Juegos mortales

Sumario: Draco Malfoy está desaparecido. El mundo mágico es reducido a un tablero; de un lado, el mago oscuro más tenebroso de todos los tiempos. Del otro, un adolescente.

Género: Aventura/Romance, fantasía, friendship.

Claves: Drarry eventual. AU. Perteneciente a la Serie ¡Cambio de Casa! (Draco!Elegido/Harry!Slytherin)

Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.


Escribí este capítulo con "The light behind your eyes" de My Chemical Romance. Si la escuchan, notarán que le queda perfecto.


Desperado I/II


Desperado: término usado para designar una pieza que se sacrifica insistentemente para forzar las tablas, normalmente, por jaque continuo o ahogado.


Tenían dos cuadros de Ari, un medallón con la versión reducida de su retrato. Draco fue el último en deslizarse fuera de la pintura, agrandándose al dejar atrás el efecto de la magia. Trastabilló al poner un pie en la oficina de McGonagall, Neville intentó sostenerlo. Harry habría hecho lo mismo de no estar bajo el agarre imposiblemente fuerte de su madre, que como predijo, estaba más que sólo histérica.

Lily consideró sacarlo de ahí. Llevarlo con su tía muggle, dejarlo en la habitación de su primo, hasta que todo hubiese terminado. No paraba de preguntarle si estaba bien, si le hicieron algo. James sólo comprobó su estado con un hechizo; aunque las manos le temblaron cuando le revolvió el cabello, le dijo que estaba feliz de que estuviese bien.

Lo querían tan lejos de ahí como fuese posible. Y Harry amaba a sus padres, pero no iba a ceder con algo así.

Ella debió darse cuenta, por la manera en que se sacudió para zafarse de su abrazo, y le ofreció una mano a Draco. El niño-que-vivió meneó la cabeza y juró estar bien con una señal, su voz cada vez más débil frente a la mitad de la Orden, la directora y el resto de los profesores. Podría jurar que tuvo que abstenerse de esconderse detrás de él. Aun así, Harry le colocó un brazo al frente e hizo de muralla entre el resto y él.

Notó que su madre lo veía con resignación afectuosa.

—¡¿Es verdad?! —Alguien más entró a la oficina como un torbellino, seguido de otros. Empujó magos y brujas por igual para abrirse paso— ¡¿es verdad que están...?! ¡Draco!

No se apartó del camino de los Gryffindor porque quisiera. Fue, más bien, una cuestión de supervivencia. En un parpadeo, Hermione y Ginny se abalanzaban sobre Draco, arrancándole un quejido estrangulado por el dolor, que sólo servía para alertarlas más. Ron le dio una palmada en el hombro. Poco después, Blaise se acercaba también para revisar que no tuviese heridas y maldecía de formas que incluso a él le sorprendieron, cuando se fijó en sus ojos. Luego halló a Neville, sentado a unos pasos desde la llegada del resto, y su rostro empalideció, a medida que identificaba la sangre que le cubría los brazos y la cara, de pequeños y molestos cortes.

Todos hablaban a la vez, había demasiadas preguntas, pocas respuestas. Alguien mandaba a llamar a los Aurores para que fuesen a un lugar del que nunca había oído, otra persona decía que era por la carretera de una tal Anna, una bruja desaparecida la noche anterior.

Resultaba que sólo estuvieron una noche con Voldemort. Harry habría asegurado que se sintió como una vida.

Más preguntas, demasiadas conjeturas. Las chicas gritaban. Cuando vio en la misma dirección que ellas, notó que Blaise volvía a maldecir, le sujetaba el rostro a Neville y lo besaba, hasta que McGonagall tenía que carraspear para recordarles su presencia.

Porque existía un muro de Gryffindor entre ambos, fue Ron quien se dio cuenta, en lugar de Harry. Les dijo que le diesen un momento, mientras Draco se apoyaba en él. Sus ojos estaban desenfocándose, de nuevo.

Ninguna época, de acuerdo a lo que dirían los cuadros de los directores después, había visto una oficina tan caótica. Cuando Regulus se abrió paso, sin importarle ser visto en su forma humana, lo hizo para lanzarse sobre Draco y abrazarlo con tanta fuerza que tuvo que gritar para que le dejase recuperar el aliento.

Pero luego preguntó por el profesor Snape. Draco vio a Neville, luego a él. No dejaba de parpadear para intentar enfocar la vista en lo que tenía adelante.

Harry sólo fue capaz de sacudir la cabeza cuando la atención de ambos recayó en él. Ninguno se lo había dicho. Hubiese sido lo mejor, pensaba, que siguiese creyendo que fue una ilusión de Voldemort. Al menos, hasta que estuviesen a salvo.

