Juegos mortales

Sumario: Draco Malfoy está desaparecido. El mundo mágico es reducido a un tablero; de un lado, el mago oscuro más tenebroso de todos los tiempos. Del otro, un adolescente.

Género: Aventura/Romance, fantasía, friendship.

Claves: Drarry eventual. AU. Perteneciente a la Serie ¡Cambio de Casa! (Draco!Elegido/Harry!Slytherin)

Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.


¿Listos para sufrir? ;)


Jaque

Cuando Draco abrió los ojos, le palpitaba la cabeza. Tenía un dolor punzante en las sienes, un hormigueo en la cicatriz del pómulo. Luchó por enfocar la vista, sin mucho éxito.

Se sentía exhausto. Vacío.

Al intentar moverse, los músculos no le respondieron más que con un calambre por adormecimiento de las extremidades, y un tintineo. Aquello lo despertó por completo. Levantó la cabeza, intentó girarse, buscar.

El aire era húmedo, denso, frío. Ese tipo de aire que consigue deslizar una sensación pegajosa por tu nariz y garganta, quedarse instalado en el pecho. Tenía los brazos extendidos, sobre la altura de la cabeza, el resplandor que captaba por el rabillo del ojo debía pertenecer a ataduras mágicas. Por el tintineo, asumió que eran cadenas. Había un hechizo para eso y otro para deshacerlo, lo sabía. Si pudiese…

Se retorció, golpeándose la espalda contra una pared que tenía detrás. No sentía el peso del cinturón donde colgaba la varita.

Por supuesto que no iban a permitirle quedarse con su varita. Echó la cabeza hacia atrás, recibió un segundo golpe en la parte posterior y ahogó un quejido cuando el mundo dio vueltas por un instante. Los párpados le pesaban.

Llamó, en voz baja, a alguien. Los últimos rostros que recordaba eran los de Harry y Neville, pero cuando pronunció sus nombres, nadie contestó. Creyó que estaba solo, hasta que escuchó un débil carraspeo.

Localizó su varita, incluso antes de identificar a quien la portaba. Sus ojos se detuvieron en el rostro del hombre. Ya no lucía por completo como el padre de Pansy, aunque sus bordes aún se difuminaban un poco; en el cuello, por encima de la ropa, le nacía una mancha verdusca, medio amarillenta, medio grisácea, que se le extendía hacia la mandíbula y la oreja izquierda, alcanzaba partes del rostro y deformaba sus facciones. Facciones que también cambiaban.

Un instante, era el hombre que había hablado con él debajo de la Mansión. Al siguiente, un Riddle varias décadas mayor que el del diario, con canas en la mitad del cabello y la cicatriz mágica en el rostro, que le dejó su madre. La piel en carne viva se cubría de a ratos, se disimulaba. La marca de la mordida de Nagini no.

Lo había poseído a él también. Cuando la Mansión se caía, cuando los Mortífagos intentaban salvarse, había poseído al señor Parkinson.

La burbuja tendría que haber resistido el derrumbe.

Si no hubiese estado tan cansado, habría comenzado a maldecir el terrible fallo de su escape. Tendría que haber destruido la burbuja, lo sabía. No tenía idea de cómo podría haberlo logrado, pero debió hacerlo.

El hombre se había sentado en un banquillo frente a él, un metro los distanciaba. Mantenía las piernas cruzadas y hacía girar la Varita de Saúco entre los dedos. Draco lo observó fijamente, adoptando su expresión más tranquila. Requirió de un esfuerzo extra cuando se dio cuenta de que no tenía idea de qué ocurrió con el resto.

—Fue un buen hechizo.

Cuando Draco no hizo más que fruncirle el ceño, Parkinson/Riddle volvió a girar la Varita de Saúco. Parecía demasiado tranquilo. No podía ser una buena señal.

—Me hubiese gustado acabar contigo para tenerla —Agitó la varita en el aire—. Mataría por ella. Pero supongo que puede esperar, puedo resolverlo. Tendré todo el tiempo del mundo para hacerlo.

