Juegos mortales
Sumario: Draco Malfoy está desaparecido. El mundo mágico es reducido a un tablero; de un lado, el mago oscuro más tenebroso de todos los tiempos. Del otro, un adolescente.
Género: Aventura/Romance, fantasía, friendship.
Claves: Drarry eventual. AU. Perteneciente a la Serie ¡Cambio de Casa! (Draco!Elegido/Harry!Slytherin)
Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.
Armageddon II/II
Harry se aseguró de que Draco se colocase el anillo con la diminuta piedra oscura, donde le correspondía, antes de comenzar. Regulus acababa de contarles una historia acerca de tres astutos hermanos con magia, lo que creía que hacía y significaba —sumada a la intervención suya, comprobando que hacía lo que decían—, mientras terminaban los preparativos para recibirlo.
Draco llevó a cabo una última revisión rápida, buscando, llamando, obteniendo sonidos afirmativos a cambio. Le pidió que se encargase de uno de los lados, para aligerar el trabajo. Funcionaban mejor si lo dividían a la mitad.
Los libros de Historia de la Magia crearían sus propias versiones al respecto de lo sucedido ese día. Le otorgarían nombres estrafalarios, plasmarían escenarios dignos de una de las películas más taquilleras del mundo muggle. Cada autor podía interpretar al niño-que-vivió como mejor le pareciese, pocos en verdad se molestarían en hurgar en los hechos y conocer la lista real de nombres de quienes estuvieron presentes, pero estaba bien. Así eran las personas. Así era el mundo; mágico o muggle, no diferían.
Harry también tenía su manera de contarla. Estaba seguro de que, si bien podía no ser perfecta, porque los recuerdos se le sucedían sin orden, sueltos, difusos de a momentos, más nítidos cuando la tensión apenas lo dejaba respirar, al menos era más fiel a lo ocurrido de lo que podían presumir la mayor parte de los magos de Gran Bretaña, que no pararían de hablar del tema por meses, años, a partir de ese punto.
Su versión, de hecho, comenzaba allí donde Draco se aseguraba de que no se viese lo que tenía en el cinturón, rozándole la espalda, y lo localizaba al acercarse para decirle que todos estaban listos.
—¿Cuántos besos te parece que se merece alguien por idear un plan para derrotar al mago más tenebroso de todos los tiempos? —Le preguntó Draco, cosa que, por razones lógicas, nunca aparecería en ningún libro de historia.
—Alguien así se merece muchísimos más de los que puedo contar. Después —Harry se permitió sonar casi divertido porque hubiese sacado el tema en ese instante— de haberlo derrotado. No antes.
Draco pareció aceptarlo. Dio un vistazo alrededor, asegurándose de que no se verían por los barrotes que sellaban las tuberías a los estudiantes agachados, con las varitas en ristre. Un encantamiento de Flitwick debía mantenerlos escondidos frente a cualquier tipo de magia que a un mago oscuro se le pudiese ocurrir utilizar, si es que les daba la suficiente importancia a ellos, como para siquiera buscarlos; ninguno lo creía, pero no estaba de más prevenir.
Por un momento, Draco se vio inseguro, pese a la preparación, a la lógica que estaba detrás del plan y que fue confirmada por Pomfrey y Flitwick, como expertos en hechizos y fortaleza mágica de un individuo. Harry sabía que ese detalle tampoco habrá sido colocado en ningún libro, mas decidió almacenarlo en su memoria. Recordarse a sí mismo, cada día que le siguiese a aquel, que no fue el niño-que-vivió a quien tuvo al frente en ese momento. Fue a Draco, sencillamente. Draco, repasando sus ideas, temiendo poner en peligro a cualquier otra persona a causa de estas.
Era, en su opinión, mejor que cualquier imagen ideal de lo que un héroe tenía que ser.
Cuando estuvo listo, exhaló, lo vio y asintió. Harry le regresó el gesto.
El plan se ponía en marcha.
—0—
Explicar un juego de ajedrez mágico, modificado para asemejarse a la realidad, del que podía depender el futuro completo de la comunidad mágica británica, podía ser difícil para alguien que no tuviese ni idea de ajedrez. Del tablero y los movimientos que observó, mientras se organizaban, de las manos de Ron y Draco, lo que Harry entendió fue que debían seguir dos pasos y sólo existían dos posibilidades.
Tener al rey contrario en la casilla correcta, era un jaque automático, si el lado opuesto, en el siguiente turno, podía derribarlo con un movimiento. La cercanía sería lo único que determinaría su mate.