Lo notó, segundo a segundo. Todos en la oficina lo hicieron. La manera en que la expresión de Regulus decayó, cómo soltó despacio a su primo, una luz en sus ojos apagándose cuando vaciló y fijó la mirada en el suelo. Draco intentó abrazarlo, pero sólo se quedó ahí, muy quieto, en silencio.

Estaban agotados. Personas no paraban de entrar y salir.

Todavía faltaba la peor parte.

0—

La profesora A se encargó de entibiar las tazas de té con un hechizo, posando ambas palmas en torno a la porcelana. Tenían el mismo color, hasta que ella vertió unas gotas de un envase más pequeño en la suya. A Draco le ofreció la bebida con olor a canela. Decía que conseguiría relajarlo.

Le temblaban las manos aún. Incluso en la oficina de la profesora A, donde ella se ocupó de vaciar su cabeza de ilusiones e imágenes repetitivas, sentía que podía oírlos, verlos. Que todavía ocurrían, que todavía se encontraban allí. Ella le explicó que era normal, le seguiría sucediendo hasta que hubiese llevado a cabo un tratamiento más completo.

Cuando le preguntó si ella podía realizarlo, la profesora le mostró una débil sonrisa.

No, mi dragón —Había meneado la cabeza—, no creo que yo pueda. Pero la profesora McGonagall te conseguirá a alguien, alguien que sea mejor que cualquier otro y sepa cómo hacerlo.

Fue antes de que empezase a preparar las bebidas. Lo hizo sentarse, le acarició el cabello hasta que Draco dejó de encogerse, como si esperase una maldición. Permanecieron en silencio desde entonces.

Hogwarts estaba bajo alarma. Hogsmeade era vaciada.

Tonks envió un patronus media hora después de que los Aurores se hubiesen marchado para buscar la casa, a la bruja, a Riddle.

Voldemort iba hacia allá. Despojado de toda opción, había dicho Ron, cuando lo acompañaba hacia la oficina de la profesora, el rey ataca sin cuidarse y sin pensarlo.

Debía estar igual que como lo vieron en el corredor de la vieja casa. Enloquecido, furioso. No le importaría ocultarse. Intentaría atacar para matar a cualquiera.

Menos a él.

Habría sido una ventaja mayor, de no implicar que era imposible derrotarlo, por su culpa.

Todo se le hacía confuso. Demasiado rápido, demasiado aterrador. Le provocaba vértigo sólo pensar en McGonagall enviando a los estudiantes a sus Salas Comunes, reforzando protecciones, levantando la barrera por completo y poniendo en marcha a las estatuas vivientes, para que no se repitiese lo de la última vez.

Ella le había pedido disculpas por no cuidar lo suficiente de los estudiantes. Draco habría querido decirle que no importaba, pero el colegio era un desastre, el ambiente más tenso que nunca. Le costaba al menos intentar formular las palabras.

Le cabeza le daba vueltas, los párpados le pesaban. Partes completas del cuerpo le pulsaban con un dolor persistente, que apenas podía distinguir a esas alturas.

Cuando no se concentraba, su mente comenzaba a irse. Se veía en otro sitio, aunque sabía que permanecía ahí, en alguna parte consciente de su cansado cerebro.

Recordaba haber deseado tanto que se detuviese. Todavía lo hacía.

Tenía que detenerse, para que durmiese, para que dejase de doler, para que ya no los viese. Para llorar por su padrino y el agujero que sentía en el pecho, para llorar más por la forma en que Regulus se quedó vacío de emoción cuando oyó la noticia.

Para esconderse, porque a decir verdad, estaba tan asustado que no quería ver a nadie a los ojos. Se darían cuenta. No era ningún héroe. No tenía ideas.

Sólo quería que acabase.

Le hubiese gustado hacerle preguntas a la profesora, acerca de la extracción de magia de Voldemort, de cuánto de su magia provenía de él, de si todavía le quedaba un poco, si sería más como un squib si volvía a quitársela. Quería preguntarle si hallaron a la bruja desaparecida, el cuerpo de Severus.

Quería preguntarle qué hacer. Qué harían todos.

No pudo. Se bebió su té de a sorbos pequeños, mantuvo los ojos puestos en el borde del escritorio que los separaba, y luchó por no pensar más.

Vaciar su mente. Colocar pensamientos innecesarios donde no molestasen, donde pudiese revisarlos después. Priorizar.

Era lo que Severus le hubiese ordenado. Resultaba más sencillo decirlo que hacerlo.

Batallaba contra esa sensación de que era carcomido por dentro por la ansiedad, la asfixia, la pesadez del cuerpo, para concentrarse en levantar unos escudos básicos de oclumancia. Apenas lo conseguía.

