Juegos mortales
Sumario: Draco Malfoy está desaparecido. El mundo mágico es reducido a un tablero; de un lado, el mago oscuro más tenebroso de todos los tiempos. Del otro, un adolescente.
Género: Aventura/Romance, fantasía, friendship.
Claves: Drarry eventual. AU. Perteneciente a la Serie ¡Cambio de Casa! (Draco!Elegido/Harry!Slytherin)
Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.
Segunda jugada
Draco estaba sentado frente al tablero, cuando él entró. Escuchó los pasos arrastrándose, un quejido vago, palabras entre dientes, la puerta del baño abriéndose, el portazo al cerrarla. Luego Ron se acercaba y se inclinaba sobre su hombro.
—¿Qué hay, compañero?
—Intento descifrar algo...—Le respondió, distraído. Lo observó de reojo un momento—. ¿Puedes ser Voldemort un minuto?
—Claro —Ron rodeó la mesa y ocupó la otra silla. Era más sencillo ubicarse y organizar sus pensamientos, con el mayor estratega que conocía al frente, diciéndole porque sus ideas eran buenas y una mierda a la vez—. ¿Quieres que te mate? ¿O un escenario donde resulta ser Umbridge y se apodera del colegio?
Draco negó. Ya tenía en claro que algo pasaba, algo que iba más allá de lo que veía; Salazar le contestó que sentía una presencia, no que fuese la subsecretaria.
—Quiero que imagines que esperas o buscas algo.
—¿Algo como qué?
—Algo importante.
Ron ladeó la cabeza, pensativo.
—¿Haré otro Horrocrux?
—No puedes hacer otro Horrocrux, Ron.
—¿Por qué no puedo?
Draco dio un vistazo alrededor. No tenía idea de a dónde se había metido Neville, Dean y Seamus jugaban snap explosivo en la Sala Común cuando subió. Ron lo veía, expectante.
Si quería una idea de lo que hacía, una idea acertada, necesitaba el panorama completo.
Le hizo prometer que no se lo diría a nadie. Cuando Ron lo juró por su magia, se dibujó una "x" en el lado izquierdo del pecho, que soltó chispas doradas en los bordes por un instante. Él comenzó a hablar.
Unos minutos más tarde, Ron estaba reclinado en el respaldar, sus ojos azules fijos en el tablero modificado. Jugó contra sí mismo. Era fascinante y un poco turbio verlo cuando lo hacía; ordenaba a ambos bandos en voz baja, primero apartó a sus piezas de él, luego comenzó a realizar un movimiento complejo que no sabía definir bien, ignoró reglas a propósito, se saltó un turno.
Draco observó a su rey negro, el que tenía la media luna distintiva, cruzar el tablero de una forma en que un rey de ajedrez jamás podría hacer, para ir hacia el otro, en cuanto el segundo rey y el Alfil quedaban en el extremo opuesto. Luego, despacio, Ron comenzó a ordenarles volver a las posiciones anteriores.
—Atraerte. Es la mejor opción, yo lo haría —Le señaló.
—¿A qué te refieres?
—Barty fue enviado a observarte —Cuando lo dijo, uno de los dos peones de Voldemort avanzó al centro del tablero—. Lo sacamos del juego —Empujó la pieza fuera de los cuadros—. Pero él sigue aquí, ¿no? Es eso. Te observa, espera. Cuando haya tenido lo que quiere, va a atraerte, porque no te quiere matar, quiere tenerte escondido, como al resto de los Horrocruxes, ¿no es así? —Draco asintió, de forma inconsciente—. La mejor forma de asegurarme de que puedo tenerte tranquilo en alguna parte, es que debas venir conmigo por voluntad propia, por algo que te importe más que tu seguridad, y debas quedarte para evitar que...
Ron se dedicó a mirar el tablero durante un instante. Si se concentrase así en clases, pensó, en verdad le iría bien.