Podían ganar. O podían no ganar.
Simple, ¿no?
El que esperaba fuese el último juego comenzó en la calle principal de Hogsmeade, después de que un tal Aberforth hubiese sido advertido para refugiar a la comunidad en un espacio de su sótano, ampliado con magia. Algunos afirmarían haberlo visto, aunque era imposible, porque la calle se encontraba desierta cuando llegó, y quien hubiese estado presente, habría caído envenenado de inmediato.
Aun así, supongamos que un mago o bruja descuidado y de gran suerte, fue capaz de verlo cuando arribó. Lo que se habría encontrado al principio, le habría resultado difícilmente reconocible como Voldemort.
Atraía una nube negra detrás de sí, de esas que las brujas ancianas decían que eran malos presagios. La ropa oscura parecía alargarse, disolverse, transformarse en una contextura gaseosa y unirse a la dichosa nube. Luego un grupo de Aurores diría que los gases eran los causantes de la línea de muerte que atravesó el pueblo, el espacio donde las plantas murieron, la tierra se secó, y no volvería a crecer nada más en, al menos, veinte años. Nadie podía decir qué tipo de magia era aquella.
Debía tener los ojos por completo rojos, la ranura de serpiente en lugar de la pupila. Más facciones de Riddle que de Parkinson, con su pedazo de nariz faltante, sólo la mitad de la boca, la piel en carne viva de forma permanente, la marca verde, cada vez más extensa, donde el veneno de Nagini era retenido por su sistema para evitarle la muerte. Harry no sabría entonces que tenía las palmas de las manos como el cuero, por quemaduras del hechizo que arrojó sin prestar atención, durante su escape. Su silueta se desdibujaba con cada inhalación dificultosa; estaba claro por qué fue incapaz de sanarse a sí mismo, si apenas se sostenía.
Lo único que halló en el pueblo fue el retrato. Un poco rectangular, de marco grueso y ornamentado, que debió lustrarse por última vez en la época de los años 20. Mostraba a una jovencita agradable y de expresión suave, al comienzo de un sendero que aparentaba no llevar a ninguna parte.
Cuando Voldemort lo observó por el tiempo suficiente, la jovencita se echó a reír en silencio. En cuestión de un parpadeo, era Draco Malfoy quien se encontraba dentro del retrato.
Los historiadores en realidad no tendrían la más mínima idea de que un estudiante de Slytherin, llamado Theodore Nott, trabajaba en la ilusión al mismo tiempo que el profesor Flitwick, ambos escondidos en una de las casas-locales. Ni que fueron los responsables de darle vida al Draco que se recargó con los codos en el marco del retrato, sonriendo con sorna a un mago que otros habrían considerado aterrador.
La provocación era una técnica antigua y sencilla. Ya fuese por la naturaleza humana, o por alguna razón más compleja, no solía fallar. Esa vez tampoco lo hizo.
Theo después diría que contuvo la respiración cuando su campo de visión se llenó de humo negro. Profesor y estudiante se obligaron a permanecer concentrados en la magia ejercida para mantener viva la ilusión del niño-que-vivió. Jamás lo vio. Cuando los gases desaparecieron, el retrato continuaba sosteniéndose por sí mismo, en medio de la calle, sin nadie que lo ocupase, y Voldemort tampoco estaría por ninguna parte.
Luego Voldemort salía despedido de otro cuadro idéntico, en un punto bajo Hogwarts que la mayor parte de los libros sólo podrían asumir que era una construcción tan antigua como los Fundadores. Lo tenían en la Cámara, bajo capas de protecciones del colegio, para evitar Apariciones y despliegues masivos de magia oscura, cortesía de McGonagall.
Ese era el jaque.
Llegados a este punto, era la segunda parte del movimiento donde se tornaba problemático.
Voldemort se encontró de frente a Draco, el Draco real, parado en medio del pasillo que cortaba la Cámara de los Secretos. Cansado, solo. Desarmado.
Lo reconoció de inmediato. No sólo quién era, sino qué era.
Esto Harry no lo sabría hasta un par de días más tarde, cuando su novio diese una explicación más extensa a todos los que se vieron involucrados y merecían conocerla, por ser cercanos a él. Voldemort supo que ya no era su Horrocrux, desde el preciso instante en que puso los ojos en los suyos. Draco supo que el mago era consciente de esto. No se trataba de un hecho físico, sólo de un fenómeno imposible de explicar para alguien que no hubiese experimentado una conexión involuntaria con algún mago oscuro poderoso. Era la misma certeza de que aquello, todo, era una trampa. La misma certeza de que Voldemort estaba loco.