Tenía la impresión de que algo importante se había roto. Algo a lo que no sabía cómo llamar, que no le permitía echarse a llorar ni actuar con la mente clara. Un embotamiento que, tras un rato, recordó haber experimentado antes.

Cuando terminó su taza, la colocó en una orilla vacía del escritorio y se puso de pie, sosteniéndose de los reposabrazos de la silla. A pesar de que Pomfrey lo revisó y le dio pócimas para aliviarlo, las rodillas amenazaban con fallarle cuando se movía. Ella también decía que era normal y se pasaría. El problema era el cuándo.

—Dragón —Experimentó un débil mareo por lo rápido que se giró para encararla. La profesora A dio el último trago a su taza, la dejó a un lado, y se estiró para sostenerle el rostro con una mano. La forma en que le acariciaba la mejilla, trazando círculos con el pulgar, lo instaba a adormecerse. No podía. No debía—, tranquilo. Sólo un poco más. Ya estás bien, mi niño.

Ella lo peinó con dedos amables, limpiándole el cabello con el mismo encantamiento susurrado que utilizó para quitarle la suciedad de la ropa y piel. Le hacía pensar que así lo habría tratado su madre. La idea aumentaba el nudo en su garganta, obligándolo a tragar ese llanto que no terminaba de brotar.

—Todo va a estar bien —Le juró, besándole la frente. Draco parpadeó cuando tuvo la impresión de que sí, lo estaría, por un instante.

—¿Me puso algo en la bebida? —Le preguntó Draco, en un murmullo. Ella soltó una risita. Sonaba cansada.

—Es para darte energías, dragón. Las vas a necesitar.

Le agradeció en voz baja. Después de que le hubiese pedido decirle a Blaise que fuese a verla —por lo que sabía, estaba acompañando a Neville en la enfermería, mientras le sanaban los cortes que se hizo como lobo—, se dirigió hacia la puerta.

Nada más abrirla, se topó a Regulus de frente. Jamás había visto sus ojos tan apagados, ni su expresión endurecida de un modo aún peor que la de Severus. Llevaba la varita en una mano.

—McGonagall me dijo que te buscase —Le indicó, con voz plana. Draco tuvo un agujón de culpa en el pecho, que se tornó en una emoción más dolorosa cuando hizo ademán de sostenerle el brazo y su primo se apartó del contacto, sin cambiar su expresión—. Ven.

Asintió. Se despidió de la profesora con un gesto y lo siguió. Fawkes sobrevolaba por encima de su cabeza desde que llegó, en silencio la mayor parte del tiempo.

En cuanto hubiese ido con él, pensaba, intentando organizarse, buscaría a Blaise para decirle que su madre lo necesitaba en la oficina. Se aseguraría de que Neville en verdad estuviese bien. Preguntaría a la Orden qué harían con Voldemort cuando alcanzase el colegio. No debía faltar mucho. Quizás no pudiese Aparecerse, pero estaba seguro de que encontraría otras formas de transporte.

Regulus lo guio hacia las mazmorras. Con cada paso que daban, la incomodidad de Draco iba en aumento. Dio un vistazo alrededor, comprobó que no oía a nadie cerca. Estaba por preguntarle a dónde lo llevaba, cuando se detuvieron frente a la oficina de Severus.

Observó el par de baúles, en mitad del lugar, por encima de su hombro. Regulus mascullaba que se apresurase.

—McGonagall no está aquí, Reg.

Él ni siquiera lo miró; estaba más concentrado en encoger ambos baúles.

—No —Le replicó, de inmediato.

—¿Regulus...?

Su primo se metía los baúles miniatura en los bolsillos, iba por el saco de polvos flu, y le pedía que se acercase. Draco titubeó al caminar hacia él.

Cuando se aproximó lo suficiente, le agarró la muñeca con fuerza, lo obligó a abrir la mano y le puso un puñado de polvos verdes sobre la palma. Draco lo observaba, incrédulo.

—Tienes que gritar "Lyon" —Le aclaró Regulus, deprisa, sus palabras atropelladas entre sí—. Sé que queda lejos, pero conecté esta chimenea a…

Lyon. Le era familiar.

Lyon era una casa de los Black. Cuando la realización lo alcanzó, Draco dejó que los polvos flu se deslizasen fuera de su mano. Regulus le frunció el ceño y repitió su procedimiento, para llenarla de nuevo. Él volvió a tirarlos.

—¿Nos estamos yendo, Regulus?

No dudó. Ahí lo vio directo a los ojos.

—Sí.

Draco dio un paso hacia atrás, meneando la cabeza.