Notó que las manos le temblaban. No era el clásico temblor de alguien asustado, eran débiles espasmos, de esos que impedían sostener objetos pesados o mantenerse quieto por mucho tiempo. Debido a lo que sostenía, era más obvio cuando se sacudía de pronto y fingía que no sucedía, aún jugueteando con la varita.

Cuando se inclinó hacia adelante, de pronto, no era un metro lo que los separaba. Draco se apartó de golpe, presionándose contra la pared que tenía detrás, haciendo tintinear el amarre mágico.

—No te queda mucho poder —Colocó la punta de la Varita de Saúco bajo su barbilla. La fuerza que ejercía lo obligó a alzar más la cabeza—. ¿Sabes qué es lo increíblemente divertido de toda esta situación? —Le preguntó. Sonaba cualquier cosa, excepto divertido; hablaba entre dientes, los labios incompletos estirados en una mueca tensa—. Si no te hubieses acercado, no habría podido salir de ahí. Ya me estaba cansando mantener la conexión con la cabeza de esa vieja y estúpida mujer. La posesión no es una magia sencilla, aunque admito que las ilusiones lo hicieron entretenido cuando empezaste a ponerte nervioso. ¿Ya me descubriste, niño dorado? ¿Ya sabes lo que quiero que hagas por mí?

Draco apretó los labios y no contestó, ni siquiera cuando la varita cambió de posición y sintió la punta presionar la vena de su cuello. Un corte y estaba muerto, un corte y estaba muerto, un corte…

El corazón le latía tan fuerte que lo oía tronando en los oídos, se abstuvo de tragar en seco. Uno a uno, sus músculos rígidos formaban una estructura que bien pudo haber logrado que se hiciese pasar por una estatua.

—Hagamos esto más fácil —Le indicó, enderezándose. Cuando se puso de pie, otra vez había un metro de distancia entre el banquillo y la posición de Draco—. Necesito la magia que dejé en ti cuando te convertiste en un Horrocrux, la magia que he dejado en todos para defenderse. Mientras te vacío, considera si lo que quieres es hacerlo por las buenas, o por las malas.

Avanzó hacia él, despacio. Cuando estuvo de nuevo al frente, Draco giró el rostro. Fue inútil. Lo sujetó de la barbilla con una mano, hizo que lo levantase y le tocó la cicatriz de la mejilla con la otra.

Lo podía sentir. Igual que en el bosque. La forma en que lo abandonaba, la manera en que lo que habitaba en alguna parte de él se deslizaba, se escurría. Era absorbido y desaparecía.

Y el posterior cansancio.

Tuvo que luchar por no dejar caer los párpados, a pesar de lo tentador que resultaba. Cuando Voldemort lo soltó, las manos ya no le temblaban. Se veía como si la marca verdusca del cuello fuese a hacerse más pequeña, pero tras un segundo, recuperaba el tamaño anterior, puede que incluso hubiese crecido unos centímetros más.

Lo atrapó observándola y se llevó una mano al cuello.

—Esa serpiente traidora pensó que me mataría —Se rio por lo bajo. Una risa horrible, irregular—. Aunque supuso muchos problemas, mucho cansancio. Tú me has causado suficientes problemas, niño.

—Tal vez Nagini te habría sido más leal si no estuvieses demente —Lo comentó con una voz tan segura que consideró felicitarse a sí mismo. Cuando estuviese lejos de ahí y en una situación diferente, por supuesto.

Sintió los dedos que se cerraban en su cabello y lo forzaban a echar la cabeza hacia atrás, la brusquedad del tirón le produjo una punzada ardiente de dolor, por la que apretó la mandíbula.

—¿Te crees muy fuerte, niño? Sin la magia que me quitaste de bebé, no eres ni siquiera la mitad de poderoso de lo que has sido hasta ahora. No eres una amenaza. Lamentablemente —Empujó su cabeza más hacia atrás. El mundo dio otra vuelta cuando se golpeó con la pared; para entonces, él no sólo lo había soltado, sino que se apartaba un par de pasos, ahora con su varita en una mano y la de saúco en la otra—, para lo único que te dejo vivir, no te puedo obligar. Un Imperio no conseguirá que dividas mi alma más veces, sólo algún desastre o que le pase algo a la tuya. No, no servirá. Tienes que hacerlo tú, tienes que hacerlo...