—¿Quién es la persona que más te importa en el mundo? —Levantó la cabeza para verlo. Draco titubeó.
—No es sólo una.
—Cambio mi pregunta —Optó por corregirse—: ¿quién es la persona con la que pasas más tiempo, en Hogwarts?
Pensó en Harry primero. Luego se dijo que no era cierto; no compartían cada clase, ni Casa. Regulus no contaba como persona para la mayoría.
No. Pero había alguien. Alguien con quien solía estar a cualquier hora, alguien a quien todos sabían que tenía cerca.
—Ahí lo tienes —Ron lo apuntó. Hablaba aún más suave, casi como si pretendiese disculparse por las malas noticias—. Ese sería el anzuelo que yo elegiría. Si tuviese que elegir uno solo...pero él no tiene que hacerlo, ¿verdad? El problema de tener dos reyes de un lado, te lo dije —Seguía, mientras su Alfil se iba hacia el otro lado del tablero. Un rey lo buscaba, el otro caminaba detrás de este—, es que son dos puntos débiles y más flancos. Toma a cualquiera de los dos, el segundo viene. No importa ni siquiera el orden; toma a tu Alfil, toma a tu otro rey, te tiene a ti, Draco. No eres capaz de perder a uno, mucho menos a los dos. Pero si tuvieses que elegir entre Neville y Harry, ¿a cuál prefieres ver morir?
Tenía la boca seca, de repente. El corazón le tronaba en los oídos, demasiado rápido, demasiado fuerte, demasiado intenso para el silencio que crecía en medio de ambos.
—Tal vez no deban morir —Ron continuó luego, sus ojos fijos en el tablero—. Tal vez se quede con uno, para asegurarse de que haces lo que quiere. En lo personal, en un juego así...yo iría primero por el segundo rey. Eso también te lo advertí hace tiempo.
Si alguien lo hubiese atacado en ese momento, Draco se habría dejado lastimar. Estaba completamente inmóvil, las ideas amontonándose dentro de su cabeza, desordenadas, dispersas. Atroces.
Te ha estado observando. Claro que lo estuvo observando.
Y él le mostró a cada una de las personas que le importaban al buscar ayuda.
Se sentía tan, tan estúpido.
Umbridge se lo había dicho, que buscaba algo. Se lo había dicho desde el primer momento.
Estaba jugando con él. Desde el comienzo, jugaba, buscaba, esperaba.
Draco tenía más preguntas que respuestas, pero su parte racional no podía ponerse en marcha con ese presentimiento que se asentaba como un peso helado en el fondo de su estómago.
Se levantó, despacio, vacilante.
—Espero que no quieras ponerte en mi contra un día, Ron. Odiaría estar del lado malo de esa cabeza tuya.
El chico le sonrió, más avergonzado y culpable que halagado. Ya no tenía esa mirada; el ajedrecista, el estratega, le había dejado el paso a Ron para ser Ron.
—Eso nunca, amigo —Devolvió las piezas a donde pertenecían con una orden y se puso de pie. Le agarró el brazo, cuando él no estaba seguro de si echaría a correr o sus piernas cederían—. ¿Qué necesitas?
Le hubiese gustado agradecerle por interpretar bien su aturdimiento. No pudo. Las únicas palabras que salieron fueron atropelladas, de la misma manera en que le llenaban la cabeza.
—Busca a Snape.
Su compañero arrugó la nariz, pero asintió, más determinado.
Intentó pensar con la cabeza fría.
Severus estaría en el laboratorio. Regulus le pisaría los talones a McGonagall, en su forma animaga. La profesora A tendría que estar haciendo más pruebas con la fórmula de la poción.
Harry estaba afuera. Tenía que contener el impulso de ir primero hacia allá, porque Neville debía estar en la biblioteca, estudiando sobre la transformación; quedaba más cerca, tenía que asegurarse de pasar por ahí antes. Harry estaba entrenando. Nada le pasaría entrenando.