—Sabes que no pue-

—¡Claro que puedes, maldición! —Regulus estalló. Nunca lo había escuchado así. Unos estantes se sacudieron, una pieza de cristal cayó y produjo un ruido estridente al golpear el suelo—. ¡Puedes! ¡Puedes y lo harás- lo haremos! Esto no es problema tuyo. ¿Quién-Tú-Sabes viene hacia aquí? ¡Perfecto! Saben que viene, ¡maravilloso! Nosotros nos vamos, déjale el trabajo a ellos —Cerró los dedos en su antebrazo, ejerciendo presión hasta que a Draco no le quedó de otra que abrir la mano—. Nos vamos.

—No-

—¡Nos vamos! ¡No tienes que estar aquí, no te tienes que aguantar esto! Has tenido suficiente —Su expresión se contrajo, amenazando con empezar a llorar, por primera vez desde que recibió la noticia acerca de Severus—. Vámonos, Draco —Siguió, más bajo. La voz se le quebraba—, vámonos. No necesitas esto. Mírate, mira cómo estás. Deja que ellos lo resuelvan. Iremos al campo, estaremos viendo las estrellas, mientras ellos lo resuelven. Mañana habrá terminado.

—Y tal vez todos estén muertos.

No supo de dónde salió la seguridad para contestarle. La voz ya no le temblaba. El resto del cuerpo sí.

—Entonces —Regulus titubeó—, con mayor razón, hay que irnos ya. Tengo que sacarte de aquí ya. Se lo prometí. Le dije- nosotros…nosotros siempre…

Negó. Regulus lo veía con desesperación.

—No voy a ningún lado, Reg —Draco devolvió los polvos al saco esa vez, cuando su agarre se aflojó sin que lo notase—, tengo que quedarme.

—¿Por qué?

—Porque me marcó a mí —Se encogió de hombros—, y es a mí a quien busca. Y es...injusto hacer pagar a otras personas por-

—¿Por qué? —Regulus insistió, levantando la voz de nuevo, su tono agudizándose. No debió notarlo— ¿porque una vidente loca lo dice? ¿Porque una bola de cristal lo dice?

—Es una esfera de cristal de profe-

—¡Lo que sea! —Un armario completo se vino abajo, detrás de él. Ninguno se movió para comprobar su estado, ni apartaron la mirada del otro— ¡no me importa lo que sea, Draco! A ti nadie te preguntó si querías serlo, si querías meterte en todo esto. A tus padres nadie se los preguntó.

—Pero ne-

—¡Debes irte! ¡Debemos irnos! —Draco trastabilló hacia atrás cuando atrapó sus brazos. Apretaba fuerte. Se obligó a ahogar un quejido—. Vámonos, Draco. Vámonos ahora, deja que peleen, deja que se maten entre ellos. Ha sido suficiente. ¿No estás cansado?

. Formó una línea recta con los labios para callar su respuesta. La expresión de Regulus se suavizó al cambiar su agarre, pasó a sostenerle el rostro con una mano. Ahí, el contacto era más suave.

—Estás cansado, Draco. Lo siento mucho, siento no haberte cuidado lo suficiente como para evitarlo. Pero puedo hacerlo ahora, lo haré desde ahora —Se corrigió, aún hablaba deprisa—. Vámonos.

Cuando se apartó la siguiente vez, se lo permitió sin dificultades. Draco extendió las manos hacia él, para acunarle el rostro. Los ojos grises en que se veía reflejado estaban turbios.

—Estás mal, Regulus.

Su primo dio un par de asentimientos seguidos, frenéticos.

—Lo estoy, lo estoy. Vámonos para que deje de estarlo. Vámonos para descansar, los dos —Alzó las manos, colocándolas sobre las suyas—. Trae a Neville, si quieres. Maldición, trae a Harry, si quieres. Pero vámonos ya. Por favor.

Cuando su rostro volvió a sufrir de una contracción, no hubo forma de arreglarlo. Draco le ofreció los brazos e ignoró su retahíla de "por favor, por favor, por favor..." y "vámonos, Draco, vámonos".

Lágrimas le empaparon el hombro, allí donde Regulus enterró el rostro. Le dolía la espalda y los costados, por el agarre férreo con que lo envolvió. Por un instante, creyó que su primo lo metería a la chimenea de ese modo y los haría aparecer lejos, pero él no se movió más.

Al primer sollozo, le siguieron mil más. Sonidos ahogados, ininteligibles. Alaridos, súplicas estranguladas. Maldiciones. En algún momento, llamaba a Severus, y Draco apretó la mandíbula al sentir que le escocían los ojos. Pero no lo soltó.

Si lo soltaba, lo perdía. Si lo soltaba, se iba. Regulus necesitaba el soporte, mientras se rompía.

Draco cerró los ojos, intentó regular su respiración y permaneció ahí. Segundo a segundo, una parte de su mente que había aprendido de la peor manera a funcionar así, comenzaba a poner en marcha ideas sobre qué hacer.