Lo atacó tan rápido que apenas lo vio. Un destello verde, dos palabras. Draco no se salió de su trayecto.
A pesar de que Draco se lo advirtió, sino hubiese sido porque Pansy, agazapada a su lado con el resto de los voluntarios para ayudarlo, lo detuvo, era probable que Harry lo hubiese arruinado en ese momento.
El corazón se le detuvo durante un interminable segundo, cuando lo observó desplomarse. Voldemort, varita en mano, miraba alrededor, buscando lo que seguía.
Los libros tendrían diferentes formas de comentarlo también, se debatiría, se crearían argumentos. Harry se iba por la opción simple: Voldemort era confiado. Lo bastante confiado como para creer que acababa de conseguir su victoria, lo bastante confiado como para saber que un adolescente de quince años, sin varita o con ella, nunca podría hacerle frente.
Lo bastante confiado como para batallar contra el conjunto de hechizos simultáneos que lo golpearon desde diferentes ángulos, agotándolo sin saberlo.
Lo bastante confiado, incluso, como para romper una de las reglas más básicas en un enfrentamiento.
No le des la espalda a quien no sepas que está acabado.
Sostenerlo un minuto fue más que suficiente para que lo hiciese. Cuando Draco volvió en sí, consciente de lo que tenía que hacerse, se arrastró sin generar ruidos de chapoteo y zafó el colmillo de Salazar, que no podía atacar por su cuenta a un heredero de Slytherin, del amarre que le hizo en su cinturón.
Se lanzó sobre su espalda, aprovechándose de que estaba inmovilizado y concentrado en otros asuntos. Lo enterró justo en medio de los omoplatos, arrancándole un sonido agudo, irregular, cuando su sistema entero reaccionó al veneno mágico, difuminándose, desvaneciéndose un instante y recobrándose en base a pura fuerza.
Sería como si hubiesen formado un pacto para nunca hablar del tema, una vez que saliesen de ahí. Para no recordarse lo horrible que fue.
El primer despliegue de magia resquebrajó la estructura de la Cámara. Draco se aferró a sus hombros, sacó el colmillo y se lo volvió a clavar en un costado de la garganta, dejando al líquido negro manar en todas direcciones y mancharlos a ambos. El segundo despliegue convirtió la cabeza de Slytherin, al fondo, en un grupo de escombros que levantaron capas de polvo y salpicaduras al golpear el suelo.
El último despliegue le sacó a Draco de encima, enviándolo contra unos escombros. Ya no se movió desde el golpe que tuvo en la cabeza contra una de las piedras, pero después le diría que también lo observó.
El deterioro de la carne, la destrucción desde adentro. Trozos completos consumidos por la marca verdusca de la mordida de Nagini, cuyo veneno no podía retener al mismo tiempo que el del Basilisco. La magia corroyéndolo del interior hacia afuera.
Trastabillaba mientras perdía fuerzas, la magia oscura convertida en líneas que brotaban lejos de él y se esfumaban sin conseguir más que armar alboroto. La cara desfigurada a la que se le caía la piel, le burbujeaba la sangre que resbalaba por esta, cuando tenía piel, cuando lograba mantener su cuerpo, y no se le notaban los huesos, los tendones, los músculos, poniéndose negros, encogiéndose, torciéndose.
Los contornos se desdibujaron, se disolvieron. Lucía como si cada pieza del cuerpo se le fuese a caer. Perdió la masa muscular, a medida que la magia lo tragaba. Se hacía más delgado, más pequeño, más débil, más delgado, más pequeño, más débil, más delgado...
Sólo hubo un grito más. Un sonido escalofriante que se repetiría en más de una pesadilla para quien lo hubiese conocido, casi un chirrido, más bestial que humano. Luego sucedió el estallido que terminó de devorarlo.
Lo único que quedó fue la ropa que Parkinson utilizaba el día en que lo poseyó, un par de varitas, y una densidad asfixiante en el aire, a causa de la magia liberada.
Voldemort había muerto.
Les juro que no recordaba que esto fuese tan tenso, vaya. Estoy un poco en shock, así que supongo que ustedes también, jajaja, perdón ¿?
No los pude salvar a todos, pero tengo un número de muertes menor que las de JK, eso hay que reconocérmelo :c
Falta un capítulo post-batalla y el epílogo. Y no, yo no me voy a saltar casi veinte años, por suerte, jAJAJA.
Nos leemos dentro de poquito ;)
