-¡Me llamaste Harry!

-¿En verdad quieres escuchar esto?-Preguntó el rubio alzando una ceja- Ni siquiera he empezado la historia y tú ya estas interrumpiendo.

-Sí, lo lamento- contestó el pelinegro.

No pudo esconder su felicidad, su sonrisa se extendió brillante en su rostro y es que el León era alguien apasionado y muy fácil de leer, sus expresiones siempre le delataban; asintió hacia el Dragón indicándole que podía seguir, que no le interrumpiría, sus orbes esmeralda lo miraron con profundidad cuando abrió los labios para continuar.

-Ambos reinos estaban en guerra hacía siglos- El tono de su voz era bajo, como un siseo continuo, hipnotizante y relajante-la magia que residía en cada habitante crujía llena de furia, tratando de ganar más terreno en el campo de batalla, de controlar al adversario. Entre ellos una guerrera destacaba: sus cabellos rizos, negros con brillos violetas, su piel morena y ojos ambarinos como flamas salidas del mismo infierno no encajaban entre las cabelleras rubias y pelirrojas de sus compañeros. Poseía una varita poderosa: centro de fénix, roble inglés, 27.30 centímetros de largo pero no la necesitaba para controlar su magia y peleaba al estilo de los muggles con un par de espadas y un arco; era formidable, una leyenda viviente de gran fuerza física y poder mágico abrumador, no había un solo oponente que lograra doblegarla, ni siquiera estando al borde de la muerte se rendía, ese fuego que residía dentro de ella la hacía imparable. Cicatrices en su cuerpo provocadas por heridas antiguas que no sanaron como debían ni con ayuda de su magia que se ocupaba más en mantenerla viva; ojos grandes, labios rosas y cuerpo fuerte, la espalda un tanto ancha y cintura no tan marcada, al menos no para una mujer: atractiva, claro pero nadie se fijaba realmente en ello, no cuando por esas superficialidades podías convertirte en su próxima víctima.

Atractiva, formidable, una guerrera excelente pero muy extraña: pasaba su tiempo lejos de batalla solitaria o con la única compañía de las criaturas que habitaban en las cercanías, nadie se aventuraba a acercarse e interrumpirla pues le temían: el que no usara su varita era un claro indicador de que había entendido su propia magia a tal punto de poder manifestarla de modo tan sencillo como respirar.

Al igual que ella, pero del lado contrario había un chico, un soldado que recién entraba al campo de batalla, novato pero no por ello menos impresionante, tan poderoso como ella, su ferocidad y habilidad eran sólo comparables con las de la guerrera; de sonrisa brillante y humor bastante alegre, cuerpo fuerte, musculoso, cabellos negros, lacios y ojos chocolate, casi como si pertenecieran a la misma familia, un joven amable poseedor de una magia disciplinada y un brillo dentro de sí que atraía a las personas hacia él. Al igual que ella poseía una varita: centro de dragón, avellano, 36.83 centímetros de largo; a pesar de que él tampoco la necesitaba la utilizaba, sabía las historias sobre aquella bruja y no necesitaba generar ese temor también hacia él.

En medio de la guerra ambos jóvenes debían encontrarse, sus miradas chocolatosas se cruzaron en medio de una batalla entre los dos ejércitos, parecían poder comunicarse sin necesidad de palabras, sus magias danzando lentamente alrededor de la otra, atrayéndose, repeliéndose, peleando por dominar, tratando de intimidar al otro. Como si una fuerza magnética los atrajera entre sí se abalanzaron sobre el otro, ignorando completamente a los demás contrincantes, sus ojos fijos en su opuesto, como si el objetivo de su vida fuese encontrarse; la bruja desenfundó su espada y sin dudar un solo momento la blandió contra el mago, la hoja afilada se encontró con la piel de su contrincante en un corte profundo justo en el costado izquierdo de su cuerpo, la sangre mágica manchó la espada, recorriéndola hasta el mango donde alcanzó la piel de la guerrera, su mano se cubría de la viscosa esencia de la vida. El mago por su parte en su intento de defensa había provocado cortes mágicos en la clavícula de la joven manchando su rostro con la cálida sangre de la bruja. Sus magias crujieron, fúricas ante tal descaro más los guerreros siguieron peleando, una con sus espadas, el otro con su magia y ambos con el único objetivo de acabar con el otro; sus miradas no se desconectaban, luchaban una con la otra y se comunicaban, parecían conocer exactamente los movimientos del otro antes de que los hiciera, sus ataques, sus reacciones, como una danza bien coreografiada, una lucha a muerte, hasta que alguno de los dos cayera.

Sus magias peleaban entre ellas con fuerza, chocando, provocando desastres alrededor, la furia contenida en ambos cuerpos parecía ser suficiente para acabar con ambos reinos más el final fue otro.

