Juegos mortales

Sumario: Draco Malfoy está desaparecido. El mundo mágico es reducido a un tablero; de un lado, el mago oscuro más tenebroso de todos los tiempos. Del otro, un adolescente.

Género: Aventura/Romance, fantasía, friendship.

Claves: Drarry eventual. AU. Perteneciente a la Serie ¡Cambio de Casa! (Draco!Elegido/Harry!Slytherin)

Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.


Amada Caissa, vieja Caissa


Caissa: término usado para referirse a una "diosa" del ajedrez. Algunas veces se utiliza también para designar a la reina.


—...como comprenderás ahora...

Se encogió cuando un espasmo lo atacó. Si en verdad fuese posible fusionarse con una pared, en base a pura fuerza de voluntad, él habría sido el primero en lograrlo.

—...no tendría que haber llegado a estos extremos, si no fuese por tu mal carácter, por lo testarudo que eres...

Apretaba los párpados, giraba la cabeza en otra dirección. Nada funcionaba. En todos lados los veía, en todos lados lo oía.

—...recuerda que te di la opción. A ti, sí te di la opción...recuerda que fueron tu culpa, desde el principio, fueron tu culpa...

Si pudiese gritar, lo haría. Si pudiese llorar, lo haría. A esas alturas, la garganta le quemaba por la forma en que gritó antes, las lágrimas le nublaban la vista y se deslizaban sin hacer el menor ruido. Sólo emitía un débil sonido estrangulado, cuando intentaba lo que fuese, cuando el sollozo le sobrevenía y le sacudía el pecho y hombros.

Los había visto una, y otra, otra, otra, otra, otra vez. Hasta perder la cuenta.

Cuando vio que las torturas no funcionaban y rozaba el límite entre el cansancio y la inconsciencia, que ni el mejor encantamiento para reanimar conseguiría revertir, el mago optó por una opción más simple.

Dejarlo.

Dejarlo con sus demonios. Dejarlo con esas imágenes en la cabeza, esas ilusiones, lo que fuesen.

Dejarlo para que viese a Severus desplomarse. Dejarlo para que viese la expresión aturdida de Harry cuando se dio cuenta de que lo iba a matar.

Dejarlo para que las recrease a solas, de distintas maneras. Momentos en que su padrino intentaba desatarlo y era alcanzado por detrás. Momentos en que Harry le gritaba que no estarían ahí, que no habría pasado nada de eso, si no hubiese sido por él. A veces lo observaba llorando por el terror, otras Severus intentaba pedirle disculpas por no rescatarlo a tiempo, por no llegar cuando debía en Hogwarts; entonces Draco lloraba más, en silencio, pensando que debería ser al revés, que era quien le debía las disculpas. Que se las debía a todos.

Llegaba a un punto en que ni siquiera sabía bien lo que veía, lo que sentía. ¿Estaba amarrado? ¿Seguía sentado?

¿Realmente estaban muertos?

Tenía otro estremecimiento cuando los veía morir, de nuevo, de nuevo, de nuevo, de nuevo. Pero apenas percibía su propia respiración, apenas se daba cuenta de que sus pensamientos eran hilos que se desenroscaban y se desvanecían.

¿Estaban muertos?

¿Él lo estaba?

El cuerpo entero le pulsaba, de una forma que podría haber sido dolorosa, pero había superado el límite de su umbral hace rato. Estaba un poco adormecido. Cuando se movía, reaccionaba con otro sollozo sin sonido, por un dolor que ya no distinguía.

Y los seguía viendo. Enojados, frustrados, tristes. Nunca llegaban a despedirse de él, jamás terminaban lo que fuese que le decían.

¿Cómo sabía que estaban muertos?

¿Cómo sabía que no?

¿Cómo sabía que no lo estaban matando a él también?

Acababa de apretar los párpados para no observar a Harry caer muerto frente a él, cuando la voz se detuvo. Los abrió, despacio. Las imágenes ya no estaban ahí. Voldemort sí, ligeramente inclinado sobre él.