Comenzó a mascullar, aferrando las varitas con tanta fuerza que los nudillos se le tornaban blancos. Se movió por el cuarto sin otro mueble que el banquillo y una chimenea antigua al fondo, de ida y vuelta. En algún punto, experimentó un espasmo intenso, pero no se repitió.

Tiene uno de los venenos más letales del mundo corriendo por las venas, pensó. Claro que va a estar afectado.

Lo debe estar reteniendo con magia. Tendría que estar exhausto. Seguramente lo estaría, de no haber sacado magia de mí.

Debe decir la verdad sobre eso. Todos los Horrocruxes tenían magia para defenderse.

Merlín. También me hizo un maldito recipiente de magia andante.

De repente, Voldemort se detenía. Una vez, Regulus le había contado que él fue un gran mago. Incluso si sus ideales no eran los correctos, supo convencer, supo inspirar lealtad. Antes de perder la cabeza.

En el momento en que volvió a fijarse en él, Draco tuvo la impresión de que acababa de distinguir la locura que subyacía dentro de esos ojos rojos. La locura por la que perdió todo, la que lo acabó en la primera guerra.

—Vas a matar a alguien por mí.

—No —La respuesta de Draco fue un murmullo, más seguro de lo que él mismo se sentía, por suerte.

—No te estoy preguntando —Le aclaró, dando pasos lentos hacia él. Una pausa entre cada palabra, un tono de urgencia contenido. La varita que le pertenecía a Voldemort lo apuntó.

Tomó una respiración profunda para convencerse de que todavía podía hacerlo, de que el corazón no se le saldría del pecho.

—No te tengo miedo —Centró su mirada en la varita que lo señalaba, no en él. No en sus ojos. No confiaba en sus escudos de oclumancia en ese estado.

También porque mentía. No debía ser un legeremante para saberlo. Draco temblaba entre los amarres mágicos, tan pegado a la pared y encogido en sí mismo, que alguien más podría haber pensado que tenía planeado fusionarse con la superficie sólida. Si supiese cómo, quizás lo habría hecho.

—Pues deberías.

Aún no tenía lista una réplica en mente, cuando lo alcanzó la maldición cruciatus.

0—

A Harry lo despertaron los gritos, incluso antes que las patadas que recibía en la pantorrilla y los pisotones en sus propios pies. Le costó abrir los párpados y distinguir lo que fuese; los lentes de contacto mágicos no fueron diseñados para quedar inconsciente con ellos puestos, así que tuvo que esperar que el ardor de la resequedad se pasase y se humedeciesen por sí mismos, para enfocar la vista.

Lo primero que notó fue una pared sencilla, de madera, con cuadros de óleo. Lo segundo fue el siguiente grito.

—¡Crucio!

Lo repetía esa voz que llevaba minutos oyendo en la bruma entre la consciencia y la inconsciencia. ¿Cuántas veces lo había dicho ya? No podía saberlo.

De inmediato le seguía un alarido, un ruido irregular, estrangulado, más agudo de a momentos. En cierto punto, gritaba tan fuerte que se quedaba sin voz. Entonces se detenía, oía algo más, una pregunta tal vez.

Y el ciclo se repetía.

A medida que conseguía espabilar, sus músculos se tensaban. Sacudió los brazos, sin éxito. Estaba sentado en el suelo de madera, atrapado por amarres mágicos.

Cuando sintió la próxima patada en una pierna, giró el rostro tan rápido que un mareo lo obligó a parpadear y centrarse en lo que veía.

Neville estaba a su lado. En las mismas condiciones, excepto que a él lo cubría una capa de sudor y parecía más despierto. Cuando los gritos se reanudaban, daba un brinco y se encogía, apretando los párpados por un instante.

