Los Gryffindor tenían un plan: era un plan raro y con bastantes fallas, pero eso no importaba, no tenían mucho tiempo antes de que llegara Sirius y, si no querían que Harry fuera expuesto ante toda la escuela tenían que actuar rápidamente. Claro, se supone que Hermione y Ron tenían que guardar el secreto, pero el error fue de Harry al creer que podía revelarles algo como eso sin que lo dijeran. Vale, revelarle a Ron algo como eso sin exponerse a que aquel bocazas dijera algo. El pelirrojo no se sentía avergonzado por haberlo dicho, ni siquiera se había dado cuenta del momento en que lo hizo, lo único que parecía importarle era hacer que Harry se confesara antes de la llegada de Sirius y eso era lo que lo había llevado al extremo de contactar con una de las serpientes: caminaba con su séquito de Gryffindors detrás, tratando de pasar desapercibido, bueno al menos lo más desapercibido que un Gryffindor puede, y haciendo aún más obvio (si es que era posible) que planeaban algo grande.
Blaise Zabini rodó los ojos al verlo aparecer con todo el ejército de leones, no debía sorprenderle, claro está, Ronald Weasley no era el chico más astuto, aunque tampoco esperaba que fuese tan obvio.
Los alumnos más jóvenes miraban atentamente la mole de leones que caminaban directo a una serpiente, ese era el sábado más raro que habían vivido hasta ahora: los leones levantándose temprano, moviéndose silenciosamente hacia una serpiente mientras mantenían semblantes serios y amenazantes, vamos, ese no era un espectáculo que se disfrutara diariamente.
El pelirrojo localizó al moreno y asintió en su dirección, se apresuró a acercarse aun dudando un poco de su decisión pero todo por Harry; se dieron un ligero apretón de manos como saludo y se dispusieron a caminar hacia los jardines, nadie hablaba, es más, parecían incluso contener la respiración, como si tuvieran miedo de romper la extraña tregua que se había levantado entre ellos desde el día anterior.
El Slytherin iba solo a diferencia del Gryffindor, si necesitaba la ayuda de los suyos para lo que planeaba hacer ellos lo sabrían.
Llegaron frente al lago negro, el moreno volteo lentamente, como si estuviera aburrido con todo aquello, miró al pelirrojo, se cruzó de brazos y levantó una ceja al tiempo que lo señalaba con la barbilla indicándole que comenzara a hablar; un ligero gruñido general se levantó entre los leones despreciando, como siempre, la "actitud de superioridad" con la que actuaban las serpientes lo cual hizo que el italiano rodara los ojos y llevara grácilmente su mano a su sien derecha frotándola ligeramente, no entendía cómo podían ofenderse con un simple movimiento.
-¿De qué querías hablar, Weasley?- dijo cansinamente
Ron lo miró con recelo, tal vez todo eso no era buena idea después de todo, estaba a punto de revelarle el gran secreto de su mejor amigo a una serpiente, podrían usarlo en su contra, su cabeza comenzó a darle vueltas al asunto mientras su mirada se endurecía y sus labios se fruncían en un intento vago de no hablar
-Es sobre la serpiente albina- Dijo, rindiéndose y arriesgándose, tirándose de cabeza al peligro como buen Gryffindor- y sobre Harry
Si al otro le sorprendió Ron no pudo notarlo, la única reacción que mostró fue un ligero asentimiento y una mirada de fastidio, ese engreído estaba comenzando a sacarlo de quicio.
-Dinos lo que sabes, Zabini- exigió con toda la delicadeza de la que era capaz en ese momento: ninguna
El joven italiano sonrió con burla y disintió con la cabeza.
-Sé que tu amigo está enamorado de Draco- soltó de golpe.
Una mirada llena de confianza, una ceja levantada, una media sonrisa maliciosa, los brazos cruzados elegantemente sobre el pecho y una pose de superioridad sumados a las palabras recientemente dichas descolocaron al pelirrojo y a todo su séquito de leones, el ambiente se tensó más una risa honesta los hizo bajar la guardia, nunca habían escuchado al moreno reír, a ningún Slytherin en realidad, al menos no sin el cinismo que los caracterizaba, era un sonido extraño viniendo de la mano derecha del más joven de los Malfoy.
-La información es un tesoro valioso, Weasley-dijo el moreno- hay que aprender a conseguirla antes que nadie y mantenerla en secreto para que tenga utilidad... claro, que también hay que aprender a verificarla o esconderla.
Le dio una mirada significativa al pecoso, alzó levemente la comisura de sus labios en una discreta sonrisa y se relajó, Ron lo miró extrañado pero más confiado, vaya que era fácil ganarse la confianza de los leones.
-Entonces, el patronus de Potter... -indagó el moreno
-¿Cómo supiste eso?- Preguntó alarmado el pelirrojo, volteando de un lado a otro, tratando de hallar al culpable de revelar esa información
Los leones buscaban entre los suyos al traidor, miradas recelosas volaban de un lado a otro, un gruñido leve levantándose en el aire que se cortó con el sonido de la risa de la serpiente, todas las miradas se posaron en él.
-Acabas de confirmarlo, Comadreja- El tono amistoso en su voz abstuvo a Ron de cualquier reacción violenta y en cambio sonrió, abiertamente, bajando por completo la guardia frente a una serpiente- Creo que ustedes los Gryffindor deben aprender a controlar sus reacciones.
El diálogo se había abierto y la tregua temporal había echado raíces más firmes mientras los mejores amigos de los implicados planeaban cómo acercarlos, ese definitivamente sería un sábado en que los jóvenes alumnos de Hogwarts no lamentarían no poder ir a Hogsmade.
