacia el patio. Después de todo, ya lo estaba acompañando, ¿no? Podía seguirlo unos metros más. El equipo de Slytherin tenía práctica esa tarde. Harry en uniforme de Quidditch siempre era una imagen bien recibida.

Una semana atrás, Draco había encontrado un ensayo de Transformaciones en el cuarto de Gryffindor, con el nombre de Neville. Era mucho mejor que el que entregó en la siguiente clase, así que lo tomó y decidió, por su cuenta, dárselo a McGonagall; la profesora, después de leerlo, llamó al chico para hablar de ese entendimiento tan profundo que tenía de la materia y casi nunca aplicaba en clases, porque sentirse observado o recordar que le colocarían una nota, lo ponía nervioso.

Estaba bastante seguro de haber hecho algo bien. McGonagall le hablaba a Neville de practicar transformaciones avanzadas para los TIMO's y presentar un examen haciéndose animago, lo que le daría un Supera las Expectativas de forma automática. Neville vaciló frente al término "animagia" y Draco le prometió que, si se le ocurría desperdiciar esa oportunidad tan increíble, dejaría a Fawkes hacer sus necesidades en su cama. Aquello lo convenció.

—Ya que tengo un amigo tan talentoso —Agregó, frente a la mirada divertida del Gryffindor, que debía saber lo que venía. Draco mostró su sonrisa más inocente—, ¿me ayudas con mi ensayo de esta semana? Tengo la mitad —Se apresuró a aclarar, porque significaba que sólo debía corregir los conceptos y hacerle el borrador de la segunda mitad, o en su defecto, dejarle notas al libro para indicar dónde estaba la información que él necesitaba.

Neville estrechó los ojos.

—Draco...

—¡Te conseguí un Aceptable en la poción de hace unos días!

Él asintió, con una expresión más pensativa.

—Sí, tienes razón. Déjame tu ensayo —¡Adoraba a Neville! Se detuvo, otra vez, para sacar el pergamino de su maletín y tendérselo—. ¿A dónde vas? —Le preguntó entonces, mirando alrededor, como si acabase de percatarse de que estaban a medio trayecto del campo.

—Voy a ver a Harry.

El chico repitió ese sonido frustrado desde el fondo de la garganta.

—Bueno, supongo que yo me encerraré un rato en la Sala Común para no ser la tercera rueda...

—¿Asaltamos la cocina más tarde? —Lo frenó, antes de que empezase a arrastrar los pies y huyese hacia la Torre de Gryffindor. Neville parpadeó hacia él—. Harry consiguió la receta del pastel de chocolate de su mamá, pero no sabe cocinar —Confesó lo último en voz más baja, llevando las manos a sus hombros—. Te necesito en esta importante misión, Nev. Quiero ese pastel.

Él se rio, asintiendo.

—Sí, pastel de chocolate, bien. Ve con tu novio, Draco.

Draco asintió y caminó hacia el campo. Luego corrió de vuelta y se abalanzó sobre él, en un arrebato de cariño. Neville ahogó un grito al trastabillar hacia atrás.

—Sé que serás un animago pronto, serás mejor que Regulus, mejor que McGonagall, así que deja de esconderte y empieza a actuar como el mago capaz en que te convertirás —Le susurró, deprisa. Lo abrazó fuerte un segundo, se apartó y echó a correr hacia el estadio, sin dejarle tiempo para superar la estupefacción, porque no esperaba una respuesta.

Alcanzó el campo de Quidditch cuando el capitán de Slytherin gritaba una orden. Harry lo localizó de inmediato. Hizo caso omiso de las instrucciones y bajó sobre la escoba, ganándose un regaño y una bludger que esquivó echándose hacia un lado. Le pedía un beso, antes de volver a la práctica; los otros dos Cazadores se reían, el capitán le decía a Draco que sólo lo besase para que se moviese y siguiese con lo suyo.

—¿Consigo otro cuando haya terminado? —Harry sonreía. Draco ahogó la risa al negar.

—Te puedo dar otro si, al terminar, me parece que eres el mejor de los Cazadores de Slytherin —Le ofreció. La chispa detrás de sus ojos le hizo saber que se lo acababa de tomar como un reto personal.

—Draco Malfoy, tú sales con el mejor Cazador de Hogwarts —Lo señaló de forma acusatoria, se subió a la escoba de un salto, y medio segundo después, estaba en el aire, preparándose para quitarle la Quaffle al que la tuviese.

Luego Draco diría que uno de sus compañeros también era un gran Cazador, a pesar de ser Slytherin, y se reiría al besarlo para deshacerse de su fingida y exagerada indignación.