Juegos mortales
Sumario: Draco Malfoy está desaparecido. El mundo mágico es reducido a un tablero; de un lado, el mago oscuro más tenebroso de todos los tiempos. Del otro, un adolescente.
Género: Aventura/Romance, fantasía, friendship.
Claves: Drarry eventual. AU. Perteneciente a la Serie ¡Cambio de Casa! (Draco!Elegido/Harry!Slytherin)
Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.
Primeros movimientos de la partida
En algún punto del castillo, a pesar de la hora, una bruja trabajaba en un cuaderno de notas, con una misión. Un piso por debajo de su posición, en las mazmorras, Draco Malfoy, conocido como el niño-que-vivió, era arrojado contra un estante e intentaba sostenerse de una de las repisas para conservar el equilibrio.
El mundo daba vueltas a su alrededor. Puntos negros danzaban frente a sus ojos. Una capa de sudor frío lo cubría, le costaba trabajo respirar con normalidad.
Una parte poco racional de su cabeza le decía que Severus disfrutaba de su sufrimiento. No encontraba otra explicación al por qué se paraba tan erguido, haciendo girar la varita entre los dedos.
Lo apuntó, de nuevo.
—¡Legeremens!
Draco cerró los ojos y se concentró en escudos, fortalezas, murallas. Logró repelerlo. No estaba listo para cuando lo intentó otra vez, de inmediato, así que trastabilló más hacia atrás en su desesperación por alejarse de la sensación de intrusión, y se golpeó la espalda contra la pared.
Al detenerse, le llevó un momento identificar la voz de Regulus, sentado en uno de los banquillos de la oficina, diciéndole al maestro que no fuese tan duro con él. Snape le replicaba de mala gana.
—No...—Carraspeó al enderezarse—. Tiene que ser duro conmigo, Reg.
—No es necesario que...
—Es una forma rápida de aprender. Así aprendiste tú, ¿verdad? —Su padrino lo aceptó con un asentimiento cuando se dirigió a él—. Entonces seguro que yo también puedo.
—Cachorro, no-
—Yo puedo —Insistió, pidiéndole que se detuviese con un gesto. Se recargó en sus rodillas un momento, se secó el sudor de la frente con la manga del suéter marca Weasley más reciente, y se volvió a enderezar—. Esto podría serme útil, tengo que intentar.
Regulus le dedicó una mirada larga y resignada.
Unos días atrás, cuando se levantó a mitad de la noche y arrastró los pies hacia el baño del piso oculto (se había dormido allí con Fawkes y Leonis, por error), escuchó un fragmento de una conversación que su primo tenía con el hombre a quien le fue asignada su custodia legal.
—A su edad, él debería estar pensando en ganar el próximo partido de Quidditch, acostarse con el chico de los Potter —Su padrino lo interrumpió con un ligero sonido de disgusto—, ¡sabes que es cierto! Debería quedarse dormido haciendo tareas atrasadas, tirar armaduras en los pasillos, molestar a Peeves. Salir con sus amigos, Severus. No puede ser sano que un chico de quince años hable con el retrato de una niña muerta un siglo antes ni piense en colocar escudos fuertes en su cabeza para que un demente mago oscuro no practique legeremancia en él. Esto no es lo que Cissy y Lucius habrían querido para Draco.
—Es lo que hay para él, Regulus. Entiendo que tengas este concepto de cómo debe ser un adolescente, pero quizás si no hubiese un mago loco intentando matarlo, Draco podría ser más...
No se quedó a escuchar el resto. Hablaban en lo alto de las escaleras, por lo que asumió que Leonis se metería a su cama en cuanto hubiesen terminado de discutir; decidió que era mejor estar en realidad dormido para entonces. Incluso cuando se acostó, le pareció oír los distantes murmullos de su conversación.
No les contó sobre lo que oyó.
—Tal vez tengas que descansar un poco —Le sugirió Regulus, la siguiente vez que salió despedido contra un estante—, ni siquiera Sev aguantaba prácticas tan largas —Agregó, cambiando su punto de enfoque al profesor, que lo observó a su vez. Uno negaba, el otro asentía, las miradas y gestos que intercambiaban formaban una sucesión incomprensible para Draco, una plática por sí misma, en la que Snape debió salir perdedor, porque soltó un pesado suspiro.