Un muchacho de platinado cabello miraba por la ventana de su habitación en las mazmorras, perdiendo su vista en las profundidades del lago negro en solitaria meditación, aunque en realidad solo le daba vueltas en su cabeza a la idea de hablar con cierto león de ojos esmeralda. No se animaba tan fácilmente, ni con las palabras de aliento de su madre o de su tío, arrugó sin darse cuenta la carta del animago, apretándola con fuerza mientras planeaba, como buena serpiente no podía dar un solo paso sin haber anticipado las consecuencias.
Su corazón latía fuertemente como queriendo salir de su pecho; él sabía que no estaba del todo enamorado, que era un sentimiento que estaba naciendo y tomando fuerza dentro de sí, lo sabía porque de lo contrario su Amortentia olería únicamente a él, porque si estuviese perdido, al menos tan perdido como creían que lo estaba, no habría caído en la broma de sus compañeros porque el aroma a él habría sido completamente obvio pero también sabía que lo estaba, que en verdad estaba perdido, jodido por completo: el amor no es un sentimiento que se controle o que se oculte, tarde o temprano sale a relucir, brillante como los galeones en su cuenta de Gringotts o como su patronus, sabía también que él mismo no quería frenarlo; ahora que le había estado dando vueltas toda la mañana notaba lo natural que parecía ese sentimiento por ese pelinegro dentro de sí, familiar como respirar o como su magia, como si solo hubiera estado aguardando a que lo aceptara para darle la noticia de que, en realidad, siempre había estado allí, creciendo lentamente, instalándose profundo en su alma.
El Dragón suspiró, cerró los ojos y se talló los párpados echando la cabeza hacia atrás, se sentía cansado pero en cierto modo libre, probablemente sería por haberlo admitido ante los suyos y ante sí mismo; tomó su varita y la rodó en sus manos, estaba nervioso, sabía que Blaise no se quedaría de brazos cruzados y cuando algo se le metía en la cabeza al italiano era difícil sacárselo, si no es que imposible. Pasó su mano por su cabello, desordenándolo en un gesto adquirido de nerviosismo, sonrió con ironía: ese era el gesto que le había metido en ese problema, escuchó otra respiración en su habitación pero en lugar de reaccionar simplemente invocó su patronus, se imaginaba de quien se trataba y él era tonto si creía que el rubio no sabía que lo espiaba, más tonto aun si no se daba cuenta de las reacciones que lo ponían en evidencia. Un lobo plateado salió de la punta de su varita, orgulloso, fuerte, pero extrañamente solitario, en esos últimos días el cuervo se negaba a aparecer, quizás, pensó el platinado, quizás su alma se había asentado en esa única forma; el lobo paseo por toda la habitación, explorando con elegancia y deteniéndose frente a la cama del rubio, mirando fijamente un punto, el aristócrata observaba el comportamiento de su patronus con interés, él no era el único que notaba la extraña presencia en su cuarto; repentinamente apareció otra figura plateada frente al lobo: un cuervo, su fiel compañero pero la magia no era la del rubio, era diferente, igual de poderosa pero más volátil, salvaje, incontrolable; el lobo se acercó al cuervo con cautela mientras este aleteaba, se posó sobre la nariz plateada y alzó el vuelo nuevamente, jugueteando con el lobo como retándolo a alcanzarlo.
-No eres muy bueno escondiéndote ¿Verdad?- preguntó el rubio a la solitaria habitación- ¿Desde cuándo tu Patronus completa al mío?
Una figura apareció gradualmente en la habitación del Slytherin, no parecía tener la más mínima intención de esconderse o al menos eso era lo que decía la determinación en su mirada, ambos patronus jugaban distraídamente mientras los magos a los que les pertenecían se miraban, verde contra plata, con la misma fortaleza con que se habían enfrentado en el pasado ambas miradas se sostenían.
-¿Sabes que mientras pasas el tiempo espiándome tu amigo pelirrojo está tramando algo allí arriba con Blaise?- pregunto el rubio y volvió su mirada al lago.
-No creo que sea buena idea que empiecen a juntarse- contestó, las primeras palabras que se dirigían desde aquella clase de Pociones- y sobre lo otro... No tengo idea, hace unos días comenzó a aparecer el cuervo cada vez que trataba de conjurar mi patronus, en todo caso yo podría preguntarte por qué tu cuervo ya no aparece; y no tenía intención de esconderme, Malfoy, al menos no de ti...
El de lentes se sentó al lado del platinado perdiendo también su mirada en el lago negro, sentía su corazón en la garganta y su magia se estaba descontrolando como cada vez que se sentía nervioso, trató de respirar con normalidad pero sus pulmones se negaban a cooperar, la mirada plateada se alejó de la ventana y se posó en el pelinegro, el aristócrata ladeo su cabeza y, recordando las palabras de su madre, liberó un poco de su magia y dejó que se acercara al otro chico al tiempo que volvía su mirada a la ventana; la caprichosa magia del menor luchaba agresivamente contra la propia más el joven dejó que se acostumbrara, poco a poco pudo calmarla y devolverla al control de su propietario original. Harry no podía creer lo relajado que se sentía con la magia del otro chico rodeándole, calmándolo, lo miró fijamente, estudiando cada movimiento y preguntándose cómo, en nombre de Merlín, ese chico podía tener tantos efectos sobre él.
-También te escribió Sirius ¿Verdad?- preguntó el ojiverde, un asentimiento fue la única respuesta que recibió- Hay algo de lo que necesito hablarte, Malfoy
El mayor sonrió y disintió con la cabeza, allí estaba esa actitud Gryffindor insoportable, se acomodó en el sofá abrazando sus rodillas y, sin despegar la vista de la ventana, habló.
-¿Podrías posponerlo hasta que estemos realmente seguros de qué demonios está pasando?
-Yo estoy seguro... Draco