—Cuando encuentres a mi padrino, mándalo al campo de Quidditch —Ron no hizo preguntas, se limitó a dar otro asentimiento. Se juró comprarle cuantos dulces quisiera en Honeydukes después; se los merecía—. Ve por Hers y por Gin. Nos vemos en la Sala de los Menesteres. Tenemos que cuidar un broche y sacarlo de aquí cuanto antes, pero- se los explicaré luego. Ve.
Ron bajó corriendo las escaleras que llevaban a la Sala Común. Él no fue más lento. Habría tomado su escoba, de recordar que tenía una.
Llamó a Fawkes y le dijo que pasase por el estadio de Quidditch también; esperaba que la práctica se alargase. Los Slytherin casi siempre las alargaban, en vano, en su opinión.
A la salida de la biblioteca, se tropezó con Blaise y Neville. El primero hacía levitar unos libros, el segundo se silenció al verlo.
—Ve con tu madre —Le indicó a Blaise, deprisa. Cuando abrió la boca, insistió:—, ve. Rápido. Dile que busque el broche- el broche de Gryffindor, a Leonis, y vaya a la Sala de los Menesteres.
No creía estar olvidando algo. Puede que sí.
—Por favor —Agregó, con un hilo de voz. Blaise asintió, recogió los libros que levitaba, y echó a correr.
—¿Qué pasa? —Le preguntó Neville, en cuanto lo vio dirigirse hacia la salida del castillo.
—Espérame en la Sala de los Menesteres, Nev, ya voy. Sólo necesito- necesito-
Se estaba quedando sin aliento. Neville lo alcanzó en cuanto pisó el césped del patio, se metió en su camino, y le agarró el brazo.
—¿Qué pasa, Draco?
—¡Sé lo que quiere! —Se sacudió en cuanto le sostuvo los dos brazos, con un quejido. Neville lucía preocupado. Neville se había visto preocupado toda la semana, puede que incluso desde antes lo estuviese— ¡ya sé lo que quiere, Nev! Tengo- tengo que-
—Espera, espera. Háblame primero, ¿qué necesitas? ¿En qué te ayudo? —Lo sujetó más fuerte. ¿Cuándo Neville empezó a ser capaz de retenerlo así? No podía moverse. ¿O era él quien se estaba debilitando?
—¡Me ayudarías estando en un sitio más seguro! ¡Está aquí, les dije que está aquí!
Sólo al oírse a sí mismo, la certeza que se formaba dentro de su cabeza cobró forma sólida.
Está jugando. En verdad está jugando.
Lo hará ahora, porque sabe que me he dado cuenta, porque sabe que lo he notado estos días, y no hay mejor forma de desesperarme. Desesperado no pienso. No puedo.
Neville lo sujetaba cuando volvió a retorcerse. Le decía que tenía que respirar y calmarse. Él no entendía por qué. Estaba respirando, ¿cierto?
Estaba casi convencido de que lo hacía. Pero, de pronto, ya no estaba muy seguro de nada.
—Dime algo —Sacudió sus brazos, captando la atención del chico, a pesar de que su voz estaba estrangulada—. Nev, dime algo que sólo tú y yo sepamos.
Neville lo observó con los ojos abiertos de sobremanera. Él rogó porque lo hiciese, porque le dijese.
Más ideas se arremolinaban en su cabeza, cobraban fuerza.
Si puede plantar ilusiones de una bruja, puede hacerlas de quién sea. Si puede poseerla, puede hacerlo con quién sea. No está tan débil. No debe estarlo.
Las dudas le seguían. Ron sabe demasiado, la profesora A sabe demasiado, Nev no me deja ir...¿serán...?
No.
No, se repitió. Lo que estaba golpeando sus escudos de oclumancia desde hace días no lo hacía en ese momento; tenía una sensación de estar desorientado, parado en terreno tambaleante.