—Sí, fue mucho tiempo por hoy —Su padrino guardó la varita, dándole una última mirada hosca al otro, que lucía casi complacido. Regulus se bajó de un salto del banquillo, caminó hacia Draco y le pasó un brazo alrededor de los hombros.
—¡Deberíamos jugar un poco de Quidditch!
Sonreía. Draco lo vio como si hubiese enloquecido. Lento, se quitó su brazo de encima, deteniéndose a mitad del movimiento, porque se percató de la manera en que su expresión decaía.
Regulus era el que le había enseñado a formar los pucheros con que pedía disculpas a Dumbledore y McGonagall cuando hacía algo mal. Ahora le demostraba que el estudiante todavía no superaba a su maestro, poniéndole aquel rostro suplicante al que era imposible decirle que no.
Draco resopló y se pasó una mano por el cabello, echándolo hacia atrás.
—Supongo que podemos...jugar una partida, en la Sala de los Menesteres.
—¡Voy a buscar una de las snitches del piso de abajo! —Al darse la vuelta, era la figura de un perro negro la que echaba a correr fuera de la oficina, agitando la cola. Draco esperó a que el sonido de sus pasos ya no lo alcanzase; en ese momento, padrino y ahijado suspiraron y menearon la cabeza al mismo tiempo.
Al percatarse de ese hecho, él intentó sonreírle. Snape bufó y tomó asiento en el otro extremo del escritorio, donde comenzó a echar una ojeada a una pila de pergaminos que necesitaban algún tipo de arreglo. Titubeó, antes de acercarse y arrastrar uno de los banquillos para sentarse.
—¿Cómo... —Carraspeó para sonar tan tranquilo como le era posible; por debajo de la mesa, jugueteó con los dedos— vas con...?
No completó la pregunta. Su padrino, que lo captó sólo por el tono de su voz, dejó de fingir interés por los pergaminos y se recargó en el borde del escritorio. Draco lo imitó, sin pensar.
—Dolores Umbridge no tiene buenos escudos —Aclaró, despacio. Le sonaba a que existía un "pero" que venía después de esa oración, mismo que escuchó tras unos segundos—. Hay una parte de su mente completamente accesible, sin nada relevante, y una que está bloqueada. Es extraño, no...no es un escudo de oclumancia. No se sentía así. Era como si la magia sólo se...resbalase.
—¿Se resbalase? —Draco arrugó el entrecejo al verlo asentir—. ¿A qué te refieres con eso?
—Es como una capa que la rodea —Chasqueó la lengua—, repele dudas, desvía la atención de los que sospechan. Distrae. Cuando intentaba pensar en por qué tenía algo así, noté que mi mente se desviaba; necesité de mucha concentración para adentrarme todo lo que pude, pero después de cierto punto, es casi imposible.
Casi imposible.
Se sentía decepcionado, de una forma que reconocía infantil, de que hubiese una persona que pudiese vencer a su padrino en lo que a oclumancia respectaba.
Lo consideró unos momentos, dándole vueltas a diferentes ideas. Preguntándose si la incomodidad que tenía, tal vez, no era más que un poco de paranoia acumulada.
Quizás Regulus tuviese razón acerca de todo y ellos dos fuesen los equivocados, preocupándose por asuntos innecesarios.
—¿Así que lo que creí ver...? —Probó, en voz baja.
—No puedo asegurar nada. Pero te creo —El chico parpadeó al oírlo, aturdido porque le hiciese la aclaración de todas maneras—. No es normal que alguien tenga una defensa así, mucho menos una trabajadora del Ministerio. Hasta ahora, la única persona que he conocido que tenía algo como eso...
Dejó las palabras en el aire, cierto aturdimiento plasmado en su rostro. Empezó a fruncir el ceño.
—¿Severus? —Llamó, con suavidad. Lo vio sacudir la cabeza.
—Creo que estaría bien intentar tomarla con la guardia baja —Argumentó, en tono distraído—. Si pudieses hablar con ella y notar algo más...
