Juegos mortales
Sumario: Draco Malfoy está desaparecido. El mundo mágico es reducido a un tablero; de un lado, el mago oscuro más tenebroso de todos los tiempos. Del otro, un adolescente.
Género: Aventura/Romance, fantasía, friendship.
Claves: Drarry eventual. AU. Perteneciente a la Serie ¡Cambio de Casa! (Draco!Elegido/Harry!Slytherin)
Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.
Cafetero
"Cafetero" es un estilo de juego en el ajedrez, caracterizado por la agresividad y el riesgo, pero también por su poca precisión. Era muy popular en los cafés del siglo XIX.
—¡Crucio! ¡Crucio! ¡Enervate! ¡Crucio!
—¿Lo está manteniendo consciente mientras lo hace...? —Harry habló tan bajo como podía. Le temblaba la voz. Cuando un fuerte sollozo llenó el cuarto contiguo, alcanzándolos a ellos también, apretó los párpados y se obligó a respirar profundo.
Continuaban solos en el segundo cuarto. Por los tallados de las vigas del techo, la forma de las columnas y ventanas, a Harry le recordaba a estas imágenes de antiguas casas de familias ricas. Por supuesto que no bastaba para darles alguna información real con respecto a su posición.
Longbottom, desde hace un rato que se le antojaba eterno, no dejaba de sacudirse contra las ataduras. En un principio, había bufado y le recalcó que no se zafaría como si se tratase de una cuerda común, por mucho que lo intentase. Fue la primera y única vez que escuchó a Neville Longbottom mandando a alguien a la mierda para que se callase. Y fue a él, además. En otra situación, habría estado indignado después del shock inicial. En esa, en particular, no lo consiguió.
—Tengo una idea —Le mencionó Neville. Se sacudía tanto que comenzaba a temer que fuese a alertar a Voldemort. Por otro lado, siendo un Gryffindor, alertar al mago oscuro y demente bien podía formar parte del plan. Decidió permitir que intentase lo que fuese, aunque incluso luego, sólo lo vio cerrar los ojos, murmurar para sí mismo y seguir retorciéndose en el amarre.
El silencio llenó ambas habitaciones por los siguientes minutos. Otro murmullo, uno que interpretó como un hechizo para mantener despierto, se escuchó desde el cuarto de al lado. Hubo pasos, un sonido de arrastre, una puerta que se cerraba.
Harry esperó. Los pasos que había oído se alejaron hasta perderse; debía existir un pasillo que los conectase, porque le pareció oír que pasaba frente a la puerta del cuarto de ellos antes de desaparecer. Draco estaba realmente cerca. El dato sólo lo desesperaba más.
—¿Crees que pueda oírnos desde aquí? —Se mordió el labio nada más preguntarlo, con fuerza suficiente para sentir el sabor de su sangre. Necesitaba oírlo. Necesitaba decirle que no se tenía que preocupar por ellos, que lo sentía por su padrino. Necesitaba pedirle que aguantase, jurarle que ya iba para allá, que apenas supiese cómo soltarse, iría a buscarlo.
Por unos segundos, lo único que escuchó fue el forcejeo de Longbottom, hasta que se detuvo con un resoplido casi animal. Más gruñido que bufido.
—No lo sé. Si lo intentamos, posiblemente él vendrá para acá.
—Tal vez Draco pueda...
—También está amarrado.
—Entonces nosotros podríamos...
—¿Podríamos qué? —Neville ladeó la cabeza para mirarlo. Él vaciló. No, no tenía ninguna idea.
¿Longbottom siempre había tenido los ojos amarillos? No lo creía. Tampoco podía lograr que le importase. Debía ser la luz.
Ambos saltaron cuando escucharon el ruido de algo pesado que caía, dos golpes seguidos a una pared lejana. Los pasos regresaban deprisa, el suelo temblaba un poco.
Sí, un corredor los conectaba. Prestó especial atención al cómo el andar de Voldemort se sentía más cerca junto a una de sus paredes, y luego venía la puerta del otro cuarto, abriéndose.
Sólo tenía que soltarse y llegar a Draco. No estaba seguro de cómo haría lo primero ni lo segundo, ni qué sería después. Pero lo pensaría en su momento.
—¡¿Quieres hacerlo por las malas?! —Incluso Neville dejó de batallar en vano contra los amarres cuando la voz estridente, con leves siseos al final de las palabras, invadió cada rincón. Era peor que oírla a través de un sonorus— ¡¿necesitas que sea por las malas?! —Una risa llena de altibajos, irregular—. No me has visto siendo malo, no me has visto...ustedes, los que se creen héroes, siempre necesitan que sea por las malas, es la única forma- es la única, tendrá que ser- tendré que ser así, tendrá que ser...es la única forma...la única...
Los pasos no cesaban en el cuarto contiguo. De haber estado ahí, se habría percatado de que sólo daba vueltas por la habitación, frente a la mirada cansada de Draco. Ya que no se encontraba en el mismo sitio, cada golpeteo contra el suelo lo ponía aún más nervioso, por la idea de todo lo que podía estar haciendo para lastimarlo.