No. Se había dicho que confiaría.
—Tu madre llevaba un pañuelo consigo —Escuchó, a medias. Neville parecía luchar por recordarlo—, cuando estudiaba. Era lo bastante amable como para secar las lágrimas de un niño que lloraba por su familia, cuando hacía rondas de Prefecta. Dumbledore nos apuntó con su varita una vez, en mi casa. Te dejé usar legeremancia en mí, por Merlín, Draco, has revisado mi cabeza ¿esto es necesario? ¿Tienes que hacerlo ahora otra vez para sentirte tranquilo? Hazlo entonces.
Él empezó a negar. Todavía le costaba un poco respirar.
Había perdido la concentración.
Lo que golpeaba sus escudos de oclumancia no se había detenido. Estaba entrando.
—0—
Harry apartó a Fawkes de su camino porque lo hacía perder de vista la Quaffle. El capitán le gritó, él lo hizo de vuelta.
No, no era normal que un fénix apareciese en los entrenamientos. No, por supuesto que tampoco fue él quien lo invocó, por Merlín, como si él tuviese un fénix...
Fuese lo que fuese que Draco intentaba decirle, le ganó el impacto de una bludger en el brazo, casi al punto de derribarlo. Se aferró con fuerza al mango de la escoba y aguardó la orden para descender.
Fawkes ya no estaba por ninguna parte. Cuando se movía hacia un costado de las gradas, buscando alrededor, distinguió un trozo de pergamino que aparecía frente a su cara.
Regulus tenía semanas sin enviarle una nota. Quizás por eso no reconoció lo diferente de la caligrafía de inmediato.
"Estatuas" era lo único que ponía.
Dio otro vistazo al campo. Ya que estaba en eso, subió a la escoba y se elevó un poco, para un mejor panorama.
Las estatuas de Hogwarts eran las armaduras de las barreras, por lo que sabía. La cabellera rubia que se movía deprisa hacia allí sólo se lo confirmó. A menos que a Umbridge se la hubiese llevado una colonia de centauros, no veía motivos para ir ahí.
Los Gryffindor eran tan extraños.
Aprovechó la utilidad de la escoba para volar hacia allí. Draco no iba rápido, pero se veía como si estuviese buscando algo. Tras unos metros, comenzó a rogar porque en serio no estuviese involucrada una colonia de centauros; Harry había tenido un castigo con el semigigante unos años atrás, que lo llevó dentro del Bosque Prohibido con Theo, y los centauros podían ser bastante intimidantes.
Cuando se acercó lo suficiente, lo llamó. Draco no se giró. Supuso que no lo oía.
Al dar otro vistazo alrededor, se percató de que una silueta familiar también se acercaba. Snape.
Maldición. Draco había descubierto algo, ¿cierto? Era la única explicación lógica que conseguía.
Empezó a descender más, conforme se aproximaba a las estatuas. McGonagall había puesto una barrera en ellas, que pocos tenían permiso de atravesar cuando no era día de visita en Hogsmeade. Por las tardes, de acuerdo a los rumores del resto de los Slytherin, se podía avanzar por los espacios entre cada par de estatuas, mientras no se les hiciese creer que eran una amenaza para otro estudiante o el colegio mismo, porque las defensas se pondrían en acción de inmediato. No estaba seguro de lo que hacían; dudaba que alguien más lo estuviese.
Draco se detuvo medio segundo al frente de las estatuas. Luego cruzó la barrera. Harry frenó a punto de hacer lo mismo, perdiéndolo de vista casi de inmediato.
Si se hubiese dado la vuelta en ese momento, habría identificado al profesor que se detenía un instante en el campo de Quidditch, a los dos estudiantes que corrían hacia el bosque, siguiendo la pista del que andaba sobre la escoba; quien se movía adelante, insistía en que dejase de ir tras él, el segundo le decía que no era seguro que estuviese solo cerca de las barreras. Pero Harry no podía saber nada de esto, porque escuchó un grito y maniobró para ingresar al bosque también.