Él asintió. Antes de que pudiese agregar más, el mismo perro entusiasmado entraba a la oficina, para cerrar los dientes en el borde de su pantalón y tirar del chico hacia afuera. Se apresuró a recoger su bolso y colgárselo.
—¿Podemos ir a buscar a Nev rápido? —Inquirió, de camino a la salida—. Siempre es divertido verlo perder y cuando transformamos el suelo en un colchón para que no se golpee tanto al caerse...
Un ladrido emocionado le contestó. Decidió tomarlo como un "sí".
—0—
Draco se sentía observado. Las últimas semanas se vio obligado a acostumbrarse a la sensación de atención indeseada, a pesar de que al girar el rostro, nunca hallaba a una persona fuera de lo común mirándolo; algún que otro estudiante, compañeros, un profesor que lo llamaba.
Hizo una pausa en uno de los corredores que iba hacia los dormitorios de los profesores. Esperó. Tampoco había sonido de pasos detrás de él que delatasen otra presencia; aquello también era lo normal.
Dio un vistazo por la ventana, al patio casi desierto, las estatuas enormes que lo custodiaban. Hacían temblar la tierra más próxima cada vez que daban un paso o cambiaban de posición.
Era un día tranquilo. Todos los días de febrero aparentaban ser días tranquilos.
Él estaba paranoico. Sacudió la cabeza y continuó su trayecto, la atención que no recibía de nadie en particular convertida en una aguja en la base de su cráneo. Ignórala, ignórala, ignórala.
Su corazón se saltó uno o dos latidos cuando se la encontró al doblar en la esquina. Dio un salto hacia atrás, se aferró a las correas de su bolso, para evitar que su mano fuese a la varita en el cinturón.
Umbridge sonrió hacia él. Siendo Barty o la verdadera, la sonrisa que tenía era igual de pretenciosa y desagradable.
—¿Qué hace aquí?
Ella se rio.
—Yo duermo por aquí. Por allá —Precisó, apuntando hacia un pasillo diferente con el índice. Ya que no dejó de observarlo, ni siquiera cuando Draco se movió hacia un lado y comenzó a rodearla, se le ocurrió añadir:
—¿La puedo ayudar en algo?
Su sonrisa, al ampliarse, casi llegaba de un lado de la cara redonda al otro.
—Sí. Sí, me gustaría que me ayudaras.
Volvió a detenerse, maldijo el día en que Dumbledore decidió que tenía que enseñarle a ser más cortés de lo que Snape pretendía hacer de él, y se dijo que la profesora A, que era quien le envió una nota para pedirle que fuese a su oficina, podía esperar sólo un momento más.
—¿Qué necesita?
Ella pareció pensarlo unos segundos.
—Estoy buscando algo que creo que se me perdió.
—Dígale a los Hufflepuff —Se encogió de hombros—; son buenos para encontrar cosas, según me dijeron. A Nev siempre le regresan su Recordadora, incluso cuando él no recordaba haberla perdido.
Por un instante, su expresión estuvo vacía. Luego sonrió, de nuevo. Era más que incómodo que le sonriese tanto.
—Eso haré. Gracias, niño.
Cuando Draco abandonó el corredor, la bruja seguía parada en el mismo punto exacto.
Bueno, supuso que comparada al profesor de turbante en primer año, con dos caras, ella tampoco era la persona más extraña que había conocido en Hogwarts. También hubo una maestra con pico de pájaro una vez, que tomaba pociones para disimularlo, y a la que siempre le salía de noche; ella también fue rara.
Alcanzó la oficina de la profesora A y tocó la puerta con los nudillos. Enseguida se abrió, sola, hacia adentro, así que se asomó.
La mujer estaba sentada detrás del escritorio, hacía anotaciones en un pergamino largo, de lo que fuese que concluía a partir de un libro con una cerradura mágica rota y uno más pequeño y desgastado. Le llevó unos segundos reconocerlo.
—¿Ese es el libro de pociones de mi padrino? —Le preguntó, después de cerrar la puerta como le indicó y haberle dado los buenos días. Se sentó frente a ella, justo cuando asentía, sin prestarle atención.
