Fue un día normal. La noche era cálida y estrellada. La luna brillaba sobre sus cabezas. Era un día normal en la ciudad. Y de repente, todo se apagó. Y nada quedó.
Lloró. Se aferró a su cuerpo. Inerte y sangrante. No entendía cómo había pasado. Solo habían cruzado la calle para llegar a uno de sus puestos favoritos de comida rápida. De repente las llantas chillaron y ambos salieron volando por el cielo oscuro y brillante. El dolor fue rápido y frío. Mientras ambos estaban tirados en el suelo, él fue el único en poder levantarse y arrastrarse por el poroso asfalto. La tomó entre sus brazos y lloró su nombre. No respondió. Nunca respondió.
15 años después.
— Iremos a comer, ¿no vienes? —Cuestionó su moreno amigo. Kiba trató de sacarlo de su pequeño cubículo de trabajo.
— No. Me quedaré, gracias —Rechazó amablemente Naruto. Kiba no insistió y salió junto con los demás.
Naruto se dio la vuelta y regresó a su celular. La notificación fue clara. Su divorcio estaba hecho. Soltó un suspiro largo y cansado. Sintió que la pelea fue eterna. Nunca pensó que casarse joven iba a ser un impedimento en su futuro. Ahora se arrepentía.
Sus dedos se hundieron en su cabellera clara. Estaba agotado. Quería dormir. Con los problemas con su divorcio y con su trabajo sentía que toda su vitalidad era drenada. Quería llegar pronto a su casa. ¿Casa? No, ahora era departamento. Para evitar las discusiones interminables tomó sus cosas y se mudó a un departamento lo suficientemente lejos del radar de su ex esposa para que no lo encontrara. Solo duró un mes, después tuvo a su ex esposa esperándolo en el lobby todas las noches que llegaba del trabajo para discutir con él. Tuvo que pedirles a los empleados que no la dejaran pasar para que pudiera estar tranquilo.
Pensó que con la insistencia y con la dureza de su decisión iba a entender que entre ellos ya no había nada. Se había equivocado. Lo amenazó con no dejarlo ver a su hijo y con contarle sobre sus amoríos al juez. Al final ganó él. No había prueba suficiente para demostrar con él era el infiel. Sin embargo, él sí tuvo las pruebas para demostrar que ella tenía un amorío con un señor veinte años mayor que ella y, además, que era una madre irresponsable. Obtuvo la custodia de su hijo.
¿Por qué se casaron? Estaba seguro que nunca la amó. Por qué unieron sus vidas si entre ellos solo había un amor tan débil y forzado. Ah, ya lo recordaba.
Observó el fondo de pantalla de su celular. En el se encontraba un bello niño de tan solo siete años. Su amado hijo. Boruto. Un niño energético y algo travieso que era todo para él. Su único sustento para seguir adelante a pesar de que quería dormir y nunca despertar.
Todo era monótono. Todo era aburrido. Todo era gris y sombrío desde hace quince años.
Soltó un suspiro. Tomo sus cosas y salió a las calles de la ciudad. Pensó que fue estúpido rechazar la invitación de su amigo Kiba cuando era hora de comer. Se moría de hambre. Desde que comenzó a vivir solo el único platillo que comía eran sopas instantáneas. Comenzaba a anhelar una sazón diferente.
Caminó hacia la parada peatonal y esperó a que el semáforo se pusiera en rojo. Luz roja. Caminó junto a los demás. Cruzó. Sus pasos sonaron. Era un día normal. La luz de la luna era hermosa y brillante. Las estrellas eran más notorias y bellas. Entonces… la vio.
Pequeña. Con un bello conjunto pálido y elegante. Unos altos tacones rojos que contrastaban con su ropa. Mejillas coloreadas. Un delineado perfeto. Altas pestañas. Labios rojos. Su largo y sedoso cabello ahora era corto y arreglado en un peinado simple, pero bonito. Y sus ojos… seguían igual de bellos y místicos como la primera vez que los vio.
El tiempo pasó lento. Ambos siguieron caminando. No se detuvieron. El semáforo estaba en rojo, luego en verde. Ella siguió con su camino. No se detuvo y se giró a verlo. Solo él. Solo él paró su mundo y se detuvo a verla. Nada cambió en ella. Seguía igual de hermosa.
— Hinata… —Susurró su nombre y se perdió entre los soplos del viento. No corrió. No fue detrás de ella. ¿Por qué? Porque tendría que presentarse. Tendría que decirle su nombre. Tendría que aprenderlo. Porque no lo recordaba.