Una de las espadas de la joven bruja alcanzó el corazón de su contrincante al tiempo que recibía la maldición asesina del mismo, cayeron ambos, sus cuerpos inertes en el campo de batalla, las demás luchas cesaron por la sorpresa y algo extraordinario pasó en aquel momento, como última manifestación de su magia sus patronus aparecieron justo sobre sus cuerpos: una Tyto Alba en el pecho de la bruja y un Melanocetus Johnsonii en el del mago, las figuras plateadas se miraron entre sí, parpadearon y, como si de una ilusión se tratara, cambiaron de forma, ahora la Tyto Alba residía en el pecho del mago y el Melanocetus Johnsoniien el de la bruja; se acercaron el uno al otro, jugueteando cual antiguos compañeros, ascendiendo lentamente hasta perderse en el cielo nocturno.

Ambos guerreros fueron enterrados juntos, justo en el punto en el que sus cuerpos habían caído más eso ahora no importaba, la magia antigua que regaló su poder al ser humano había sido ofendida para siempre, uno de sus más preciados regalos había sido rechazado de la más cruel y violenta forma: el momento en que la sangre de uno tocó la piel del otro había sellado la maldición que les perseguiría hasta el final de los tiempos.

"Un par de almas gemelas enamoradas los crearon por separado, siendo por inevitabilidad el total opuesto del otro en lugar de su igual, tenían que encontrarse y descubrir su afinidad, no luchar hasta la muerte cometiendo tal crueldad. Al haber rechazado mi regalo de esta forma condeno a todo aquel que nazca como ustedes al más grande sufrimiento que su cuerpo pueda soportar, siendo sólo recompensado cuando uno al otro pueda encontrar"

La voz del Dragón se fue apagando gradualmente, sus orbes plata miraron en dirección al mago pelinegro quien le observaba atento, con una mirada que parecía haber estado en ese campo de batalla, presenciando la muerte de los guerreros, el error que los había condenado.

-Creí que siendo almas complementarias terminarían juntos- Comentó el pelinegro- no que…

-Eso es por tu educación muggle, Harry, los magos sabemos bien que ese romanticismo que rodea todo este asunto de las almas gemelas es una basura.

Lo dijo con una naturalidad aplastante, como si lo hubiera dicho millones de veces antes, Harry trató de no sentirse ofendido ante el obvio tono despectivo que había usado el Dragón para describir una de las creencias más arraigadas entre las personas en el mundo en que él había crecido.

-Vamos, no me mires así, Potty- Dijo el rubio al notar su mirada, se sentó en el sofá más cómodamente, estiró sus piernas con elegancia y lo miró directo a los ojos- solo piénsalo, en la historia nunca dice nada sobre estar enamorados ni nada sobre necesitarse para sentirse completos, no dice nada sobre estar destinados, simplemente habla de afinidad, de oposición e igualdad.

-No lo comprendo- Contestó acercándose, se sentó en el lado libre, justo al lado del rubio, lo más cerca posible para poder sentir su magia- ¿Sus historias de almas gemelas no son iguales?

El rubio le dedicó una mirada confusa llena de amabilidad, no era la típica burla a la que estaba acostumbrado lo que lo hizo sentir más tranquilo por haber hecho la pregunta; la mano del Dragón se movió casi por inercia, tomó la mano del León y entrelazó sus dedos, había parecido un movimiento espontáneo aunque Draco llevaba todo el tiempo desde que inició la historia pensando en ello, sus magias interactuaron con el roce, como si chispas salieran de la unión de sus manos, la reacción despertó la curiosidad de ambos, miraron fijamente sus manos y soltaron un suspiro, la sensación de calidez era suficiente para relajarlos.

-No, nosotros sabemos muy bien, por nuestras antiguas historias, que la magia crea a las almas gemelas: son un sinfín de inevitabilidades que las hace ser prácticamente iguales, la esencia de la persona es una copia casi exacta de la otra aunque sus personalidades pueden variar su centro, aquello que los mueve y los hace ser quienes son es similar, eso es un alma gemela y puede ser quien sea, tu hermano, tu madre, incluso tu mejor amigo: el amor romántico no es obligatorio entre ellas ni tampoco necesario porque lo que las une es su comprensión de la otra persona y algo similar pasa con las almas complementarias: son creadas a partir de almas gemelas, claro y por eso son tan escasas, un alma gemela no está obligada a ser tu pareja romántica pero cuando eso ocurre, cuando además de almas gemelas ambos tienen el temple y las ganas para construir esa clase de amor obviamente van a ocurrir cosas extraordinarias, también tienen afinidad pero es porque son contrarias, un sinfín de inevitabilidades las hizo así: el reflejo de la otra, por eso las almas gemelas tienen un patronus similar y las complementarias uno dual que se asienta en una sola forma, opuesta a la de su "complemento".

