Juegos mortales

Sumario: Draco Malfoy está desaparecido. El mundo mágico es reducido a un tablero; de un lado, el mago oscuro más tenebroso de todos los tiempos. Del otro, un adolescente.

Género: Aventura/Romance, fantasía, friendship.

Claves: Drarry eventual. AU. Perteneciente a la Serie ¡Cambio de Casa! (Draco!Elegido/Harry!Slytherin)

Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.


Alfil bueno

Neville le tapó la boca con una mano cuando hizo ademán de empezar a hablar. Presionó más la oreja contra la puerta y aguardó. De forma vaga, se preguntó si el agudo sentido del oído funcionaría incluso como humano, una vez que alcanzaba su estado animago. No sabía suficiente del tema, todavía estaba aturdido con todo.

Le costaba entender que respiraba, sus sensaciones estaban un poco enloquecidas. Le hormigueaban los dedos, oía los latidos de su propio corazón, la nariz le picaba con el olor a putrefacción del cuerpo del profesor, el estómago se le revolvía.

Habría jurado que, de tener la varita en la mano, podría haber acabado con Voldemort con un hechizo. Así se sentía, así de fuerte cosquilleaba la magia dentro de él.

Por lo que Neville le dijo, después de haberse quedado solo, el pánico lo venció y tuvo que centrarse por la fuerza. Conseguir la forma animaga era el resultado de más frustración y dolor que concentración. Tenía la piel de las muñecas destrozadas por zafarse de las ataduras y una fuerte punzada en la mandíbula, de cuando intentó morderlas para romperlas. No podía decir que supiese cuánto tiempo le llevó.

—No está por ninguna parte —Le indicó a Harry, arrugando el entrecejo. Se volvió hacia él. Los dos se agazapaban detrás de la puerta—. ¿Qué hacemos?

Ir por Draco. Se lo habría contestado, si no supiese que ambos tenían en claro ese punto. Longbottom debía referirse al resto del proceso, desde el llegar al salir de ahí, a donde fuese que estuviesen.

Él también tenía sus dudas al respecto.

—Eres un lobo grande…

—¿Y eso qué? No puedo...morder a Quién-Tú-Sabes —Cuando Harry arqueó las cejas, expectante, él bufó—. Me mataría antes de que lo hubiese hecho, Potter.

—No si vas por la garganta.

—Si un lobo pudiese matarlo, ya estaría muerto, ¿no crees?

A veces las soluciones más simples no eran tomadas en cuenta, quiso decirle, pero decidió que no valía la pena la discusión.

Sabía que un corredor los separaba, que Draco se encontraba solo. No dónde estaban, cuánto tardaría en volver. Cada segundo ahí era un segundo desperdiciado.

Tampoco contaban con sus varitas, ni siquiera para enviar una señal de auxilio y ser detectados haciendo magia por el Ministerio.

Por suerte, la mitad de su crianza fue bastante muggle y tenía ideas que un mago no.

—¿Puedes con una persona? —Neville parpadeó hacia él— ¿crees que podrías transformarte en lobo y llevar a Draco, si está herido o inconsciente?

Él asintió, poniéndose más serio.

—Me costará, pero lo llevaré. No creo poder con los dos —Le advirtió. Harry le restó importancia con un gesto. Él era rápido corriendo, sólo se imaginaria que era su primo y quería dejarlo atrás.

Se levantó, despacio, y dio un vistazo alrededor. Optó por recoger una lámpara de metal. Longbottom lo observaba con incredulidad.

—¿Ese es el gran plan?

—Si tienes uno mejor —Lo apuntó de forma amenazadora con la lámpara—, te escucho.

Su expresión se contrajo cuando tuvo que reconocer que no tenía nada. Harry resopló y elevó la barbilla.

—Estoy seguro de haber oído que va hacia aquel lado cuando vuelve con Draco —Apuntó a la derecha—, así que podemos asumir que la salida queda al otro lado. De ser posible, hay que evitar correr hacia donde está el mago loco, pero si es lo único que hay...

—Sería ingenuo pensar que podemos salir por una ventana o la puerta de atrás.

Harry lo consideró un momento, con la mano libre sobre el pomo de la puerta.