Cuando presionó el pulgar en su mejilla, justo sobre la cicatriz, pudo enfocar mejor la vista, fijarse en sus bordes todavía difuminados, los ojos rojos con pupilas de serpiente. La sensación de absorción, de que le era arrebataba una energía que se deslizaba desde su pecho a su brazo y lo abandonaba, volvía. No lo regresaba a la inconsciencia, pero sí lo dejaba exhausto, lo bastante como para tener que batallar por mantener los ojos abiertos.

Necesitaba tener los ojos abiertos.

Necesitaba estar consciente.

Necesitaba

¿Por qué lo necesitaba?

¿Por qué?

—¿Ya lo harás?

Se sintió tentado a decirle que sí. ¿Qué era lo que iba a hacer? ¿Por qué seguía diciendo que no?

Un "sí" sonaba a una salida fácil. ¿Se detendría el dolor? ¿Se detendrían las imágenes? ¿Iba a dejar de matarlos frente a él una y otra, otra, otra, otra vez?

No era capaz de articular las palabras. Un pensamiento distante, difuso, le advertía que era un "no". Pero Draco no tenía ganas de aguantar más.

Estaba cansado. ¿Podía dormir cuando lo hubiese hecho? Dormir en serio, no un momento, hasta que lo despertase con un enervate para continuar con sus sentidos más alerta.

Quería dormir.

Quería que parase.

Debió tomar su silencio como una respuesta. Cuando sintió el tirón en el cabello, supo enseguida que había vuelto a sostenerle la cabeza para que lo viese desde abajo.

—Casi te tengo —Le decía, lento—, casi lo tengo. Casi lo tenemos. Un poco más, hace falta un poco más...cuando estés tan cansado, cuando estés tan adolorido...será divertido. Y será lo mejor. Tienes que estar vivo, niño, nunca dije que te necesitaba cuerdo. Ni siquiera consciente de ti mismo. Cumple conmigo, y podrás descansar. Me voy a detener. Todo se va a detener.

Todo se va a detener. Draco quería que todo se detuviese pronto.

—Aún me queda uno —Lo oyó canturrear, cuando lo soltó para ponerse de pie.

Batallaba por mantener los ojos abiertos, por no cabecear y caer rendido. No le gustaban los enervates. Quemaban por dentro, como una fuerte corriente eléctrica.

Hubo un movimiento brusco, un desliz. El mundo dio vueltas a su alrededor.

Cuando la punta de una varita presionaba su mentón, exigiéndole alzar la cabeza, de pronto, una bruma dentro de su mente se disipaba lo suficiente para darse cuenta de que estaba viendo a Neville, en el lado contrario del salón.

¿Neville estaba ahí?

¿Qué hacía Neville ahí?

Comprendió. ¿Iba a matar a Neville también? ¿Nev iba a ser parte de las imágenes que lo acusaban, que le hablaban, que lo dejaban?

La simple idea lo hizo soltar más lágrimas. No se dio cuenta.

No, que no matase a Neville. Que no lo matase también.

Voldemort hablaba, pero él no le prestaba atención. No le importaba.

No a Neville. No también.

No más.

Estaba cansado. Quería que se detuviese para dormir.

Algo debió decirle. No tenía idea de qué, sólo que bastó para que el mago callase y se fijase en él.

Intentaba aferrarse a uno de los bordes de su túnica, a pesar de que el amarre mágico no hacía más que seguir escociéndole contra la piel ya herida. Voldemort se agachó, de manera que quedaban casi a la misma altura.

—¿Ya lo harás?

Draco observó a Neville, por encima de su hombro.

Quería que se detuviese. Se detendría si lo hacía.

¿Por qué importaba lo que fuese?

Sólo quería que se detuviese.

Habría jurado que emitió un sonido afirmativo, aunque ni él se entendió.

—Sabía que conseguiríamos razonar. Descansa un rato. Puedes descansar.

Draco estaba agradecido de volver al espacio vacío de la inconsciencia. De que se hubiese detenido.

0—

Llegó a un lugar inundado de luz. Resplandeciente, blanca luz, que lo obligó a luchar por enfocarse.

Ella también parecía brillar, en medio del mundo donde todo era blanco, sereno, puro. Lucía como si hubiese sido hecha para habitarlo, como si tuviese que estar ahí.

Aguardaba sentada, con los tobillos cruzados, las manos unidas sobre el nivel del regazo. Vestía de blanco, el tono rubio de su cabello bien podía hacerse pasar por ese color también.