Las barreras no le presentaron ninguna dificultad. Ni siquiera las sintió. Cuando alcanzó a Draco, agachándose sobre un costado de la escoba, su mano le traspasó el hombro y la figura se desvaneció frente a él. Tampoco percibió el contacto falso.
Lo que sí sintió fue el hechizo de parálisis que dejó la escoba levitando en el aire y a su cuerpo inmóvil.
Parpadeó, porque era lo único que podía hacer, además de respirar.
—Tú no eres muy listo, ¿cierto? —Lo primero que identificó fue la ropa rosa. No era difícil de notar en medio de la maleza y los árboles, abriéndose camino con pequeños saltos que no salvaban a sus zapatos color pastel de embarrarse.
El crujido de las estatuas detrás de él era una advertencia implícita, pronto se pondrían en movimiento. Sólo que "pronto" podía ser demasiado tarde para Harry.
Umbridge lo veía desde abajo. Tenía los ojos rojos, un tono oscuro, como la sangre. La sonrisita tensa y condescendiente se mantenía.
Tragó en seco. Le parecía que ella examinaba un punto más allá de él, pero no se concentró en el por qué; en cambio, batalló contra el agarrotamiento de los brazos, ahogando sus quejidos por el dolor del hechizo paralizante. Si pudiese tomar la varita que tenía en el cinturón…
Todos los Slytherin practicaban Quidditch con la varita en el cinturón del uniforme. Era una norma general. Por si acaso.
Su mano no se movía, los calambres amenazaban con empeorar. Cuando consiguió sacudir los dedos, la bruja le dio un vistazo, estrechó los ojos rojos y la presión ejercida sobre su cuerpo aumentó. Por un segundo, juraría que no le entró aire a los pulmones. Después pasó y tuvo que inhalar profundo por la nariz.
Alguien se acercaba. Las estatuas se movían.
Todo ocurrió demasiado rápido. Una voz que conocía bien lanzaba un encantamiento largo, un muro de fuego de casi dos metros rodeaba a Umbridge. Otra persona lo hacía bajar, pero no lograba deshacer el encantamiento paralizante, que debía ser más complejo que un petrificus.
Atroz. Luego pensaría que "atroz" era la única manera de describirlo.
Neville lo bajó de la escoba, todavía paralizado, con dificultad. Hacía preguntas. Le hubiese gritado al responder, de poder separar los labios. Un poco más y habría vencido el encantamiento para tomar la varita.
Umbridge lanzaba una maldición a Draco, él se metía detrás de un árbol para evitarla. El tronco se partía por la mitad, en consecuencia. Draco preguntaba algo a Neville, este respondía titubeante. El mundo se sentía extraño, difuso, lejano.
Le hacía pensar en la sensación de haberse pasado con las cervezas de mantequilla y no tardaría en comprender por qué.
Draco intentaba avivar más el muro de fuego, las llamaradas danzaban sobre la piel de la mujer, que no se detenía en su sarta de maldiciones. Neville tuvo que repeler algunas con escudos, desde esa distancia, para ayudar al niño-que-vivió. De pronto, una de las estatuas se inclinaba y atravesaba con una espada enorme de metal a Umbridge.
Ella se reía. Se reía, se reía, se reía, hasta que la sangre le manó a borbotones por la boca y le manchó la barbilla y ropa rosa. Después ladeó la cabeza en un ángulo antinatural y se quedó ahí, clavada en la espada, mientras sus ojos regresaban a la normalidad y las llamas se apagaban, dejando su piel roja, desigual, consumida por segmentos.
La barrera del colegio se reforzaba, se hacía visible con un color intenso de azul. Las estatuas todavía estaban vivas cuando una sacudió la espada y envió el cuerpo de la bruja lejos, inerte.