—¿Te recuperaste? —Harry volvió a parpadear al escucharlo. Nunca lo había visto dirigirle esa mirada tan irritada a nadie—. Del hechizo, Potter. El hechizo que nos lanzó. Snape no ha podido salir de él, no sé si será de sueño o algo pe-

—¡Crucio! —En esa ocasión, la maldición fue seguida por un ruido sordo, de un golpe en la pared. Después llegaron los alaridos. Neville apretó la mandíbula tan fuerte que debió dolerle.

Harry intentó acercarse, sin éxito. Le costó hablar. Cuando lo consiguió, fue con una voz rasposa, débil.

—¿Dónde estamos?

—¿Crees que lo sé? —Le espetó Neville, entre dientes. Cuando la maldición se repitió, al oír los gritos, pareció que también le dolía a él, porque su rostro se contrajo y se retorció en los amarres, sin éxito—. Fui el primero en volver. Todavía no lo estaba torturando cuando me desperté. Esperaba que el profesor volviese y pudiese usar magia en las cadenas, Draco me ha dicho que lo ha visto hacerlo sin varita, podría-

Otro salto, justo cuando el grito alcanzaba ese punto donde se quedaba sin voz. Podría jurar que las paredes temblaban un poco.

Harry comenzó a tener un mal presentimiento.

—¿Qué está pasando, Longbottom?

Se le ocurrió que, de haber tenido una varita en mano, el Gryffindor podría haberlo maldecido por la simple pregunta. La manera en que lo observó se lo dejaba en claro.

—¿No lo reconoces? —Arrugó el entrecejo—. Está torturando a Draco.

Fue como si un peso helado hubiese crecido en el fondo de su estómago, expandiéndose hacia los diferentes puntos de su cuerpo y afianzándose en las extremidades. No encontró ninguna palabra. No pudo pensar.

Cuando la maldición volvía a arrancarle un grito, Harry también se encogió como si acabase de recibirla.

No, no, no.

Por unos segundos, lo único que existió en esa habitación fue un par de respiraciones agitadas y un llanto que interrumpía los gritos de dolor.

Neville le señaló, con un cabeceo, una de las orillas del cuarto, donde se encontraba Snape. Seguía inconsciente. En lugar de estar atado, permanecía dentro de una cápsula traslúcida que nacía de las paredes y el suelo. Quien lo puso ahí, debía reconocer que era capaz de más que el par de adolescentes.

Harry habría jurado que les tomó horas, días, una eternidad. En cierto momento, Draco ya ni siquiera gritaba. No podía. El sonido que emitía era demasiado ahogado, entrecortado.

Reconoció la pregunta esa vez, porque Neville y él mantenían un silencio sepulcral en el cuarto.

¿Ya lo harás?

No hubo una respuesta verbal. Era probable que no hubiese respuesta en absoluto. Pero tampoco le siguió otra maldición cruciatus.

Les tomó un par de minutos, en los que dedicaron su completa atención a intentar descifrar lo que sucedía en la otra área, darse cuenta de que había pasos y que no lo torturaba más. Por un momento, su estómago tuvo un desagradable vuelco ante la pregunta del por qué ya no lo hacía. Del qué podía impedir que tuviese resultados. De la idea de que lo hubiese llevado tan lejos, que fuese imposible que continuase.

No, se dijo. No.

Las muñecas le ardían por cuanto había luchado contra los amarres, de forma inconsciente, cuando lo oía gritar y sollozar en la habitación contigua. Le quedarían marcas. No le importaba. Draco estaba callado en el otro cuarto y su temor no hacía más que crecer.

El sonido de arrastre les llamó la atención a ambos, que levantaron la cabeza hacia la pared frente a ellos, la de los cuadros de óleo. Esta se separó del resto y giró, relevando una pared idéntica en su lugar. O casi.

Habría sido igual, si no tuviese a un adolescente atado, ni hubiese servido de puerta para cierto mago oscuro.

Harry sabía que el hombre de silueta difusa en la sala era el mismo Lord Voldemort, pero ni siquiera se fijó en él. Sus ojos fueron a parar a Draco desde el instante en que lo tuvo a unos metros.