Se demoró un rato en hablar. Hasta entonces, Draco no hizo más que observarla trabajar y preguntarse cuánto tardaría con su tarea de Astronomía de esa tarde. Tenía pensado convencer a Blaise de que les dejase a Neville y a él su mapa estelar. Hermione era más organizada, pero no le gustaba prestarle sus tareas, porque decía que era lo bastante listo como para hacerlas él solo; era frustrante cuando no tenía ganas de realizarlas.
Cuando la profesora se fijó en él, sus ojos presumían de un destello increíblemente dorado. Faltaba poco para la luna llena.
—Lo tengo.
—¿Qué cosa?
—La forma en que vamos a quitarte su fragmento de alma, dragón.
Despacio, se reclinó en el respaldar, asimilando la noticia, y escuchó la larga explicación que procedió al aviso.
—0—
—...dando el tercer punto por aclarado, sin nada más que añadir de parte del líder de la Orden de Merlín ni este buen comité de los Caballeros de Walpurgis, la reunión número ochenta y siete de nuestra asociación finaliza aquí. Gracias por su asistencia y atención.
—Pasen por el escritorio de Harry para obtener su bocadillo —Theo gesticuló de forma teatral hacia la mesa, donde los ponques se apilaban. Crabbe y Goyle se apresuraron a recoger todos los que pudieran sostener entre ambos brazos, ajenos a la mirada desdeñosa que Pansy les dirigía a los cuatro chicos en la habitación.
Su mejor amiga suspiró, doblando el pergamino que tenía entre las manos. Llevaba una lista de los Gryffindor de segundo que molestaron a los Slytherin de primero (a los que un hechizo particularmente interesante daría pesadillas por una semana, a partir de ese día), una de nuevos miembros del grupo de Slytherin para el club de duelos, una petición por escrito (que ella misma redactó en su tiempo libre) para que Harry enseñase a hacer un patronus a los de su curso de quinto, y otras cosas que interesaban a Pansy por ser Pansy.
Harry levitó uno de los pastelillos hacia él y le dio un mordisco, con la atención de la chica centrada en sus acciones. Arqueó las cejas, en una pregunta silenciosa de qué andaba mal ahora. Tratándose de ella, podía ir desde una señal de su padre, algún Slytherin lastimado, hasta no saber qué zapatos colocarse en la próxima visita a Hogsmeade.
—Estaba pensando en algo estos días —Cuando se inclinó hacia adelante, Harry se sintió tentado a decirle que ella siempre estaba pensando en algo; era la razón de que siguiesen haciendo eso. Pero apreciaba su vida y quería terminar de comerse el pastelillo, así que se lo calló—. Estamos a febrero, Harry.
Intercambió una mirada con Nott, que se encogió de hombros. Además del San Valentin que no se celebraba como tal en Hogwarts, más que modificando la decoración del comedor, no sabían de otro suceso relevante para ese mes. Y él había cumplido su orden de darle un regalo a Draco, aunque tuviese que preguntarle a Luna qué se le regalaba a un chico que tenía una enorme fortuna familiar de la que nunca gastaba más que unos galeones, y luego dejarse arrastrar por ella al invernadero para armar un improvisado ramo de flores. Harry se consideraba un excelente novio.
Debido a que ninguno de los dos le contestó, Pansy emitió un sonido frustrado y se reacomodó en el asiento.
—Febrero —Repitió, empezando a gesticular—. Han pasado meses desde que todo está...tranquilo.
Theo, a su lado, frunció el ceño.
—¿Que no encontraron a un Mortífago dentro del colegio hace unos tres meses? —Pansy le chisteó, restándole importancia con un gesto.
—Un Mortífago, ¿qué es un Mortífago? —Sacudió la cabeza—. ¿Se dan cuenta de que un mago loco ha estado seis meses por ahí y nadie sabe qué hace o dónde se encuentra?
Ellos volvieron a observarse. Hablar sobre Mortífagos y Voldemort con Pansy implicaba ir con cuidado; ninguno estaba seguro de qué era buena idea decirle o la forma de hacerlo.
—Yo...supongo que la Orden sabe algo —Harry se encogió de hombros. No hablaba del tema por cartas con sus padres o Sirius, porque era peligroso, pero supuso que aún visitaban Grimmauld Place sin él.
