Semanas antes...

Draco Malfoy entraba al aula de pociones, sus compañeros lo miraban atentamente, volver a Hogwarts después de esas vacaciones había sido duro, no había podido ver a sus padres, había estado encerrado en la antigua casa de los Black con su tío Sirius y el licántropo como única compañía, se le había dado un permiso especial para usar magia y, claro, había aprendido a hacer un patronus corpóreo pero había sido sometido a interrogatorios con veritaserum por parte de la orden y no le habían dejado enviar cartas a sus padres hasta apenas una semana atrás, hacer las cosas de la manera correcta no era tan fácil como parecía, menos cuando todos los "buenos" dudaban de tus intenciones.

Al menos sus compañeros habían sido abiertos y comprensivos: "La familia es lo primero" un lema que unía a los Slytherin: más allá de las ambiciones, el poder, la grandeza siempre iban a estar los tuyos y, para ser tan jóvenes, los Slytherin lo comprendían perfectamente; salvar el cuello de Potter era un efecto colateral de haber salvado a su tío, a su padre, a los padres de algunos de sus compañeros y a sí mismo, si Potter tenía que sobrevivir un poco más para que las familias de los Slytherin estuvieran completas que así fuera, aunque tuviera que enfrentarse a la ira del señor de su padre o a la de su padre mismo; él no quería ser un mortífago, no quería obedecer servilmente y no quería a su familia muerta o en Azkaban, no tenía por qué arrepentirse, o al menos eso se decía cada día al espejo desde que impidió que Potter fuera al ministerio el año pasado.

Este año su padrino no sería el maestro de pociones, en su lugar tenían a un viejo que desde el viaje en el expreso de Hogwarts no lo había dejado en paz, era obvio que solo buscaba acercarse a jóvenes poderosos y famosos para conseguir lo que él deseaba, acercarse al reconocimiento que sus alumnos tenían o tendrían en un futuro, esa clase de interés no hacía más que enfermar al Dragón.

El aroma de los calderos y los ingredientes de las pociones reconfortaba al rubio, al fin algo familiar a lo que aferrarse.

En sus cartas su madre le pedía que siguiera por el camino que había elegido, le contaba cómo su padre agradecía estar fuera del alcance de Voldemort a pesar de que las circunstancias los habían obligado a recibir la ayuda de Dobby: su antiguo elfo doméstico, había algo extraño en eso, él creía que la pequeña criatura no los ayudaría, cuando Sirius le dijo que Dobby era el encargado de sus padres Draco pensó lo peor, no creía que, después de las torturas que le habían dado, la criatura los ayudaría. Nadie se lo había dicho pero Draco sabía que la razón más fuerte de que ese extraño elfo los ayudara era Potter, Dobby haría lo que fuera que Potter le pidiera. Siguiendo por ese camino, Draco no había hablado con el ojiverde desde aquella vez, se sentía incómodo con todo lo ocurrido; si, le había salvado de una trampa pero estaba seguro de que el chico dorado no querría hablarle.

-Amortentia-Dijo Granger- produce un intenso encaprichamiento, una obsesión. Un experto fabricante de pociones puede generar un poderoso enamoramiento, pero nadie ha conseguido todavía crear el único sentimiento verdaderamente indestructible, eterno e incondicional que merece ser llamado amor.

-Probablemente sea la poción más poderosa y peligrosa en esta aula- Completo Slughorn- Bien, señorita Granger, diez puntos para Gryffindor.

Blaise rodó los ojos y Draco levantó una ceja, el nuevo profesor era bastante extraño, el rubio había pensado que los pondría a preparar Filtro de muertos en vida o Wiggenweld, nunca pensó que los haría preparar Amortentia, menos sabiendo que tardarían tres semanas, claro, tampoco pensó ver a Potter de regreso en esa aula, el nido de pájaros en su cabeza le estaba sacando de quicio.