Lucía como una casa vieja. Las casas viejas tenían salidas para el servicio, ¿no? Remus lo había llevado a varias casas de gente importante en la historia, de visita. Solían ser salidas más pequeñas y discretas.

Le indicó que fuese detrás de él y se mantuviese alerta. Luego abrió. Miró a ambos extremos del corredor vacío al salir.

Caminó de puntillas, deprisa. El pasillo tenía retratos de personas. Un hombre de gran parecido al Riddle joven del diario. No se detuvo a observarlo, pero intentó recordar ese detalle.

La siguiente puerta era su destino. Titubeó al abrirla, por si tenía un sistema de defensa mágico. Al parecer, no.

Neville pasó primero, lento. Como nada ocurrió, él también entró y cerró la puerta sin hacer ruido.

Había una mujer allí, una que no conocía. Joven, de ropa desgastada. Yacía inconsciente, tendida medio sentada y medio acostada en el suelo, contra la esquina de la habitación. Sabía que vivía sólo porque respiraba por la boca.

Envió a Neville a revisarla, pese a sus reticencias. Si era una bruja y podían quitarle la varita, al menos tendrían algo de su parte.

Él se dirigió hacia Draco. Tuvo que tragar en seco cuando el pecho se le comprimió de forma dolorosa.

Lo encontró más ido que consciente. Los amarres le mantenían los brazos a los costados, extendidos, las piernas las flexionaba hacia sí mismo. Tenía la cabeza agachada, los ojos fijos en algún punto de la nada. Respiraba de manera irregular.

Harry apretó la mandíbula para no lloriquear. Se agachó frente a él, el dolor en su pecho haciéndose más insistente cuando Draco sufrió una sacudida y luchó por apartarse, en el momento en que extendió las manos hacia él. Ni siquiera lo tocó, pero ya intentaba quitárselo de encima.

—¿Draco? Hey- Draco, soy yo —Le sujetó el rostro, tragando con más fuerza para pasar el nudo en la garganta, cuando lo sintió temblar bajo su contacto. Le levantó la cabeza—. Soy yo, mira. Vamos a salir de aquí.

A pesar de que tenía la mirada puesta en él, no lo veía. Sus pupilas estaban desenfocadas, el gris del iris demasiado turbio. Lo que fuese que tenía adelante, no era a Harry, y lo hacía sacudirse otra vez.

—Tiene un estuche de varita en el cinturón, vacío —Escuchó a Neville, cuando se le acercó por detrás—. No parece lastimada.

—Pero él sí —Le contestó, dándole una leve sacudida a Draco, que no terminaba de reaccionar. Se le escapó un gruñido de frustración—. Ven, quítale estas.

—Eso me va a llevar un rato sin una varita...

—Maldición, ¡no me importa cuánto te tome! ¡Ven aquí y desátalo!

Longbottom abrió la boca para contestarle, pero su respuesta quedó en el olvido. Harry se tensó por completo en ese mismo instante.

Draco acababa de tocarle el rostro. Cuando Harry lo observó, él le sujetó ambas mejillas, con una presión un poco mayor de la justa. Le repasó el borde de la mandíbula, enredó los dedos en su cabello. A medida que más se abrían sus ojos por el asombro, las pupilas más se enfocaban. Parecía ajeno al hecho de que las ataduras le rompían más la piel de las muñecas, que ya tenía en carne viva.

Formó su nombre con los labios, sin emitir un sonido completo. Harry asintió y le sostuvo las manos, deteniéndolo para que no siguiese lastimándose. Draco no paraba de parpadear. Pasó la mirada hacia atrás de él, hacia Neville, y dejó caer los hombros, como si acabase de quitarse un peso de encima.

Luego empezó a arrugar el entrecejo.

—¿Me...morí? —Lo pronunció con dificultad. Tenía la voz rasposa. Harry podría haberse reído de su expresión desorientada, en otra situación.

—No —Se estiró para rodearlo con los brazos. Draco se quedó completamente rígido por un segundo, después se movió con un quejido, y la culpa lo invadió—, todavía no. Pero podría pasar pronto, si no hacemos algo.