Pansy apretó los labios.
—Sólo digo que no me parece normal tanta calma.
—¿Calma? —Theo parpadeó—. Este año son los TIMO's. Espera a que empiecen y no recordarás lo que es la calma.
—Hablo en serio, Theo.
—Yo también hablo en serio. Los de sexto me estaban contando ayer sobre sus TIMO's; es como oír historias de la guerra, pero con libros en vez de maldiciones.
—No creo que sea para tanto.
Harry recostó la cabeza en lo alto del respaldar de su silla, levitó otro pastelillo hacia él y los dejó discutir sobre exámenes, guerra y guerra con exámenes. Estaba agradecido de que Theo supiese inspirar la calma en cualquier persona, y distraerlos, sin importar el tema.
Un toque a la puerta lo hizo girar la cabeza y detuvo la plática de sus amigos, al menos los que tenía más cerca. Crabbe y Goyle se peleaban por el último pastelillo, a unos metros.
—¿Harry? —La cabecita de una niña se asomó por un costado, en cuanto la puerta se abrió. Mantenía los ojos cerrados, consciente de que entraba a un cuarto de chicos. No pasaba de los doce años.
Él sonrió, aunque no lo viese, y levitó otro pastelillo al ponerse de pie, frenando la disputa de Crabbe y Goyle por quitarles el único que quedaba sobre la mesa. Caminó hacia ella y se lo ofreció, diciéndole que podía abrir los ojos. La niña agradeció con un murmullo, al darle una mordida al ponque.
—¿Qué pasa, Nicole? —Se agachó para que quedasen a la misma altura. A ella, igual que a uno de tercero, les enseñaba cómo conducir al grupo de Slytherin de su edad en el club de duelos, porque suponía que era más sencillo guiarlos si alguien podía poner su completa atención en cada curso. A la profesora A también le agradó la idea; si les funcionaba, lo aplicarían las otras tres Casas.
La niña señaló hacia el final del pasillo de los dormitorios, que daba a la Sala Común.
—Un animal te busca —Y se dio la vuelta para alejarse. Harry parpadeó al espacio que quedó vacío frente a él, luego miró por encima del hombro.
—¿Escucharon "un animal te busca" o sólo fui yo?
Los cuatro asintieron.
—Lo escuchamos —Theo arrugaba el entrecejo.
Harry les dijo que regresaba en unos minutos y fue hacia la sala. No había muchos Slytherin a esa hora por ahí. Nicole, sentada en uno de los sillones frente a la chimenea, apuntó a la entrada al verlo confundido.
Tuvo que abrir el pasadizo que daba acceso a la Sala Común y pararse bajo el umbral, para darse cuenta de que un perro negro aguardaba en el corredor, sentado en una postura perfecta, con un pergamino en su boca. Allí donde la saliva no desteñía las palabras entintadas, decía su nombre con una caligrafía estilizada y enorme.
El chico levantó las cejas. Leonis dejó caer el papel al ladrar y agitar la cola.
Bueno, un animal lo buscaba. Más o menos.
Asintió y se adentró más en las mazmorras, hacia la antorcha por la que se abría el piso oculto. Leonis bajó por delante de él, para que cerrase cuando entrase.
El mago recuperó la forma humana a mitad del proceso de atravesar el cuarto, con una naturalidad tal que se veía como si cualquiera pudiese pasar de perro a humano con sólo dar un paso más. Se tiró sobre una de las camas, con un suspiro. Harry permaneció a unos pasos de distancia, dubitativo.
—¿Pasa algo? —Fue lo único que se le ocurrió decir. Regulus se recargó en los codos sobre el colchón, para levantarse lo suficiente como para verlo. Movió la cabeza de un lado al otro, en una respuesta que sólo fue capaz de interpretar como un "más o menos".
Se tomó un momento para inhalar, y tal vez, sospesar sus palabras. Cuando lo soltó, su tono era tan sincero, que Harry se sintió como si le colocase una carga imaginaria sobre los hombros.
—Estoy preocupado por Draco —Admitió, sentándose. Todavía lucía relajado, pero de un modo diferente.