Estaba pegado a la pared, la cabeza le caía un poco hacia adelante. Apenas mantenía los párpados abiertos. Tenía las muñecas rojas por tirar del amarre, las piernas extendidas frente a sí. Distinguió sus labios machados de sangre cuando tosió y escupió más del líquido rojizo.

Neville le atinó otra patada para llamar su atención, porque la parte inferior del cuerpo era lo único que podían mover. Fue su turno de sentir ganas de maldecirlo.

—Va hacia Snape —Le explicó, entre dientes. Harry vio a Draco, miró hacia el otro lado de la sala y se obligó a centrarse en la figura difuminada de Voldemort, que se inclinaba sobre la cápsula.

La eliminó con un toque de varita. Haciendo uso de una floritura compleja, lo alzó y lo movió. Snape avanzó con el cuerpo lánguido, la cabeza hacia un lado, igual que un títere mal hecho.

Lo detuvo frente a Draco, que no levantó el rostro, hasta que él lo forzó, sujetándole el cabello y halándole la cabeza hacia atrás. Tenía las mejillas empapadas de lágrimas, dificultades para respirar. Vio primero a Snape, inmovilizado, de pie. Luego hacia ellos. Pareció que ahogaba otro sollozo cuando los distinguió.

Harry habría dado lo que fuese por decirle que estaba bien. No le interesaba que no fuese cierto, que estuviese amarrado, confundido, que le doliesen las muñecas. Si podía calmarlo un poco, le habría jurado mil veces que lo estaba, que no le pasaba nada. Que no les había hecho nada a ellos.

Voldemort se inclinaba. Al fin entendió que eso era lo que le preguntaba después de cada cruciatus.

"¿Lo vas a hacer ahora?"

Draco no respondió. Sufría de espasmos en las extremidades, y procuró mantener su mirada lejos de él, buscándolos a ellos dos por detrás de su padrino.

El mago se demoró unos segundos en tomar la siguiente decisión. No parpadeó, no vaciló, al ejecutarla.

La varita de Voldemort apuntó a Snape.

—Avada Kedavra.

El rayo verde le dio en el pecho. Ni siquiera lo derribó. El encantamiento que había usado para moverlo lo mantuvo ahí, cabizbajo, quieto. Lo alcanzó sin haberlo despertado, sin haberlo lastimado más que por su resultado final.

Nunca se le olvidaría la expresión de Draco. La manera en que intentó gritar y la voz ya no le salió, la sacudida contra las cuerdas mágicas. Se retorció, lanzó patadas sin objetivo.

Los ojos le llameaban cuando observó a Voldemort. Alrededor de sus pupilas, el fuego podría haberse convertido en gris; se habría visto justo así. Las lágrimas acumuladas no hacían nada por suavizarle el rostro.

—No funcionó —Fue lo único que soltó el mago, casi con aburrimiento, liberando el agarre que tenía en su cabello. Los cuadros de las paredes empezaban a sacudirse, primero lento, luego con mayor insistencia—. La rabia no es buena. No te hará obedecerme.

Un candelabro cayó en medio de la habitación con un estruendo. Harry saltó cuando los cristales volaron en todas direcciones.

—No —Escuchó que repetía el mago, sin preocuparse por la magia suelta y enojada en el cuarto—, no funcionó.

Cuando le tocó la cicatriz del rostro, la expresión de Draco vaciló, medio segundo antes de derrumbarse y quedar inconsciente. Voldemort se lo llevó al hacer girar la pared de nuevo. No miró hacia ellos en ningún momento.

Por un rato, ninguno respiró. Snape se había desplomado sin el hechizo, la magia de Draco todavía parecía llenar el cuarto con una presión asfixiante.

Todo era surrealista. Su mente lo tachaba de imposible, hasta que oyó el débil susurro de Neville a un lado.

—¿Acaba de...?

. Ahí comprendió que , acababa de hacerlo.

Pero era sólo el principio.


Adivinen quién se preparó sólo para explotar sus cabezas ;) comencemos.