Draco intentó sujetar uno de sus brazos cuando se apartó. Las ataduras no le permitieron estirarse tanto y ahogó un quejido por el tirón en la muñeca. Dejó de retorcerse tanto cuando Neville cambió de posición con él, explicándole en voz baja que intentaría romper las cuerdas hechizadas.

Parecía preguntarse si estaba alucinando cuando Neville adoptó la forma de lobo. Él también tenía sus dudas. Quizás todos perdieron la cabeza.

En cuanto el lobo cerró la mandíbula sobre las cuerdas, estas se desaparecieron. Por un instante, ninguno se movió, ni siquiera Draco, que luego flexionó los brazos y se detalló las muñecas destrozadas con expresión de horror. El lobo inclinaba la cabeza y se metía bajo su brazo, para hacer de apoyo cuando se pusiese de pie, tambaleante.

Demasiado fácil.

Los pasos acercándose al cuarto los alertaron.

Las cuerdas de Draco tenían una alarma mágica, por supuesto. Los tres intercambiaron miradas. Draco no podía correr así, apenas se sostenía del lobo, aferrándose al pelaje del lomo.

—Súbete —Cuando pareció que iba a negar, Harry insistió, más firme:—. Súbete, Draco. Él puede contigo.

Lo ayudó a subir a la espalda del lobo, que se agazapó para cooperar. Draco buscó a qué sostenerse cuando se enderezó. Harry arrastró su nueva arma —la jodida lámpara— con él, cuando caminó hacia la puerta, para apartarse antes de que hubiese preguntado qué haría.

Esperaba que Neville hiciese lo que debía.

Se paró a un lado de la puerta y esperó. En el centro de la habitación, el lobo adoptaba una posición en que inclinaba más la parte delantera. Como si fuese a echar a correr en cuanto se abriese. Bien, era bueno saber que tenían la misma prioridad.

Cuando la puerta se abrió, lo hizo en su dirección y Harry quedó detrás de la madera por medio segundo. El mago entraba, varita en mano, la maldición en la punta de la lengua.

El lobo se apartó de un salto de su trayectoria, rodeó un costado del cuarto, esquivando otras maldiciones. Draco se inclinaba sobre su lomo, sujetándose con esfuerzo. La bruja de la esquina ni siquiera gritó cuando la quemó con una. No le dio tiempo.

Harry se aseguró de sostener bien la lámpara, avanzó por detrás de él, alzó los brazos. El mago acababa de darse cuenta de su presencia cuando le golpeó la parte de atrás de la cabeza. Pese a su silueta difusa, no lo atravesó. Pudo sentir la fuerza del impacto repercutir con una vibración en sus propios brazos, cuando el hombre trastabilló hacia adelante.

Aprovechó de darle otra vez. Él se sacudió con un grito horrendo. Llevaba una varita en cada mano y Harry cogió la que estaba más cerca, arrancándola de los dedos huesudos, sin fijarse en si era la correcta. Lo importante era que tuviesen una.

El lobo corría hacia la salida, cruzaba al pasillo, seguía sin detenerse hacia el fondo. Harry, varita robada en mano, fue detrás de él, cerrando la puerta con un estruendo. Convocó un muro de piedra para cubrirla, casi sin pensar. La varita opuso resistencia por un instante y obedeció después a su voluntad.

El corredor terminaba en una ventana. Tendrían que arreglárselas. Faltaban unos metros cuando escuchó la explosión que tiró abajo su muro de roca y envió escombros en diferentes direcciones. Tuvo que saltar para que uno no lo golpease.

Voldemort estaba enloquecido de rabia. Les gritó desde el pasillo, un aura oscura lo rodeaba. Era más Riddle que Parkinson, las cicatrices mágicas, la piel corroída, la marca del veneno siendo distinguibles desde la distancia.

Harry pensó en el encuentro en el colegio y lanzó el primer hechizo de fuego que se le ocurrió hacia atrás, sin frenar para ver qué le hacía.

Mandar un patronus a la Orden sería perfecto. Si pudiese concentrarse en un recuerdo feliz y no le quemase la garganta por la falta de aliento.

La siguiente vez que Voldemort gritó, las paredes se sacudieron, el suelo comenzó a agrietarse. Un candelabro cayó en alguna parte.