-Ahora, veremos cómo están sus pociones, para este punto deberían estar listas, Harry, Draco ¿Podrían?

Draco se levantó perezosamente y comenzó a olfatear los calderos de sus compañeros, a verificar el vapor, el color, el brillo; Potter hacía lo mismo del otro lado del aula. Draco llegó al caldero de Potter, en su lugar había un libro viejo y desgastado, su poción parecía perfecta, el brillo era correcto, el vapor subía en espirales, el color… no parecía, en definitiva, una poción hecha por Potter, inhaló profundamente y percibió los mismos aromas que en las pociones bien hechas: chocolate amargo, el aroma de las manos de su madre y algo… un aroma extraño, como a metal y cera de vela que por alguna razón ahora parecía más fuerte, ladeó su cabeza extrañado y volvió a inhalar, los aromas seguían allí y el tercero seguía siendo más fuerte que los otros, seguramente Potter hizo algo mal, pensó Draco mientras inhalaba nuevamente, los aromas lo envolvían y su mente seguía buscando la falla en aquella poción aparentemente perfecta.

-¿Se te perdió algo Malfoy?-preguntó una voz muy familiar, las primeras palabras que le dirigía Potter desde el día que le salvó- ¿Hay algo malo en mi poción?

Draco volteó rápidamente y chocó con el pecho del León, el aroma que había estado percibiendo en su Amortentia, el último olor ¡Era Potter!

Sintió la sangre agolparse en sus mejillas, una desgracia ser tan pálido como era ya que el sonrojo era plenamente notorio, el pelinegro lo miró extrañado, ladeando la cabeza y pasando una mano por su desordenado cabello dejándolo aún más despeinado: Potter estaba nervioso, el Dragón lo sabía por los años de observarlo. Su corazón palpitaba rápidamente más se tranquilizó, arregló su túnica quitando motas de polvo inexistente, levantó una ceja y se dirigió al escritorio del profesor Slughorn para darle las notas que había tomado de las pociones de sus compañeros. Mientras el profesor comparaba las notas con los calderos correspondientes Draco pudo pensar, su pulso se aceleraba cada vez que volteaba la mirada al lugar de Potter y tratar de ignorarlo sería prácticamente imposible pues no le quitaba las esmeraldas de encima, podía sentir su mirada pegada a su piel, quemándole cual fuego, fija en él; levantó la mirada, sus ojos se encontraron, plata contra esmeralda, Draco podía sentir su corazón en su garganta, sabía que nadie lo notaba, nadie que no lo conociera al menos, pero él lo sentía, su cabeza estaba revuelta tratando de explicar lógicamente por qué el ultimo aroma de su Amortentia sería la cálida esencia que destilaba la piel de Potter, al menos de explicarlo sin tener que decirse a sí mismo lo que ya sabía porque aquello no podía ser real, quizás se había equivocado, si, seguramente sería eso, miró su caldero, su poción era perfecta, acercó discretamente su rostro e inhaló, chocolate amargo, las manos de su madre y metal y cera de vela: el aroma de la piel de Potter; sus miradas seguían conectadas, la del pelinegro parecía más tranquila, pensativa, Draco asintió ligeramente ganándose una mirada de sorpresa por parte del pelinegro y rompió el contacto, miró a Blaise quien tenía una ceja levantada y disintió quitándole importancia, sabía que el moreno no se quedaría con la duda, estaba seguro de que le preguntaría en cuanto se quedaran solos lo que significaba que tendría que inventar algo.

Inhaló profundamente, memorizando los aromas, apreciando su propio trabajo, supuso que siempre fue consciente del olor de Potter, una parte de su cerebro lo había registrado de las muchas veces que pelearon, no quería decirlo pero exponerse a sí mismo a la Amortentia lo había obligado a admitir un secreto que su propia cabeza había escondido incluso antes de ser consciente:

Estaba enamorado de Potter y eso solo podía significar una cosa:

Estaba jodido.