-Suena bastante más complejo que la "basura romántica muggle"-Soltó el pelinegro.

Echó la cabeza hacia atrás y pasó una mano por su cabello, desordenándolo en un gesto de nerviosismo, presionó con un par de sus dedos el puente de su nariz desacomodando sus lentes en el proceso y se talló los ojos; entonces Ron tenía razón en sospechar. Ciertamente sus padres habían sido almas gemelas y había oído historias sobre la familia Malfoy que indicaban que, además de las tradiciones puritanas, también seguían esa leyenda antigua y no se unían con nadie que no fuese su posible alma gemela. Miró a Draco y luego nuevamente la unión de sus manos, pequeños hilos dorados y plateados de sus magias se enredaban entre sus dedos haciéndoles cosquillas.

-Y lo es porque las complementarias tampoco están obligadas a "completar" a la otra persona. En las familias como la mía nos educan desde pequeños para entender que cada uno somos un universo completo, sin necesidad de nadie más, que funcionamos perfectamente solos y al mismo tiempo somos educados para entender que, si tenemos la suerte de encontrar a nuestro gemelo o nuestro reflejo tenemos que construir una relación con esa persona, no importa de qué tipo. Somos educados para saber que el amor romántico del que tanto se habla no existe porque no puedes simplemente "encontrarlo", es igual que hacer una poción o aprender un hechizo, igual que controlar tu magia: lleva tiempo y esfuerzo crear ese lazo. No es el "destino" es la "inevitabilidad" y las cosas se vuelven inevitables cuando te esfuerzas por ellas. Decir que el amor romántico es obligatorio entre almas gemelas o complementarias, que hay un ser específicamente creado para "completarte" es lo mismo que llevó a un gran pocionista a cometer la locura de crear la Amortentia.

Dejó de mirar sus manos unidas y fijó sus ojos en los plateados del Dragón; su visión del amor parecía fría pero era acertada, el pelinegro sabía bien lo mucho que su padre se había esforzado en conquistar a su madre, sabía que habían de talles en el otro que los desesperaban a ambos pero que eso poco les había importado, y no porque fueran almas gemelas sino porque querían funcionar juntos sin dejar de ser quienes eran, sin "completarse".

-Eso significa que tu no crees que estoy enamorado de ti- Dijo, no era una pregunta sino una afirmación.

-No del todo- Contestó el rubio, asintiendo ligeramente y acariciando el dorso de su mano con su pulgar.

-Y tampoco crees estarlo- Otra afirmación que le supo amarga.

-No tan perdido como todos lo creen, al menos.

La voz del Príncipe Slytherin sonaba segura, sus ojos fijos en las esmeraldas del pelinegro. Rogaba internamente porque el otro no notara lo nervioso que estaba, los golpeteos furiosos de su corazón contra su pecho. Ya estaba, lo había dicho: aún les faltaba mucho por recorrer para realmente enamorarse, la admiración, la atracción y el respeto mutuo no eran suficientes para crear ese lazo, se necesitaba más y no podían pasar de detestarse casi a muerte a amarse en un solo verano, mucho menos sin haber interactuado; aunque él fuese uno de los aromas de su Amortentia, aunque sus Patronus fueran complementarios, aunque sus magias interactuaran de ese modo, si no se conocían ese sentimiento que comenzaba a formarse podría menguar en cualquier momento.

El pelinegro soltó su mano bruscamente, se levantó del sofá y se paró justo frente al Dragón, sus ojos mostraban determinación y ferocidad, como flamas esmeraldas.

-Mucho gusto, me llamo Harry Potter- Dijo extendiendo su mano hacia el rubio- sé que eres un Malfoy y créeme cuando te digo que conozco muy bien tu capacidad de ser un completo imbécil así como tú conoces la mía para lo mismo pero me gustaría saber más acerca de ti en lugar de pasar mi tiempo libre maldiciéndote y culpándote como lo he hecho desde que te conozco.

Draco miró alternadamente el rostro confiado del León y su mano extendida, la sonrisa luminosa del ojiverde era contagiosa y se extendió en su rostro sin su permiso, divertido ante el déjà vu que estaba teniendo en ese momento; recordó a un niño de once años corriendo en la dirección que su magia le indicaba solo para encontrarse con ese desaliñado pelinegro, ofrecerle su amistad y ser rechazado, levantó una ceja y lo miró, casi dudando de su próximo movimiento.

-Draco Malfoy- Contestó estrechando su mano con la extendida y viendo con diversión como los hilos dorados y plateados de magia volvían a aparecer cuando sus manos se tocaban.