La ventana estaba tan cerca. El lobo gruñía, se preparaba, Draco se pegaba más a su lomo cuando saltaba y rompía los cristales. Gotas de sangre por los cortes quedaron como rastro de la hazaña.

Otro grito ensordecedor. Los fragmentos del piso empezaban a separarse allí donde se partió. Harry tropezó, trastabilló. Luchó por conservar el equilibro cuando se agachó por una maldición que pasó casi rozándole la cabeza.

Había puesto una pierna sobre el marco de la ventana, porque no podía pasar de un salto, cuando sintió el agarre que se cernía en su torso, jalándolo de vuelta. Gritó, se retorció al golpear el suelo, seguido de un latigazo de dolor. Perdió la varita.

—¡...te maté! —La voz cada vez más distorsionada no dejaba de subir de volumen— ¡yo te maté! ¡Te maté, te maté...!

Lo arrastraba hacia él por un agarre mágico que brotaba de la punta de la varita. Harry intentó sostenerse de un estante, de las tablas salidas del suelo, el marco de una puerta, en vano.

Cuando ya no se le ocurría nada, un repentino brillo lo obligó a entrecerrar los ojos. Al parpadear lo suficiente para ver a través de la luz, distinguió una figura familiar, un par de alas.

Voldemort se sacudía lejos de las garras del fénix, su agarre vacilaba. Harry se arrastró con manos y rodillas, se apartó, y consiguió ponerse de pie, pese a las punzadas de dolor, sosteniéndose de una pared.

Fawkes graznaba. La casa entera temblaba cuando le clavó las garras en la cara. En los ojos. La sangre que derramaba era negra, espesa, inhumana en todos los sentidos.

Harry no se quedó a ver más. Corrió para recorrer la distancia que lo hizo regresar, se sujetó del marco de la ventana, cortándose las palmas de las manos, y se deslizó al otro lado. Siguió corriendo por un patio abandonado de plantas muertas, hacia una verja oxidada, que cedía mediante el uso de la fuerza.

El lobo se había detenido a unos metros de la reja, Draco lo observaba con ojos enormes, aterrado. Detrás de Harry, la casa entera sufría de otro espasmo. Fawkes los alcanzó poco después, mientras se perdían por un conjunto de árboles en dirección desconocida. Maldiciones lanzadas sin cuidado quemaban las plantas detrás de ellos.

0—

—...estoy bien, de verdad. Estoy bien.

Harry los observó de reojo, en cuanto dejó de batallar con la pesada puerta de la cripta para cerrarla otra vez.

Se metieron a un cementerio cercano a la casa, cuando unas criaturas de magia oscura con forma de perros demoníacos comenzaron a perseguirlos. Fawkes quemó a varios, mientras abrían una cripta antigua. Estaba húmedo abajo, olía a pergamino, a antigüedad y a algo que prefería no identificar.

Neville se encontraba exhausto cuando regresó a la forma humana, cubierto de sudor, jadeante. Se sentó en el suelo, lejos de los huecos de las paredes donde estaban algunas tumbas, y las que se levantaban en el centro, alineadas. Draco se acomodó a su lado, abrazándose las piernas pegadas al pecho.

Harry respiró profundo, tosió por inhalar demasiado polvo. Cuando se restregó las manos, cientos de ardores simultáneos le recordaron los cortes que tenía.

—¿Ahora qué? —Tuvo que soltar lo que los tres debían pensar, para no distraerse con lo que les fuese innecesario. Ambos lo observaron.

Draco acababa de quitarse a medias la sangre de la barbilla, pasándose un brazo con insistencia. Todavía estaba cubierto de sudor y con débiles espasmos.

Él sentía que su arranque de magia había pasado. La energía lo abandonaba. De cualquier modo, tampoco tenían una varita, porque no le dio tiempo de recogerla en la casa.

Tras un momento de silencio, Draco arrugó el entrecejo y vio al fénix. Fawkes graznó, como si contestase a una cuestión no formulada en voz alta.

—¿Tienen alguna idea de dónde estamos o cómo volver a Hogwarts? —Harry insistió, más tenso. Neville observaba a Draco, este no respondía, pero llevó las manos a su cuello y tanteó.