—¿Qué pasa con Draco? —Reaccionó de inmediato, ajeno a la sombra de sonrisa que le cruzaba el rostro. Se tardó en percatarse de que no se trataba de algo que le fuese a confiar a cualquiera, así que arrastró una de las sillas del cuarto y se sentó frente a él—. ¿Otra vez necesita ayuda? No me ha dicho que estén haciendo na-
—No estamos haciendo nada todavía. Ni siquiera en la Orden —Meneó la cabeza—. Lo llaman "preparación", pero sinceramente, es más como un "esperar que algo malo ocurra para averiguar qué haremos".
Tuvo la vaga idea de que el mago y Pansy podrían llevarse bien. La descartó de inmediato.
—Tal vez él esté muy bien escondido ahora —Se encogió de hombros—, o muy enfermo.
Todos en la Orden sabían que había recibido una de las mordidas más venenosas del mundo. Incluso un gran mago necesitaba tiempo y esfuerzo para sobrevivir a algo así.
Regulus arrugó el entrecejo y llevó a cabo otro gesto, que no supo interpretar.
—Pensaba que él confiaría más en ti que en mí para ciertas cosas —Le resultó una conclusión bastante torpe, rozando lo ridícula. Draco confiaba en él, claro, pero seguramente hablaría más del tema con uno de sus amigos Gryffindor. O con Zabini. Apostaba por lo último, conociéndolo.
—No solemos hablar de Quién-Tú-Sabes —Aclaró, sólo por si acaso—, a menos que esté alterado por una pesadilla o tenga otra de sus ideas extrañas.
—¿Qué ideas extrañas?
Harry consideró un momento cómo explicárselo. No era como si pudiese poner en palabras la sensación surrealista que tenía al oírlo algunas veces, hablando del tema.
Optó por encogerse de hombros.
—Bueno, ideas extrañas, ya sabes. Cosas como la culpa, sentido de la responsabilidad —Ahí los dos soltaron suspiros idénticos que parecían mezclarse para formar un "sí, Draco es así"—, creer que tiene que hacer algo, o...no sé, ideas extrañas —Dictó, con un gesto de rendición.
—¿Qué haces cuando te dice eso?
—Dejarlo hablar. Draco necesita alguien con quien hablar a veces- no digo que no hable contigo —Agregó, enseguida, con un atisbo de remordimiento—, sólo es...
—...es diferente —Regulus asintió, aceptándolo. Harry hizo lo mismo.
—Intento que no se presione tanto —Siguió, en voz más baja—, que entienda que si pasan cosas malas, no es por él. Y no tiene que hacerse responsable de lo que no le corresponde. Ese tipo de cosas —Volvió a encogerse de hombros.
Regulus se pasó un momento asintiendo, más para sí mismo. De pronto, se detuvo y extrajo un objeto pequeño de uno de sus bolsillos.
—¿Puedes hacerme un favor, Harry? —Él asintió, porque era lo único que se consideraba capaz de hacer frente a esa mirada suplicante. De cierto modo, el color gris y la forma de implorar en silencio, le recordaba a Draco cuando hacía pucheros.
Recibió lo que le tendía. Lo examinó, mientras él todavía hablaba.
—Si algo- si algo llegase a pasar, algo grave —Indicó, en un susurro—, necesito que le des esto a Draco.
Harry observó el anillo, en silencio. Era delgado, plateado, con una inscripción en francés en un costado. Tenía una piedra diminuta y oscura, de una forma inusual.
—¿Por qué no dárselo antes?
—Draco hará muchas preguntas —Los dos tuvieron que admitir que era cierto.
—¿Para qué es? —Se lo colocó cuando Regulus le pidió que lo hiciese. Sufrió un ligero escalofrío, que desapareció tan pronto como dio comienzo.
—Eso...—Vaciló, mirando la pequeña pieza—. Digamos que podría salvarle la vida. Es una solución en caso de emergencia.
Le pareció una explicación pobre, sin embargo, al darse cuenta de que no añadiría más, dio un último asentimiento. Si ayudaba a Draco, podía callarse las preguntas inapropiadas.