Se dio la vuelta y continuó su camino. Su cuerpo vibraba y pedía seguirla, pero su dañado corazón lo impulsaba a seguir caminando. Nada iba a cambiar. Después de quince años nada cambió. ¿Cuál iba a ser la diferencia si ella repetía su nombre?
Sabrá que existo. Podre hablar con ella. Se respondió. Se detuvo. Su aliento chocó contra la frialdad del viento. Su pecho se hinchó. Lo pensó. Apretó los puños y se dio la vuelta. Corrió. Cruzó la calle mientras el verde alumbraba la calle. No le importó. La vio. Acelero. Su voz se soltó. Nadie podía volver a detenerlo.
— ¡Hinata! —Fue libertad. Fue felicidad cuando sus bellos ojos lilas lo vieron. Fue un anhelo cuando esperó a escuchar su voz. Y fue alegría cuando la escuchó.
— ¿Me llamó a mí? —Se apuntó inocentemente. Confundida, voltio a ambos lados, buscando a otra persona a la cual pudo haber llamado en vez de ella.
Naruto tragó—. Sí —Asintió—. Te llamé a ti.
— ¿Me conoces? —Preguntó. No lo conocía. No lo recordaba.
— Sí, pero tú no a mí —Sonrió a pesar de que esas palabras le dolieron.
— Ah, lo siento. Eh, tuve un accidente hace un par de años y no puedo… —Trató de explicar su condición, pero Naruto la detuvo.
— Lo sé —Observó sus zapatos. Cuando Hinata lo miraba, no podía evitar recordar cuando lo observaron sin vida y opacos. Fue un recuerdo aterrador.
Ambos guardaron silencio. Hinata se culpó por no poder recordarlo. Hace quince años había sufrido una contusión cerebral después de que fue atropellada por un conductor ebrio. Lo último que recordó antes de que todo se volviera oscuro fue su nombre. Después todo fue blanco y olía a desinfectante. Estaba en el hospital. No recordaba quienes eran los que la observaban llorosos y la abrazaban con afecto. No recordaba a quién se referían cuando pronunciaban Hinata. Todo se volvió silencio cuando dijo "quiénes son ustedes". Tenía amnesia. Durante quince años trató de volver a la normalidad. Fue duró no poder recordar nada antes del accidente. E incluso ahora, después de quince años, aún tenía problemas debido a sus recuerdos perdidos.
— Perdón, pero yo… qué era de ti. No lo recuerdo.
Guardó silencio ante su pregunta. Quiso decírselo, pero no podía. Porque ella estaba mejor sin él. Después de quince años supo que lo que le había restregado con repulsión y odio el padre de ella era verdad. Ella, una chica de la alta sociedad, hija de un fiscal no tenía nada que hacer con el hijo bastardo de un hombre casado y huérfano desde los quince. Durante todos los años de su relación, el padre de Hinata siempre lo tachó de un mendigo sin futuro que no podía aportarle nada a su hija. Y tuvo razón. A los treinta se dio cuenta que todo lo que le escupió a la cara durante cinco años fue verdad. Y a los treinta y seis años lo aceptó. No tenía nada que ofrecerle. Era un divorciado con un hijo de tan solo siete años que tuvo después de una noche irresponsable que lo obligó a atar su vida con una mujer que nunca amó. Con un trabajo normal de camarógrafo y con un sueldo nada sorprendente. Nada en comparación de ella. Una actriz de primera categoría galardonada por sus excelentes actuaciones. Vio todas sus peliculas y comprendió lo lejos que estaba de él.
— Si te lo digo… ¿me creerás? —Observó sus ojos. Tan intensamente que Hinata sintió que veía dentro de ella. Y por una extraña razón, confió en él. Asintió. Naruto no dijo nada durante varios segundos—. Ja —Rio suavemente—. Fuimos compañeros desde secundaria hasta la universidad —Sí. Se conocieron en la secundaria. Se amaron durante el bachillerato. Y se dijeron adiós en la universidad.
— ¿Solo eso? —Se sintió decepcionada. No lo recordaba, pero algo en él le resultaba familiar. Algo en él hacia que su memoria sintiera un apego. Fue extraño. No lo recordaba, pero su mente lo familiarizaba. Con él, sentía una comodidad y un calor familiar. Le pareció absurdo que solo fueran compañeros para sentirse de ese modo.