Cuando habló, lo hizo a un volumen tan bajo, que ninguno pudo oírlo. Neville le pidió que lo repitiese. Draco se aclaró la garganta, con el rostro contraído por el dolor.

—¿Sirve...Godric's Hollow?

—¿Cómo piensas que llegáremos a Godric's Hollow? —Le preguntó Harry, frunciendo el ceño. Allí estarían sus padres, su casa. Ellos podrían hacer el resto. Merlín, su madre estaría en una crisis nerviosa.

Draco le hizo un gesto con que pedía que aguardase. Se desabotonó la camisa hasta la mitad del pecho y pasó los dedos sobre un dibujo que tenía en la piel, plateado y pequeño. Harry le frunció más el ceño a Longbottom, para que apartase la mirada. Neville rodó los ojos.

—Fue...—Draco carraspeó cuando el medallón se despegó de su piel sin lastimarlo y cobró solidez sobre su mano— fue idea de Blas. Para- no perderlo.

Después pareció recordar algo, porque se llevó la otra mano a la cadera y tanteó bajo la tela de la camiseta. Cuando les enseñó la palma, que temblaba tanto como el resto de su cuerpo, sostenía un reloj de bolsillo.

—Trucos útiles —Neville soltó un bufido incrédulo—. ¿Cómo es que no los vio?

—Debió pensar que eran tatuajes o algo así —Le respondió Harry, distraído, acercándose despacio, en cuanto comenzó a captar su idea—. ¿Ari puede llevarnos a Godric's Hollow?

—Sólo a dos —Le aclaró Draco, abarcándolos a los tres con un gesto, antes de abrir el medallón. La chica ya estaba ahí, histérica, haciéndole señas—. No puedo...dejarla aquí.

Si Harry no estuviese tan enamorado de él ni feliz de que estaban vivos, habría hecho un comentario poco agradable sobre sentimentalismos en esas situaciones. No fue capaz. No cuando estaba así. Sus manos no paraban de temblar, se removía cada pocos segundos, todavía respiraba con dificultad.

—Lo mejor es que vaya yo —Decidió Harry, ganándose la atención de ambos de nuevo—. Saldré donde sea que me deje, iré a casa, avisaré sobre...esto, todo esto. Si necesitan moverse, Longbottom —Tuvo que ahogar un sonido frustrado al reconocerlo— te puede ayudar más que yo. Vendré tan rápido como pueda.

Draco asintió y se puso de pie. Se tambaleó un poco al hacerlo, pero no permitió que lo ayudasen.

Caminó hacia él, dejó el colgante entre ambos, abierto. Sus miradas se cruzaron un momento. Harry intentó mostrarse más seguro de lo que se sentía, por los dos.

Si Voldemort no lo mataba, su madre lo haría.

Permaneció inmóvil cuando Draco extendió el brazo y le rozó la mejilla con las puntas de los dedos, vacilante. Harry giró el rostro, lo justo para besarle la palma. Para recordarle que estaba ahí y estaba bien. Lo vio tragar en seco.

—Cuidado allá.

—Ustedes dos también tengan cuidado.

0—

Harry se dejó guiar por Ari a un cuadro en un cuarto polvoriento, dentro de la vieja casa de los Dumbledore, abandonada y en estado de deterioro. Nunca había cruzado un par de calles tan rápido, prácticamente se arrojó contra la puerta de su casa, entrando gracias a protecciones que lo reconocían y le cedían el paso, aunque no tuviese llaves.

No había nadie.

Maldijo para sí mismo, cogió un puñado de flu y se lanzó a la chimenea, en dirección a Grimmauld Place. Rogó porque la Orden hubiese habilitado la entrada a sus padres.

Tonks gritó, desde la sala, cuando lo vio llegar. En un parpadeo, estaba rodeado y lo acribillaban a preguntas que apenas entendía, mientras le insistían en que fuese a Hogwarts, donde estaba el resto de la Orden, y les dijese dónde buscar a los otros tres.


Creo que escribí este capítulo sólo por la idea de Harrybebé enojado golpeándole la cabeza a Voldy con una simple lámpara, lo siento, se me salió el lado muggle, jAJAJAJA.