¿Qué necesitaba? ¿Por qué no lo había matado ya?
¿Por qué no los mataba a los tres? Lo haría sin alterarse, igual que con Snape. Su cuerpo continuaba donde lo abandonó, ahí, tendido, muerto. El olor amenazaba con volverse insoportable dentro de poco, los dos evitaban ver en esa dirección. Harry tenía el estómago revuelto de forma permanente, desde que casi vomitó un rato atrás.
Voldemort mascullaba en el otro cuarto. Cuando un segmento de la pared se separó del resto para dar la vuelta, revelando al niño-que-vivió y su torturador, ellos comenzaron a tensarse y buscaron pegarse más a la pared tras sus espaldas, como si así pudiesen evitar captar su atención.
Draco sufría espasmos contra las ataduras, que debían ser lo que le impedía mantenerse en un estado de agitación mayor. Estaba pálido, cubierto de sudor, la barbilla manchada de un rastro de sangre que le alcanzaba el cuello. Notó, a pesar de la distancia, de que tenía los ojos desenfocados.
Cada pocos segundos, daba una sacudida, presionándose más contra la pared, y apretaba los párpados. Pero tras un momento, los abría, titubeante, y observaba un punto frente a él, como si ya no supiese si echarse a llorar más o luchar contra los amarres. Esa vez, Harry no estuvo seguro de que los hubiese distinguido, ni siquiera de que se hubiese dado cuenta de que cambiaron de habitación.
El pecho se le apretaba al verlo así. Le picaban las yemas de los dedos por las ganas de tener una varita a la mano, de usar magia. No sentía las quemaduras del amarre en las muñecas, el dolor de la espalda, la palpitación de las sienes, el olor inicial de la putrefacción. Sólo existía Draco.
Draco, que necesitaba ayuda.
Voldemort se agachaba frente a él. Debía sostenerlo del cabello y tirar hacia atrás para conseguir que Draco lo viese de vuelta, sus ojos parpadeando, las pupilas regresando a la normalidad, a medida que este le hablaba en voz baja. Por la manera en que sujetaba la varita en una mano, y el brazo que entraba en contacto con el niño-que-vivió desprendía un débil halo de oscuridad, estaba claro que le hacía algo que ellos no podían reconocer. Lo que fuese, lo detuvo para que, al ponerse de pie, Draco mirase hacia ellos. Enseguida hubo un destello de reconocimiento en su mirada, Harry se encogía un poco bajo su frenético escrutinio.
"Estoy bien" juró, moviendo los labios, sin hacer ruido. La expresión de Draco se contrajo como si fuese a llorar, pero se mordió los labios ya bastante rotos y asintió, de forma imperceptible. Repetía ambos gestos cuando Neville negaba a su pregunta silenciosa acerca de si estaban lastimados.
Le hubiese gustado que fuesen capaces de más que eso. De lo que sea.
Estaba tan concentrado en él, que no se fijó en Voldemort, hasta que empezó a caminar hacia ambos. Se detuvo frente a ellos, ganándose un par de miradas desde abajo, intimidadas, que pretendían endurecerse para dejarle en claro que habrían lanzado todas las maldiciones que se sabían, de tener una varita en mano, y no les importaba si era inútil. Al menos, Harry habría sido capaz incluso de patearlo, sólo porque no podía tolerar quedarse quieto después de lo que hizo.
Debió darse cuenta. Debió notar que le costaba respirar de ese aire cada segundo más contaminado, que lo único que quería era soltarse para correr hacia Draco y sacarlo de ahí, que se le habría lanzado encima, incluso si no podía conseguir más que derribarlo por un instante. Que estaba dispuesto a hacerlo, en cuanto tuviese la ocasión.
Sí, por esas razones debió elegirlo a él.
Cuando tocó los amarres con la varita, Harry sintió que se aflojaban despacio. Reaccionó por puro instinto, poniéndose de pie de un salto y abalanzándose hacia adelante. Si no hubiese estado tan mareado, si no hubiese tenido un latigazo de dolor por las piernas acalambradas, no habría tropezado y terminado agachado cuando el mago se salió de su camino.
Un peso contra su espalda lo tiró por completo al suelo. Luego lo reconocería como una patada descuidada. Se golpeó la mandíbula y ahogó un jadeo. En la pared opuesta, Draco empezaba a sacudirse, su mirada pasando de él al mago oscuro que le tocó el costado con un pie y lo hizo girar, para que Harry quedase boca arriba.
Lo observó desde su posición por un instante. Supuso que sopesaba opciones, decidía lo que fuese que haría. Harry procuró sostenerle la mirada a esos ojos rojos durante todo el tiempo que estuvieron así.
Él también pensaba en algo. El suelo se sentía inestable bajo su cuerpo, el mundo giraba despacio. Podía intentar arrastrarse, pero no llegaría antes de que una maldición le diese por detrás. Y si lo hacía, ¿cómo soltaba a Draco? Necesitaba una varita.