Naruto no respondió. Volvió a reír y jugó con sus manos.
— Ya es tarde, creo que debería volver —Trató de irse, pero ella lo detuvo.
— ¡Espera! —Lo sostuvo de la mano. No quería que se fuera. Quería que le dijera que era de ella realmente. Quería que le dijera lo que trataba de ocultar—. Dime. Necesito que me digas. No te recuerdo, pero mi cuerpo lo hace —Apretó su agarre—. Esa sensación. Este calor. Esta familiaridad. Es como un déjà vu.
El contacto ardió. Quiso girarse. Quiso decirle la verdad. Pero las palabras de su padre volvieron a su mente. Y se recordó que no tenía nada que ofrecerle. Se soltó.
— Lo siento.
— ¡Espera!
— ¡Mamá!
Ambos se detuvieron. Un cuerpo pequeño se unió con los dos adultos que conversaban. Unas manos pequeñas se aferraron a la tela de las prendas de su madre. Observó curiosa a la hombre alto y amarillo que la observaba sorprendido y melancólico.
— ¿Quién es él mamá? —Preguntó curiosa aún sin dejar de ver al hombre amarillo.
— Ah, él es… —No contestó. Porque ella tampoco sabía qué fue él de ella.
— ¡Himawari!
Un cuarto se unió. Alto. Con una cabellera algo larga y desordenada. Pálido y atractivo. Llegó con ambas mujeres y cargó a la pequeña en sus brazos. Después observó al hombre rubio que observaba al otro hombre con dolor.
— ¿Quién es él? —Se giró a su esposa. La pequeña lo abrazo y jugueteo con sus cabellos, ignorando a los tres adultos.
— Yo…
— ¡Soy un antiguo conocido! —Se apresuró a aclarar. Rio y se sintió patético.
— Me conocía antes del accidente —Le reveló a su esposo. El hombre sonrió y extendió la mano.
— Mucho gusto. Soy Sasuke Uchiha. Me alegra conocer a alguien que conoce a mi esposa antes del accidente que tuvo hace quince años —Esperó a que estrechara su mano.
— Es un gusto. Soy Naruto Uzumaki —Aceptó el apretón de manos. Y por una extraña razón, se sintió derrotado con ese simple apretón.
— Por cierto, por qué Himawari vino corriendo —Hinata se giró hacia su esposo y lo regaño.
— Te vio y salió corriendo. No me hizo caso cuando le dije que parara y tuve que salir detrás de ella —Explicó.
— Hima, mamá solo fue por algo de efectivo al auto. Tenías que esperar. Que tan si un carro te atropellada o alguien te llevaba. ¡No lo vuelvas a hacer! —Regañó suavemente.
La pequeña asintió triste. Hinata sonrió y beso una de sus mejillas. Después se giró hacia Naruto. Quiso volver a insistir, pero ahora estaba su esposo. No quería que malentendiera las cosas.
— Yo… lamento haberte detenido. Lo dejo. Fue un gusto volver a verte —Se despidió. Los observó. Ambos hacían una familia hermosa y cálida. Un matrimonio feliz y unido. Solido. Ambos habían unido sus vidas hace ocho años y habían traído a la vida con su unión hace cinco años a una bella niña. Y pronto traerían a otro. Bajó la vista y observó su casi imperceptible vientre abultado. La noticia fue tendencia. Era imposible que no lo supiera. Tres meses. Solo tenía tres meses de embarazo. Sintió que su corazón moría con solo ver el fruto del amor de entre los dos. Se dio la vuelta y abandonó el lugar.
— ¡Mamá, tengo hambre!
La pequeña interrumpió antes de que Hinata corriera detrás de Naruto. Sus pies no se movieron. Observó a su hija y después a su esposo. Volteó a ver por donde se había ido Naruto. Quería ir detrás de él, pero algo le decía que si sabía quién era él, qué fue de ella; su familia se desmoronaría en cuestión de segundos. No lo hizo. Sonrió. Observó a su esposo y lo besó.
— Vamos, yo también tengo hambre.
Sasuke sonrió. Tomó la mano de Hinata y la unió con la suya. Ambos caminaron hacia el restaurante que, por una extraña razón, no aceptaban tarjetas.
Sin que Sasuke, sin que su hija y sin que el mundo se diera cuenta, Hinata giró y observó que Naruto entraba en un edificio de seis pisos. El edificio que le pertenecía al noticiero número uno del país.
Sonrió y siguió con su manino.