Draco caminaba hacia ellos, de reversa, de manera que no dejaba de ver el bosque y apuntar un punto lejano. Neville acababa de dar con el hechizo para descongelarlo. Alguien los llamaba desde el patio de Hogwarts.
Y entendió.
Entendió que la sensación casi embriagante era un despliegue de magia. Que era hipnotizante y abrumador a la vez, porque ya la había sentido. Porque la había tenido.
El hombre se apareció entre los árboles. Caminaba sin prisas, iba de traje oscuro. Sus contornos eran difusos, como si hubiese sido desdibujado del mundo.
Sólo le hizo falta que girase la cabeza hacia ellos, para reconocerlo. Era como una versión adulta y masculina de Pansy. Las mismas facciones, el mismo porte, la forma de los ojos. No el color. El señor Parkinson tenía ojos verdes. Ese sujeto los tenía rojos.
Harry sabía quién era, aunque jamás lo hubiese visto así.
Apresuró a Neville en cuanto pudo hablar, la mitad de su cuerpo incapaz de reaccionar. A partir de ese punto, el relato que contaría a la Orden, a sus padres, sería más confuso.
Snape alcanzaba la barrera ya sellada, golpeaba el escudo, maldecía al verlos del lado equivocado de las protecciones. Las estatuas, por mucho que intentasen atacar al hombre, sólo conseguían atravesarlo cuando se difuminaba más en los bordes. Como un fantasma.
Levantaba la varita. En lugar de apuntar a Draco, lo hacía a ellos.
Draco repitió el muro de fuego y corrió hacia ellos en los segundos de libertad, antes de que hubiese un murmullo distante y las raíces de los árboles comenzasen a crecer y enroscarse a una velocidad imposible, envolviéndoles los tobillos a los tres, inmovilizándolos. Neville le decía qué encantamiento apartaba a ese tipo de plantas. Los dos atacaban. Harry se retorcía a medida que terminaba de descongelarse.
Snape abría un agujero a los escudos. El mago oscuro se acercaba con una calma aterradora.
Cuando el sujeto extendió el brazo hacia Draco, él se sacudió e hizo ademán de morderlo, ya que tenía la varita soltando llamaradas a las raíces que no paraban de multiplicarse. Sólo tuvo que presionar la marca de media luna en su rostro.
Luego Draco se quedó inmóvil. Más olas de magia brotaban sin cesar de alguna parte, llenaban el comienzo del bosque, retenían a medias a las estatuas. Los asfixiaban. Era energía empujando, aplastando, cerniéndose sobre los tres.
Tras un instante, Draco se deslizó hacia abajo y cayó en los brazos del mago oscuro, laxo, con la respiración pausada. La varita resbalándose de sus dedos fue atrapada por una de las manos del hombre desdibujado.
Harry recordaría haber tenido la impresión de que la magia provenía de Draco. No que pertenecía a Draco. Como si hubiese estado almacenando algo que por fin lograba salir y hacer de las suyas.
Snape luchaba por cruzar la barrera por un agujero que no podía agrandar más, la magia comenzaba a sentirse como golpes sin fuerza contra su piel.
Cuando el sujeto sonrió de lado, el mundo se apagó. Lo último que pensó fue en qué tan lejos estaría McGonagall y el resto del bosque, por la alarma a su oficina que enviaban las estatuas.
—0—
Encontraron un cuerpo quemado y cubierto de sangre en los límites del bosque cuando la directora llegó con un grupo de profesores. La reconocieron de inmediato por la varita todavía en su mano. Espacios de césped faltaban o se encontraban chamuscados, el aire se sentía denso, pesado, por la magia liberada allí.
No había nadie más.
Sí, bueno, en fin…¿se nota que no me cae nada bien Umbridge?
Quiero recordarles que yo advertí que este libro era un poco más así ¿?
Como siempre, gracias por leer /corazón, corazón.