¿Podía quitarle a él la varita?
Estaba claro que iba con desventaja. El sólo estar desarmado frente al mago más tenebroso de los libros de historia, ya era suficiente. Pero podía idear algo, ¿no?
Era humano. Casi humano, como mínimo. Un objeto con el peso adecuado, el impulso al golpearlo, y al menos conseguiría unos segundos de aturdimiento. ¿Y luego qué? Repetía su cabeza.
¿Y luego qué? ¿Y luego qué? ¿Y luego qué? ¿Cómo lo liberas, cómo lo sacas?
¿Hacia dónde vas? Tenía una idea del pasillo que Voldemort tomaba, no a dónde dirigía. ¿Habría Mortífagos nuevos o estarían solos? ¿Habría quemado su varita o fue lo bastante tonto como para conservarla, guardada, en alguna parte?
Las variables eran demasiadas. Harry no tenía paciencia, ni disposición, para revisarlas todas. O el tiempo.
—Arriba.
Sus ojos fueron a parar en los de Voldemort, de nuevo, de forma inconsciente. Era el despliegue de magia que le impedía girar el rostro, apartarse del contacto. El resto de su cuerpo se movió, músculo por músculo, cuando se puso de pie con un salto veloz. Se mareó y sufrió de la sacudida del vértigo, pero no volvió a tropezar, porque sus pies estaban clavados en ese punto exacto desde que dio su orden.
¿Así se sentía, entonces? ¿Como si alguien guiase los movimientos, lo colocase en la posición que deseaba?
Como un títere. La comparación le trajo un mal presagio.
—Acércate —Cabeceó hacia la otra pared. Cuando sonreía, la parte de su boca a la que le faltaban los labios era la que más se alzaba, el pómulo sobresaliente sin piel destacaba justo debajo del ojo sin pestañas ni párpado. Producía escalofríos.
Harry empezó a caminar hacia el niño-que-vivió. Draco lo observaba desde abajo, ojos enormes, grises, llorosos. Le hubiese gustado ser capaz de decirle que no lo viese así, que no le hacía daño en ese instante, que se preocupase más por sí mismo.
No quería lastimarlo. Si lo que tenía en mente, era que fuese Harry quien lo lastimase, debía huir de ese control de inmediato. No podía lastimarlo. No lo haría.
Quizás, si esa hubiese sido su siguiente orden, habría sido sencillo. Habría encontrado la voluntad para deshacerse de la magia opresiva que le caía encima, igual que una pesada armadura invisible.
—Quieto.
Harry frenó justo frente al chico. Draco se movió, como si quisiera tocarlo y comprobar si en verdad estaba ahí; los amarres no se lo permitieron. Recordaría haberse preguntado, de forma vaga, por qué la vacilación, por qué tanta duda.
Cuando se lo llevaron, sus ojos eran un fuego mágico, un nuevo tipo, gris e implacable. Al regresar, parecía una piscina plateada en la que algo valioso se había perdido.
Podía verse reflejado en sus pupilas desde ahí, mientras el mago se aproximaba por detrás. Una mano ligera, demasiado para ser normal, recayó en uno de sus hombros con una palmada casi amistosa, por la que quiso sacudirse. Tampoco pudo.
—¿Lo harás ahora?
Draco no despegaba la mirada de Harry. Calló.
—¿Lo harás —El mago insistió, entre dientes— ahora?
Cerró los ojos para evitar a Harry. Al bajar la cabeza, negó dos veces. Lucía como si le costase hacerlo. Se preguntó qué tanto debía afectarle el dolor ardiente del cruciatus.
—¿Seguro?
Sonaba a una última oportunidad. Draco mantuvo la cabeza baja y no le dio ninguna respuesta.
Harry atinó a tragar en seco cuando unos dedos fríos se cerraron en su barbilla, obligándolo a mantener su vista también en Draco.
—Míralo bien —A pesar de la forma en que arrastraba las palabras y las escupía, había una diversión que se mezclaba en su tono, una risa contenida detrás de todo lo que hacía o decía—, mira lo que has hecho. No olvides que nunca dejará de culparte.
Entendió demasiado tarde que no se estaba dirigiendo a él. Draco alzó el rostro, vacilante, y lo encontró.
Todavía clavado en ese lugar, estaba seguro de poder decirle que no lo escuchase, de que al menos conseguiría que su voz brotase, cuando distinguió el destello verde en la punta de la varita.
—Míralo bien. Te ayudará a recordar por qué tienes que hacer lo que te digo.
Ni siquiera escuchó el Avada. Hubo un destello verde que lo cegó a medias, se esforzó por ver a Draco retorciéndose en las cuerdas. Su voz. Gritó y no pudo entender lo que decía.
No hubo dolor. No físico.
Sí lo hubo en la manera en que Draco lo observó, en cómo retuvo el aliento. Lucía como si acabasen de destruir algo que para él era importante, inigualable. Harry sólo pudo sentirse mal y pensar en disculparse, antes de que todo se hubiese ido.