Harry tuvo la vaga impresión de que ella estaba hecha de la misma luz que inundaba el lugar. Pero sería un poco absurdo.

Cuando le sonrió, al acercarse, se le hizo más familiar. Conocía esa sonrisa. Conocía la forma de torcer la boca más a la derecha, los chispeantes ojos grises.

Caminó hacia ella porque era el único lugar hacia el que se podía caminar. Harry se sentía adormecido, desorientado. A su alrededor, el mundo tomaba forma, se convertía en un castillo brillante, que hacía que la mujer encajase aún más y él desentonase por completo.

Allí era cálido. Sin ruidos molestos.

Ella todavía sonreía cuando se detuvo frente a la banca desdibujada que ocupaba.

—Hola, Harry —Tenía una forma suave de hablar. No lo habría definido como "dulce", contaba con un matiz acerado, una firmeza en la pronunciación, seguridad velada en cada sílaba, pero suave. Jamás había oído nada similar.

No, se dijo. Tal vez sí. Tal vez en otra persona, sí.

¿Quién era esa otra persona?

—Hola —Le respondió, porque a una parte de él por supuesto que le parecía lógico que la mujer supiese su nombre. No habría sabido explicarse por qué.

Era igual que un sueño. Un sueño lejano que no recordaba.

—¿Qué haces aquí?

—No lo sé —Se sinceró, porque era lo único que se le ocurría.

—¿Sabes dónde estás, al menos?

Harry miró en torno a ellos. Sí, era un castillo, blanco, difuso, enorme.

—¿Hogwarts?

La mujer asentía. Lo observaba de forma casi afectuosa.

—¿Qué haces aquí tan pronto, Harry?

No tenía una respuesta para eso. Arrugó el entrecejo e intentó hacer memoria, pero todo era confuso, extraño. Agotador.

—No lo sé —Harry repitió su respuesta, un poco más avergonzado.

—¿Quieres volver?

Volver. ¿A dónde iba a volver?

Había un sitio al que tenía que volver, ¿cierto?

Asintió, sin darse cuenta de que lo hacía. La mujer se inclinaba más hacia él.

—¿Crees que podrías hacerme un favor, ya que vas a regresar? —Harry volvió a asentir al oírla, más seguro—. Cuídame a Draco, Harry. Por favor.

Draco. Sí, Draco le recordaba a esa mujer. Draco era la otra persona, la de la sonrisa ladeada y los ojos brillantes. ¿O era ella la que le hacía pensar en él?

Otro asentimiento. Sí, tenía que volver. Iba a cuidar a Draco.

—¿Cómo vuelvo? —Le preguntó, dando un vistazo al castillo.

—Dímelo tú —Ella lucía divertida—. ¿Cómo vuelves de Hogwarts?

Lo consideró un momento.

—Tomo el tren —Señaló. Un pitido lo sobresaltó. Sonaba a un llamado del expreso, pero al ver alrededor, no lo encontró.

—Entonces toma el tren —Le indicó ella, apremiándolo con un gesto. Segundo pitido.

Harry se apresuró a buscar el tren, antes de que lo dejase. Cuando creyó haber avanzado, detuvo sus pasos y se dio la vuelta.

La mujer rubia se despedía de él con una mano. La imitó.

Al girarse, la luz blanca lo cegó.

0—

Harry se despertó con la sensación de que una aguja le atravesaba el cráneo y lo partía en dos, un ardor insoportable en uno de los dedos, y una cabeza peluda de grandes ojos amarillos que lo observaba desde arriba. Habría gritado, de encontrar su voz. En cambio, consiguió rodar por el suelo, apartándose del animal, y en cuanto tuvo la oportunidad, se arrancó el anillo que llevaba en la mano derecha, donde quemaba; la sacudió, pero no tiró el anillo, sino que esperó a que se enfriase para colocárselo.

El lobo gris ladeó la cabeza. En cuestión de un parpadeo, era Neville, jadeante y con la piel de las muñecas destrozada, quien estaba sentado frente a él.

No estaba seguro de cuál de los dos lucía más aturdido. Sólo sabía que había vuelto y que tenían que ponerse en movimiento.